Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hogei. Sangre para los dioses. Veinte
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Hogei. Sangre para los dioses. Veinte

HOGEI Sangre para los dioses VEINTE

Sofía

—Levántate despacio, hijo de puta. —Es el hombre con acento de Madrid. ¡Son los que nos seguían en el túnel!—. Sube las manos a la cabeza y si haces cualquier movimiento sospechoso, le disparo a la chica.

¿Por qué? ¿Por qué llegan ahora? Los dos hombres nos observan nerviosos a unos diez pasos de distancia. Uno es alto y calvo. El otro, más musculoso y de pelo largo, nos apunta con la pistola.

Qué rabia. ¡Al fin había logrado que Herio se calmara!

Dios, parecía un maldito psicópata persiguiéndome y en serio por un momento pensé que sería capaz de ir más lejos.

Fue un completo acto de fe entregarme y dejarlo en sus manos.

Tenía que confiar en él. Es lo que habría hecho mi hermana.

Ella siempre creía que las personas podían ser buenas si les dabas la oportunidad de hacerlo.

Y después de lo que hablamos abajo en el túnel, creo que Herio no es malo. No tanto. Solo ha estado juntándose con la gente equivocada. Y está obsesionado con su ex. El amor nos puede llevar a cometer locuras, a hacer las cosas más terribles que nunca creímos que haríamos; eso ya lo sé.

Pero este tipo lo tiene amenazado con una pistola y es probable que eso vuelva a despertar su lado más cabrón.

Mientras Herio se pone de pie despacio, sin dejar de mirarme a los ojos, el pecho se me aprieta. Iba a besarme, estoy segura. Y aunque solo estaba siguiéndole el juego para que se olvidara de Charlie… Verlo apuntado con un arma me está poniendo supernerviosa.

No quiero que le disparen.

La muerte no es mala. Pero eso no significa que sea fácil aceptarla sin más. Ni siquiera la de este idiota.

—Herio —murmuro.

—Lasai —dice, apenas moviendo los labios y se gira hacia los hombres.

Inspiro hondo. No debería preocuparme tanto por él. Soy una estúpida.

—¿Qué se siente al hacer trampas? —Herio se pone las manos detrás de la cabeza.

El tatuaje de su hombro se retuerce como las sombras de la catedral y el símbolo de la espalda es una obra de arte más, como los vitrales—.

Puede que hayáis logrado seguirnos rastreando a Char…

al perro. Pero no vais a salir vivos de aquí.

—Pues, yo creo que sí. —El hombre más alto y calvo posa los ojos en mí—. Ven aquí, chavala.

Me levanto y trato de bajarme lo que más puedo la sudadera.

—Si la tocáis… —Herio da un paso hacia ellos pero se detiene porque el hombre de la pistola lo apunta a la cabeza.

—¡Otro paso y disparo! —Grita y el miedo que le tiene a Herio es evidente. Las manos le tiemblan sosteniendo la pistola—. ¡Te juro que le voy a disparar!

Ah. No está apuntando a Herio, me está apuntando a mí.

—Cálmate, Mateo. No le dispares todavía —dice el calvo.

—Tocadla, hacedle daño… —Los ojos plateados de Herio se encienden—. Y os rajaré la puta garganta.

Su voz es una promesa asesina. Me acerco a los hombres, subiéndome el cierre de la sudadera hasta arriba del cuello y cuando ya estoy por llegar hasta ellos, el calvo se abalanza hacia mí.

Grito de miedo, pero no logro hacer nada. En un instante estoy sometida, la espalda pegada a su cuerpo y una daga contra mi cuello.

Herio

—¡Quieto, Herio! —El imbécil de Andrés amenaza a Sofía con la navaja—. Si haces cualquier movimiento sospechoso, la mato. A la más mínima sospecha la que acabará con la garganta rajada será ella.

El corazón se me acelera. Y como si respondiera a la intensidad de mis latidos, el órgano empieza a cantar otra vez. Lento, lúgubre. La puta sinfonía catorce, cómo no. Putas monjas, morbosas, se están burlando de mí.

Andrés mira confundido a Mateo, pero Mateo no es tan gilipollas como para quitarme los ojos de encima. Mantiene la pistola firme apuntándome y se concentra en cada movimiento que hago.

—Andrés, tío, hay alguien tocando el órgano. —Mateo mira un instante hacia arriba y luego hacia mí otra vez—. Podrían llamar a la poli y…

—No seas gilipollas, joder. —Andrés agarra fuerte a Sofía y es todo un esfuerzo contenerme y no abalanzarme sobre él—. El sonido está grabado, es automático.

—Pero hay una sombra…

—¿Crees que alguien iba a estar tocando mientras este intentaba violar a una chavala y no le van a decir nada?

—¡No me estaba violando! —chilla Sofía.

Bueno, cuando yo empecé a manosearla lo consideraba un absoluto acto de ultraje y venganza, pero me alegro de que ella lo viera de otra manera.

—Da igual. —Andrés está perdiendo la paciencia—. Mateo, cálmate que es una puta grabación. Los sacerdotes están en el oficio de Gau Beltza y nadie nos va a molestar.

No me gusta nada que un gilipollas pierda la paciencia mientras tiene una navaja en el cuello de Sofía. No me atrevo a moverme y provocar un desastre, quién sabe si podría traerla a la vida otra vez.

