Hogeita hamaika. Muerta. Treinta y uno
HOGEITA HAMAIKA Muerta TREINTA Y UNO
Sofía
Sigo a Charlie entre las sombras de la noche, entre la niebla espesa como un mar de plata a nuestro alrededor.
Hace un frío terrible y solo llevo la camiseta de Herio.
Trato de no temblar, aunque el vapor emana de mi boca con cada bocanada de aire, agitada, angustiada.
¿Cómo pude perderlo en tan poco tiempo? Salí un momento después que él, pero fue suficiente para que se perdiera en el bosque que rodea su casa.
También siento que lo perdí de otra manera.
—¡Guau, guau!
Charlie se mete entre los árboles ladrando y lo sigo.
Las ramas crujen bajo mis pisadas y el silencio de la noche me parece sobrenatural.
Huele a humedad, a noche. No es normal tanto silencio.
Lo único que se oye son nuestros pasos, el eco de los ladridos y la caricia del viento entre las hojas de los árboles.
—¡Charlie, espera! —jadeo, intentando no perder el rastro—. ¡Itxaron ! [156]
Se detiene y se gira hacia mí, parando sus orejitas peludas. Me apoyo en un árbol y respiro agitada, mirando la oscuridad profunda en la que nos hemos metido.
—Siento que nos observan.
El corazón me golpea agitado en el pecho y no logro quitarme esa sensación de que cientos de ojos nos miran. Pero por más que busco, alrededor no se ve nada más que las sombras de los árboles y esa bruma que repta entre nuestros pies como si estuviera viva.
Cierro los ojos y…
Sofía. Sofía. Sofía.
Me giro, pero no hay nada. O más bien, nadie. Porque lo que sí hay son tentáculos de bruma alzándose, como empujados por pequeños torbellinos de viento. Salvo que no hay tanto viento.
Es muy raro que no haya viento.
Sofía, Sofía.
Charlie gimotea a mi lado y retrocedo. Retrocedo, retrocedo, huyendo de las hebras de bruma, que se enroscan, se alzan y de pronto caminan hacia mí, o se arrastran, no lo sé. ¿Qué mierda es esto? Pero sea lo que sea que hacen, es como vivo, como humano.
Me detengo, en medio de un claro. La luna se abre paso entre las nubes e ilumina lo suficiente para comprender qué es lo que tengo delante de mí.
Personas. Bruma con forma de personas. Arrastran los pies, medio se deslizan hasta rodearme.
Están por todos lados. Son decenas, muchas. Todas enfocadas en mí.
Este lugar es todo un cementerio… Hoy las almas están furiosas y despiertas.
Sí, siento su furia. Me abrazo a mí misma y tiemblo. ¿Por qué tiemblo? ¿De frío? ¿De miedo? Solo son almas. Hoy estuve muerta y volví a la vida. Mi carne está caliente, mi sangre está caliente. Yo estoy viva. Ellos están muertos. ¿Qué me pueden hacer?
Pero mi cuerpo no quiere entenderlo, el corazón me late desbocado y tengo el estómago tan apretado que creo que voy a vomitar.
Las personas de niebla se funden unas con otras, luego vuelven a separarse en seres individuales.
Algunas son más bruma que persona y otras tienen los rasgos tan definidos que alcanzo incluso a ver retazos como cabellos, narices y las cuencas de sus ojos vacías.
Y aunque estén vacías, me miran. Quieren algo de mí, pero yo no tengo idea qué podría darles.
Inspiro hondo. Calma. Calma.
Puedo ver a los muertos. Estoy viendo a los muertos.
Si te tragas el semen de un semidiós, obtienes poderes sobrenaturales.
Mierda.
El semidiós de la muerte. Creo que sí me hizo algo más que eso de poder sentir sus emociones.
—Tranquilo, Charlie, solo son espíritus. No pueden hacernos nada.
Pero no estoy segura de eso. ¿Y si se me meten dentro?
¿Y si termino poseída como en las historias de fantasmas?
Charlie gimotea y se refugia a mi lado, desconfiado de las decenas de almas que nos rodean, cada vez más cerca.
Los árboles murmullan cosas oscuras, obscenas, las ramas y hojas enloquecidas.
Mechones de mi pelo celeste me azotan las mejillas. Un cuervo grazna en la oscuridad.
Y la tierra se rompe.
Chillo. Chillo como una maldita loca mientras retrocedo y Charlie retrocede, ladrando furioso; la tierra delante de nosotros se parte, se levanta con violencia, como en un terremoto, arrojando terrones y piedras y unos brazos esqueléticos asoman, estiran unos dedos de huesos, buscando, buscando, como si intentaran agarrar la luna que brilla en el cielo.
Herio
Cruzo el bosque en penumbras, rápido, guiado por años de recorrer este sitio.
A mitad del camino, cuando me interno entre la niebla, pienso en Sofía.
No sé si ha sido bueno dejarla con mi amuma.
Pero si es cierto que he traído a Egu de regreso…
Joder, ya estoy llegando al mausoleo y mi corazón agitado está desesperado por saber si es cierto.
Los árboles negros, de brazos esqueléticos, franquean el camino, como si fueran guardianes de su lecho de muerte.
Las hojas y ramitas crujen bajo mis pisadas y me acerco al mausoleo como un espectro más de la noche.
Se levanta delante de mí en poderosas paredes de piedra y pilares acabados en puntas de agujas de hierro.
