Hogeita hamabi. Odio. Treinta y dos #2
¿Y qué cojones hago hablándole a un perro? Lo único que falta es que me encariñe con él también. Abro el coche, agarro bien firme a Charlie entre mis brazos y me interno por el sendero que lleva al cementerio, oculto entre los bosques de Urdaibai.
El txirimiri cae sin piedad sobre mis hombros.
Sofía
Sigo aporreando la puerta, me arden las manos.
Están rojas, casi van a desgarrarse de tanto que golpeo y golpeo la puta puerta.
También me duele la garganta de tanto gritar.
Herio se llevó el cargador de iPhone y no tengo cómo cargar el mío.
Lo único que puedo hacer es golpear y gritar con la esperanza de que…
La puerta se abre y casi me caigo hacia atrás. Respiro asustada y cansada, mirando a la mujer frente a mí. Su pelo plateado, sus ojos de un azul intenso. Intento no odiarla.
—Ai, ama [165] —dice paseando los ojos por el desastre que es ahora el cuarto de su nieto—. Por los consortes de Mari, ¿cuánto rato llevas gritando?
Haré como que me creo que esta vieja no sabía que yo estaba acá. No saco nada discutiendo con ella.
—¿Dónde es el akelarre? —Debo parecer una loca, vestida con la camiseta de Herio y el pelo hecho un desastre—. Dime dónde es.
—No llegas a tiempo y menos con este clima. —Tiene el atrevimiento de mirarme con lástima. Como si ella no hubiera querido que esto ocurriera—. Caminando tardarías horas y el único coche se lo ha llevado mi nieto.
El dolor en el pecho me sube a la garganta. Me arde, me arden los ojos también. Aprieto los labios, no quiero largarme a llorar otra vez frente a esta vieja.
—Lasai, ume. [166] Vienen a buscarte, no te alteres así.
—¿A buscarme?
—Bai. Creo que son tus amigas, quizá ellas puedan ayudarte.
No le creo nada a esta señora. Así que paso por al lado de ella y empiezo a bajar por la escalera para largarme de este lugar.
—No vas a llegar lejos si vas caminando. Te vas a perder entre la niebla y la bruma de las almas. Podrías incluso morir.
Su voz me persigue mientras bajo por la penumbra de la escalera hacia la planta baja.
—Ya he muerto una vez esta noche, señora.
—Puedo darte algo para que recuperes fuerzas. —Casi me ha alcanzado por las escaleras.
—No tengo tiempo.
—Queda mucho tiempo para el ritual.
Llego a la primera planta y me giro hacia ella. Sus ojos brillan ligeramente en la oscuridad, como los de su nieto.
—Quedan solo dos horas, señora.
—Ufff, quedan dos. Y solo en una pueden pasar muchas cosas, ¿no crees?
Inspiro hondo y trato de no enfadarme más con ella. No sé si intenta burlarse o de verdad me quiere ayudar. Lo que dice es cierto. En pocas horas pueden pasar muchas cosas. Puedes estar feliz, creyendo que vas a una fiesta con tus amigas y luego puedes morirte.
Y luego un semidiós de la muerte te despierta con un beso y la realidad se vuelve una puta locura.
¿N o crees que alguien puede enamorarse en una noche?
Siento muchas cosas por ti.
Y yo le creí. No que me amara, no soy tan idiota. Pero sí creí que algo había nacido entre los dos. Algo que podía haber llegado a ser bonito. Podría haber llegado a ser amor.
Me odio por ser tan imbécil.
Le doy la espalda a la abuela de Herio y abro la puerta de la cocina. Casi me derrumbo, casi se me doblan las piernas ante la calidez, el aroma a tortilla, ante el recuerdo de Herio y yo bromeando en ese mesón mientras Charlie comía en su platito.
Me cosquillean dolorosamente los ojos, pensando que por unos instantes creí que las cosas iban a salir bien para los tres.
