Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hogeita hamahiru. Sorginak. Treinta y tres
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Hogeita hamahiru. Sorginak. Treinta y tres

HOGEITA HAMAHIRU Sorginak TREINTA Y TRES

Sofía

El presente

—Sofi, lasai. ¿No la has oído? Queda tiempo. Tranquila.

Amaia me abraza y cuando huelo el olor familiar de su perfume, cuando recibo el consuelo de alguien conocido, de una amiga, no soporto más y me largo a llorar.

Mi cuerpo se agita, no puedo controlar la pena que siento.

—Lasai, lasai. [171] —Amaia me da palmaditas en la espalda.

Es mi amiga. Somos amigas hace tres años. Sabe casi todo por lo que he pasado y aun así… Mientras me abraza, mientras me desahogo en su hombro, me siento fría. Tan fría.

—Él dijo que se lo pensaría —sollozo—. No se lo pensó una mierda. Bastó que su exnovia abriera dos segundos los ojos y lo dejó todo. Me dejó. Teníamos algo, era pequeño, era una tontería. Pero era algo.

Una promesa. Un vínculo. Él dijo que nuestro vínculo era importante.

Hijo de puta mentiroso. Y yo soy una idiota.

—Tenías razón, Ami. —Oculto mi rostro entre su pelo. Qué vergüenza me da—. Caí como una tonta. Como si él fuera una droga.

—Así son. —Ella me acaricia el pelo y habla muy muy despacio—. Ya he pasado por eso.

Me aparto, limpiando las lágrimas de mis sollozos. Sé que quiere decirme muchas cosas más, lo veo en sus ojos. Pero no lo hará frente a esta gente y yo no puedo perder tiempo ahora.

—Bebe esto. —La abuela de Herio pone una taza caliente delante de mí. El vapor que emana se enrosca burlesco y desaparece de camino hacia las vigas de madera del techo. Amaia me deja y va a sentarse a la punta de la mesa de la cocina, cerca de Olatz.

Miro el líquido dudosa. Él dijo que no aceptara nada que me ofreciera su abuela.

Pero él es un imbécil.

—Es manzanilla —aclara la vieja, cruzándose de brazos—. Bébela. Créeme, lo único que tendrías que haber evitado esta noche no son mis infusiones, es liarte con mi nieto.

—Y morir —añade Gorka, levantando el dedo índice—. Me alegro de que al menos sigas siendo virgen. ¿Qué? —Se aleja un paso de la abuela de Herio cuando ella lo mira—. Soy su fan.

—Tú —acuso girándome hacia él— ibas a entregarme a Akerbeltz como obsequio .

Mis amigas se remueven incómodas. Olatz apoya los brazos en la mesa y luego vuelve a retirarlos, como si no supiera qué hacer con ellos.

Se sobresalta cada vez que algo cruje dentro del horno o cuando las burbujas de las ollas se suben con el fuego.

Sé que ella no quería meterse en este problema, pero es demasiado leal a Amaia para abandonarla.

Amaia siempre ha sido más valiente, pero Olatz está nerviosa en esta casa.

Debe saber que la abuela de Herio es una bruja. Sorgina.

La misma weá.

—Yo solo hago lo que me ordena Herio. —Gorka lo dice con orgullo—. Es mi…

—No tenemos tiempo para esto. El akelarre ya ha empezado y no estamos ahí.

—Amaia da un golpe en la mesa y yo me sobresalto—.

Llevo meses esperando este día, preparándome para colarme en el akelarre de Urdaibai.

Tres generaciones de sorginak me han encomendado esta misión y no voy a desperdiciarla porque…

Porque vosotros —dice apuntando a Gorka— seáis gilipollas.

—Entonces… —Gorka le sonríe—, explícame tu maravilloso plan, chavala.

—Si no nos apuramos —digo y desearía que mi voz sonara más firme— Herio va a matar a Charlie.

—Pfff, ¿explicarte a ti? —Amaia me ignora completamente y mira a Gorka igual que miraría a un insecto—. Como si fuera a confiar en ti. Un criminal de poca monta, que encima colabora con los genios que le robaron el poder a Mari. Y dime chavala de nuevo y te parto los huevos.

