Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hogeita lau. La casa en el bosque. Veinticuatro #2
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Hogeita lau. La casa en el bosque. Veinticuatro #2

Charlie regresa corriendo con el palito, Sofía lo recibe pero esta vez no lo arroja de nuevo.

Seguimos caminando en silencio mientras Charlie intenta quitarle el palito de la mano.

Ella no se lo entrega. El perro, al rato se rinde y camina junto a nosotros, olfateando los árboles.

Ya casi estamos llegando a mi casa y creo que nunca había hecho este camino con tanta gente.

Si cuento al perro como gente, claro. Lo que significaría que estoy delirando yo también.

—Si me voy a Latinoamérica… olvidaré que existes, ¿verdad?

Hostia. No había pensado en eso.

—¿Herio?

Me he quedado de pie unos pasos más atrás.

Joder, definitivamente no puedo dejar que vuelva a Latam.

Una cosa era que estuviera lejos cuando no nos habíamos conocido y otra muy diferente que se vaya y se olvide de mí.

Ahora me conoce. No solo me conoce, hemos estado…

No sé cómo describir lo que hemos hecho, pero ha sido intenso.

Al menos para mí. No he sentido esta cercanía con ninguna mujer desde que murió Egu.

No quiero que Sofía se olvide de mí.

Incluso si Egu regresa.

La culpa se me asienta en la boca del estómago. La percibo incluso más pesada que cuando me he dejado llevar por el ritual y le lamí el cuerpo. Eso ha sido algo sexual.

No querer que me olvide se siente… más personal.

¿En serio estoy dispuesto a traicionar el amor que le juré a Egu?

Sofía me mira confundida, de pie en medio de la niebla, de los árboles susurrantes y ni siquiera parece tener frío. ¿Será por nuestro lazo? ¿Será que mi sangre le ha dado fuerza? ¿Hasta dónde llegará ese poder? ¿Logrará sostenerse ese lazo si se va a Latam?

—Sí, más o menos —digo, recordando lo que me había preguntado. Siento la garganta seca—. Si te vas a Latam, me recordarías como un humano normal.

—¿Funciona como el akelarre?

—No, el akelarre es peor. Olvidas todo lo ocurrido el día del akelarre. Olvidas la existencia de los dioses y cualquier cosa relacionada con ellos.

—Aaah, vaya. En ese caso…

—Espera, ¿por qué sabes que la gente se olvida con el akelarre?

Volvemos a caminar y Charlie corre detrás de nosotros, alegre. Joder, espero que mi amuma encuentre otra forma de hacer el ritual. No porque me importe el perro, claro. Me la suda el perro. Pero no quiero que Sofía me odie.

Aunque ahora la que va a odiarme es Eguzki. El sentimiento de traición a mi ex se vuelve más fuerte a medida que me adentro en los territorios de mi casa. Pasé mucho tiempo con Egu en este bosque, en este lugar.

—Mis amigas me explicaron eso del akelarre antes de encontrarme contigo.

—Ah, ¿sí? ¿Por qué?

Ya se ven las luces del baserri, estamos a punto de llegar.

—Porque… ¡No, Charlie! ¡Por ahí no! —Sofía sale corriendo detrás del perro que se acaba de internar en el bosque.

Hostia.

Corro tras ella.

El estómago se me retuerce. ¡No, ese camino no! Si sigue ese camino llegará directo al mausoleo de mis ancestros. Ancestros que se dedicaron durante generaciones a la nigromancia, igual que mi amuma. No creo que sea buena idea encontrarse con sus almas una noche como esta.

La neblina se retuerce con cada paso que doy y me murmura cosas. No la entiendo, creo que las almas se confunden con esta densa niebla que nos rodea. Empujo las ramas, empezando a ponerme nervioso porque Sofía desaparece de mi rango de visión y…

—¡Aquí estás! —Sale de detrás de un árbol, agarrando a Charlie que patalea furioso.

Está tan concentrada en el perro que, al parecer, ni siquiera se ha dado cuenta de las enormes estructuras de piedra que se alzan un poco más allá entre los árboles. Casi imperceptibles en la oscuridad.

—¡Calma, Charlie! —Sofía lo acaricia—. Herio nos va a dar comida en su casa.

Me mira con una sonrisa que parece sincera. Me gustaría creer que es sincera, pero tengo clarísimo que todo lo que está haciendo es para manipularme y salvar al perro.

