Hogeita bi. Sorgina. Veintidós
HOGEITA BI Sorgina VEINTIDÓS
Herio
Hostia, esto es más intenso de lo que imaginaba.
Empieza a parecerme asqueroso saber que Euria lo hizo con su hijo para salvarlo, porque a mí la polla se me está poniendo durísima con cada movimiento de Sofía succionando contra mi piel.
Es casi insoportable. Tiemblo de placer y quiero tumbarme sobre ella y follarla en este mismo altar.
Pero los muertos nos rodean. Me dan su energía y las monjas también. Ellas perciben mi excitación. El euskera tiembla en sus labios y algunas se rinden y caen en las sillas del altar. La música del órgano se convierte en una sonata mágica y frenética que empuja el ritual. Casi una fantasía.
El alivio inunda mis pulmones cuando inspiro hondo. Voy a salvarla. Esta vez he podido salvarla.
Abrazo a Sofía y la pego más a mí.
—Goazen, neska, [112] traga. Sigue.
La herida ya casi se ha cerrado por completo. También se ha cerrado la que le hicieron en el brazo. Me parecería un acto increíble, la piel juntándose como un tejido, si no tuviera la mente embotada solo con un concepto: sexo.
¿Por qué me importaría observar un acto mágico si tengo las tetas de Sofía empujando contra mi pecho, manchándose con la sangre de mis enemigos que todavía escurre por mi piel?
Ella murmura algo y parece confundida, me observa con ojos vidriosos. Su voz se pierde entre a la intensidad del órgano y no la entiendo. No importa.
—Hori da, [113] buena chica. Un poco más.
Se aferra a mi muñeca con las dos manos y me mira a los ojos.
Chupa, traga y chupa. Más fuerte, cada vez con más ganas.
El vientre se me tensa de dolor y ella cierra los ojos.
Un gemido de placer escapa de sus labios enrojecidos y algo oscuro se retuerce dentro de mí.
Succiona ahora tan fuerte que me arde la piel donde ella está absorbiendo mi sangre.
Acaba de morir, hay dos cadáveres cerca de nosotros en la oscuridad, pero a mí se me está poniendo dura la maldita polla por sus gemidos de placer, deleitada con mi sangre.
Quiero caer sobre ella, rendirme sobre ella. Las piernas me tiemblan, creo que empiezo a debilitarme.
O tal vez estoy tan salido que no puedo tenerme en pie.
—Sofía —susurro su nombre y deslizo mi mano por su cuerpo hasta tocar la herida.
Ya se ha cerrado y una cicatriz plateada con forma de cruz le ha quedado en el vientre, cerca de las caderas. Sofía me observa, con ojos brillantes y… excitados. Mi corazón enloquece al ver su mirada borracha de mi sangre. Le aparto el pelo de la cara.
La música sigue sonando, pero las monjas dejan de cantar. Se rinden en las sillas que nos rodean y jadean, agotadas por el ritual. Cierro los ojos un momento y doy las gracias a los espíritus de los muertos. Sus energías se diluyen y percibo cómo regresan a sus tumbas, su lugar de descanso eterno.
Eguzki. La siento alejarse, aunque no la había sentido antes, concentrado como estaba. O quizá nunca estuvo, quizá solo es la culpa que me persigue a causa del deseo que siento por la chica que tengo entre los brazos.
—¿Mejor? —digo despacio y ella abre mucho los ojos, como si justo ahora fuera consciente de lo que está haciendo.
—¿Qué…? —Suelta mi muñeca, mira a su alrededor e intenta apartarse, pero yo la sujeto—. ¿Qué me has hecho?
—Darte mi sangre.
Le sonrío, satisfecho con lo que acabo de hacer. Soy la hostia.
La luz de las antorchas se calma, ya no se agitan con la vorágine del ritual. El órgano fluye en un tempo rápido, pero menos caótico.
Esto no ha acabado.
Las monjas gimotean a nuestro alrededor, como espectadoras de un acto principal: Sofía y yo. Abrazados sobre el altar, a la luz de antorchas menguantes.
Bueno, y el jodido perro, que ha despertado con esta locura e intenta acercarse a Sofía y se pone de pie a dos patas. Pero es muy pequeño y no alcanza a subirse a la mesa de piedra.
Ella se ríe, pero hace una mueca de dolor, así que aparto al perro empujándolo con una mano.
—Lasai, [114] no estás bien del todo —murmuro y paso los dedos por el cuello de Sofía, todavía tiene el tajo que ese desgraciado le hizo con el filo de la navaja—. No controlo bien mi magia, no te esfuerces. No he podido curarte todas las heridas.
Ella se sonroja y me mira confundida, respirando agitada y con el pelo celeste alborotado alrededor de su cara bonita. La sigo sujetando con una mano pero las piernas se me doblan y me apoyo con la otra en la mesa.
—¿Herio? —Sofía me mira preocupada. Se da cuenta de que tiene la sudadera abierta enseñando las tetas y se la cierra, cruzándola sobre el pecho—. ¿Estás bien?
No parece consciente de dónde está. Apenas consigue fijar los ojos en mí. La sujeto de los hombros e intento que no se gire hacia las monjas que están detrás de ella. Podría asustarse.
—No, la verdad es que no —jadeo, tratando de enfocar la mirada, pero la catedral parece girar a mi alrededor.
Una de las monjas que sigue en pie, Arrate, retrocede y habla desde detrás del velo:
—Prueba su sangre, Herio —dice en un susurro, apenas moviendo los labios. Su voz se confunde con la música—. Basta con un poco.
