Hogeita zortzi. Nirea. Veintiocho
Sofía
—Joder… —Herio se cubre el rostro con el brazo y se empieza a reír, tumbado de espalda sobre la cama—. No puedo creer que me hayas chupado la polla gratis.
Y aunque se cubre la cara con el brazo, veo la sonrisa que intenta ocultar.
Supongo que lo hice bien. Sentada en el borde de la cama, me tapo el cuerpo cruzando la sudadera sobre mis pechos, mirándolo.
La luna menguante ilumina la cama, su cuerpo divino.
Las sombras perversas recorren el espacio profundo entre su pelvis y sus oblicuos, el tatuaje negro que forman las alas de un cuervo se recorta contra su piel blanca.
Entiendo a lo que se refería Amaia. Es difícil no derretirse ante la visión de un hombre así. Ahí, enredado entre las sábanas negras, parece una pintura al óleo de alguna clase de criatura mítica y perversa que quiere seducirme para llevarme al infierno.
Inspiro, conteniendo el calor entre mis piernas.
Le acabo de chupar la polla a un semidiós.
Le dije a mis amigas que eran unas asquerosas y yo estaba tan, pero tan excitada, que me tragué su semen sin siquiera pensármelo.
Me lo bebí, dulce y con sabor a manzana, como si fuera un cóctel. Un elixir mágico.
Empiezo a bajarme de la cama, pero…
—¿A dónde crees que vas? —Herio me agarra del brazo y me tira encima de la cama.
Se gira y atrapa mi cuerpo contra el colchón, usando el peso del suyo.
Me observa con los ojos todavía rasgados de placer.
Los párpados pesados, como si fuera a caer rendido de sueño sobre mí.
Contengo el aliento, admirando la forma en que su pelo marrón se levanta en picos revoltosos que brillan con la luz.
Dios, qué mino es este weón. Guapo es quedarse corto.
—Esto es tan absurdo —murmura, mirándome. Como si mi cara tuviera infinitos detalles.
El corazón se me acelera y me tenso. Me siento usada. ¿Va a decirme que soy una imbécil, que me usó y ahora se va a ir a hacer su tonto ritual?
—¿El qué? —Apenas me sale la voz.
—Tú y yo. No me creo que estés tú en mi cama.
Me relajo y suspiro. Él besa mi mejilla y luego debajo de mi oreja, robándome escalofríos.
Me río porque sus besos me causan cosquillas.
La sudadera está abierta de nuevo y hunde su rostro en mi cuello, empieza a besar mis hombros, mi clavícula y enciende lo que ya se había encendido antes mientras le hacía sexo oral.
—Tienes las tetas de una diosa —dice entre susurros y besos. Llega hasta mis pezones y me muerdo los labios para no gemir, para no rendirme ante él cuando los besa también—. Voy a follarte, ahora.
—No. —Lo empujo de nuevo—. Ahora no.
Él se levanta un poco y apoya el peso de su cuerpo en los codos, sin dejar de atraparme contra la cama.
—¿Ahora no?
Trato de calmar mi respiración. Sigo agitada por lo que hicimos. Por cómo me sigue tocando.
—No puede ser esta noche.
—¿Por qué? Humm, espera. Empiezo a dudar si irme al ritual. Creo que necesito más motivaciones para desistir de mis planes divinos.
Le doy un golpe en el hombro y él se ríe. Como si esto fuera un juego, como si fuera gracioso.
—¿Quieres hacerlo conmigo así? ¿Por una amenaza?
Ladea el rostro, la cruz de acero de su oreja destella y un mechón de cabello marrón le cae sobre la frente.
—Quiero estar dentro de ti, penetrarte, oírte gemir. —Me enseña una sonrisa maliciosa—. No me importa qué excusa te inventes para dejarme hacerlo, panpina.
Miro sus ojos grises y sé que lo dice en serio. Bajo la mirada por su cuerpo, por los músculos tensos de sus brazos, por el tatuaje que se enrosca como alas vivas en sus bíceps enormes. Cierro los ojos e imagino ese pene enorme dentro de mí.
¿Cómo será hacerlo con un semidiós?
¿Lo deseo por su cuerpo? ¿Lo deseo porque un estúpido vínculo mágico nos unió? Abro los ojos y mi corazón da un vuelco con la intensidad de sus ojos de plata.
Ya no llevo la sudadera mágica y todavía me trastorna.
Quizá quiero hacerlo porque… Porque él me gusta.
Lo conozco hace cinco horas y me gusta. Mató a dos hombres solo porque me hicieron daño.
¡Me excitó tanto verlo con la sangre de nuestros enemigos desparramada por el cuerpo!
Me lo imagino rajándole la garganta a Vicente y a todos los desgraciados que me tienen atrapada en esa telaraña de criminales y me mojo de solo pensarlo.
—¿Me vas a dejar follarte? —Roza mi nariz con la suya—. ¿Quieres que te ruegue? —Sus labios acarician los míos y cierro los ojos, anhelando un beso que no nos hemos dado—. Puedo rogarte si eso es lo que quieres, neska.
Tal vez sí quiero que me ruegue. Me gusta cómo me mira, como si fuera… una diosa. Muchos hombres me han mirado así, pero ninguno que realmente hubiera estado con una diosa. Y ninguno que hubiera opuesto tanta resistencia como él. Todos me han visto siempre como un premio.
Es la primera vez que uno me mira como si tocarme fuera un puto castigo.
