Hogeita sei. Ríndete. Veintiséis #2
¿Qué? Me llevo a la mano al pecho. ¿Se está burlando de mí? Es decir, sé que la gente me encuentra guapa. Pero ella…
—Ella era una diosa.
—Bai. ¿Y qué?
—¿Y qué? Yo soy solo una humana.
—Aun así.
No me lo creo. No me creo lo que está diciendo.
—¿Acaso te sorprende? —Herio se acomoda y su pierna medio tapada por la toalla roza la mía, apenas cubierta por la sudadera—.
Egu te odiaba porque lo sabía. Su aspecto de muñeca me recordaba a ti, usaba el mismo tipo de ropa, el pelo del mismo color que el tuyo en esa época.
Le dije que la amaba, que tú eras una obsesión del pasado y en serio lo creí.
—Todavía la amas. Lo has dicho.
—¿Lo he dicho? —Sus labios se inclinan en una sonrisa triste—. No tengo ni idea de qué cojones siento, neska. Solo me siento asquerosamente infiel y traidor. Y asquerosamente desesperado por no perderte a ti ahora que el destino te ha puesto en mi camino.
En serio está confundido. El gris de sus ojos es un caos de culpa y tentación. Y debería sentirme mal por él, pero no puedo. Saber que él está sintiendo dudas por mí, alimenta un ego perverso en mi interior.
—Entonces —murmuro, inclinándome un poco hacia él—. No me pierdas.
Los ojos de Herio se pasean por los míos. Cierra los ojos y se lleva una mano a la cabeza, agarrándose el pelo.
—Llevo dos años preparando esta noche, joder. ¿Cómo voy a hacerle esto, cómo…? Si mi amuma no llega pronto…
No, no. Está dudando otra vez.
—Por favor. —Me acerco más y lo agarro de los hombros—. Te ayudaré. Encontraremos otra manera.
Mira un momento el cajón y sé qué está pensando en ella.
—Olvídala por una noche —susurro tomando su cara entre las manos para que me mire a los ojos—. Solo una noche. Olvídate de la culpa, Herio. Ella está muerta, yo estoy aquí.
—¿Qué estás insinuando, panpina?
No dejaré que vaya a ese maldito ritual.
—Sabes lo que estoy insinuando. —Lo rodeo del cuello y noto cómo se pone de tenso, enderezando mucho la espalda y mirándome como si fuera una súcubo salida del infierno.
Traga con fuerza, la nuez de su cuello se mueve de manera deliciosa.
—Ya, y sé también que lo haces solo para distraerme, neska.
—¿Y qué? —Me inclino, apego más mis caderas a las suyas y suspiro en su oreja—. Voy a chuparte la polla. ¿En serio te importa la razón?
Apoyo los labios en su cuello. Herio me agarra del pelo y me tira hacia atrás. Nuestros ojos quedan a centímetros de distancia. Los de él arden, brillantes como mercurio.
Yo ardo también.
—No. No voy a hacer esto —dice con voz profunda—. Te lo he dicho. —Sus dedos aprietan más mi pelo y se me escapa un gemido de dolor—. No puedo hacerle esto. Ni siquiera sé qué haré contigo cuando ella vuelva y…
—No estaré —jadeo, mirándolo a los ojos—. Me iré a mi país. Cuando salga de Euskadi me olvidaré de que eres un semidiós, ¿o no? —Empujo hacia delante y el agarre de sus dedos cede un poco—. No le diré nada a tu noviecita, no te preocupes.
Él abre mucho los ojos y luego los entorna, se convierten en dos finas líneas de plata.
—Yo no quiero que me olvides. Ni de coña voy a dejar que te vayas, panpina.
Aprieto los labios. No. No voy a permitir que sus palabras me confundan, que me haga creer que le importo realmente. Dice eso porque está embelesado en este momento, pero yo no puedo competir con lo que vi en esa foto. Solo soy un capricho sexual, una fantasía que puede satisfacer.
No puedo competir con una diosa.
—Úsame —murmuro y bajo la cremallera de mi sudadera. Hasta abajo. La sudadera cae en la cama y quedo completamente desnuda sobre él—. Olvídate de ella, por una noche. Solo una noche.
—Neska… —Herio titubea, con la mano apoyada en mi hombro.
No se decide si empujarme o no.
—Tócame —insisto y deslizo esa mano hacia el centro de mi pecho—. Una. Sola. Noche. —Le dedico una sonrisa maliciosa—. Ni siquiera te cobraré.
Él se ríe, una risa contenida. Y yo no sé cómo puedo bromear en esta situación.
