Hogeita hamabost. Cobarde. Treinta y cinco
HOGEITA HAMABOST Cobarde TREINTA Y CINCO
«No le creáis. Ella es una cínica. Me han dicho que al inicio ni siquiera creía en dios».
Fuente: Izaro.
ddd. Fecha desconocida.
Traducción al castellano
Sofía
—No puedo creer que te liaras con Herio.
No estoy segura de si Amaia lo dice con admiración o con resentimiento. Y es una conversación que me daría mucha vergüenza tener frente al amigo de Herio, pero la música del coche suena fuerte y no creo que nos oiga desde adelante.
—Tan solo lo hice con la esperanza de retrasarlo para su estúpido ritual.
—Ya, pero es que él es conocido por menospreciar a todas las chicas. Desde que se puso de novio con la diosa esa, no ha vuelto a tocar a una chica humana jamás. Ni chico tampoco.
No le hago caso, me da igual la estúpida fidelidad de Herio con su novia muerta. Estoy más preocupada por Charlie.
—A mí me parece que fue una idea genial. —Olatz se inclina más hacia mí y habla despacio—. ¿Qué hicisteis en su casa? Vimos la foto ¿Hicisteis…? Ya sabes. Lo que te da poderes.
Amaia también espera mi respuesta. Creo que la respuesta debe ser obvia por lo roja que tengo la cara.
—Hostia, sí lo hizo. —Amaia se lleva las manos a la boca.
—Filo, [181] no importa. —Me doy vuelta hacia la ventana—. No quiero hablar de ese imbécil.
No quiero ni siquiera pensar en él. Gorka cruza el monte manejando rapidísimo.
Los árboles y la oscuridad de Uraibai nos rodea, somos la única luz atravesando las tinieblas a estas horas.
La luna, anaranjada en lo alto, que siempre me ha parecido hermosa, hoy se siente como una amenaza.
Cuando esté en su cenit Herio va a matarlo.
¿Cómo puede ser capaz? Aprieto los puños y contengo las ganas de llorar. No quiero seguir llorando. Pero me duele mucho y no solo me duele por Charlie. Odio admitirlo, pero me duele porque él me gustaba. Solo han pasado unas horas desde que lo conocí, pero me gustaba.
Y no me puede gustar un hijo de puta. Un cabrón capaz de matar a un perro.
Es así de simple. Lo que fuera que me hiciera sentir, se convierte en rabia dentro de mí.
En odio. Un odio profundo y visceral. Tal vez nuestro vínculo mágico no era tan fuerte, porque todo el deseo se ha convertido en ira asesina.
Al menos, mis amigas no insisten en hablar del tema el resto del camino. Se dedican a especular entre ellas sobre las distintas opciones de colarnos si no nos dejan entrar por llegar demasiado tarde.
—Hemos llegado, tenemos que hacer el resto a pie —anuncia Gorka, disminuyendo la velocidad del coche.
El golpe de salir del coche caliente al frío de la noche no es suficiente para calmar mi ira.
Mis amigas se quejan del tiempo, pero yo sigo a Gorka en silencio por el sendero empantanado entre los árboles, aferrando fuerte la capa negra de lluvia.
La abuela de Herio nos prestó a las tres, para que no se arruinaran nuestros vestidos, los que mis amigas tenían preparados para el akelarre.
Las tres parecemos novias, o ángeles, o muñecas, dependiendo del fetiche de cada quien.
Y voy tan furiosa, que los minutos de sendero se me hacen un suspiro.
Cuando llegamos, vamos las tres medio mojadas y con los zapatos embarrados. Delante de nosotros, la lluvia cae sobre un muro de piedra. Del otro lado se oye música y se ven las siluetas de lápidas y estructuras antiguas que sobrepasan el muro, iluminadas tenuemente por luces de fogatas.
Esta gente está loca. ¿En serio están haciendo una fiesta en un cementerio? Sospecho que ni siquiera es legal. Pero bueno, son semidioses. Tendrán contactos.
—Sofi, no te preocupes. Vamos a rescatarlo. —Amaia me aprieta la mano mojada—. Y yo voy a impedir ese estúpido ritual.
