Hogeita hiru. Confesiones oscuras. Veintitrés
HOGEITA HIRU Confesiones oscuras VEINTITRÉS
«Mi hija quería consagrarse a uno de los semidioses nuevos. Quería ser una sorgina, lo repetía todo el tiempo. No se lo permití».
Rumores de artesanos del Mercadillo del Arenal.
Fecha desconocida
Herio
—¿Tienes frío, neska?
Ya no está lloviendo, pero hace suficiente frío para que el vapor salga como nubes de nuestras bocas mientras caminamos.
—No, en serio. Estoy bien.
Sofía agarra bien a Charlie contra el pecho mientras caminamos por las calles oscuras de Atxuri.
Su pelo celeste va bien oculto bajo la capucha y yo me he puesto gafas y una sudadera gris y vieja que tenía en la catedral, así que nadie ha vuelto a reconocerme tampoco.
De todas maneras, aquí hay poca gente, todos están abajo en el casco antiguo o en los parques, celebrando en las fogatas.
Desde aquí se oyen los ecos de los cantos y los festejos en la lejanía.
Deben ser casi las once, pronto empezarán las erromerias.
—¿Falta mucho?
—No, un par de calles.
No me creo que no tenga frío, porque sigue vestida solo con mi sudadera, aunque lleva unas zapatillas blancas que le han dejado las monjas.
Supongo que prefiere tener frío antes que acercarse a mí.
¡Prefiere abrazar al perro! Y ya no quiero seguir fingiendo que no me importa.
Es evidente que mi lucha interna por no vincularme emocionalmente a ella ha sido un fracaso asqueroso.
Sofía Ochoa ha tardado tres horas en ser el centro de mi existencia. Soy patético.
—Aquí es. —Apoyo mi mano en su espalda, empujando un poco hacia la otra calle, donde está mi coche.
Se pone tensa solo por ese gesto, pero sigue caminando, sin mirarme.
Hostia. Sé que hice cosas horribles ahí dentro, pero…
¿qué le pasa? Va demasiado callada. Y me ha defendido cuando nos han atacado Andrés y Mateo.
Pudo dejar que ellos se la llevaran, acusarme de haberla tocado, pero les pedía a gritos que no me mataran.
En ese momento ha dicho que no la había violado, cuando sí que he intentado intimidarla y acosarla.
¿Entonces por qué ahora se comporta así? ¿Me tiene miedo? ¿Es por lo que hicimos frente a las monjas? Ella también se ha dejado llevar en ese momento. No la he forzado.
—Sofía, espera un momento.
Ella se detiene justo cuando llegamos donde está aparcado mi coche y deja a Charlie en el suelo.
El cachorro mueve la cola y se pone a olfatear por ahí.
Ya no lo tengo atado, está claro que el perro quiere quedarse conmigo.
Debería darme lástima, pero no. Sigo pensando lo mismo sobre Charlie. Joder. Sobre el perro.
Soy gilipollas, pero no tanto como para encariñarme también con él.
—¿Qué? —Sofía apoya la espalda en la puerta de mi coche y se cruza de brazos, mirando hacia cualquier lado menos a mi cara.
La farola de la calle, cerca de nosotros, ilumina de dorado el contorno de su perfil.
—Oye. —Me acerco un poco y resisto el impulso de tocarla, de tomarle las manos o lo que sea—. Lamento lo que he hecho ahí dentro.
Ella tuerce un poco los labios pero al menos decide mirarme. Con desconfianza evidente, pero me mira.
—¿Qué cosa? ¿Matar gente?
—No, hostia. Lo de haberte tocado a la fuerza.
—Ya. —Vuelve a apartar la mirada y resopla, formando vapor en el aire—. La verdad, no me gustó nada que esas señoras nos estuvieran mirando.
Contengo las ganas de reírme. Esas señoras no tenían más de treinta años, salvo Arrate, pero no se lo digo. Tal vez le incomode todavía más saber que eran jóvenes.
Un momento. ¿Qué ha dicho?
—¿Eso te ha incomodado? ¿Que nos miraran? Oye —La agarró de la barbilla con los dedos, porque otra vez evita mis ojos—. Yo me refería a cuando te toqué… cuando te dije que iba a quitarte la virginidad.
—Sé por qué lo hiciste —dice, mirándose las zapatillas, todavía cruzada de brazos—. Olvídalo.
¿Así sin más? ¿Y ya está?
—No volveré a hacerlo.
Sofía inspira hondo, apretando más los brazos cruzados, con lo que solo consigue que se le levanten las tetas y me vuelva loco.