A la mierda. No me interesan las peleas político-religiosas de estos, ni las advertencias de Herio sobre su abuela y que no acepte nada de ella.

El único que me ha hecho daño esta noche es él.

Así que tomo la manzanilla y me bebo el líquido caliente.

Arde. Arde al bajar por mi garganta, pero el alivio es inmediato.

Un temblor me recorre el cuerpo, me calienta bien profundo hasta el alma.

Incluso me parece que la habitación es más brillante y colorida después de solo un trago.

Levanto la mirada y la abuela de Herio me sonríe.

Una sonrisa maliciosa que me recuerda a la de su nieto.

Los vapores de la cocina, el aroma a hierbas nos envuelve.

¿Qué es este fuego que crece en mi interior?

Las energías han vuelto a mí y creo que podría salir corriendo y cruzar el bosque a pura fuerza de voluntad.

Esto ni de coña era solo manzanilla.

—También le puse miel —añade la abuela—. Y un poco de txakoli. [172]

Me sonríe más y se da la vuelta para ir a revisar lo que sea que está cocinando en esas ollas. Llevan horas en el fuego.

Inspiro hondo y bebo más infusión. El líquido enciende mi garganta con cada trago.

Me da igual lo que le puso, al fin siento que tengo fuerzas y las ganas de llorar dan paso a una rabia asesina.

Traición. He sido traicionada. No me importa que fuera el cielo se raje lloviendo o que el viento azote tan fuerte la casa que pareciera que la va a derribar.

Voy a ir a ese puto akelarre.

—Tu plan no iba a funcionar, chica, sea cual sea. —Gorka se inclina, apoyando los codos en la mesa y mira desafiante a Amaia—. Es un plan idiota. Ni siquiera sabéis si es cierto. Mari está muerta, no ibais a lograr nada por sabotear un puto akelarre.

Los ojos de mi amiga echan chispas.

—¿Ah, bai? ¡Galdetu berari! [173] —Amaia apunta a la abuela de Herio.

—No puedo decir nada. —La abuela revuelve el contenido de la olla y los vapores se elevan, acumulándose como nubes en las vigas de madera del techo alto de la cocina—. Tengo la lengua sellada.

¿La lengua sellada? Yo noto que habla de lo más bien.

Ah, debe ser como en los libros, cuando la magia le prohíbe a alguien hablar de algo determinado.

Ni siquiera me animo a preguntar. No me importa.

No me importa nada de su discusión. ¿Cómo pudo Herio dejarme inconsciente y llevarse a Charlie?

Me siento utilizada, el recuerdo de sus abrazos, de sus besos me carcome.

Es como si los llevara estampados en la piel.

—¿Y si ya sacrificó a Charlie? —Solo decirlo me causa un nudo en la garganta. Me da igual las putas peleas de dioses—. ¿Estás segura de que no lo ha hecho?

—No lo ha hecho. —La abuela saca la cuchara de palo de la olla, toma la olla de las asas y la quita del fuego—. Akerbeltz necesita todo el poder del ritual y eso solo va a ocurrir cuando la luna esté en lo más alto. Faltan dos horas y puede que más. No siempre se calcula con exactitud.

Antes ha dicho que eso sería por ahí por las tres o tres y media de la madrugada. Todavía tenemos tiempo.

Me levanto y el sonido del taburete al arrastrarlo rasga el ambiente de la cocina.

—Vamos. —Me tomo de un sorbo lo que queda de la droga que me dio esta señora—. No voy a dejar que Herio lo haga.

—¡Hori da! [174] —Amaia se pone de pie de un salto—. Interrumpiremos ese ritual.

La carcajada de la abuela es tan fría y poco natural que las tres nos quedamos muy quietas y la miramos.

—Neskak, [175] el ritual ya ha empezado. Ha empezado muy temprano, habéis sido ya parte de él. Solo falta el sacrificio y va a ocurrir. Lo he visto. Y lo que veo… —dice, clavando sus ojos en mí—. Siempre ocurre.

Sé lo que está insinuando. Ella vio que me cruzaba en el camino de Herio. Pero ella le dijo que no se me acercara, supuestamente para lograr lo contrario. Eso significa que no sabe todo lo que va a ocurrir.

