Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hogeita lau. La casa en el bosque. Veinticuatro
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Hogeita lau. La casa en el bosque. Veinticuatro

HOGEITA LAU La casa en el bosque VEINTICUATRO

Sofía

Esto es superincómodo. No solo porque vaya en un coche de mierda con un semidiós malhumorado y un perro medio mojado acurrucado en las piernas.

Es incómodo porque… Se siente bien. Y considerando todo lo que ha ocurrido entre nosotros esta noche no debería sentirme bien.

Debería sentir rencor, deseos de venganza y algo similar al desprecio.

Supongo.

En cambio, me siento tranquila y calentita.

Al menos a esta chatarra andante le funciona la radio y la calefacción.

Y Herio accedió a cambiar ese rock satánico en euskera que tenía puesto al principio y ahora suena la voz melodiosa de una chica vasca.

También en euskera, pero en vez de demoniaco parece la voz de un ángel, acompañada de sonidos electrónicos mientras cruzamos la autopista de Bizkaia.

—No subas los pies al…

—¿Es una puta broma? —Me giro hacia él y hago como que no me impacta la manera en que su perfil semidivino se recorta contra las luces de la ciudad. Su maldita nariz es perfecta, ligeramente quebrada en el centro y luego recta—. ¡¿Hay una telaraña y no puedo subir los pies?!

—No mates la araña. —Herio mira nervioso hacia este lado del coche—. Es una mascota.

Suelto una carcajada, pero él junta demasiado las cejas y sigue conduciendo, lanzando miraditas hacia la esquina donde he puesto los pies, cerca de la calefacción.

Creo que no está bromeando con lo de la araña mascota.

—No vayas tan rápido, porfa. —Agarro mejor a Charlie—. Esta cosa no debería poder ir tan rápido.

—Lasai. —Medio sonríe sin quitar la vista de la carretera, tomando una curva a toda velocidad—. Ya sabemos que puedo curarte si chocamos.

—Prefiero no experimentar.

—¿Puedes ver si quedan gominolas en la guantera? —Da golpecitos con los dedos en el volante, ansioso.

¿Es adicto al azúcar o qué? Abro la guantera y grito del susto cuando algo se viene hacia mí. Pero no es una criatura maligna, ni arañas, solo es un montón de paquetes de gominolas. Cinco caen al suelo.

—Quedan unas cuantas…

—Venga, cógelas. Me muero de hambre.

Tomo un de los paquetes y empiezo a abrirlo mientras empieza otra canción de la misma chica.

—Intenta que sea roja, mese [118] —dice Herio.

Busco una roja y las palabras de la canción en la radio se cuelan por mis pensamientos.

Ze naiz galduta nozenian.

¿Qué soy cuando estoy perdida?

La canción me golpea. Ahora la voz de la chica se turna jugando con la voz de un chico. Comprendo la letra en euskera.

Galduta nozenian zeinaiz ba ni.

Cuando estoy perdida, ¿quién soy?

—Herio. ¿Puedo entender el euskera por nuestro vínculo?

Él me mira un momento.

—Tendría sentido. Tenemos un lazo mágico. Y el euskera es el idioma de la magia. Al menos aquí.

Nerea zinen.

Eras mía.

Solo es una canción. Pero mientras Herio deja atrás la ciudad y se interna en la oscuridad de los montes, me recuerda sus palabras.

Significa que eres mía.

¿Cuánto de literal era cuando me dijo eso? Mierda, prefiero no pensarlo. Recordar lo que hicimos en esa catedral… Basta. Fue la magia. Fue la magia.

Alargo el brazo para pasarle una gomita roja. Él me mira y sus labios se estiran en esa sonrisa obscena que solo él logra conseguir. Y saca la lengua.

—¡No voy a dártela en la boca!

—¿Quieres que suelte el volante? Podría chocar.

Lo dice mientras pisa el acelerador a fondo y el coche se acerca a la curva a una velocidad totalmente ilegal.

—¡Ve más lento!

—Vale, pero dame mi gominola. —Disminuye un poco la velocidad y mantiene las manos en el volante.

—Idiota —digo, pero acerco la mano hacia su boca.

Él sonríe más, se inclina y agarra con los dientes la gomita de entre mis dedos. Sus labios tibios rozan mi piel. Solo un instante. Es solo un maldito instante y es suficiente para que un escalofrío me recorra por completo.

El fuego se enciende desde mi vientre hasta mi pecho y la cara me arde. Me cosquillean los malditos pies. Herio se ríe y yo le arrojo la bolsa con las gomitas al regazo.

—El resto tómalas tú.

Me alejo en mi asiento, apegándome a la puerta, como si necesitara poner distancia entre él y yo. Quisiera bajar el cristal y dejar que entrara aire, pero no quiero que se dé cuenta de lo mucho que me afectó.

Es por la magia, no puedes evitarlo.

Eso ha dicho él, eso dije yo para justificarme.

Pero cuando le mandé una colaboración hace dos años, cuando chillaba como una loca sobre mi cama porque la notificación decía que él había visto mi mensaje… Todavía no me había afectado ninguna magia.

Herio

Aparco el coche cerca del baserri, [119] pero no demasiado.

Hay mucho barro por la lluvia y correría el riesgo de dejarlo atascado.

Y todavía no sé si tendré que asistir al ritual.

