Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hogeita bat. Vínculo. Veintiuno
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Hogeita bat. Vínculo. Veintiuno

HOGEITA BAT Vínculo VEINTIUNO

Eguzki

—¡Sofía! —Herio apoya a la chica contra el pilar y le aparta el pelo celeste de la cara—. ¡No te duermas, joder! ¡Sofía!

Es inútil, no va a vivir mucho más. Su pulso disminuye.

¿Y por qué estoy aquí otra vez? Me había alejado lo suficiente hacia las oscuras aguas del inframundo para no verlos más y, de pronto, la corriente me ha arrastrado con una fuerza imposible de soportar. Aunque creo que entiendo por qué. Ella se muere. De nuevo.

La brecha entre los mundos se diluye, la energía funesta me ha atraído como las polillas a la luz.

Y Herio se vuelve loco. Se lleva las manos a la cabeza, aprieta su propio pelo entre los dedos y grita. La voz se le desgarra, como si esa chica le importara de verdad.

—Otra vez no. ¡Otra vez no, por favor! —Mira el techo de la catedral, los hermosos colores de los vitrales. Vivos, colores centelleantes, se burlan de su dolor—. No puedo vivir esto otra vez —murmura y las lágrimas resbalan por sus ojos.

Esperad, ¿lo está comparando conmigo? Oh, dios, está comparándolo con mi muerte. Respira agitado y baja la mirada de nuevo hacia Sofía que abre un poco los ojos y susurra el nombre de Herio.

Ahora entiendo. No sufre por ella. Ya me parecía absurdo, la conoce hace unas horas.

Aunque estuviera obsesionado con ella desde hace años, no podía ser cierto que le importara de verdad.

Pero es comprensible. Le duele porque despierta el terrible trauma de haberme perdido.

En el fondo, está sufriendo por mí otra vez.

Revive ese fatídico momento justo cuando empezaba a creer que me superaba.

Patético.

—Sofía, Sofía. —Herio la agarra de la cara y la abraza contra él—. Escúchame, no cierres los ojos.

—Gracias —gimotea ella y extiende su mano hacia la cara de mi novio. Lo acuna de la mejilla—. Por ayudar a Charlie.

Pobrecita, está divagando. Herio va a matar a ese perro para revivirme a mí. No lo estaba salvando a él. A Herio le gusta matar gente y no iba a perdonar a dos madrileños que se escapaban con su presa.

—Charlie está bien, solo está aturdido. Mesedez, [109] no te duermas. —Herio toma a Sofía en brazos y sin ningún esfuerzo se levanta—. Voy a salvarte.

La cabeza de Sofía cae hacia atrás, los brazos lánguidos hacia el suelo.

Es una muñeca rota mientras él camina hacia el centro de la nave principal, hacia el altar, abriéndose paso entre las sombras alargadas de los pilares enormes.

¿Qué pretende? Cada paso que da es firme y decidido.

Las monjas en las sombras murmuran entre ellas.

La que está sentada detrás del órgano se pregunta si es mal momento para empezar a tocar otra vez.

Yo creo que lo es. En los ojos plateados de Herio chispea una ira asesina. Avanza con una calma furiosa por la alfombra roja y se detiene frente a la mesa redonda de piedra.

—¡Sacerdotisas! —Grita y su voz retumba por toda la catedral—. Ayudadme o moriréis con ella.

Deja a Sofía sobre la mesa de piedra, como si fuera una ofrenda a los dioses. Más allá, el perro se estremece en sueños. Sigue dormido por lo que le hizo ese hombre.

—¡Orain! [110] —grita Herio.

Las monjas salen de las sombras y se acercan.

Sus túnicas negras oscilan a la luz de las antorchas.

Las caras, cubiertas por velos. Avanzan en silencio, sus pasos mitigados por el ruido de la lluvia que golpea con ímpetu los cristales de la catedral.

Forman un medio círculo frente a la mesa y cada una ocupa el lugar de una de las doce sillas del altar.

Pero ellas no son los apóstoles de Cristo, son servidoras de la muerte.

Y llevan dos años esperando el regreso de su dios.

—Rezad —les ordena Herio.

Una de las monjas se adelanta un paso y levanta el rostro oculto por el velo hacia Herio, que está concentradísimo mirando a Sofía.

Él le pasa el dorso de los dedos por la mejilla a la chica, como si fuera un tesoro que no quiere soltar.

