Hogeita zazpi. Zurea. Veintisiete
Herio
Joder, no puedo. No sé qué es esto, este poder que tiene sobre mí, pero no puedo quitármela de encima.
Puedo traerla desde la muerte, podría matarla si quisiera, pero soy incapaz de usar la fuerza para impedir que me siga lamiendo la polla.
Y percibo la rasgadura en el destino, el antes y el después. No hay retroceso después de esto. Sé que no seré el mismo. No me importa la hora, no me importa si Akerbeltz va a matarme por no llegar al akelarre. Solo me importa su lengua caliente succionando.
Succiona todo de mí, está tragándose mi alma.
¿Cómo es posible que su boca sea tan deliciosa?
No sé por qué cojones es importante que sea virgen para un ritual, pero quizá tiene alguna clase de poder.
Su energía se apodera de mí. Cada movimiento de su lengua, cada vez que chupa, me envuelve.
Me amarra como la cuerda con la que al principio la he amarrado. Es poderoso.
O quizá solo es porque es ella. Ella.
Ella es poderosa, joder.
—Sofía —gruño, desesperado de placer, su lengua desgarra mi espíritu.
El aire del cuarto se vuelve pesado, húmedo. Y me odio. Me odio por estar susurrando el nombre de otra que no sea mi ex. Me odio porque juré que no tocaría a otra chica que no fuera Egu nunca más en mi puta vida. Y aquí estoy, rompiendo la promesa que hice sobre la tumba de una diosa.
Y no me arrepiento, eso es lo peor de todo.
Sofía se aparta un momento para respirar, pero no.
No la dejo. La agarro del pelo celeste y empujo su cabeza contra mi pene, desesperado por su boca.
Gime ahogándose con mi polla y me excito más, más.
¿No quería esto? La empujo otra vez. Una y otra vez.
Y cuando pienso que se va a resistir, que se va a rendir asfixiada por mi polla que apenas le cabe en la boca, ella encuentra el ritmo, logra respirar de alguna manera por la nariz y meterse todo lo que puede hasta el fondo de la garganta, causándome oleadas infames de placer.
—Arggg, hostia puta, neska.
No me importa si me está usando para distraerme.
La presión de sus amígdalas en mi glande, de sus labios en el tronco de mi pene me debilita, me enloquece.
Sus gemidos y arcadas me enloquecen. Mis manos pierden fuerza y caigo de espalda sobre la cama, con los dedos de una mano todavía enredados en su pelo.
Veo las estrellas. La visión se me nubla y de pronto estoy en medio del bosque, las ramas de los árboles golpean el cristal sobre mi cabeza a través del cual el firmamento nocturno me observa.
Qué mierda más buena, hostia, qué delicia.
Pero no hay ningún cristal sobre mí, solo el techo.
No estoy en el bosque, sino en mi cuarto. Es imposible que vea las estrellas.
Estoy delirando, joder.
Relajo las manos, libero el pelo de Sofía y ella se retira para respirar. Ladeo el rostro, sin levantarme y la miro. Error. Grave error. Tiene los ojos llorosos, las mejillas sonrojadas y los labios mojados. Me pongo más duro que antes.
No sé si me gusta tanto por el vínculo o porque es ella. Porque siempre ha sido ella chupando mi polla en mi imaginación.
—Jarraitu [136] —ordeno.
Creo. Por la sonrisa que se forma en sus labios, puede que le haya suplicado.
Con calma, ignorando lo enloquecido que estoy por tener su boca mojada en mi polla otra vez, ella se pasa la mano por la barbilla y se limpia el líquido preseminal que chorrea desde sus labios.
Es lo más sensual que he visto jamás.
No sé si lo que hay en esos ojos enrojecidos es odio o deseo, pero me da igual.
Porque sigue. Toma mi polla con la mano, la desliza de arriba abajo mirándome a los ojos y los espasmos me recorren otra vez.
Sus tetas de diosa se mueven cuando mueve la mano.
Se mete mi polla en la boca y aunque quisiera cerrar los ojos y dejarme llevar, vuelvo a enredar mis dedos en su pelo de fantasía y la miro.
Miro como esa cara de muñeca angelical me chupa la polla.
Puede que Sofía Ochoa sea virgen, que su coño valga miles de dólares porque nadie lo ha penetrado, pero está claro que es una experta en sexo oral.
Es imposible que no haya hecho esto cientos de veces antes, joder.
Joder, que mierda más buena. Definitivamente sabe cómo usar la boca, la lengua.
Cada vez más fuerte, cada vez más adentro, cada vez más rápido.
Ya no se ahoga. Ya no gime. Se da un festín con mi polla, me agarra los huevos como si fuera mi puta dueña.
Ah, es mi dueña, joder. Y aunque haya dicho que lo hace por salvar el perro, también lo está disfrutando.
Mueve las caderas contra la pierna que tengo sobre la cama y verla excitada, ver a Sofía Ochoa frotándose contra mí, me hace perder la cordura.
No sé en qué me momento me he vuelto a sentar otra vez, ella sigue chupándome la polla, agarro con una mano su pelo y con la otra le masajeo una de sus maravillosas tetas.
—No te detengas. Hori da, [137] neska, sigue así y me voy a correr en tu garganta.
Me atraviesan jodidos espasmos de lujuria.
Sofía se desconcentra. Le es imposible seguir con el ritmo perfecto de antes, excitada como está ahora con mis dedos que juegan con sus pezones.
Pero aunque haya perdido el ritmo perfecto, esto es una imperfección deliciosa, verla sonrojada gimiendo y haciendo un esfuerzo por chuparme la polla.
Le aprieto el pezón, a la vez que empujo suavemente su cabeza para meterle la polla hasta al fondo y ella gime y se atraganta.
Joder, no me he liado con ninguna mortal en años por orgullo y ahora me he rendido por culpa de su boca, me despoja de cualquier pizca de resistencia que me pudiese quedar. El vientre se me contrae dolorosa y deliciosamente.
Y me corro.
Agarro su cabeza con las dos manos y jadeo viendo cómo Sofia Ochoa se traga mi semen y mi orgullo de semidiós con él. No lo escupe, no se le chorrea, se lo traga todo. Todo.
—Hostia qué puta mierda más buena. —Me dejo caer de espaldas, aspirando agitado enormes bocanadas de aire como un maldito mortal mientras ella termina de tragarse todo mi semen.
Se traga todo. Todo lo que había dentro de mí.