¿Hace cuánto no follo? ¿Dos años? Eso me debe tener trastornado. Tal vez Sugaar lo sabe. Quizá alguien le dijo, ey, ese chaval no folla hace dos años, envíale a una tía que esté buenísima y será su perdición.
—¿Por qué? —A pesar de su pregunta, sigue concentrada en el suelo.
—¿Qué? ¿Por qué el qué?
Me mira, enfadada. Charlie pasa corriendo junto a nosotros y empieza a perseguir una polilla alrededor de la farola.
—¿No volverás a tocarme, Herio? ¿Eso quieres decirme? ¿Después de que me chupaste las tetas frente a todas esas mujeres?
Me paso la mano por el pelo y la miro, intentando comprenderla.
—Joder, tú también lo has sentido, neska, no me mires así. La magia a veces funciona de esa manera, despierta un apetito sexual. No siempre, depende del vínculo que haya. —Y tú eres la encarnación del sexo para mí—. Estaba borracho de magia, en serio lo lamento. No volverá a ocurrir.
¿Por qué pareciera que con cada cosa que digo solo la hago enfadar más? En sus ojos se retuerce una emoción que me parece que es ira.
—O sea solo me tocaste porque estabas borracho de magia —dice con sarcasmo—. ¿Te hace sentir mal?
—¿Cómo? No entien…
—¿Te sientes humillado? ¿Porque te excitaste con una mortal? ¿Porque tocaste a otra mujer que no es tu maravillosa exnovia divina? —Resopla, y un mechón de su pelo celeste se agita—. Vale.
—No es eso.
Se muerde el labio, mirando como Charlie brinca alrededor de la farola. No me cree, joder. ¿Qué quiere que le diga? ¿Que me excita todo lo que hace y que me arrastraría por el suelo si me deja chuparle las tetas de nuevo?
No se lo pienso decir. Una cosa es ser patético y otra que ella lo sepa y pueda usarlo contra mí.
Sofía baja la mirada al suelo y… está temblando.
—Mejor entra al coche, te vas a morir de frío y… eh, Sofía, ¿por qué estás llorando?
Me acerco y la agarro de la cara. Ella intenta alejarse, pero no la dejo. Se pasa las manos por las mejillas, limpiando las lágrimas y dice algo como que es una tonta.
—¿Qué ocurre? Neska, háblame, joder. —La agarro de los hombros y la obligo a mirarme—. ¿Es por lo que te he hecho?
—¡Sí! ¡Obvio que es por lo que me hiciste, Herio! —solloza y vuelve a repetir que es una imbécil. Se pasa la mano por los ojos, como si así pudiera detener las lágrimas—. ¡Dios! ¿Por qué soy así?
—Sofía, te dije que no volverá a…
—¡Ya deja de decir eso!
—¡¿Pero y qué más puedo hacer?! ¡Ya lo he hecho! No puedo retroceder el tiempo y… ¡Hostia! ¿Por qué lloras más?
—¡Porqué me gustó! —Solloza y trata de alejarme—.
¡Me gustó! Cuando estabas sobre mí, cuando me estabas amenazando, cuando estabas tocándome.
¿Por qué crees que lloraba? ¡Porque odio que me guste!
¿Es porque tienes magia? ¿Es porque eres un semidiós?
¿Es por esta sudadera mágica? ¡Tendría que haberte odiado!
Y todo lo que quería era que siguieras, que hicieras…
Se muerde los labios y se calla. Solloza y se cubre los ojos con los puños.
Hostia. ¿Por eso lloraba? Cuando me detuve por sus lágrimas, ¿en realidad lo estaba disfrutando? Mierda. Sí que está jodida. Y yo estoy igual de jodido por sentirme glorioso con lo que está diciendo.
Sofía Ochoa quería que la tocara, que tomara todo de ella.
¡JA, JA, JA!
Me muerdo la lengua para no reír en voz alta, dios. ¡Es la mejor noche de mi vida!
—Debería odiarte porque quieres hacerle daño a Charlie. Y aun así… —solloza y niega con la cabeza—. Sí. Debe ser por la magia. Porque eres un semidiós.
Empieza a llover. Un txirimiri suave, pero aun así, me acerco a ella, apoyo las manos en el techo del coche y la cubro con mi cuerpo. A Charlie se la suda y sigue correteando detrás de los insectos alrededor de la farola.
—Es por la magia, neska. No te sientas mal. Es como has dicho.
—¿Es el aroma delicioso de esta sudadera, verdad? —solloza—. ¿Es como una droga mágica?
—Exacto.
