Hogeita zortzi. Nirea. Veintiocho #2
Su brazo es largo y logra capturarnos en la imagen hasta la cintura.
Los tatuajes de sus bíceps parecen una decoración junto a mi cara y mi pelo celeste.
Sonríe con malicia traviesa y apoya su cabeza en la mía, el pelo alborotado de él casi se funde con las sábanas negras.
Todavía tengo la sudadera abierta, pero no se me ven las tetas porque me está abrazando y su brazo es lo suficientemente grande para cubrirme las dos. Al menos los pezones.
—Instagram te va a banear por esto —digo con la gomita en la boca.
—No hay pezones. —Me aprieta más con el brazo y los tapa bien.
Algo se enciende en mi vientre. Él y yo, en esa imagen, somos hermosos y eróticos a un nivel imposible.
—Saca la lengua, Sofía.
Mi nombre suena poderoso en su boca de semidiós. Ni me doy cuenta y le estoy obedeciendo. La saco al mismo tiempo que él y los dos ositos rojos se ven en nuestras lenguas, una al lado de la otra.
Clic. Toma la maldita foto.
Luego se gira sobre mí, me mira a los ojos y yo no respiro, hipnotizada por los suyos.
—¿Otra?
Eguzki
En un coche que cruza la serpenteante carretera de Euskal Herria, dos chicas conversan con el hombre que las lleva a la fiesta. No cualquier fiesta. Se trata de Gau Beltza. Y no es cualquier Gau Beltza, sino el más importante en años.
Es la noche en que mi amado Herio, semidiós de la muerte, entregará la ofrenda que iniciará su camino a la ascensión. Un sacrificio que le permitirá estar un paso más cerca de revivirme, a mí, el amor de su vida y todas sus vidas.
O era así antes de que una chica de pelo celeste se cruzara en su camino.
—¿Puedes ir más rápido? —Una de las muchachas se echa hacia delante y se asoma entre los asientos para mirar al conductor—. ¡Vamos con una hora de retraso!
—No estoy segura de esto —protesta la otra—. No sé si podremos hacerlo sin…
—Calma —dice el chico—, si les falta una buscaremos un reemplazo.
Ellas intercambian murmullos, inseguras, no se creen capaces de enfrentarse a los dioses y no sucumbir a la tentación, evitar el ritual sexual como han planeado durante meses.
Tienen la ridícula idea de que así van a salvar a Mari.
¿De qué? No sé. Mari es mi ama [140] y estoy segura de que no quiere ser salvada.
El chico les sonríe, ajeno a sus perversas intenciones y las mira un momento por el espejo retrovisor, mientras toma una curva que se sabe de memoria.
—No pasa nada, chicas. ¿Os he dicho que soy amigo de Herio? Vosotras tenéis entrada VIP. No os dirán nada por llegar tarde o con un integrante menos.
Eso las tranquiliza, incluso las emociona. El chico no es cualquier chico. Es Gorka, el mejor amigo de un semidiós.
—Ah, ¿sí?
—Bai. [141] Estas curvas son peligrosas. No queréis morir antes de asistir al ritual, os lo aseguro. Vosotras os habéis atrasado, no puedo hacer más.
—Tuvimos un problema con una amiga.
—¿Pero nos dará tiempo a llegar? —pregunta la otra.
—Noski. [142] Confiad en mí —insiste Gorka—. Ahora estarán bebiendo, si es que Akerbeltz no se ha alargado con su discurso de todos los años.
No parecen muy convencidas. Susurran entre ellas que no se creen que el chico conozca a un semidiós en persona y el chico las oye.
Le molesta que lo miren a menos, pero justo cuando va a abrir la boca para convencerlas, el móvil que tiene enganchado en el salpicadero del coche suena con una notificación.
No suele mirar el móvil conduciendo, pero hace una excepción porque llega a ver el globo que resume la actividad:
Herio acaba de subir una historia.