Joder, puede que hasta llorar y confesarme que le ha gustado enrollarse conmigo no fuera más que una forma de retorcerme la mente.

Y lo peor de todo: No me importa.

—Bai, neska, os voy a alimentar. —Tiro de su mano, sin importarme sus anteriores intentos por alejarse de mí y la guío entre los árboles—. Hago una tortilla de patata que flipas.

—No sé si Charlie puede comer eso.

—Ya veremos.

Esta vez camina pegada a mí, agarrándose a mi brazo con el suyo y sosteniendo a Charlie en el otro.

Parece nerviosa, supongo que el vínculo que ha generado conmigo la deja percibir el peligro, la energía de las almas mezclándose con la niebla.

Dejamos atrás los árboles y la casa antigua se alza ante nosotros en medio de la oscuridad, iluminada apenas por unas farolas repartidas por el jardín.

Ufff, el alivio de que no haya seguido ese sendero es un sudor frío en mi espalda. Un poco más allá y se hubiera encontrado no solo con mis terribles ancestros, sino con algo mucho peor. El mausoleo donde está preservada Eguzki.

Desde aquí siento la energía latiendo. ¿Estará Egu realmente más presente esta noche? ¿O serán sensaciones que tengo por la terrible culpa que insiste en clavarse en mi pecho?

Mientras cruzamos el claro hacia la casa, haberle ofrecido tortilla de patata a Sofía me parece el acto más infame que haya hecho esta noche. Más que matar a esos hombres.

Nunca he cocinado para nadie que no fuera mi ex.

Sofía

Cuando Herio abre la puerta, la madera cruje, rompiendo el silencio de la noche del bosque.

Una lechuza chilla en alguna parte y yo dudo un instante si entrar o no.

Por puro instinto, en realidad no tiene sentido intentar huir.

Su teoría de que hemos generado un vínculo tiene sentido, porque mientras me tomaba la mano para salir del bosque podía sentir sus emociones en mi piel.

Está nervioso. La culpa lo corrompe y no sé si sentirme bien o mal por eso.

Bien, porque significa que me desea a pesar de que su exnovia sea una diosa. Mal porque… Yo solo lo estoy usando para que no le haga daño a Charlie.

Querer más sería estúpido de mi parte. Tengo que regresarme a mi país, al menos una temporada.

—¡Aizu, txakurre! [122] —grita Herio, pero es demasiado tarde, Charlie se escabulle dentro de la casa—. ¡Itzi hori, [123] Charlie!

Me muerdo el labio para no reírme. Por mucho que Herio se haga el duro, no ha demorado mucho en empezar a llamar a Charlie por su nombre. Creo que mi misión de rescate está a punto de ser un éxito, es obvio que si le coge un poco de apego al cachorro no va a ser capaz de matarlo.

Entro detrás de ellos y la luz me encandila mientras inspiro hondo; un intenso olor a tortilla inunda el lugar.

Al sentir el olor de la comida, cualquier duda o idea de huida se esfuma de mi cabeza y el hambre despierta mis sentidos.

El calor de las ollas al fuego, los caldos de aromas deliciosos burbujeando, hace que me tiemblen las piernas.

Es como si, de pronto, todo lo que ha ocurrido, todo el cansancio y la locura de esta noche se me vinieran encima.

Y aunque dijo que no pruebe nada, no puedo quitar los ojos de esos caldos maravillosos.

Se me hace agua la boca. El vapor se enrosca hacia el techo, dibujando formas extrañas entre los ramilletes de decenas de hierbas colgadas por aquí y por allá.

Es una cocina antigua, pero está limpia a pesar de que, evidentemente, alguien dejó un proceso culinario sin terminar.

Una especie de desorden armonioso. El horno emite una luz cálida y me muero por saber qué se está cocinando dentro.

Las dos sartenes tapadas que veo encima supongo que tienen tortilla.

Incluso la zanahoria a medio picar que hay sobre una tabla en la encimera me atrae, me llama.

No pasaría nada si tomo aunque sea un poco…

—Que no cojas nada, neska. —Herio agarra mi muñeca. Mierda, estaba a punto de tomar un trozo apetitoso y anaranjado de zanahoria, sin siquiera darme cuenta—. Goazen, [124] necesito limpiarme, estoy hecho un asco.

