Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hogeita bederatzi. Opciones. Veintinueve #2
66%

Hogeita bederatzi. Opciones. Veintinueve #2

—Vuelve a decirme españolito, panpina… —Su aliento me hace cosquillas en la oreja—. Y no solo sacrificaré al perro, sino también a ti con él.

Alzo la barbilla.

—Si le haces daño a Charlie iré con tu jefe —recalco a propósito esa palabra y sus ojos chispean—. Y le entregaré mi virginidad.

Herio se inclina hacia mí, aplastándome más. Agarra mis muñecas contra la almohada y me observa.

La lluvia cae más fuerte, casi no se oye nada más.

—Lo mataré —susurra y sus ojos plateados parecen relámpagos de la tormenta—. Lo mataré antes de permitir que toque ese puto pelo de ángel que tienes. Hablo en serio.

—Sé que hablas en serio. —El corazón se me acelera. Debo estar enferma, pero siento una depravación morbosa hacia la violencia que tiene cuando trata de protegerme—. Siento tus emociones, tus sentimientos, a través de tu piel.

Él me suelta una de las manos y me acaricia el pelo.

—Yo siento tus latidos. Hay muchas cosas que van a despertar entre nosotros con este lazo.

Un trueno se oye en la distancia.

—Haré lo posible por quedarme —murmuro—, pero no depende de mí.

Eso le molesta. No solo puedo verlo en sus ojos, sino que el enfado se transmite de sus dedos hacia mi mejilla, donde me acaricia.

—¿Cómo llegaste a eso? A relacionarte con la mafia. Sé que por tu hermana, ¿pero cómo?

Abro la boca para explicarle, pero un trueno muy fuerte estalla sobre la casa y casi se me sale el corazón del susto. Y al parecer, a Charlie también, porque sale corriendo de debajo de la cama, se pone a ladrar como un loco y cuando nos ve…

—¡Ez! ¡Ohien ez…! [149] —Pero Herio no alcanza a terminar de regañarlo y Charlie ya está arriba de la cama, arrojándose hacia mí.

Me da lametazos en la cara y no puedo evitar reírme. ¡Es tan mono! Se gira hacia Herio y le lame la cara a él también.

—¡Joder, qué puto asco! —Se aparta y me mira molesto mientras abrazo a Charlie y lo retengo contra mí.

El reloj de la pared marca casi la una de la madrugada.

—Charlie tiene hambre. —Le sonrío a Herio—. Y yo también.

Herio

¡Ja, ja, ja! ¡Envidiosos! Me descojona esta situación.

Nunca había recibido tanto hate en comentarios de Instagram.

Durante estos años podrían haberme envidiado por ser un semidiós.

Podrían haber envidiado mi superioridad física, mi belleza, mi intelecto, mi futura inmortalidad, pero no; jamás había tenido tantos comentarios chorreando envidia como en este momento solo porque subí una selfi con Sofía.

Ya me duele la muñeca de tanto hacer clic en la pantalla, he bloqueado a decenas de cuentas en menos de cinco minutos.

Debería dejarlo estar, no me daría la vida para bloquear tantos gilipollas.

Además, ¿para qué rebajarme? Es mi cama la que tiene el olor de Sofía en las sábanas, soy yo el que está recostado y adormecido después de que ella me hiciera una mamada, mientras se da una ducha.

Soy yo el que pasará una eternidad con ella porque es mi sorgina. Y las sorginak viven lo que viva su dios, o más.

¡Soy el ser más afortunado del puto planeta!

—¡Eh! ¡No te tomes tantas confianzas, txakurre! —Empujo a Charlie al otro extremo de la cama.

El perro insiste en lamerme la cara, joder, así que me rindo y me levanto para ponerme algo de ropa.

El sonido de la ducha en el baño es una melodía maravillosa mientras camino hacia el armario.

Lo abro y en el espejo de cuerpo entero del interior hay un idiota.

Porque sí, parezco un idiota sonriendo solo porque ella está en mi baño.

Sofía Ochoa se está bañando en mi ducha. Sin ropa. En. Mi. Ducha. Y yo no estoy ahí, con ella, porque soy gilipollas y he decidido aceptar que no quiere follar conmigo.

Por ahora.

Fuera la lluvia cae tan fuerte y el viento ruge con tanta intensidad, que creo que compiten por derribar la casa. Charlie está acojonado y Sofía ha sido lo suficientemente ingenua para preguntarme si suspenderían el akelarre por la tormenta. Ja. Se nota que es extranjera.

Saco unos vaqueros y camiseta, ambos negros y veo de reojo el traje elegante que iba a usar para el ritual.

Un traje elegante para una noche importante.