Y eso es raro, raro de cojones, porque claro, él cree que Herio está haciendo su trabajo, como tendría que hacer. Ni siquiera sospecha que está siendo un desgraciado pervertido manoseando a una maldita mujer mortal.
Así que el chico estira el brazo, confiado, sabe esas curvas de memoria y abre la notificación.
En la pantalla enorme aparece una selfi de Herio sin camiseta, sobre su cama, abrazado a la chica con la que Gorka lleva años soñando.
Una foto indecente y asquerosa si me preguntan a mí.
Ella sonrojada, con la melena celeste desordenada y el brazo de él cubriéndole las enormes y vulgares tetas, apenas lo suficiente para taparle los pezones.
Casi chocan. Las ruedas chirrían sobre el asfalto y las chicas chillan cuando Gorka pierde el control del coche y frena justo antes de estamparse contra la pared del monte.
Por poco, muy poco. Y en ese momento de muerte, en una noche como esta, me cuelo.
Se han acercado suficiente al mundo de las tinieblas como para que pueda tocar la mente de una de las muchachas y meterme en ella.
Susurro, la impregno, le dejo grabada la información necesaria para hacer que mi novio, el desgraciado infiel que tenía que concentrarse en devolverme a la vida, recuerde lo que prometió llorando sobre mi cadáver.
—¡Dios! ¡¿Amaia estás bien?!
—Bai, Oli, ondo. Lasai. ¿Eta zu? [143]
—Ondo [144] —dice Oli.
Amaia se incorpora. No olvidará lo que le he susurrado y con eso es suficiente.
Odio a Herio en este momento. Espero que mi mensaje lo destruya. ¿Antes he dicho que es el amor de mi vida?
Sí. Pero, enteraos, podéis odiar al amor de vuestras vidas.
Aunque no voy a pensar en él, no, o las corrientes de la muerte volverán a arrastrarme hacia allí y mi corazón leal no es capaz de seguir viendo cómo se pervierte junto a esa chica.
—¡Es Sofi! ¡La de la foto es Sofi! —Oli está muy alterada.
—Chicas, joder, barkatu. [145] —Gorka respira agitado, aliviado de no haber muerto por una tontería. Aunque no es una tontería para él—. No creí que fuera a ver algo así.
—¡Puta Sofi! ¡Va a arruinarlo todo! —Amaia le quita a Gorka el móvil de las manos. Siente unos celos irracionales, mezclados los celos de ella y los míos—. No me lo puedo creer. Nosotras preocupadas, buscándola por toda la puta ría y ella… Ella estaba…
—Con Herio —dice Gorka, intentando recuperar su móvil, pero Amaia no se lo entrega—. Cabrón. No puedo creer que me haya hecho esto cuando yo… Un momento. ¿La conocéis?
—¡Es nuestra amiga, la que se había perdido!
Mientras Oaltz le explica lo ocurrido a Gorka, Amaia usa el móvil para escribirle un mensaje a Herio. Lo hace desde el Instagram de Gorka, pero no importa, es el mensaje que le he susurrado y Herio sabrá que soy yo. Es algo que jamás le ha mencionado a Gorka. A nadie.
—Tenemos que ir por ella. —Amaia le regresa el móvil a Gorka, ni siquiera es consciente de lo que acaba de hacer—. Necesitamos a Sofi para el akelarre. Ningún reemplazo será tan buena como ella.
—Claro que iremos por ella. No dejaré que Herio haga esta tontería.
Gorka guarda su móvil, no sin antes mirar una vez más la foto de Instagram, que ya tiene cientos de miles de likes y otros cientos y miles de comentarios de gente peleándose. Teorías de que si son novios, que si Herio le ha pagado y de que si Sofía sigue siendo virgen o no.
Qué rabia me da. Si revivo, mi imagen de diosa estará mancillada por una infidelidad.
La publicación reza:
«Un angelito ha caído en mis manos en la Noche Negra. Perdedores, nirea da». [146]
Gilipollas.
El coche se pone en marcha y, esta vez, Gorka cruza las curvas de Bizkaia a toda velocidad.