Herio
Creí que podría hacerlo. En serio, joder.
Me abro paso entre los árboles, fundiéndome con la oscuridad del bosque detrás del cementerio. Aunque me he alejado, todavía se oye la fiesta.
Charlie sigue acurrucado entre mis brazos, temblando.
¿Habrá percibido el peligro en la reunión con Akerbeltz?
Hostia. Cuando me ha pedido que se lo entregara…
Ha sido imposible. Mi cuerpo no obedecía.
Creí que por Eguzki sería capaz de desprenderme del patético sentimentalismo que me abruma, pero no.
Él confía en mí. Sofía tiene razón, el cachorro cree que lo estoy protegiendo.
Y lo peor de todo es que, cuanto más me interno en el bosque, cuanto más profunda se vuelve la oscuridad lejos de la luz de la luna, más me doy cuenta de que soy un mentiroso.
Le mentí a Egu cuando le juré amor eterno.
Le he mentido hoy a Sofía cuando le prometí quedarme toda la noche con ella.
Y me he mentido a mí mismo por creer que podía ser un dios, que podía estar por encima de los sentimientos humanos.
Charlie levanta la cabeza, mueve las orejitas y me detengo.
Yo también lo percibo, incluso sin mi magia.
Un dios está cerca, se oyen las ramas crujir a su paso y su presencia nos aplasta.
El aire se vuelve pesado, el murmullo de las hojas de los árboles ya no es agradable, se convierte en amenazas susurradas.
Y no es Gaueko. No he llegado tan adentro en el bosque como para poder invocar al señor de las tinieblas y dueño de este perro.
Supongo que ha sido demasiado ingenuo por mi parte creer que podía irme sin que el amo de este bosque me detectara.
—¿Sabes, chaval…? —La voz de Akerbeltz hace temblar a Charlie otra vez.
La sombra alta del dios se separa de las demás, como si la oscuridad entre los árboles cobrara la forma de un humano con dos espadas curvas.
Se vuelve de carne y hueso al detenerse ante mí, con una espada en cada mano—.
Diría que estoy decepcionado, pero no. Me esperaba esto.
Toda vuestra generación de semidioses es un fracaso, sois blandengues, ilusos y absurdos.
Sois inmaduros, os hemos dejado hacer lo que os plazca.
Tu encarnación anterior estaría avergonzadísima de ti.
—Charlie —murmuro, acercando mi cara al cachorro entre mis brazos—. Vete lejos. Encuentra a Gaueko.
Lo dejo en el suelo y Charlie retrocede y se oculta detrás de mis piernas. Akerbeltz da un paso hacia nosotros.
—Venga, chaval. —Pone los ojos en blanco—. Ahorrémonos este dramatismo.
Los cojones. Si cree que esto es dramático, no sabe lo dramático que puedo ser.
Meto la mano detrás de la chaqueta. Akerbeltz se abalanza hacia nosotros, pero cuando está a casi dos metros, ya tengo la pistola firme entre mis manos apuntando hacia él.
¡Bang!
El sonido me retumba en los oídos y una bandada de aves nocturnas agita las alas y rompen el cielo nocturno, huyendo. Charlie sale pitando de aquí. La sangre mana de una de las orejas del dios.
He fallado el tiro. En realidad bastó que Akerbeltz cambiara un instante el peso de su cuerpo hacia la izquierda, casi por instinto, para esquivar con milímetros de precisión la bala que iba directa a su cabeza.
Haize lo habría predicho, no habría disparado a su objetivo, sino al sitio en el que creía que estaría su objetivo.
Y aunque yo no soy Haize, ni tengo la mitad de la formación en artes marciales que tuvo él, me alegro de que me haya entrenado. Porque es lo único que impide que el siguiente corte horizontal que lanza Akerbeltz barriendo el aire con sus espadas me corte la puta cabeza.
Retrocedo, jadeando y disparo de nuevo. Es imposible anticipar los movimientos de un tío que ha vivido cientos de años más que yo, es difícil luchar con el suelo irregular, las raíces y ramas por todas partes.
