Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hogeita bi. Sorgina. Veintidós #2
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Hogeita bi. Sorgina. Veintidós #2

Salvo Arrate, que nos observa en silencio detrás del velo que le cubre la cara, las demás parecen desmayadas.

—No —digo y suspiro, cansado—. Solo ha sido un ritual poderoso, se van a recuperar.

—No deberías avergonzarte, chica —dice Arrate, sentada en la silla del medio con una dignidad increíble para la situación—. Esto ha sido un acto sagrado.

¡Ja! Me alegro de que chuparle las tetas a Sofía fuera un acto sagrado a los ojos de mis sacerdotisas. Y aunque no son mis sorginak porque no me he vinculado con ellas, han demostrado su lealtad esta noche. Y que validen mis actos me hace sentir un poco menos culpable con Eguzki.

Ella tiene que entenderlo, es una diosa. Lo sagrado es sagrado y ya está. [116]

Charlie ladra de nuevo y corre hacia Sofía. Ella se agacha y lo coge entre los brazos.

—Hola, pequeño traidor.

Lo acaricia y el que se siente traicionado soy yo. Es injusto que yo la haya salvado y sea el perro el que se está llevando la atención.

—Entonces ¿puedes curar a la gente con tu sangre? —Sofía me mira con curiosidad.

—Nunca lo había hecho —confieso, acercándome a ella.

Le aparto el pelo de la frente y trato de no mirarle las tetas que se marcan debajo de la sudadera. Joder, no puedo creer que hace nada las tenía en mi boca.

Basta.

—¿Y cómo supiste que funcionaría? —Sofía me agarra del brazo, todavía medio ocultándose de las monjas con mi cuerpo— ¿Verme morir te puso creativo?

La verdad, sí. Creo que inventaría lo que fuera con tal de retenerla conmigo. Ni de coña la dejaría morir.

Pero no pienso dejar que crea que soy un baboso por ella.

—Había oído que la sangre de un dios podía curar a un humano.

Ella abre mucho los ojos.

—¿Eres un vampiro?

—Ez. [117] —No puedo evitar soltar una risa—. Y no funciona con cualquiera. Debe haber un vínculo. Esa era mi teoría, que tú y yo hemos formado un vínculo. La madre de Haize…

—¿Quién es Haize?

—Un imbécil con sangre divina como yo. Bueno, de hecho tiene más sangre divina que yo.

El año pasado se peleó con Sugaar. Pero Sugaar casi lo mató y su madre, una diosa, le dio su sangre para sanarlo.

—No puedo evitar reírme al recordarlo—. Lo picamos durante semanas diciéndole que se convertiría en un vampiro de mierda.

Ella me observa pensativa, todavía nerviosa con la presencia de las monjas.

Pero da un respingo porque Charlie le da un lametazo en la mejilla y Sofía se ríe.

Su risa retumba en la catedral y oírla me produce un alivio que no me parece nada normal.

Se me cuela dentro, como se me ha colado antes su sangre.

—¿Y qué vínculo tenemos nosotros? —Sofía levanta sus ojos redondos de corzo hacia mí—. Nos hemos conocido hoy.

Inspiro profundo y suelto el aliento despacio. Al menos mi polla se ha calmado. Un poco.

Me giro hacia Sofía y la tomo de los hombros.

—Te he traído de la muerte, Sofía. Eso es vínculo suficiente.

Especialmente porque soñaba con follarte desde hace años, que alimentabas mis sueños y fantasías sexuales durante noches enteras.

Ella no comprende lo que era para mí. Aunque fuera en la imaginación.

A veces la imaginación puede ser poderosa.

—¿Y qué implica eso? —Me mira confundida, abrazando a Charlie entre nosotros.

—Creo que eres mi sorgina.

Miro hacia Arrate, que nos observa como una estatua. ¿Cómo puede estar sentada tan recta? Este ritual no ha sido nada para ella.

—Todavía no —dice Arrate—. Pero está a punto de serlo. El vínculo ya existe, solo hay que sellarlo.

—¿Cómo? —decimos Sofía y yo al mismo tiempo.

Arrate sonríe. Sofía deja a Charlie en el suelo y observa a la sacerdotisa con un interés repentino. ¿Qué es lo que veo en esa mirada? ¿Curiosidad? ¿Ambición? Lo que sea que veo en ella me gusta.

Me dan ganas de estar otra vez en esa mesa, esta vez sin nadie mirando y…

—Pregúntaselo a tu amuma, Herio. —Arrate interrumpe mis perversas divagaciones mentales—. Se va a enfadar si yo le quito ese privilegio. Ella es tu guía, no yo.

Es cierto. Mi amuma me ha guiado paso a paso desde que sé que soy un semidiós.

—No entiendo nada. —Sofía da un paso hacia mí—. ¿Qué significa que yo sea tu sorgina?

La agarro de la sudadera y la atraigo. Ella se pone tensa, pero la rodeo por la cintura y la pego contra mi cuerpo.

Apoya las manos en mi pecho, dudosa al inicio.

Levanta la mirada y las antorchas se reflejan en esos ojos oscuros que son mi perdición.

Acaricio su mandíbula con el dorso de los dedos y ella se deja, joder.

Al acariciarla, le dejo un rastro de sangre en la piel.

No lo nota, o no parece importarle.

Me inclino hacia ella, sujetando su barbilla y la miro a los ojos. No sé cómo es posible, pero siento los latidos de su corazón, como si fueran una melodía, frenéticos. Los míos también. Me acerco tanto a ella, que nuestras narices casi se tocan. Sofía se estremece, los ojos le brillan.

Por un instante, no hay nada más que ella y yo, en medio de este altar, de estos pilares y estos enormes arcos de piedra.

Sonrío.

—Significa que eres mía, neska.

FIN PRIMERA PARTE