Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hogeita hamabi. Odio. Treinta y dos
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Hogeita hamabi. Odio. Treinta y dos

HOGEITA HAMABI Odio TREINTA Y DOS

Sofía

Salta.

Salta.

Salta.

Pero no salto. Ya decidí tomar el tren y observo el paisaje sumergido en neblina, mientras dormito con el hombro apoyado en alguien. En un hombre. Huele a perfume de hombre mezclado con un intenso olor a manzana.

Sofía.

Sofía.

¡Sofía!

Despierto, jadeando, sudada. La camiseta de Herio se me pega al cuerpo y todavía huele a él.

Inspiro hondo, inhalando el intenso olor a manzana y miro a mi alrededor confundida.

No estoy con él, solo es el olor de su ropa y su cama.

La habitación de Herio está oscura, pero la luz de la luna es suficiente para ver.

La camiseta es otra, él me ha cambiado la ropa. Eso me da igual. En lo único que logro pensar es en esqueletos, la tierra rompiéndose mientras manos putrefactas reptaban hacia mí. Cierro los ojos con fuerza.

Tranquila, respira, respira. Estiro la mano hacia la lámpara de la mesita. Abro los ojos y mi corazón se tranquiliza como si la luz cálida pudiera alejar los recuerdos de los muertos. Del esqueleto recorriendo mi piel con sus garras.

¿Por qué me dejé? ¿Por qué me quedé así tan quieta?

¿Quería sentir esas garras? El corazón se me acelera al recordar.

Creí que moverme sería peor. Creí que… No sé qué creí.

El esqueleto tenía la energía de Herio. Quizá eso me confundió, me hizo creer que no me haría daño.

Y no quería hacerme daño, quería algo mucho peor.

Temblorosa, me levanto de la cama. No sé cómo no vomité la tortilla ahí mismo.

¿Dónde está Herio ahora? Las palabras de su abuela remueven algo dentro de mí.

Su novia diosa. Había ocurrido algo con su exnovia.

¿Y Charlie? El silencio me angustia, no oigo nada más que el aullido del viento en alguna parte de la casa.

Busco debajo de la cama y nada. Charlie no está.

Me levanto rápido y miro la puerta. No, no, no puede ser.

Pero la culpa en los ojos de Herio antes de que yo perdiera la conciencia regresa a mí como un golpe en el estómago. La anticipación de una idea terrible.

Barkatu . [161]

No. No.

Corro hacia la puerta y tiro de la manilla. No se abre. Está atrancada.

—¡No! ¡Herio! —La aporreo con todas mis fuerzas, los puños me duelen de tan fuerte que golpeo la madera—. ¡Herio!

Grito con todas mis fuerzas. Empujo la puerta. Jadeo y retrocedo, mirando la madera oscura. ¡No puede haberme hecho esto! Me agarro la camiseta a la altura del pecho, como si así pudiera sacarme el corazón. Como si así pudiera dejar de dolerme.

¿Cómo pudo? ¿Cómo pudo?

Me lo voy a pensar .

Le creí como una imbécil.

Me quedaría toda la noche contigo.

Tiro de la camiseta y chillo de rabia, como si rompiéndola pudiera deshacerme de los restos de él que tengo impregnados en mi cuerpo. Su aroma en mi piel. El recuerdo de su risa, de sus besos enredados en la cama, se siente como una traición.

Barkatu. [162]

Lo odio. ¡Lo odio! La lluvia cae furiosa y siento que me derrumbo. Respirar duele mucho. No me creo esto. No. Quizá estoy haciendo suposiciones, quizá la puerta se atrancó con el frío o el calor o por la razón que sea que no sea Herio traicionándome.

Me giro hacia la ventana que hay detrás del escritorio.

Empujo desesperada las cosas que hay encima y caen haciendo tanto ruido que no sé si la abuela de Herio va a oír.

Ojalá lo oiga y venga a buscarme. Me encaramo al escritorio, abro la ventana de par en par.

El frío me golpea y tiemblo. El bosque que rodea la casa es pura oscuridad y murmullo de hojas y ramas.

Bajo la mirada y si salto es una caída de dos pisos de altura.

Una lechuza chilla y su sombra pasa como un fantasma frente a la luna. Se me aprieta el estómago al ver la niebla revolviéndose abajo. Me llama.

Salta.

Salta.

Salta.

¿Cómo pudo hacerme esto? Las lágrimas resbalan por mi cara y lloro con tanta fuerza que me cuesta respirar.

¡Ni siquiera sé dónde es el akelarre! ¡¿Cómo pudo llevarse a Charlie?

! ¡Cómo! ¡Cómo! Jadeo. Jadeo y pienso mil maneras de matarlo.

Nunca pierdo la calma así, nunca. Pero me siento…

Mierda. Me siento tan usada. Me mareo de la desesperación, de pensar en las orejitas de Charlie atentas a cada palabra que decía él.

En cómo confiaba en él. Y yo confié igual, como una imbécil.

Me ahogo de imaginar que lo pueda matar por un puto ritual.

No. No.

Me agarro al alféizar mientras intento calmar los sollozos, mientras hago un esfuerzo por ignorar las ganas de saltar.

Pero con eso no voy a conseguir ayudar a Charlie. No veo manera de bajar, me quebraré un hueso si salto. Si al menos hubiera una forma de deslizarme… Pero ¿con qué fin? No tendría hacia dónde ir. Y quizá volvería a encontrarme con las almas y los muertos que rodean la casa.