Y aun así quiso hacerlo. Aun así está dispuesto a rogarme.
—¿De verdad vas a detener la tontería esa de Charlie?
No me atrevo ni siquiera a decir la palabra sacrificio en voz alta, por si el cachorro hubiera despertado y nos estuviera oyendo. Herio me mira a los ojos y pasa el dorso de los dedos por mi mandíbula, recorriéndola.
—He desistido en un noventa por ciento de posibilidades.
Una burbuja de felicidad crece en mi pecho.
—¿En serio?
—En serio.
Creo que me alivia tanto no solo por Charlie, sino por nosotros. Un posible nosotros. Porque no quería odiarlo. Y es impensable que llegue a sentir algo real por él si está dispuesto a hacer algo tan malo como matar a un perro.
—Entonces, mañana follamos.
—Joder, ¿no puede ser hoy?
—No, hoy no.
Herio entorna los ojos y yo trato de ignorar el cosquilleo en mi vientre solo porque sigue acariciando ociosamente mis tetas con la otra mano. No me las deja en paz.
Y en serio, me muero por hacerlo con él.
Nunca me había sentido así, tan atraída por un chico.
Además, si voy a regresarme a Latam y olvidar que es un semidiós, debería aprovechar.
¿Cuántas veces en la vida puedes follarte a un ser mitológico?
Aunque me haya tocado uno un poco imbécil y de moral dudosa.
Pero no, no lo haré. No soy tan idiota. Quizá solo me está usando porque tenía de fetiche follar conmigo. No me voy a arriesgar a hacerlo y que luego se lleve igual a Charlie al ritual.
—Bueno, vale. —Parece resignado—. Hoy no.
Se me escapa una sonrisa. Qué fácil aceptó.
Se estira hacia un lado y toma de la mesita un paquete nuevo de gomitas, el móvil y se acomoda a mi lado.
—¿Tu teléfono ya se ha cargado? —pregunto, viendo que está encendiendo la cámara y luego lo levanta sobre nosotros—. ¿Qué haces? ¡Estás como un puto loco si crees que me voy a tomar una foto contigo!
Intento alejarme, pero él me abraza y me apega a él.
—Solo una. Nadie me chupaba la polla hace dos años, estoy de buen humor. Joder y lo has hecho de maravilla. Déjame hacer una foto, soy tu fan.
—¡No, olvídalo! —Pero se me escapa una risa.
—Quiero recordar para siempre este momento. —Levanta el móvil para hacerlo y yo empujo su mano, apartando la cámara.
Claro que lo hago de maravilla. No follo para mantener mi virginidad que vale oro, he tenido que aprender a ser creativa con mi boca.
Y él esta demente si piensa que voy a arriesgar mi trabajo por una estúpida foto que podría subir a internet.
Mis seguidores se pondrán como locos. Empiezo a sentarme en la cama, pero él me agarra de la cintura y me abraza desde atrás. Apoya su mentón sobre mi hombro.
—Si te tomas una foto conmigo, me esperaré hasta mañana. No iré al akelarre. Al cien por cien.
Me quedo muy quieta, sintiendo su aroma a manzanas y el calor de su torso desnudo contra mi piel.
—No te creo.
Me giro hacia él y observo sus ojos grises. Siguen algo rasgados, somnolientos por el sexo. Su boca infame me sonríe tentadora apenas a unos centímetros de la mía y mi corazón late irregular, borracho por tenerlo tan cerca.
—Bueno, ya. Solo una foto —digo mirando su boca y sus hoyuelos diabólicos.
Él mira la mía. Casi se tocan.
—Solo una. —Sonríe más—. ¿Dulce o cítrica?
Al inicio no entiendo la pregunta, pero luego recuerdo la bolsa de gomitas que cogió.
—Dulce.
Saca una gomita roja y se la pone en la boca, creo que la va a masticar, pero en vez de eso, me toma del pelo y atrae mi cabeza hacia él.
Su boca encuentra la mía y me sorprende tanto que no reacciono.
Sus labios calientes aprietan los míos. Su aroma dulce me invade, me penetra.
Abro la boca para intentar respirar y él me mete la gomita empujando con la lengua.
Y ahí está, su lengua saboreando la mía, saboreando la gomita roja en mi boca.
Sus labios se mueven lentos, probando los míos. Oh, oh, ¿me está besando?
Sí, definitivamente me está besando.
Me besa despacio, una corriente eléctrica se apodera de toda mi piel y la gomita juega entre nuestras lenguas. Me dejo besar, como una idiota. Como si esto no fuera un juego para él, como si yo no estuviera haciendo esto solo para retenerlo lejos de ese ritual.
Como si me gustara.
Cuando se aparta, estoy temblando.
—No te la tragues. —Herio sonríe, mirándome satisfecho.
La cara me arde, no sé por qué. Le chupé la polla pero me ha vuelto loca con un maldito beso. Se mete otra gomita él, del mismo color y se deja caer de espaldas sobre las sábanas negras.
—Etorri hona, panpina. [139]
Me atrae hacia él y me abraza, pasándome el brazo por detrás.
Me recuesto contra su pecho, con el corazón todavía acelerado y no estoy segura de si esto está bien.
Subo los ojos hacia la pantalla del teléfono que él ha puesto arriba de nosotros y reconozco la aplicación.
Va a tomarla directo de las historias de Instagram.
Mis seguidores se van a enfadar y… Oh. Vaya. Observo nuestra imagen en la pantalla.
Somos guapísimos juntos.