Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hogeita sei. Ríndete. Veintiséis
56%

Hogeita sei. Ríndete. Veintiséis

HOGEITA SEI Ríndete VEINTISÉIS

Sofía

Me rodea una oscuridad diferente. Es difícil de explicar. Sabes que no es la oscuridad de cuando cierras los ojos ni tampoco la de una caverna oscura. Es la oscuridad de la muerte. Una oscuridad que promete cosas, que te invita a adentrarte en ella tirando de tu alma y de tus más secretos anhelos.

Salta.

El viento revuelve mi pelo y me inclino sobre la baranda de la estación. Hay un camino entre esa oscuridad tentadora, más abajo del andén. Si saltara caería en ese camino y podría recorrerlo, saber si ella está ahí.

Un momento… ¿Quién? ¿A quién buscaba? Yo buscaba a alguien.

Salta.

Salta.

¡Salta!

Tal vez debería saltar. Suena emocionante y no veo ninguna razón para no hacerlo. Es más, siempre he querido hacerlo. Siempre he querido saltar.

Apoyo un pie en las barandas de metal y estoy por empezar a subir cuando un murmullo que se acerca desde la distancia me detiene. Txu, txu, txu. Cada vez más fuerte. Txuku, txuku, txuku. Me giro y el enorme faro de un tren se viene acercando en la oscuridad.

¡Salta!

No suelto la baranda, todavía quiero saltar.

Pero algo tira de mí hacia esa luz, el sonido del tren que es como un arrullo acogedor.

Disminuye la velocidad y los primeros vagones pasan cada vez más lento frente a mí.

A través de las ventanas veo paisajes, lugares.

Personas. A algunas las conozco. Una de ellas se gira hacia mí y abre mucho los ojos por un momento, apartándose la revoltosa melena marrón para mirarme.

Enseguida se va, esa ventana se vuelve chiquita y se aleja. Y aunque algo me dice que conozco a esa persona, para cuando pasan más ventanas ya he visto muchas caras y muchas vidas y no recuerdo quién es.

El tren es larguísimo y empiezo a perder interés. Todas las ventanas son iguales, las personas son iguales. Todo se repite una y otra vez, en cambio la oscuridad murmura mi nombre. Me volteo.

Sí, creo que debería saltar.

—¡Sofía!

Me giro de nuevo hacia el tren. Se ha detenido y la puerta del vagón frente a mí se abre, irradiando una cantidad de luz insoportable. Una figura alta me mira de pie en medio de esa luz y estira una mano hacia mí. Me cuesta ver sus rasgos con tanta luz.

—¡Rápido! —Da un paso hacia mí, con el brazo extendido y sus largos dedos invitándome a tomarlos—. ¡Vente conmigo! ¡Ahora!

Dudo un momento. ¿Quién es ese hombre? Mis ojos se acostumbran a la luz, ahora veo mejor.

Miro su mano, luego alzo los ojos y… Dios.

Es hermoso. El pelo marrón refleja las luces del techo, desordenado, caótico.

Sus ojos son casi tan plateados como la luna y sus labios…

no sé cómo describir sus labios sin caer en una obscenidad.

El tren empieza a ronronear otra vez, se pone en marcha.

—¡Etorri hona, panpina! [130]

No puedo decirle que no. Es imposible decirle que no.

Así que tomo su mano. Él tira de mí con fuerza, me abraza contra su cuerpo y el viento amenaza con tirarnos a los dos del tren que ya corre a toda velocidad.

Pero las puertas no se cierran y la oscuridad enfurecida intenta alcanzarme, es una fuerza que me hace gritar mientras el hombre me abraza y el viento genera un caos dentro del vagón.

—Lasai [131] —susurra contra mi pelo—. No volveré a soltarte.

La oscuridad se aleja. Respiro apretada contra el cuerpo del hombre.

Huele a manzanas.

—¿Sofía?

Herio me observa serio sentado en la cama junto a mí.

La luz de la lámpara de la mesita vuelve anaranjado su perfil semidivino.

Tiene el pelo húmedo por la ducha y algunas gotitas todavía reposan en sus pestañas.

Me incorporo de a poco, todavía aturdida por el sueño que acabo de tener.

Mis ojos se tardan un momento en su cuerpo desnudo, cubierto solo por una toalla blanca en las caderas.

La manera en que se marcan húmedos los surcos de su abdomen y su oblicuo es realmente infame.

Con un esfuerzo aparto los ojos y lo miro a la cara.

Podría mentirme a mí misma y creer que solo me gusta por el vínculo mágico que hemos creado.

Posiblemente eso ha hecho que todo lo que siento sea más intenso, pero…

este chico me pareció el ser más guapo que había visto jamás desde que me saltó su primer vídeo en TikTok.

Su olor a manzanas me acelera el pulso, es una droga. Y esos ojos grises ligeramente rasgados como los de un gato me queman por dentro.

—Me gustabas más cubierto de sangre —murmuro somnolienta.

Él sonríe y su boca es una maldita desgracia. ¿Puede ser una boca lujuriosa solo con sonreír?

Sí. La suya lo es.

—Y a mí me gustas más sin ropa, neska.

El estómago se me contrae y el corazón me da un brinco.

Esta ha sido una noche loquísima. Al inicio de esta noche creí que detestaba a este hombre. Creo que solo era mi orgullo herido porque me rechazó. Aunque todavía podría odiarlo otra vez si insiste con lo de Charlie.

—Estás rara. —Herio se inclina un poco hacia mí y me aparta el pelo de la cara—. ¿Te encuentras bien?