Me meto dentro y cierro la ventana. He dejado el cuarto hecho un desastre, no solo por las cosas que arrojé al suelo, sino porque entró mucha lluvia.

No me importa. Estoy empapada y fría otra vez y tampoco me importa.

Me siento traicionada por mi propio cuerpo que se sacude en espasmos por el llanto.

Tengo que dejar de llorar. No tiene por qué dolerme tanto.

¿En serio confié en él? ¿En tan poco tiempo?

He sido una estúpida, estúpida, estúpida.

Lo que tengo que hacer ahora es pensar y encontrar una forma de salir de aquí, de pedir ayuda.

Herio

Las luces del coche rompen la niebla del monte y el bosque que rodea mi casa ya ha quedado bien lejos. Todo es negro y neblina mientras nos acercamos al cementerio. Charlie va tranquilo en el asiento, aunque al inicio estaba inquieto porque hemos dejado a Sofía atrás.

Yo no. Yo estoy tranquilo. Esto no me afecta en nada. Vi morir al amor de mi vida frente a mí, puedo soportar que Sofía me odie. Me he dejado llevar, me hacía falta calor, me hacía falta cariño.

Eso me ha confundido. Solo ha sido eso.

Lo que no puedo soportar es saber que Eguzki está atrapada en su propio cadáver. Está aquí, está en este mundo y no puede moverse porque mis malditos poderes la han traído a medias.

Cuando bajo los ojos, para ver qué tal va Charlie, nuestras miradas se encuentran y mueve la cola. Supongo que Sofía tiene razón y confía en mí. Cree que lo he rescatado esta noche, es la presa más fácil que he cazado nunca.

—Esto no es personal, txakurre. [163]

Pero lo es, joder. Aprieto el volante entre mis manos y trato de no pensar en lo asquerosamente personal que se ha vuelto toda esta mierda.

No he debido liarme con Sofía, no debí dejar que se metiera dentro de mí, no he debido permitirle que le pusiera un maldito nombre al perro. No debí… Eso es lo peor.

Tomo una curva con cuidado, para que Charlie no se maree.

Qué gilipollas soy. Voy a sacrificarlo y estoy pensando en si se marea o no. Si vomita en el coche, qué más da.

¿Cómo ha podido enredarse tanto todo esto? En serio. En serio pensaba buscar otra opción.

Iré contigo al infierno si es necesario.

Joder. No sé si me siento más culpable por hacerle esto a Sofía o por lo que estuve a punto de hacerle a mi ex.

Iba a dejarla muerta, coño.

Iba a dejarla muerta por una chavala que conocí hace unas horas. Porque se me metió tan hondo, me caló hasta los huesos y todavía tengo el maldito olor a frutas de su pelo en cada respiración que doy.

¿Q ué es el amor, Herio?

Hostia, qué noche más asquerosa.

Enciendo la radio, para dejar de pensar mierdas.

Apenas lo hago, la voz de Sara Zozaya se alza por los altavoces y me envuelve.

Maittia. La canción que venía oyendo Sofía.

Y con ella, la imagen de Sofía gimiendo entre mis brazos me golpea.

Me asfixia el recuerdo de su risa mientras nos hacíamos fotos en mi cama, mientras nos besábamos debajo de las sábanas negras. Joder.

¿Q ué es el amor?

Iré contigo al infierno.

Creo que voy a romper el volante si lo sigo apretando con tanta fuerza. Apago la puta radio.

La oscuridad de la ruta empieza a desvanecerse con farolas cada vez más seguidas.

Tomo una ruta lateral, que lleva al cementerio por la parte de atrás.

Casi no veo por dónde conduzco del follón que tengo en mi mente, pero da igual.

Me sé esta ruta ya con memoria muscular.

Disminuyo la velocidad cuando estamos cerca, para no llamar la atención de gente que pudiera estar en los alrededores.

Aunque el akelarre ha empezado hace horas y la mayoría estarán borrachos o drogados con las sustancias que les da Akerbeltz.

Solo hay dos coches más en el sitio donde suelo aparcar. Uno es del propio Akerbeltz y el otro… No lo sé. Me la suda. De todas formas, tendremos que ir andando un tramo, Charlie y yo.

Aparco el coche, apago el motor y… No me bajo de inmediato.

Sumidos en la oscuridad, apoyo la frente en el volante e intento calmarme.

Si Akerbeltz me ve así, se dará cuenta de que ha ocurrido algo y querrá saber.

Me he puesto mi mejor traje, me he duchado de nuevo mientras Sofía estaba inconsciente y aun así…

Sospecho que lo sabrá. Lo va a olfatear.

Porque no puedo dejar de pensar en ella. La conocí ayer, pero la quería, la deseaba antes de conocerla.

Hostia. Me cuesta respirar. ¿Cómo voy a…?

Algo cálido toca mi pierna. Giro la cabeza y veo la patita de Charlie apoyada en mi muslo, iluminada por la luz de la luna. Inspiro hondo y me enderezo. Charlie mueve la colita mirándome con sus ojos redondos y brillantes.

—Etorri hona, [164] Charlie —digo, dándome unas palmadas en los muslos.

Él se sube a mi regazo.

—Yo amaba a mi ex, Charlie. En serio, la amaba. No siento nada por Sofía, no puedo sentir algo si la acabo de conocer.

No sé dónde tengo mis lealtades. Tal vez ya ni siquiera sé quién soy.

—¡Guau! —Charlie da un pequeño ladrido, moviéndome la cola.

—Hostia. Hubiera sido mejor seguir viéndola como una maldita muñeca.

Charlie da otro ladrido y me lame la cara.