Estoy nerviosísima, el corazón me golpea el pecho de tan rápido que late.
Y tal vez él piensa que es nuestro vínculo mágico lo que me atrae.
O su maldito olor a manzanas frescas que es una droga.
No es nada de eso. Es ver en su iris de plata el esfuerzo que hace por mirarme a los ojos y no a mi cuerpo desnudo.
Es cómo sus facciones tensas reflejan la lucha por no caer en la tentación.
Dios, me pone tan caliente que debo contenerme para no restregarme sobre él.
Y qué fuerza de voluntad tiene este chico. No me toca. Mantiene su mano en el centro de mi pecho, donde la dejé.
Me acerco más, alzándome arrodillada en la cama, a horcajadas sobre sus piernas y estoy tan pegada a él que mis pezones casi rozan la punta de su nariz.
Durante un momento más sigue debatiéndose consigo mismo, sigue resistiéndose.
Jadea, sus ojos se rinden y se desvían hacia mi cuerpo, hacia mis pechos.
Suelta el aliento, en un quejido ahogado.
—No quiero… —Pero no quita los ojos de mis tetas y sé que he ganado este round.
—Creo que otras partes de tu cuerpo piensan diferente.
Suelto su cara y hago a un lado la toalla que es lo único que cubre sus piernas.
Dios, intento que no se refleje en mi expresión lo que pienso de su polla dura. Definitivamente es un semidiós. Esto va a ser un desafío. Es gruesa, mucho.
—Neska, no sigas, mesedez. [132]
Me levanto, agarro su pelo entre las manos y acerco mis pechos a su boca. Se rinde completamente.
—Joder… —Me apega a él y se me escapa un gritito cuando me rodea por la cintura con un brazo.
Levanta la mano libre, agarra uno de mis pechos con fuerza, enfadado, consigo o conmigo, no sé.
Se mete el pezón en la boca y lo besa, lo chupa, cierra los ojos como si no hubiera probado unas tetas en su vida.
Y no puedo evitarlo, el calor de su boca convierte las brasas de nuestro vínculo mágico en un fuego explosivo. Sin darme cuenta estoy encaramada encima de él, gimoteando.
No puedo dejarme llevar, no puedo ir demasiado lejos.
Vicente me va a asesinar si pierdo la virginidad. Solo necesito lo suficiente para que Herio se olvide del tiempo, para que se olvide de esa tontería de ritual.
Pero mi cuerpo no lo entiende. El placer que me produce ver su rostro delicado, esos labios obscenos rendidos ante mí, hace que me derrita, que me entregue a sus caricias.
De un momento a otro ya no estoy haciendo esto para distraerlo, estoy desesperada por estar con él.
Me contoneo como si fuera a dejar que me folle.
Yo, que nunca, jamás, he deseado que un hombre me folle.
Pero él no es cualquier hombre.
Es un puto semidiós.
—Joder, esto está mal. —Herio abandona mis pechos y entierra su rostro en mi cuello—. Por favor, déjame. —Su voz es tan grave que hace vibrar algo dentro de mí—. Tengo que irme.
Murmura en euskera algo de que no puede hacerle esto a esa exnovia suya. [133] No le hago caso. Lo agarro del pelo y tiro hacia atrás, inclinando su cabeza para que me mire a los ojos.
—Puedes venirte —susurro rozando sus labios al hablar como si lo fuera a besar—. En mi boca.
Sus pupilas se expanden y la cordura abandona del todo su mirada. Dejo besos en sus pectorales enormes. Deslizo mis manos rasgando su piel en un impulso de odio que siento contra él. Odio que… odio que me guste tanto.
Odio que siga enamorado de su ex.
—Neska, itzi. [134] —Herio me agarra del pelo—. Déjalo ya.
Tira de mi pelo, pero no lo suficientemente firme como para que me detenga. Agarro su pene duro y grande con las manos, bajo la piel para que emerja su glande enrojecido y suave y paso lentamente la lengua por la punta, tanteando. Saboreando.
Dios, el olor a manzana despierta un hambre terrible. Quiero probarlo, pero no. Lo torturo. Lo rozo con el borde de mis labios sin metérmelo dentro.
—Hossstiiiaaa —jadea y sus dedos se pierden entre mi pelo—. No puedo con esto.
Separo mis labios, levanto la cara y lo miro. Miro sus ojos plateados, la desesperación que hay en ellos. Respira agitado viendo que me relamo los labios.
No me detiene cuando bajo la mirada y me meto la maldita polla de un semidiós en la boca.