Hogeita hamalau. Akerbeltz. Treinta y cuatro
HOGEITA HAMALAU Akerbeltz TREINTA Y CUATRO
Herio
Akerbeltz parece sorprendido de que aparezca en el salón de ceremonias con el perro en los brazos. Supongo que hubiera pensado que lo traería atado. La verdad, yo también. Era la idea original.
Trato de mantenerme relajado. Es difícil cuando estás rodeado de sus sorginak.
No las veo del todo, pero las percibo, ocultas en las sombras de esta enorme cámara con techo abovedado, entre los huecos de los hornos de cremación.
Huele a muerte. Una sala que normalmente se usa para hacer arder a los muertos y que esta noche el Señor del Bosque ha convertido en su salón de preparación ritual.
Es mi cementerio, todos los cementerios de Euskal Herria lo son, pero mientras yo no sea un dios completo, el que domina es Akerbeltz. Rey de los bosques, y mis cementerios están en sus jodidos bosques.
Las velas brillan en el círculo que lo rodea, mientras él me espera con las piernas cruzadas, la espalda muy recta y los ojos entornados en dos líneas muy finas.
Las sombras danzan a la luz de las velas.
—¿Te has perdido en la erromeria o qué? —Me mira aburrido, con esos ojos oscuros y animales—. Vaya, ¿Lo has drogado? ¿Tan pequeño es el perro? Parece un chucho cualquiera.
—He tenido que drogarlo porque no se estaba quieto. ¿Crees que eso afectará al ritual?
Mueve su nariz, humana, como si buscara olfatear la droga.
Si no se ha convertido todavía en su forma de carnero, será que no ha participado de las fiestas que ya celebran sus comensales entre las tumbas.
Adora adoptar su forma de carnero entre los humanos.
Adora el terror en sus ojos y el placer lujurioso, perturbado por la culpa cuando no se deciden si le temen, si sienten repulsión hacia él o deseo morboso.
Akerbeltz observa pensativo al perro. ¿Será capaz de oler mis mentiras como puede hacer mi amuma?
—Ez dakit. [178] Supongo que habrá que investigarlo. Si te soy franco, es mejor que estén conscientes, ver cómo se resisten a abandonar este mundo. Lo que da poder al ritual, chaval, es el sacrificio. Que duela.
—No veo el sentido en que le duela.
—No a él. —Akerbeltz sonríe—. A ti.
Suelto una carcajada, no puedo evitarlo. Retumba por toda la sala de cremación.
—He matado para ti a más personas de las que puedo recordar. ¿Crees que me va a doler matar un perro?
—Ya me lo dirás tú. —Hace una seña, levantando la mano hacia las sombras.
De ellas emerge una mujer, alta y encapuchada.
Los mechones de plata visibles resplandecen a la luz de las velas y con cada paso que da la túnica negra que viste se agita en ondulaciones perversas.
No necesita hablar para que yo sepa quién es.
Zuria. Su suma sacerdotisa, la más poderosa y antigua de sus sorginak.
Levanta las manos y me ofrece dos brazaletes o, más bien, correas gruesas de tela negra.
Parecen… ornamentales. Como las que se pondría alguien para practicar BDSM.
El negro de la tela es profundo, casi imposible. ¿O es cuero? No reconozco el material.
Arqueo una ceja en dirección a Akerbeltz.
—¿Eso es para el perro?
Akerbeltz ladea el rostro y me sonríe.
—Ez, zuretzat. [179] El perro parece portarse bien. Solo te las quitaré cuando cumplas tu rol esta noche. Cuando las corte, considéralo un símbolo de tu libertad.
Supongo que no tengo más alternativa. No puedo negarme a lo que me ordene a Akerbeltz; si me enfrento a él es imposible que yo salga ganando. Ni siquiera Haize pudo vencerlo. Así que tolero de mala gana que su sorgina me ponga una correa en cada muñeca.
Hostia. Esto no me gusta nada. Apenas cierra la segunda correa alrededor de mi muñeca derecha el universo guarda silencio.
Nunca me había dado cuenta de que era así de silencioso, quizá porque aunque no sabía usarla, siempre tuve mi magia.
Los murmullos han cesado. Los de las sombras, los de los rincones, los de la tierra.
El murmullo eterno de las almas que rondan cada rincón de este mundo se ha quedado mudo de un momento a otro.
Joder.
Incluso dicen que hay formas de anular su magia.
Los madrileños lo han mencionado antes, en el túnel. ¿Se referían a esto? Si ellos lo sabían, es porque Sugaar tiene que ver con estas malditas correas.
—Esto no ha sido para nada necesario —digo, sintiéndome traicionado y furioso.
Aunque no sé cómo puedo sentirme traicionado por alguien del cual no esperaba nada.