—¿Por qué? ¡Herio ya no necesita el ritual! Lo vi usar sus poderes esta noche…

—¿En serio? —Gorka me mira emocionado—. ¿Otra vez? ¿Aparte de revivirte?

—Un montón de cadáveres se despertaron solo por tenerlo cerca —digo y trato de no pensar mucho en ese momento—. Y no tuvo ningún problema en controlarlos. ¿Para qué necesita el sacrificio?

—El ritual ha empezado desde el momento en que Herio te ha traído de vuelta.

—La amuma se seca las manos en el delantal y suspira—.

Las formalidades de los ritos a veces no son importantes.

Hoy es Gau Beltza y él es la muerte encarnada.

Todo lo que haga esta noche es parte del ritual.

En el momento en que Herio se ha arrojado a la ría a salvarte, ha iniciado un rito que ni siquiera él sabía que estaba empezando.

Ha arriesgado su vida por ti. Ha cruzado el velo de los mundos por ti. Una chica a la que ni siquiera conocía.

Sí me conocía. En vídeos cochinos.

—Pero ese poder no es suficiente. —La vieja lo dice con tristeza.

A mí me importa un carajo si Herio no puede ascender—.

No podrá ir a lo que llamáis el infierno a buscar a Eguzki.

Ha logrado despertarla, pero solo es una sombra atrapada en un cuerpo muerto.

—La abuela me mira fijo—. Necesita consolidar el poder despertado y eso se logra con el sacrificio.

Ocurrirá esta noche y tú no lo puedes impedir.

—Pero soy su bruja, tú lo dijiste.

—¡Sofi! —Amaia me mira molesta—. Ha dicho sorgina, no bruja.

—Ay, Amaia, déjala, qué importa —dice Olatz.

—La weá que sea. Soy su sorgina. —Inspiro hondo y sostengo la mirada de la abuela—. Tengo poder sobre él.

Ella sonríe, sus labios alzándose lentamente.

—Bai, badekozu. [176]

—Entonces puedo detenerlo.

—Ez. [177] —Su sonrisa me pone de los nervios—. En el peor de los casos, lograrás todo lo contrario. Provocarás el destino que tanto quieres impedir. Ayudarás a Herio con el sacrificio.

—¡Nunca ayudaría a Herio! —La rabia se revuelve dentro de mí—. ¿Con el sacrificio? ¿Estás loca?

La que golpea la mesa esta vez, con las dos manos, soy yo.

Respiro agitada, mirando a la abuela de Herio y consciente de que no debí hablarle así.

Pero no me importa. ¡Están todos locos! Incluso mis amigas, que iban a participar de toda esta mierda, aunque ellas aseguran que no sabían que iban a sacrificar un perro.

—Lo ayudarás —asegura y siento ganas de mandarla a la mierda e irme de este lugar.

—Sofi. —Olatz rodea la mesa y me agarra de los hombros—. No le hagas caso. El destino no está escrito, no lo puede saber con seguridad.

—Es verdad. —Amaia aparta su plato de tortilla y se levanta—. Mi tatarabuela era una sorgina y ella siempre decía que…

—Tu tatarabuela está muerta. Y yo no. —La abuela de Herio se aparta la melena larga y plateada hacia atrás.

Amaia la mira molesta, pero no responde.

Mi amiga parece conocer la existencia de la abuela de Herio de antes.

No se sorprendió nada cuando supo que era una sacerdotisa de Mari.

No tengo idea de qué cosas ha hecho Amaia en el pasado para estar aquí, para estar con este plan loco de sabotear el akelarre.

Olatz sigue agarrándome de los hombros y la mira insegura.

Yo intento calmarme. No sé si la abuela de Herio quiere ayudarnos o entorpecernos.

Lo segundo, probablemente. Quiere ayudar a Herio.

Pero es una mujer rara, nos acogió en su casa, nos dio de comer.

Y… bueno, si una bruja maligna quisiera hacernos daño, creo que ya nos habría envenenado a todos con alguna de las sopas.

Y lo que sea que puso en la infusión, solo me ha dado más fuerzas.

—¿Alguna sugerencia, señora?

Ella me mira seria.

—No vuelvas a liarte con mi nieto.

Resoplo y me aparto de la mesa.

—Liarme con su nieto, señora bruja, es lo último que haría de nuevo en esta puta vida.