En realidad, me la suda por qué es. En realidad, debe ser porque soy guapísimo. Pero estoy dispuesto a mentirle si eso la hace sentir mejor.
—¿Si me la quito, se me va a pasar?
Me mira con ojos brillantes e ilusionados, refugiada entre el coche y yo.
—No lo creo. Soy un semidiós, no lo puedes evitar.
Se tapa los ojos con las manos, cubiertas por las mangas enormes de mi sudadera.
—Pero tú no lo eres —murmuro y me inclino un poco más hacia ella. La lluvia cae sobre mí, pero soy lo bastante grande para que Sofía no se moje—. Tú eres solo una chica mortal y, ya ves, estoy loco por ti.
A la mierda si lo sabe, si lo usa contra mí.
Quita lentamente los puños con los que se cubría los ojos. Me mira. Unas gotas de agua caen de mi pelo hasta su frente.
—Estás jugando conmigo —susurra.
—No.
Sus ojos brillan como las gotas de lluvia.
—Demuéstralo.
Me inclino más hacia ella.
—¿Cómo quieres que te lo demuestre, panpina?
Ella se pasa la lengua por los labios y a mí se me pasan decenas de imágenes mentales sobre cómo demostrárselo.
Todas obscenas. Todas ilegales.
Estira la mano hasta mi frente y me aparta el pelo mojado.
—No sacrifiques a Charlie.
Hostia. Veinte segundos y, sí, ya ha usado la valiosa información de mis sentimientos contra mí.
¿Cree que soy así de imbécil?
Sonríe, como si supiera lo que está haciendo. Como si supiera que yo sé que lo sabe. Es maléfica. Es peor que las lamiak.
Por supuesto que no voy a caer en sus juegos.
—Me lo voy a pensar.
Esta vez su sonrisa es real y mi corazón da un brinco similar a los que Charlie está dando bajo la lluvia.
—¿En serio? —Su sonrisa hermosa titubea.
—En serio, joder.
Sofía chilla de felicidad y se me cuelga del cuello. Caemos contra el coche y entierra la cara en mi pecho.
—¡Gracias!
—He dicho que me lo voy a pensar. —Pero me dejo abrazar—. Si mi amuma dice que hay otra manera de revivir a Egu, lo dejaré en paz.
Sofía se aparta un poco y percibo la rabia en su mirada.
—¿No puedes superar a tu ex? No hay nada más patético que un hombre baboso por la ex.
Sí, hay unos más patéticos. Unos que se vuelven babosos por una chica en menos de una noche.
—No es eso, pero no tienes por qué comprenderlo. —Acaricio su mejilla y ella se pone roja—. Se lo prometí, neska. Le prometí que la traería de regreso. Incluso si no vuelvo con ella como pareja, no voy a romper mi promesa.
Sofía baja los ojos hacia sus manos.
—Bueno, sí. Tienes razón. —Vuelve a mirarme, se pone de puntillas agarrándose de mis hombros y me da un beso en la mejilla—. Gracias por buscar otra opción.
Se aparta y se lo permito. Porque ese maldito beso me ha puesto a mil de nuevo y estoy a punto de tomarla y cumplir mis fantasías con ella bajo la lluvia.
Pero no. Ya me siento lo suficientemente traidor por estar considerando postergar la resurrección de Eguzki. No voy, además, a follar con otra.
No hoy.
Estará menos feo si lo hago mañana.
—Sube al coche. —Mi voz suena más grave de lo que pretendía. Carraspeo—. Salvo que te mole estar bajo la lluvia.
—¿A cuál coche? —Se voltea y mira mi coche con asco—. ¿Esta mierda es tu coche?
—¿Qué? ¿Decepcionada? —Agarro a Charlie, lo cargo en los brazos y bordeo el coche hasta la puerta del conductor—. Perdona, muñeca, me he dejado la limusina en casa.
No tengo mando a distancia, así que lo abro metiendo las llaves y Sofía resopla.
De todas formas se mete dentro. Me siento y pongo a Charlie en el regazo de Sofía. Enciendo el coche y ella pone los ojos en blanco por el sonido agonizante que hace el motor antes de partir al fin.
—¿Segura que quieres ir? Mi casa es un lugar bastante cercano al infierno.
La lluvia golpea con fuerza los cristales. Sofía se pone el cinturón de seguridad y abraza a Charlie.
—Tú eres el infierno. —Arquea las cejas y se cruza de piernas—. Creo que puedo con el resto del pack.
Me río y aparto con una dificultad terrible los ojos de sus piernas morenas.
Si ves una chica de pelo celeste, aléjate de ella. Arruinará tus planes.