Me detengo jadeando frente a las puertas de cristal. La estructura de piedra oscura es una barrera al mundo de los muertos, las llamas de dos antorchas danzan en la entrada, creando sombras vivas. Mi amuma las ha debido encender con motivo de Gau Beltza.
Casi no oigo los sonidos del bosque de lo fuerte que el pulso me late en las venas. Pum. Pum. Pum. No sé si es mi corazón, me parece que incluso el suelo tiembla bajo mis pies. Suelo donde yacen enterrados mis antepasados; decenas de generaciones esqueléticas enterrados en esta tierra.
Estiro la mano para bajar la manilla y entrar, los dedos me tiemblan alrededor del metal helado.
Dudo un momento. Solo un momento. Empujo la puerta, chirría como un demonio.
Un paso, dos, tres. Otro más. ¿Por qué me cuesta tanto?
Me interno en las penumbras, en el silencio de la muerte, mirando el sarcófago iluminado por la luz de la luna que entra por los cristales del techo.
Ese techo… Alzo la cara un momento y, joder, cuando tenía un orgasmo mientras Sofía me hacía una mamada vi estas estrellas. A través de este cristal. Creí que estaba delirando por el placer, pero estaba viendo lo que veía Eguzki.
Mierda.
Me acerco, paso a paso. ¿Por qué? ¿Por qué? He esperado esto durante años y ahora tiemblo como un chaval asustado mientras camino.
Una ligera luminiscencia verde emana del ataúd de cristal.
Egu. Ahí está, tal como la dejé la primera vez. Su rostro se vuelve más nítido con cada paso aterrado que doy hacia ella y, cuando al fin me detengo y me inclino sobre el ataúd, estoy llorando.
Joder. Su cabello rosa parece hecho de flores, rizado alrededor de su rostro perfecto, pálido.
Pálido como la muerte. Porque está muerta.
Sus pestañas negras parecen la obra plástica de un artista de porcelana.
Su boca roja, del color que siempre usaba, el color que yo le puse el día que la sepulté aquí.
Mis lágrimas caen sobre el cristal. No respira, esa extraña energía emana de su cuerpo, lo envuelve, con chispas verdes y brillantes como fuego del inframundo.
Apoyo las manos sobre el vidrio. ¿Qué es esa energía?
Abro la tapa de cristal y al hacerlo, la energía de Eguzki aumenta y…
no. No proviene de Egu. Es mía. Miro mis propias manos y…
No lo había notado. Creí que emanaba del cuerpo de ella, pero no.
Es del mío que fluye como un vapor verde esmeralda.
Se proyecta en ella, como si respondiera a mi presencia.
—Egu —murmuro y estiro mi mano hacia ella, temblando—. Eguzki.
Me detengo, a punto de tocarla. En todos estos años su cuerpo era como una muñeca. Fría, sin vida. Ninguna reacción. Preservada por la magia de mi amuma. Ahora que la energía la rodea, un ligero color regresa a su rostro. Su corazón no palpita, pero la siento. Siento su presencia latente.
Huele a muerte. No a descomposición, sino a su ropa húmeda, al olor que tendrían unas flores dejadas hace mucho tiempo.
Fuera, el viento sopla y un cuervo grazna.
La rama de un árbol golpea el vitral del mausoleo y mi mano sigue temblando mientras acerco más mis dedos a su rostro.
Las paredes crujen, la piedra se queja y me parece que el suelo tiembla bajo mis pies, como si todos mis ancestros enterrados en esta tumba se agitaran debajo.
Y es que se agitan debajo. Oigo sus murmullos, oigo sus súplicas. Me ruegan que me detenga.
Pero no puedo detenerme. Estoy a punto de rozar sus mejillas cuando un grito aterrado se desliza como un cuchillo por la noche hasta mí.
Sofía. Me giro hacia la entrada del mausoleo y vuelve a gritar, desesperada. ¿Me ha seguido? El pánico me invade y doy un paso hacia la salida, pero una mano fría, gélida, muerta me agarra de la muñeca.
Hostia puta.
Bajo los ojos y me encuentro a Eguzki mirándome, los ojos celestes muy abiertos, todavía acostada y aferrando mi brazo con fuerza.
—Herio —susurra, sus labios se mueven con dificultad.
Están tan secos que se le parten al hablar.
El corazón se me sube a la garganta, no puedo respirar mientras la miro—.
Herio —repite y me doy cuenta de que en realidad sus ojos no me ven, solo miran a algún sitio perdido en el más allá—, lagundu. Mesedez, lagundu. [157]
Lejos en la noche, Sofía vuelve a chillar.
Sofía
—¡Aaaaaah! ¡Diosss!
Caigo al suelo, confundida y asustada por el esqueleto enorme que me persigue.
Corre a una velocidad estúpida, sin importarle como sus huesos se flexionan en ángulos atroces.
La camiseta de Herio se me engancha en una rama y tiro con fuerza, intentando liberarme.
Me pongo rápido de pie, la camiseta se rasga y corro siguiendo a Charlie entre los árboles.
¡Mierda! ¡Otro esqueleto! Ya son tres. Y por todo el bosque esa niebla que repta, que camina, que en realidad son almas desesperadas. Jadeo, intentando pensar. No hay hacia dónde arrancar porque no tengo ni idea de dónde estoy. Todo es bosque. Todo es oscuridad.