Hogeita hamaika. Muerta. Treinta y uno #2
Sofía. Sofía.
—¡Dejen mi maldito nombre! —grito mientras Charlie ladra y la niebla gira a nuestro alrededor.
Pero es inútil. Acabamos en un claro otra vez.
La luna nos ilumina como si disfrutara del espectáculo de esta pesadilla.
Los tres muertos frente a mí, las almas en un torbellino de niebla incitándolos, chillando, danzando a nuestro alrededor.
Ya no tengo más aire para correr. Jadeo, me tiemblan las piernas y me rindo ante los tres hombres muertos que caminan hacia mí.
No. Uno es una mujer, la de la derecha. Harapienta, mugrienta y casi no se distingue de los otros dos.
Charlie tiembla a mi lado y dejo de gritar, solo consigo asustarlo. Apenas puedo estar de pie, las piernas me van a fallar.
Ahora sí que creo estar soñando.
Es una pesadilla y voy a despertar.
Los muertos se detienen, en fila frente a mí, el hombre más alto en medio.
La niebla repta y se retuerce a sus pies.
Una energía verde esmeralda brilla entre ellos, como chispas infernales que los han despertado.
Uno avanza un paso, otro y otro. El crujido de sus huesos me causa escalofríos.
Todavía tiene restos de una chaqueta podrida pegada a los colgajos de piel y hueso.
Camina hacia mí, tambaleándose, como si no recordara cómo caminar.
La luz verde que lo rodea deja una estela en la noche con cada paso que da.
—Dios mío. —Mi voz me suena hipócrita y ajena en la noche cuando el esqueleto se detiene delante de mí, más alto que yo—. ¿Qué carajo es esto?
Ni siquiera sé a quién le hablo. Yo no creo en ningún dios.
El esqueleto da un paso. Huele a tierra. Creí que los muertos olían mal, pero huele a hojas y tierra. Levanta el brazo hacia mí. Da otro paso y queda tan cerca que podría sentir su aliento si lo tuviera. Charlie se encoge, se encoge y yo le digo que se calme. Que solo es un muerto.
¿Qué podría hacernos un muerto?
Las lágrimas me corren por la cara y no soy capaz de retroceder ni un paso más. El muerto me mira y luces fatuas bailan como flamas en las cuencas de sus ojos.
Y de alguna forma, lo sé. No quiere hacerme daño.
Me paso una mano por los ojos, limpiando las lágrimas. Todavía tengo miedo, es imposible no tener miedo. Pero no va a hacerme daño. Está a menos de un metro de mí, ya lo habría hecho. Y me transmite algo, una emoción… Como las que siento a través de la piel de Herio.
Huele a manzana.
Sofía , Sofía, Sofía, susurran las almas furiosas que siguen girando alrededor de Charlie, este trío infernal y yo, fundidas con el viento. Se alzan en una espiral de energía verde hacia las estrellas.
El muerto desencaja su mandíbula, quiere hablar, pero nada sale de su boca.
Estira más la mano, la acerca tanto que sus dedos se sienten como garras en mi piel.
Los desliza, arañándome suavemente. En mi cuello.
Y me pongo a llorar otra vez. No me ha hecho daño, pero lloro como una imbécil cuando sigue deslizándome esa garra por el cuello, por la clavícula.
Esto es demasiado, es demasiado para mí. No me muevo. Solo tiemblo, jadeo y lloro.
Charlie le gruñe y se lanza a morderle la pierna, pero el muerto lo ignora y sigue bajando un terrible dedo esquelético por mi cuerpo, entre mis pechos, rajando la camiseta a su paso.
Me desea. Siento su deseo en esa uña que baja y baja.
Los otros dos esqueletos nos observan mientras hablan.
O eso intentan, haciendo castañear sus dientes de muertos.
La visión se me nubla, soy incapaz de ver otra cosa que esas cuencas que tienen por ojos donde bailan las flamas verdes de la muerte.
—Perdón. —Mi voz es un quejido patético y no sé de qué me estoy disculpando—. Perdóname, por favor.
El muerto ladea el rostro con un crujido y la cabeza casi se le disloca del cuerpo al hacerlo. Las lágrimas me nublan la vista. Ya no siento frío, no siento el suelo bajo mis pies.
Nunca había tenido tanto puto miedo en mi vida.
El muerto sigue bajando su mano, por mi vientre, como si quisiera…
—¡Geldi! [158] —ruge una voz—. ¡Itzi! [159]
La voz poderosa truena en la noche y el esqueleto se detiene.
Las almas que se alzaban hacia el cielo en una espiral caen como chispas de lluvia por todas partes, brillantes.
Los tres esqueletos se giran hacia la figura alta que se abre paso caminando entre los árboles, el pelo revuelto al viento y los ojos de plata brillantes como la luna.
Las almas que eran lluvia se funden al tocar el suelo y penetran en la tierra.
Sigo sollozando. Sollozo mirando cada paso que Herio da, como si fuera otro monstruo de la noche. La energía verde emana de él, como la luz fatua de un dios. No sé si he enloquecido del todo, pero los tatuajes de su brazo y su pecho brillan también en su piel.
Herio se detiene frente a mí. Charlie deja de morder al muerto y retrocede, moviendo la cola nervioso.
El muerto se queda muy quieto y Herio estira la mano, le toca la frente y la energía del muerto fluye de regreso hacia él, como si le perteneciera.
Le pertenece. El esqueleto se queda sin luz, se queda sin vida de nuevo y se derrumba, igual que los otros dos en un alud de crujidos de huesos al caer.
Él único que sigue brillando es Herio. La energía verde emana de todo su cuerpo, como un vapor siniestro. Clava sus ojos de plata en mí, da otro paso hasta quedar muy cerca y el corazón se me detiene.
—Barkatu [160] —murmura y levanta la mano hacia mi cara—. No lo sabía.
Toca mi mejilla y el contacto tibio de sus dedos me transmite todo. Todo. Demasiado.
Sus ojos son la luna.
¿Por qué sientes tanta culpa otra vez?
Quiero preguntarlo, pero no me sale la voz. Las palabras mueren en mis labios y el contacto suave de Herio en mi mejilla es lo último de lo que soy consciente.
Ahora todo es oscuridad.