—Ah, considéralo solo precaución, no te lo tomes de forma personal. Después de las últimas tonterías de Aideko y Mikelatz, [180] comprenderás que ya no me fíe de vosotros y vuestros caprichos, niñatos.
No tengo ni idea de qué han hecho ni Mikel ni Haize para que tenga tanta desconfianza. No he hablado con Haize en un año y con su segundo, Denitz, solo me mando mensajes necesarios. Lo que se sea que hayan hecho, me está repercutiendo a mí.
Akerbeltz empieza a caminar por el cuarto.
Al principio son pisadas humanas, pero luego las pezuñas golpean la piedra del suelo de forma escalofriante.
No se ha transformado del todo, solo las patas que sobresalen debajo de sus pantalones negros.
Charlie se remueve inquieto en mis brazos, aunque mantiene la cabeza gacha, el hocico escondido en el hueco debajo de mi brazo.
Cachorro inteligente, sabe que es mejor no llamar la atención.
—¿Por qué estás de mala hostia? —Sigo con los ojos el caminar ansioso de Aker.
Me preocupa que se haya enterado de lo de Sofía. De que pudo tener una virgen esta noche.
—Mikelatz se niega a participar —escupe furioso—. Su propio hijo —dice, refiriéndose a Mari—. Sois una generación de niñatos mimados.
Eso es raro. Mikelatz y Haize siempre han participado en el akelarre. No pregunto por Haize, sé que está fuera de Euskadi. Y eso significa que el único semidiós disponible para el ritual soy yo.
Y he estado a punto de quedarme fuera.
—¿Tienes algo que añadir, Herio? ¿Alguna noticia? ¿Algo ocurrido durante la cacería?
Fuera golpea un trueno.
—No.
—Llámame paranoico, pero tengo la sensación de que no me estás contando algo.
—La cacería ha sido una tontería. Los tíos que ha enviado Sugaar no eran competencia para mí. Y ¿sabes? No me fío del todo con esto del ritual. Quiero estar seguro de que lo que me has dicho es cierto. ¿Con este ritual, tendré el poder suficiente para revivir a Eguzki? ¿Revivirla de verdad?
Akerbeltz continúa su circuito de tortura psicológica, arrastrando las pezuñas por el suelo.
—Para empezar, serás libre. No puedes acceder a tus poderes completos mientras estés bajo el dominio de otro dios. Y sí, podrás ir al otro mundo, a buscar… —sus labios se estiran en una sonrisa burlona— al amor de tu vida.
Cabrón. Percibo el sarcasmo en su voz. Creo que lo sabe. O al menos sabe que me he estado liando con alguien esta noche, tal vez lo huele en mi piel.
—Bien.
—Bien. —Akerbeltz detiene su paseo infernal. Su sombra se proyecta sobre mí—. Dame al perro.
Otro trueno estalla y Charlie se estremece en mis brazos.
—¿Por qué? Es mi sacrificio. Lo mantendré conmigo hasta el ritual.
—¿Sabes, Herio? Parece como si no quisieras desprenderte de él. ¿Qué ocurre? ¿Nuestro príncipe de la muerte se ha vuelto blandito? ¿Le has cogido cariño en unas horas?
Suelta una carcajada y su risa hace que se me revuelvan las tripas.
Estira su mano blasfema hacia el perro pero se detiene.
Se detiene porque el aire a mi alrededor ondula, la habitación se oscurece y los sonidos del akelarre se vuelven ahogados, lejanos.
No puedo acceder a mi magia, pero la energía contenida de la muerte, en un lugar tan poderoso como este, casi hace estallar el aire entre nosotros, reaccionando ante mi ira.
—Es mío. —Sostengo la mirada irritada de Akerbeltz—. No te atrevas a tocarlo.
Me observa un momento más y luego sonríe.
—En media hora te espero en el mausoleo. Más te vale no venir con mierdas de blanducho ahora, chaval. Esta noche debes darme un sacrificio, o te juro, por nuestra querida matriarca, que no te liberaré jamás.
—Ahí estaré.
—Mari sacrificó mucho por esto. Si tú no haces el ritual hoy, lo haré yo. Será menos poderoso, es tu día. Pero lo haré.
Las amigas de Sofía quieren ayudar a Mari, pero por la forma en que Akerbeltz habla, pareciera que él piensa que estos ritos la ayudan también. No estoy segura de si Mari está atrapada por Aker como creen esas chavalas.
Y francamente, no me interesa.
Akerbeltz hace una seña a sus sorginak y dos de ellas abren la puerta, mirándome. Le doy la espalda al cabrón de Akerbeltz y abandono la habitación.
Charlie no deja de temblar entre mis brazos.