O que al menos se suponía que era importante.

Y aunque por un instante me agobio, Sofía tiene razón, no tengo por qué sentirme tan culpable.

Voy a revivir a Egu solo que de otra manera y otro día. Ya está.

¡Bum! Otro trueno estalla, iluminando el cielo y Charlie gimotea, se baja de un brinco de la cama y viene corriendo a meterse entre mis piernas.

—Realmente eres gilipollas —digo, mirando al cachorro oculto entre el armario y yo—. No te fíes de mí todavía.

Pero no hace más que temblar, así que me pongo los vaqueros y lo cojo en brazos.

Me siento con él en la cama y se acurruca entre mis brazos, temblando, mientras la lluvia golpea sin cansancio los cristales.

La luna menguante sobre los montes se desdibuja, anaranjada y deforme por los surcos de agua de la ventana.

Tik, tak. Tik, tak. Las manecillas del reloj crujen y se funden con el sonido de la lluvia en un ritmo que empieza a estresarme. Ya casi es la una de la madrugada y me pone tenso que se acerque la hora del ritual, no me puedo creer que esté haciendo esto. Renunciando.

¡Hostia! Me sobresalto porque el móvil vibra en la mesita de noche y se sobresalta Charlie también. Me inclino hacia atrás, sin soltar a Charlie y estiro el brazo para cogerlo. Vuelvo a sentarme bien para ver qué puede querer Gorka, la única persona a la que le tengo notificaciones activadas.

¿Un mensaje de Instagram? ¿No debería estar trasladando a las chicas de Bilbo para el akelarre? Abro el mensaje y el estómago se me retuerce. Lo que veo no tiene ningún puto sentido.

¿Q ué es el amor, Herio?

Me quedo helado. Yo nunca estoy helado, pero ahora un sudor frío me corre por la espalda. Miro a mi alrededor, como si Eguzki pudiera estar en cualquier parte de la habitación espiándome desde el más allá.

La ducha se corta, Sofía debe haber terminado y el corazón me late rapidísimo. Nunca jamás le he hablado a Gorka de mis conversaciones íntimas con Egu. Nadie, absolutamente nadie sabe que ella siempre me hacía esa pregunta.

¿Lo habrá visto todo? No eran paranoias mías. Cuando la vi en el vapor del baño, de verdad era ella.

Lo ha visto todo, joder.

Dejo el móvil en la cama y paso las manos por el pelo de Charlie, sigue muy nervioso por la tormenta. Otro trueno estalla fuera y cuando le acaricio el lomo, despacio, las manos me tiemblan.

¿Estoy haciendo lo correcto? No puedo evitar mirar el reloj.

Todavía queda tiempo. Todavía no es la una y el ritual no será hasta pasadas las tres, cuando la luna menguante esté en lo más alto.

El cementerio del ritual no está tan lejos, si tomo los caminos ocultos de Urdaibai puedo estar ahí en menos de quince minutos en coche.

Las ventanas vibran y el viento aúlla.

¿Por qué me siento traidor con Sofía solo por estar pensándomelo? Es a Egu a la que he traicionado. Le he fallado asquerosamente solo porque Sofía apareció. Bastaron unas horas de sus miraditas, de su risa, de sus besos, para que yo lo dejara todo.

—¿Herio?

La puerta del baño se abre. Sofía emerge entre el vapor, tapada solo con una toalla blanca y el pelo de un celeste más oscuro, a causa del agua, cayendo hasta sus hombros. La luz cálida de la mesita de noche produce un halo que parece mágico al reflejarse en las gotitas de vapor.

Sonríe. Sonríe de verdad, con real ternura.

Y me doy cuenta de que es porque me ve con Charlie sobre las piernas y mis manos encima de él, intentando calmarlo.

El corazón que tenía desbocado se calma.

Me refiero al mío. Tenerla aquí conmigo me calma, fuera de toda lógica, considerando que hace unas horas ella no era parte de mi vida.

No. Solo era la protagonista de mis más perversos sueños.

Sofía camina hacia mí entre el vapor y no me extraña que en pocas horas me haya dejado sin voluntad alguna. Parece una puta diosa abriéndose paso entre la bruma. Cuando empezó esta noche me sentía poderoso. Listo para iniciar mi camino a la inmortalidad. Pero…

¿Quién soy yo al lado de una mujer así?

—¿Estás bien? —Estira la mano y me tenso por completo cuando roza mi mejilla con el dorso de sus dedos.

Esto es una locura.

Sonrío con confianza, con la suficiencia de un semidiós.

—Estoy bien, panpina.

Ella sonríe también.

No estoy nada bien.

¿Q ué es el amor, Herio?

Joder. No tengo ni puta idea.