Ella cierra los ojos, todavía tiene pulso, pero está tan pálida como la piedra del suelo y cada vez le es más difícil respirar.

—Herio, eres la muerte —dice la monja—. Debes aprender a soportarla. Debes soltar.

Herio mira a la sacerdotisa y la luz de las antorchas se alza como si el viento las hubiera incitado. Las almas de los muertos despiertan entre los sarcófagos de las capillas, las tumbas de las paredes y las chispas doradas destellan en los ojos de luna de Herio.

—Tienes razón, Arrate. —Herio retira la mano de la cara de Sofía—. Debí hacerlo hace tiempo. Hace mucho que debí soltar a Egu.

Oh. No creo que eso fuera lo que Arrate quería decir, gilipollas.

—Voy a empezar —dice Herio—. Rezad.

La monja retrocede y obedece, uniéndose a sus compañeras.

Herio agarra la cremallera de la sudadera de Sofía y la baja, exponiendo el cuerpo desnudo de la chica.

La cabeza de ella cae hacia un lado, medio inconsciente otra vez y su pecho sube y baja.

Herio se estremece al ver la enorme herida sangrante a un costado del vientre.

Me ofende la ira que se agita en su interior, la angustia que reclama todos sus sentidos.

Casi pierde la razón otra vez, pero inspira hondo, seguro de sí mismo.

En este momento lo odio, pero a la vez estoy orgullosa de él. Y aunque quisiera ver muerta a esa chica de pelo celeste, no quiero que él sufra.

Así que me acerco hacia él, me alzo detrás de sus hombros cuando Herio toma la navaja que usó para matar a ese hombre y se corta su propia muñeca.

La sangre chorrea con fuerza y Herio levanta a Sofía y la apoya contra su pecho. Las monjas empiezan a cantar.

—Sofía, bebe. —Apoya la muñeca contra la boca de ella—. Panpina, mesedez, hartu. [111] Tómala toda.

Sofía reacciona, como si el olor de la sangre la despertara.

Abre los ojos, confundida ante el contacto del líquido que enrojece sus labios y los separa lentamente.

El corazón de Herio se acelera cuando la lengua de Sofía le toca la piel y las llamas de las antorchas enloquecen.

Ella empieza a tragar en un acto casi instintivo, como un bebé al mamar por primera vez.

De la piel de Herio comienza a manar una energía plateada como sus ojos. Parecen lenguas de vapor, abrazando su piel y elevándose hacia el techo.

La monja del órgano empieza a tocar. La letanía lenta y profunda es el pulso de la sangre de Herio, manando hacia la boca de Sofía.

El corazón de la chica también cobra fuerza, poco a poco al inicio.

La lluvia ya no se oye, oculta por las notas aguerridas del órgano y del canto de las monjas.

Las palabras en euskera se elevan por el aire y lo hacen vibrar.

Se mezclan con la energía divina. Invocan a Mari, el poder ancestral, que es más que la vida y la muerte.

Es todo. Yo me uno a ellas y canto desde la muerte, quiero que Herio triunfe.

Quiero que sea un dios y quiero que logre lo que sea que se proponga, incluso si es salvar a la única chica que tiene el poder de alejarlo de mí.

Ya lo recuperaré después.

Sofía agarra la muñeca de Herio y succiona con fuerza, como si lo quisiera devorar.

La sangre le chorrea por la barbilla, el cuello y se cuela entre los pechos.

El órgano salta al siguiente movimiento, in crescendo .

La monja toca con locura, embriagada por la energía ritual, por la sed de sangre de Sofía, que ahora se arrima desnuda a Herio.

Lo abraza del cuello mientras le succiona desesperada la muñeca.

Está excitada. La sangre es fuego en sus venas.

Es sangre divina. Yo también lo estaría, Herio es un dios ensangrentado que la sostiene entre sus maravillosos brazos mientras la energía del rito, del canto de los vivos y los muertos se entrelaza.

Ella está famélica y extasiada. La energía plateada de Herio se vuelve anaranjada, como el fuego que nos rodea y luego más y más roja, como la sangre. Baila formando una espiral entre las monjas, entre nosotros los muertos y luego vuelve hacia Herio.

Y empieza, lentamente, nota a nota, palabra a palabra, a tejer; a reparar el lazo mágico, rojo y sangriento que lo une con esa chica.