Me truenan los oídos con cada intento, con cada bala que sale en un fogonazo de luz, Uno, dos, tres disparos más.
Esquiva, los esquiva todos. Izquierda, derecha, izquierda, izquierda.
Y nada. Akerbeltz está frente a mí y en un instante a un lado y al siguiente detrás.
Me da una fuerte patada en la espalda y me arroja contra el tronco de un árbol.
Casi caigo al suelo, me levanto rápido y me hago a un lado. Akerbeltz ensarta una de las espadas en el árbol, donde un instante antes estaba mi corazón y la abandona incrustada en el tronco. Se gira hacia mí y se ríe.
Puto lunático. ¿Quién coño pelea con cimitarras en la actualidad? Lo hace por diversión. Es como Haize. Pero más viejo, más astuto y más maligno.
Un puto sádico. Y está jugando conmigo.
Suelta una carcajada, mueve su nariz alzando la barbilla y luego sonríe enseñándome los dientes.
—¿Es miedo lo que huelo? —Akerbeltz da un paso hacia mí—.
Sabes que no voy a matarte, Herio. En tu existencia anterior éramos colegas.
Me caías mejor. —Vuelve a reírse—. ¿A qué le temes?
En el peor de los casos te rajaré esa cara de muñeco que tienes.
Da igual, no la vas a necesitar para ser el rey de la muerte.
A tus amigos… —Señala con la punta de una de las espadas hacia el cementerio—.
El sentido por la estética se les ha… podrido.
Gilipollas. Retrocedo un paso, pero es demasiado rápido y apenas alcanzo a echarme hacia atrás a tiempo. Esquivo por poco otro corte de una de las espadas que va directo a mi cara. Alcanza a rozarme.
Una línea de sangre pasa delante de mis ojos.
Todo ocurre muy lento durante un instante.
Las gotas de sangre que ha salpicado al romperme la mejilla bailan con el viento, Akerbeltz está casi encima de mí y esta vez no fallo.
Levanto la pistola, él esquiva hacia un lado y ya estoy apuntando hacia la izquierda.
Casi siempre se mueve hacia la izquierda.
Le da directo en un ojo. Su cabeza se agita con violencia hacia atrás y la sangre explota como una aureola divina a su alrededor.
Jadeo, rogando para que Charlie se haya ido muy lejos.
—¡Hossstiiia! —Akerbeltz suelta una de las espadas que cae a la hierba reflejando la luz de la luna.
Se lleva una mano al ojo, se tambalea todavía caminando hacia mí y es asqueroso como la mitad abierta de su cabeza empieza a cerrarse lentamente, como si fuera de plastilina—.
Esta mierda duele. Haré que a ti, príncipe —dice, bajando la mano y mostrando un ojo nuevo, manchado de sangre—, te duela más.
Levanto la pistola otra vez, aunque sea para ganar un poco de tiempo. Aunque sea porque ver volar los sesos de Akerbeltz ha sido más satisfactorio de lo que hubiera imaginado, pero una voz femenina y antigua hace que mi dedo se detenga justo antes de apretar el gatillo.
—Es mejor que no hagas eso, Herio. —Zuria se asoma entre los árboles, caminando tranquilamente como una sombra más de la noche y con Charlie pataleando entre los brazos—.
Aunque no le creas, le gusta. Solo vas a excitarlo más.
Además, creo que si degüello al perro ahora, aunque la luna no esté en lo alto, contará como ofrenda suficiente para esta noche.
Yo que tú obedecería y bajaría esa pistola.
El brillo de la daga ritual que tiene contra el cuello de Charlie destella y se me aprieta el estómago. Hace unas horas estaba dispuesto a matarlo. Y ahora solo verlo retorcerse en los brazos de Zuria con el filo enterrado en su pelo negro es suficiente para que deje caer la pistola al suelo.
La bonita voz de Sofía, esa voz que acompañaba mis fantasías oscuras, regresa a mí.
A veces siento como si mi vida hubiera sido otra. Como si todo hubiera cambiado solo en unas horas.
Supongo que sí, Sofi. Pueden cambiarnos unas cuantas horas.
A mí, como es evidente, me han vuelto un imbécil.