Cuando abro la puerta que da al jardín, la abuela de Herio no me detiene. Las brumas reptan en las sombras, la luna se mantiene oculta por las nubes. Mi cuerpo recuerda demasiado bien lo que experimenté con esos muertos vivientes y me cuesta dar el primer paso hacia la oscuridad.
Pero lo doy.
La niebla me abre camino, me invita a perderme en el bosque otra vez. Tal vez debería hacerlo. Esas almas decían mi nombre, reaccionaban a mí. Quizá ellas podrían decirme dónde…
¿Qué es eso? Algo ronronea… no. No es un ronroneo, es un motor. El motor de un coche rompe los sonidos del bosque y mi corazón se acelera. Por un momento soy tan idiota de creer que es Herio otra vez. Descarto esa idea de inmediato, ya basta de ser tan tonta.
Pero sea quien sea, es un maldito coche, acercándose por el bosque. Ahora incluso se ven las luces, avanzan furiosas entre los árboles.
El alivio que me invade es tan grande que se me debilitan las piernas.
Una camioneta enorme emerge entre la oscuridad, salpicando barro y los dos focos me encandilan y causan chillidos indignados de un par de lechuzas que emprenden el vuelo, lejos de esa bestia metálica que se atrevió a interrumpir en su mundo.
La camioneta se detiene delante de la casa y alumbra con los focos directos hacia mí. Me cubro los ojos con la mano.
La puerta de la camioneta se abre y se baja una mujer.
—¿Sofía?
Dios, no lo puedo creer. No puedo tener tanta, tanta buena suerte.
—¿Amaia?
No sé por qué lo pregunto. Obvio que es Amaia. Solo es una silueta negra caminando dudosa hacia mí, iluminada por los focos, pero sé que es ella.
—¡Amaia!
Corro y nos encontramos y nos abrazamos entre la niebla, entre la noche y entre las farolas de la camioneta.
—Lasai, [167] Sofi. —Me abraza y me da golpecitos en la espalda.
Pero no puedo estar tranquila. Lloro desconsolada mientras ella me agarra con fuerza, mientras empieza a llover. Otra vez.
Herio
Camino bordeando el cementerio y la música del akelarre me pone nervioso. Flautas e instrumentos ancestrales que pocos conocen. Pocos saben que sigan existiendo hoy, el txistu , la txirula y la trikitixa [168] son las más populares.
Menuda fiesta se han montado en el cementerio, en mi cementerio. Incluso desde aquí, veo el fulgor de las hogueras que suelen encender las sorginas de Aker, alzándose entre las sombras de tumbas y mausoleos que pueden verse sobre el muro de piedra que rodea el recinto.
Una fiesta para mí. Una fiesta para la muerte.
Una ráfaga de viento me roza las mejillas y los árboles susurran. Me siento vigilado. Me siento juzgado.
—¿Estás contenta, Egu? —Miro hacia las estrellas y la lluvia me cae en la cara—. Haré lo que prometí. —Arropo a Charlie con mi chaqueta negra y avanzo—. Siempre seré la muerte, Charlie.
El sendero termina frente a una puerta vieja de madera, en medio de la pared de piedra. Solo es una entrada lateral, nadie me verá entrar por aquí.
Charlie me da un nuevo lametazo en la cara.
—Deja de hacer eso ya, hostia.
El bosque a mi espalda vuelve a susurrar y Charlie vuelve a darme otro lametazo en la mejilla.
Creo que le gusta el sabor de mis lágrimas.
Me giro hacia el bosque y miro la profundidad de los árboles. Dudo durante un momento. Solo un momento. Suelto el aliento despacio.
Esto será definitivo, no habrá vuelta atrás.
Podría liberarlo en el bosque, podría devolvérselo a Gaueko. Pero es como si los ojos de Eguzki no dejaran de mirarme detrás de ese terrible cristal que es su tumba. Estaban clavados en mí, pero no. Miraban el vacío.
Lagundu . [169]
Está atrapada. Está sufriendo. No puedo hacerle esto.
La puerta cruje siniestra cuando la empujo y me interno con Charlie en la oscuridad del cementerio.
FIN SEGUNDA PARTE