Ya, le he dicho a Sofía que le preguntaríamos a mi amuma si había otra forma sin sacrificar a Charlie, pero no es seguro.

Además, esa otra forma podría implicar que asista al ritual de todas maneras.

Todavía queda tiempo, son casi las once de la noche y el ritual no es hasta las tres o cuatro de la madrugada.

Cuando la luna menguante esté en lo más alto.

El cielo está completamente negro. Algunas estrellas se ven entre las nubes, pero la luna ni siquiera ha salido de los montes. Para criaturas como yo, el tiempo transcurre diferente en noches como hoy. Se estira, chicloso. Como una gominola.

Aunque no debería confiarme demasiado.

—No te alejes del camino —le advierto a Sofía y echo a andar por el sendero.

Nunca había traído a una chica que no fuera Eguzki a mi casa.

La niebla repta como una criatura viva por el suelo, los árboles del bosque franquean el camino y las luces del baserri palpitan varias decenas de metros más allá en la oscuridad.

Un cuervo grazna en la noche, dándome la bienvenida.

He cruzado muchísimas veces este sendero, desde que tengo recuerdos, pero hay algo diferente hoy.

¿Será porque es Gau Beltza? ¿Será porque es la noche de mi ascensión?

[120] El olor a madera, a hojas mojadas es más intenso.

El cielo está cubierto por nubes muy negras y tengo que iluminar con una linterna el camino.

Más por Sofía que por mí, yo me lo sé de memoria.

Y no solo es que los olores se perciban más intensos.

El viento agita las hojas de los árboles, haciéndolas susurrar.

Y más allá, siento el latido de la tierra.

No. No es la tierra. Ladeo el rostro… es casi como si lo oyera.

Las almas. Son las almas de los muertos, rogando por emerger de entre las raíces, de sus tumbas.

Los que tienen tumbas.

—¿Qué es esto, Charlie? —Sofía se agacha y recoge el palo que le ha traído el perro—. ¿Quieres jugar? ¡Ve por él!

Le arroja el palo de nuevo y Charlie corre por el sendero.

—No sé si es buena idea que Charlie se aleje. —Bajo la mirada hacia Sofía, que camina encapuchada a mi lado—. Este lugar es todo un cementerio y hoy las almas están furiosas y despiertas.

Ella levanta el rostro hacia mí. Joder. ¿Cómo puede ser tan guapa incluso en estas condiciones? Tiene una mancha de tierra en la mejilla, el maquillaje emborronado y el pelo hecho un desastre. Y se ve absolutamente follable.

—No veo las cruces, ni las lápidas.

—No las hay. —Apunto con el mentón el bosque—. Aquí murieron hombres defendiendo sus tierras en batallas hace muchos años. Son almas furiosas y hoy las siento inquietas. No dejes que Charlie se meta en el bosque.

—¡Eso, Charlie! ¡Oso ondo! [121] —Sofía recibe el palito que Charlie ha recuperado y se lo vuelve a arrojar—.

¿Y bien? —Mete las manos en la sudadera mientras caminamos.

Juraría que hace lo posible por mantenerse un poco alejada de mí.

Si doy un paso hacia ella, ella da uno más—.

¿Cuál es el plan? ¿Qué ocurre si tu amuma confirma que soy tu sorgina? ¿Qué pasa si no quiero serlo?

Pues, te jodes, neska. No voy a dejarte marchar.

—Pregúntaselo a ella. —No me gusta reconocerlo pero…—. Supongo que si Arrate ha dicho que todavía hay que sellar el vínculo, es porque no es permanente. Se podría deshacer. Quizá.

—¿Es como un trabajo? ¿Me pagarías?

No puedo evitar reírme de la tontería que está diciendo.

—¿Sabes cuántas personas darían su vida por ser mi sorgina?

—Pues yo ya la di y nadie me pidió la opinión. Además, tengo más seguidores que tú. Pfff —Resopla—. Deberías ser tú el que me ruegue porque sostenga tus velas en los rituales.

Suelto una carcajada y una lechuza sale pitando furiosa de un árbol. Sofía chilla asustada y se arrima a mí. Luego se aleja, como si yo le pudiera contagiar la lepra.

Qué orgullosa es. Ya ha quedado claro que le gusto. ¿En serio cree que es solo por la magia? Esto empieza a herir mi orgullo. ¡Soy un semidiós! Es ella la que debería agradecer que me fije en alguien como…

Vale, no. Es Sofía Ochoa. Cualquier dios se postraría a sus pies. Cada paso que da por este oscuro camino del bosque en dirección a mi casa me tiene de los nervios.

Va a pisar mi casa. Ella va a estar en mi casa.

El corazón se me acelera.

—Te mantendría, te daría techo y comida. ¿No te basta con eso, neska?

—No. Llevo una vida muy cara.

La sonrisa juguetona que tenía se desvanece y mira el camino oscuro frente a nosotros de una manera más sombría que los árboles altos y de ramas huesudas que nos rodean.

—¿Qué ocurre?

—Da igual si soy tu sorgina a no. Tengo que regresar a Chile en unas semanas.

Siento una molestia en el pecho de imaginarla al otro lado del planeta. Hostia, sí que es fuerte este vínculo. Hasta hoy, siempre creí que ella seguía en el otro lado del océano, no tenía idea que estaba viviendo en Euskadi. ¿Y ahora la idea me perturba tanto?

Y está delirando si piensa que voy a dejarla ir a Latam.