—Estaba soñando con el momento en que morí.

Herio me mira con curiosidad.

—¿Recuerdas algo? Yo… —Aparta la mirada un momento—. Me he desmayado cuando intentaba reanimarte y algo recuerdo. Había un lugar… Como si estuviéramos en unas clases, en una especie de escuela. En ese lugar te conocía. Hace mucho tiempo.

Y ahora me doy cuenta por qué este vínculo es tan poderoso. Por eso mis emociones hacia él son tan intensas. Porque eso es lo que siento. Siento como si lo conociera desde hace tiempo.

Herio ladea el rostro, mirándome pensativo a los ojos.

El gesto es tan casual, familiar, tan cotidiano, que un escalofrío me recorre.

No puede ser cotidiano si lo conozco hace unas horas.

Pero aquí estamos, los dos sentados sobre su cama de sábanas negras, con Charlie tranquilamente dormido debajo, conversando como si hace unas horas no me hubiera secuestrado.

Como si no hubiéramos estado en un tiroteo en una catedral. Como si…

—Lamento la forma en que me he puesto antes de irme al baño.

—Herio aparta la mirada y me doy cuenta de que está viendo el cajón del velador—.

No sé qué hacer. —Apoya los codos en las rodillas, inclina la cabeza hasta agarrarse el pelo entre los dedos y cierra los ojos—. Estoy tan confundido, joder.

¿Confundido?

—¿Porque te recuerdo a tu ex?

—Me siento culpable. La he visto en el baño.

—¡¿Qué?! —Me siento más recta y la sudadera me resbala, dejando el hombro descubierto.

Los ojos de Herio se desvían un momento hacia mi hombro y los aparta rápido.

—La había sentido en la catedral. Creí que podían ser ideas mías por la culpa de estar traicionándola con eso de pensarme si hacer el sacrificio. Pero no. Ahora en el baño la culpa fue peor, me asfixiaba y… Ahí estaba. Detrás de mí.

Miro hacia todos lados, hacia las sombras del cuarto. ¿Qué espero? ¿Encontrar a su ex espiándonos oculta detrás de la mesita de noche o del armario?

—Creo que ya no está. No estoy seguro. Joder, mis actos deberían haberla apartado lo suficiente.

No lo dice con alivio. Sus palabras, la espalda curvada hacia delante mientras se agarra la cabeza con las manos, hablan de culpa y de dolor.

Y me hace sentir mal. Mal porque… ¿Qué esperaba?

Que porque me dijo que no volviera a Latam y se pone posesivo cinco minutos ¿va a existir algo entre los dos?

¿Es que soy tan idiota de confundir un berrinche de machito posesivo con interés real?

Solo le interesa mi cuerpo, como a todos. Y es mejor que asuma eso.

—Vi la foto que tienes en la mesita. Estaba buscando si tenías condones y…

—¿Ah? ¿Por qué buscabas condones? —Herio gira la cabeza hacia mí y se endereza—. Espera, tú…

—¡No, no! —Agito las manos y la cara me arde de vergüenza—. Solo quería saber si habías estado con alguien, si…

Herio suelta una risa que suena más a desgracia que a felicidad.

—No he estado con nadie en dos putos años. Desde que ella murió.

Oh, vaya. ¡¿Qué?! ¡¿Dos años?!

—¿Por la culpa?

Es muchísimo.

—Claro que es por la culpa. Y porque ninguna persona me ha parecido que merezca la pena. Porque todavía la quiero. Hasta hoy pensaba que nunca querría volver a tocar a otra mujer que no fuera ella.

Me miro las manos, juego con los dedos sobre el cobertor. Empieza a llover de nuevo. Gotitas de lluvia furiosas golpean contra el cristal de la ventana y agradezco que mitiguen el silencio incómodo que crece entre los dos.

—¿Por eso me dices muñeca? ¿Porque te recuerdo su aspecto?

Herio voltea el cuerpo por completo hacia mí y queda con una pierna fuera de la cama y la otra flectada sobre el colchón.

—Te digo muñeca porque pareces una muñeca.

Lo miro a los ojos y me está sonriendo. Dos hoyuelos caprichosos se forman cerca de su boca.

—Las muñecas están vacías —susurro.

Herio estira el brazo hacia mí y me da un golpecito con el dedo en la nariz.

—Las muñecas representan cosas imposiblemente bonitas.

El corazón se me detiene.

—Tu ex también parecía una muñeca. Era preciosa.

—Lo es. Sigue siendo preciosa. —La lluvia cae con más fuerza—. Está preservada, en un mausoleo en los jardines de la casa.

Mierda. La imagen de Herio en la foto, feliz, enamorado y sin la malicia que ahora es habitual en sus facciones se mezcla con la idea de su ex preservada en el mausoleo. ¿Qué tan desesperado tiene que haber estado para haber hecho eso?

—Me has salvado para reparar lo que no pudiste hacer con ella.

—¿Qué dices?

El viento sopla y agita los árboles fuera de la casa. Sombras extrañas se forman en las paredes de la habitación y me siento fuera de lugar. Incómoda.

—Te gusto —digo insegura— porque me parezco a tu ex.

Él me afirma de la barbilla y me obliga a mirarlo a los ojos.

—Neska, llevaba años obsesionado contigo. Eras mi amor platónico. —Lo dice como si tal cosa y no puedo evitar ponerme roja—. No me gustas porque te parezcas a mi ex.

—¿Seguro que no?

—Joder, no. Eguzki me gustó porque se parecía a ti.