Arrate se deja caer en la silla del medio, rodeada por sus sacerdotisas menores y más jóvenes. Esa vieja es una de las monjas más antiguas, exsacerdotisa de Mari igual que mi amuma. Debe saber lo que está diciendo.
Sofía sigue algo confundida, probablemente medio drogada con la magia de mi sangre.
—Tendré que probar la tuya, neska. —Me apoyo en la mesa y me inclino sobre Sofía, que me mira nerviosa—. Tu sangre me llama. ¿Me vas a dar un poco?
Ella resopla.
—¿Para esto sí me pides permiso?
Sonrío. No. No lo haré. Abre la boca para decir algo más, pero ya estoy inclinado, respirando el aroma a frutas de su cuello. No se resiste. Sin pensármelo más, le paso la lengua por la sangre de la herida del cuello y algo arde dentro de mí al sentir el sabor. No es metálico, es dulce.
Sofía se deja.
—Joder —murmuro y la abrazo contra mí—, sabes brutal, neska.
Ella se olvida de si la sudadera está abierta o no y se agarra a mi cuello, gimotea algo pero no la entiendo.
¿Cómo puede esto ser tan bueno?
Solo ha sido un poco, pero su sangre me devuelve las fuerzas, me susurra palabras que no comprendo, palabras que me hacen arder por dentro. Le beso el cuello, la herida se cierra al paso de mi lengua y yo sigo bajando, buscando el resto de sangre que le ha resbalado por el pecho.
—Herio —murmura y mi nombre en su boca enciende algo primigenio dentro de mí.
El órgano nos empuja, sonando cada vez más fuerte, más rápido.
La abrazo, se arquea contra mí y yo saboreo toda la sangre que ese desgraciado la hizo derramar.
Lamo la piel de su clavícula, arrastro ansioso mi lengua hacia su pecho.
Ella se estremece, deslizo mis manos por una de sus tetas ensangrentadas y paso la lengua por ella.
La sangre brilla escarlata a la luz del fuego.
Lamo el pezón, luego el otro. Sabe a hierro y a dulces, a frutas, a Sofía.
Estoy durísimo, tan duro que de pronto lo veo todo rojo y juro que si no la follo en este mismo momento me voy a volver loco. La música del órgano entra en un clímax de ritmo y melodía demencial, me hace perder la cordura y también a las sacerdotisas.
Gimen a mi alrededor. Se están tocando, nos miran y les gusta.
—Herio, para, no sigas —ruega Sofía entre gemidos, aunque sus brazos no han soltado mi cuello. El calor de nuestros cuerpos nos quema, sus pezones en mi lengua me queman. Ella se arquea contra mí y me arrastra hacia la mesa del altar.
Casi estoy del todo sobre ella.
El perro ladra.
Las antorchas se encienden más, alargándose y estirando las sombras hacia el techo abovedado y una presencia me golpea. La presencia de un muerto. O de un recuerdo.
Egu.
Hostia. ¿Qué estoy haciendo? Me aparto de Sofía. La música muere lentamente y ella parece confundida, borracha otra vez. Tiene los ojos vidriosos, las mejillas encendidas.
—Barkatu [115] —murmuro y le sonrío—, me he dejado llevar un poco.
¿Un poco? Joder, solo tenía que curarla y recuperarme. No era nada sexual. Aunque las sacerdotisas que respiran agitadas y desparramadas en las sillas del altar claramente sí esperaban algo sexual.
Me alejo un paso de la mesa, todavía agitado y me arreglo los vaqueros que me están estrangulando la polla.
¿Cómo he podido hacer esto sobre el mismo altar en el que le juré amor eterno a Egu? Ni siquiera lo he recordado. Me he olvidado por completo mientras me llenaba de la sangre y el olor de Sofía.
Todavía me cuesta no volver a abalanzarme sobre ella.
Y sí, lo que ha dicho Arrate es verdad. Debo superar a Egu. Pero sigue siendo mi ex. Sigue siendo una diosa. No puedo follar a otra mujer en el altar donde todavía está tan vivo su recuerdo.
Mucho menos follar con la mujer de mis sueños.
—¿Qué ha sido eso? —Sofía se cierra la sudadera sobre el pecho y me duele. Me duele dejar de verle las tetas.
Qué guapa es. Creí que era guapa muerta, pero así, con el rostro encendido por mí y su pelo celeste alborotado, es mucho mejor.
Y tal vez no sea una diosa, pero tiene las tetas de una, sin duda.
Quizá no la folle aquí por respeto a Egu, pero sin duda lo haré en otro lugar.
—Te he curado con mi sangre.
—Lo noté, tonto. —Respira agitada—. Me refería a lo otro. —Mira insegura hacia las penumbras de la catedral, hacia las sillas donde languidecen las sacerdotisas y chilla—. ¡Quiénes son esas!
Se levanta y casi se cae de la mesa. La ayudo a bajarse, pero Sofía retrocede asustada, cerrándose la cremallera de la sudadera y escondiéndose detrás de mí.
—Lasai, son sacerdotisas que cuidan esta iglesia y nos han ayudado.
—¿Vieron todo eso? —Sofía me mira espantada y con la cara casi tan roja como la sangre que cubre mi cuerpo.
—Estás demasiado avergonzada para ser alguien que se masturba públicamente en OnlyFans.
Ella niega con la cabeza, agitando su pelo celeste.
—No es lo mismo. ¿Están muertas?