Hogeita hamasei. Infiltrados. Treinta y seis
HOGEITA HAMASEI Infiltrados TREINTA Y SEIS
Sofía
El cementerio esta noche no parece un cementerio. Más bien, podría confundirse con un mercado o un carnaval.
Dentro del perímetro de paredes de piedra antigua se alzan los picos góticos de los mausoleos, las cruces cristianas, celtas y símbolos vascos mezclados, recortándose como sombras contra la luz que emiten las hogueras.
El viento arremete contra los árboles del bosque que nos rodea y a pesar de su furia se oyen las risas y la música que vienen del interior.
Una fiesta en la casa de la muerte.
—No podéis entrar.
Nos corta el paso una mujer alta y encapuchada. Su túnica azul muy oscuro y atada a la cintura ondula de forma tenebrosa, cobrando vida bajo la llovizna.
—Pero…
—La fiesta ha empezado hace horas. Todos los que están aquí dentro han comido y bebido lo necesario para el ritual. No me importa si eres el favorito de nuestro príncipe. No entrarás.
¿Príncipe? Se refiere a Akerbeltz, supongo. Porque dudo que Herio sea príncipe de algo con ese coche de mierda que conduce. La mujer se mantiene en su sitio y empiezo a ponerme nerviosa. Por favor, por favor, que Charlie esté bien.
—Herio en persona me ha encargado que trajera a estas chicas —insiste Gorka. Habla en euskera de Bizkaia, que normalmente yo no entendería ni siquiera con mi mediocre nivel de euskera batua. Pero lo entiendo. Entiendo todo.
Sigo vinculada a Herio. Eso es bueno, ¿o no? Si le clavo un puñal en el corazón estando vinculados, ¿me dolerá también?
Ya, basta Sofía, no tengas pensamientos asesinos todavía.
—Herio ha hecho muchas cosas mal estos días, especialmente esta noche —dice la mujer—. Será castigado por Akerbeltz. Yo que tú me largaría, tal vez así te ahorres el castigo que también va a caer sobre ti.
Gorka se pone tenso, aprieta mucho los labios y se pasa una mano por el pelo rapado, realmente nervioso. ¿Tanto miedo le da esta gente? Bueno, son personas capaces de sacrificar a un perro, deben estar loquísimos.
La mujer nos da la espalda y toma la enorme reja de hierro para volver a cerrarla, pero yo me adelanto y doy un paso. Mis amigas están nerviosas, pero aun así se acercan a mi espalda, como guardianas.
—Creo que hay un error —digo y la mujer se detiene, aunque sigue dándonos la espalda—. Herio tenía un regalo para Akerbeltz. Un regalo para que lo perdonara por sus errores.
La mujer se voltea un poco. Alcanzo a ver el perfil de su mentón debajo de la capucha.
—Dudo que ningún regalo haga que Akerbeltz le perdone lo de esta noche.
No tengo idea qué ha hecho esta noche desde que me dejó sola. Tal vez Akerbeltz no soporta a la gente impuntual y simplemente está cabreado porque su invitado principal ha llegado atrasado.
Inspiro hondo y camino hasta detenerme a menos de un paso de donde está ella.
—El regalo soy yo. Hubo un problema y me he retrasado. Herio me traía como ofrenda para Akerbeltz. —Las palabras salen atropelladas de mi boca—. Soy virgen y dijo que Akerbeltz quería una virgen para el ritual.
La mujer se gira hacia nosotros del todo. Ladea la cabeza, todavía oculta por la capucha. El viento susurra y las risas que vienen del cementerio, entre tambores y la melodía aflautada del txistu, me ponen los pelos de punta.
Por favor, que diga que sí, que diga que sí.
—Muy bien. Os dejaré pasar. Tú vendrás conmigo, pero el resto… —Apunta con una mano a los demás—. Tendréis que hacer lo que han hecho los demás. Beber y comer las comidas rituales.
Mis amigas se miran nerviosas. Sé lo que deben estar pensando.
Una de nosotras, al menos una, debe evitar el sexo esta noche.
Una que pueda guardar la información para las demás.
Pero, ¿qué pasa si hay drogas o alucinógenos en lo que sea que les den de comer?
Si ya los humanos tenemos poca voluntad frente a los dioses, esa voluntad será nada. Nada.
—Aceptamos. —Amaia levanta la barbilla, pero sé que no le gusta nada el rumbo que está tomando esto—. Haremos el ritual. Beberemos y comeremos lo que haya que comer.
Lo está haciendo por mí, por Charlie. Incluso pone en riesgo su plan.
Debajo de la capucha, la mujer sonríe y se hace a un lado para que pasemos.
Herio
—¿Qué has hecho? —gruño de dolor y las palabras salen arrastrándose por mi boca—. ¿Dónde has dejado a Charlie?
Caigo de rodillas contra el suelo de piedra.
Las muñecas me arden de dolor, es imposible liberarme de los grilletes a los que me tiene enganchado a la pared.
Las cadenas suenan con mis intentos, pero es inútil.
Las correas negras siguen inhibiendo mi magia y no son tan gruesas como para impedir que las esposas de acero me laceren la piel en mis intentos inútiles por escapar.
La luz del cuarto parpadea. Una única luz cálida en el techo, que parece que no está soportando muy bien la tormenta. El cuarto se alterna entre luz y oscuridad, cada vez que baja la energía.