El contacto de sus dedos en mi piel me hace despertar. Es como si los vapores aromáticos me hubieran hipnotizado y la mano firme de Herio alrededor de mi muñeca me hubiera arrastrado de vuelta al infierno que es la realidad.

Sí. La cocina se sigue sintiendo acogedora, pero ya no tan iluminada y maravillosa como parecía mientras olfateaba los caldos.

Debo tener demasiada hambre. Parece un paraíso lejano que ha pasado frente a mis ojos y se ha escapado. Este lugar es tan acogedor que me dan ganas de llorar.

El cansancio me aplasta mientras Herio me empuja por la cocina para ir hacia otra puerta que hay al fondo.

La abre, pero yo me quedo de pie, mirando insegura la oscuridad del otro lado. El pasillo apenas tiene luz. Una escalera se perfila en la penumbra con la poca luz de las farolas del jardín que entra por las ventanas.

—¿Sofía? —Baja la mirada gris hacia mí, sosteniendo todavía la puerta.

Los tatuajes de su brazo y su pectoral izquierdo, el lado que tiene tatuado, están todavía salpicados de sangre.

El pelo marrón desordenado se le queda un poco pegado en la frente, quizá por la humedad, quizá por los restos de sangre.

La cruz de acero de su oreja izquierda destella con la luz cálida del horno y soy incapaz de dejar de mirarlo.

Mi casa es el infierno.

Y él es, con absoluta certeza, el príncipe del infierno invitándome a pasar. Sería más fácil resistirme si el supuesto infierno no fuera tan… acogedor.

—¿Qué te ocurre? —Herio se detiene antes de abrir la puerta del fondo.

Tik, tak, tik, tak. Un reloj antiguo mueve las manecillas colgado en la pared. Son un poco más de las once, pero todavía quedan muchas horas para el ritual. Siento que en unas horas he hecho más cosas que en una semana entera.

Inspiro hondo y levanto la mirada hacia la de él. Tengo los ojos llorosos.

—¿En serio lo preguntas? Este lugar es el primer sitio normal que veo en horas.

Ese tiempo en la cueva se me hizo eterno.

Luego intentaron matarme, por segunda vez, en una catedral y me curaste mientras un montón de monjas se masturbaban a nuestro alrededor.

—Me tiembla la voz—. ¡Y vi a dos hombres morir!

—Respiro acelerada, me tiemblan las manos—.

¡Ha sido una noche horrible! ¿Y me preguntas qué me ocurre?

—Ya. Sin embargo… —Herio sonríe, una sonrisa maligna y arrebatadora—. Apuesto a que ha sido la mejor noche de tu vida.

Se interna en el pasillo siniestro y Charlie lo sigue moviendo la cola, superemocionado. Aprieto los puños y odio que vea tan fácilmente la verdad.

Porque sí. Esta noche me ha hecho sentir más viva que nunca. Lo que es un poco retorcido, considerando que me he casi muerto dos veces. Una creo que ha sido oficial.

Hipócrita, hipócrita.

Sigo a Herio en silencio por una escalera tenebrosa que cruje con cada paso que damos.

—Creo que mi amuma no está —dice Herio—. Mejor, así tendremos tiempo antes de que regrese. Se pone muy pesada cuando me ve con sangre.

—¿Tu amuma estará de fiesta? —Me causa gracia imaginarla por ahí. Los viejos en Euskadi son muy fiesteros.

Charlie pasa corriendo entre mis piernas y sube las escaleras contento.

—Créeme —dice Herio—, no quieres saber dónde está.

En el pasillo de arriba me guía hasta la habitación del fondo. Las puertas a los costados están cerradas y no se ve ninguna luz.

—¿Vives aquí solo con tu amuma?

Herio me mira. Fuera, las nubes se abren y dejan pasar la luz anaranjada de la luna menguante. Iluminan el perfil de Herio y la sonrisa que se forma en sus labios.

—Bai, nadie nos molestará.

Empuja la puerta de su habitación y Charlie entra antes que yo.

Nadie nos molestará.

Vale, pero… no molestarnos ¿para qué?

Supongo que se refiere a hablar. Hablar sobre todas las cosas que en una sola noche me cambiaron la vida.

Mierda. Entrar en su cuarto no debería ponerme tan pero tan nerviosa.