Akerbeltz se detiene frente a mí y se quita la capa. La arroja al suelo, revelando su torso desnudo y tatuado con signos rituales. Sus ojos de bestia resplandecen de diversión y me gustaría saber qué cojones le parece tan divertido.
Huele raro, huele… bien. A frutas. Un olor a frutas frescas que me inquieta más de lo que ya estoy.
—Oh, ya lo verás, adiskide. [182] —Se agacha, me agarra del mentón y acerca su cara a la mía—. Estaba muy enfadado contigo, chaval. Has mancillado una noche sagrada, tu propia noche. Pero ha caído un regalito del cielo.
—De qué cojones estás hablando.
Pero el estómago se me aprieta. Ese olor tan delicioso… No. Sofía no puede estar aquí. Debería estar a varios kilómetros en…
La puerta se abre. Y es ella, joder. Akerbeltz se aparta de mí, el corazón me da un vuelco. Dos sorginak de túnicas oscuras obligan a Sofía a entrar a esta habitación asquerosa, maniatada, también con correas negras en las muñecas.
¿Por qué se las ha puesto a ella también?
¿Se ha dado cuenta de nuestro lazo mágico?
Tal vez la ha confundido con una diosa. Porque eso parece, con un vestido rosa y vaporoso de seda flotando con cada paso que da.
Es como los que usa en su OnlyFans pero largo hasta el suelo.
Lleva el pelo celeste suelto y los pies, descalzos.
Zuria entra detrás de Sofía, le da un empujón y ella tropieza hasta quedar frente a Akerbeltz. Contiene el aliento mientras levanta sus ojos de corzo asustada hacia el dios, mucho más alto que ella. No desliza la mirada hacia mí.
—¿Qué haces, Zuria? —La voz de Akerbeltz retumba, poderosa, por las paredes de piedra—. Trata con más amabilidad a mi preciada doncella. Aunque tan doncella no eres, ¿me equivoco? Hueles a… muerte. ¿Nuestro príncipe ha estado jugando contigo?
Se acerca a Sofía lento, como un depredador. Sus pies descalzos no hacen ruido, está en su forma humana por completo, sin pezuñas, sin cuernos. No la quiere asustar.
Ella lo mira nerviosa mientras se oye la lluvia cayendo fuera y, por un momento, sus ojos se desvían hacia mí.
Solo un momento. Pero es suficiente para ver el odio brillando en esos hermosos ojos oscuros.
Aparta la mirada y un dolor negro y vacío se remueve en mi interior.
El vínculo que nos ha unido esta noche palpita, lo siento como un lazo que nos une, incluso con mi magia inhibida por estas correas de mierda.
—¿Por qué estoy atada? —Le habla a Akerbeltz con esa voz dulce que usa en sus malditos vídeos de OnlyFans. Esa voz sumisa y falsa. No es su voz. Y detesto que hable así porque sé lo que pretende. Quiere parecer inofensiva, quiere parecer adorable. Quiere cautivarlo.
—Solo es una precaución. —Akerbeltz se acerca a ella y yo tiro de las cadenas.
—No la toques —mascullo.
Akerbeltz suelta una risa y me mira divertido.
—¿Por qué no? Ella se ha ofrecido voluntaria.
Imposible. Ella no…
Me mira y la rabia chispea en sus ojos. La he traicionado. Claramente no piensa perdonármelo porque me vea atado y ensangrentado.
—Vaya, nuestro príncipe de la muerte se ha convertido en un traidor.
—Akerbeltz da otro paso y Sofía se tensa cuando estira sus dedos hacia ella.
Asoma sus garras de bestia y las desliza lento por su mejilla, como un sádico—.
¿Por qué me estabas ocultando a esta preciosidad? ¿La querías solo para ti?
No lo soporto. Verlo tocar su piel hace arder algo terrible dentro de mí.
Sofía inspira hondo y se estremece bajo la caricia de Akerbeltz, que ahora desliza esas garras por su mandíbula.
Lo mira nerviosa y su respiración se acelera, siento su pulso incluso desde aquí.
¿Está asustada? ¿O es posible que caiga ante los encantos de Akerbeltz solo porque la toca?
La mayoría de los humanos lo hacen. No pueden resistirse a su energía de dios, a esos ojos de bestia.
Lo encuentran hermoso, incluso en su forma animal.
—Joder, el olor de tu sangre virgen es una delicia infame. No puedo culparte, Herio. —Akerbeltz se inclina más y le acaricia el cuello con la nariz. Me desespero, hago rechinar las cadenas al intentar liberarme. Ellos pasan de mí—. ¿Vas a ser mía esta noche, Sofía?
—Sí, me acostaré contigo —dice ella con esa voz melosa, soportando sus caricias.
—¡Voy a matarte, Aker! —Doy otro tirón a las cadenas y el dolor atraviesa mis brazos—. Deja de tocarla, joder, en serio voy a matarte.
Él deja escapar una risa bestial, coge a Sofía por la cintura y ella chilla. La levanta tanto que casi no puede tocar el suelo.
—¡Aker! —Me levanto y tiro de las cadenas con todas mis fuerzas, pero solo consigo caer de rodillas otra vez—. ¡Qué la sueltes, joder!