Inspiro lentamente e intento percibir las energías de este lugar. Puedo sentirlos, a los muertos. Sus auras se retuercen en los sarcófagos, pidiéndome que los invoque. Pero no sé hacerlo. ¡No los comprendo! ¿Y si genero un caos y estos idiotas matan a Sofía?

—Dinos dónde está el perro —ordena Mateo.

Nan, naaaaaan, nan, bummm. El órgano aumenta la velocidad, mezclando sonidos graves y agudos. ¿Qué espera de mí el destino? ¿Debo matarlos? No voy a poner en peligro a Sofía. Y ella debería dejar de moverse tanto. Se retuerce, intentando liberarse de Andrés.

—Deja de resistirte, chica. —Andrés empuja un poco a Sofía con la rodilla y se la queda mirando con el ceño fruncido—. Un momento. Yo a ti te conozco.

El idiota la obliga a inclinarse y le mira el culo. Juro que voy a sacarle los ojos a ese cabrón.

—¡Es Sofía Ochoa, joder!

—¡Qué dices! —grita Mateo y la pistola le tiembla en las manos, pero no me deja de apuntar.

—¡Tiene la estrella del culo!

¿Sacarle los ojos? Qué va. Acaba de autocondenarse a muerte.

—¡Hostia! —Mateo la mira y doy un paso hacia ellos—. ¡No te muevas, hijoputa! ¡Que no te muevas, joder! Andrés, da igual si es la puta Virgen María, llevémonos al perro y…

—¿Eres tonto? —Andrés vuelve a tirar de Sofía y la pega mucho a su cuerpo—. Esta chica es una mina de oro.

Charlie aúlla en algún lado y Sofía me mira, asustada. Está loca, lo veo en sus ojos. No está asustada por ella. Está asustada por el puto perro.

Suelto una carcajada. Estoy furioso, pero no puedo evitarlo. Esta muñeca tiene más agallas de las que hubiera pensado.

Sofía

—¡El perro nos dará nuestra libertad! —Mateo agarra la pistola con las dos manos—. ¡Da igual la chica! ¡Llevemos al jodido perro con Sugaar!

Está como loco. Si esto sigue así, va a dispararle a Herio. ¡Y el órgano es una grabación! Eso significa que no hay nadie. Antes estaba asustada de que fuera una persona, pero saber que es automático lo empeora; si no es una persona significa que nadie va a ayudarnos.

—¿Sabes qué nos daría Akerbeltz por esta? —Andrés aprieta un poco más la navaja y jadeo, siento un hilillo de sangre corriéndome por el cuello—. ¡Es virgen! ¿Cuánto crees que nos dará por una virgen para el ritual?

¿En serio todos los hombres con los que me cruce esta noche van a llegar a la misma conclusión?

Estoy rodeada de imbéciles.

Herio suelta una carcajada tan fuerte que resuena incluso por sobre las notas del órgano.

—¿Llevársela a Akerbeltz? —Sin quitarse las manos de detrás de la cabeza, alza la barbilla y los mira como si fueran insectos—. ¿Unos españolitos? Pasaos por el akelarre y os aseguro que os usará de sacrificio.

—Andrés, acabemos con esta mierda.

—¡No lo escuches, hostia! ¡Está intentando asustarte! Akerbeltz no va a matarnos por ser españoles, ¿eres gilipollas? ¡Ellos también son españoles!

El órgano hace unas florituras improvisadas en tempo rápido que no me parecen para nada las de una grabación.

Herio abre la boca para decir algo más, pero un ladrido interrumpe lo que fuera que iba a decir.

Una pequeña puerta lateral se abre y Charlie entra corriendo, tropieza, y resbala por el suelo, como si hubiera usado toda su fuerza para empujar.

Se acerca a Mateo recuperando el equilibrio y empieza a ladrar.

—¡Cógelo! —Mateo mira a su compañero, sin dejar de apuntar a Herio—. ¡Suelta a la chica y cógelo!

—Pero es que… —La navaja de Andrés tiembla contra mi cuello y se me escapa un gemido de dolor.

Mis ojos se encuentran con los de Herio.

Por un momento, es como si me hablara con la mirada, me intenta decir algo pero no comprendo qué. Algo se tensa entre nosotros, una energía, palabras mudas.

Hasta que desvía sus ojos plateados hacia Charlie.

Va a hacerlo. Va a tomarlo y se lo va a llevar.

Si no lo hace él, lo harán ellos. Si yo he llegado a esa conclusión, él también.

Todo lo que he intentado se irá a la mierda.

Lo he dilatado todo lo posible y tal vez lo hubiera logrado.

Pero si de todas formas Charlie va a ser capturado y sacrificado, Herio seguramente no va a permitir que sean otros y no él.

Como si no pudiera resistir el impulso de perseguirlo, Herio mueve el pie. Solo es un amago, un ligero cambio en el peso de su cuerpo, ni siquiera una real intención de moverse, pero es suficiente para que Mateo dispare. Herio se hace a un lado pero salta sangre desde su hombro. ¡Mierda, mierda!

Levanto la cabeza con fuerza hacia atrás y golpeo la mandíbula de Andrés. Me suelta y corro hacia Charlie.

Se desata el puto caos.

Mateo y Herio corren también a por el cachorro.

Y el maldito órgano sigue tocando.

—¡Quietos! —Andrés me alcanza antes de que llegue hasta ellos y me agarra del brazo. Enloquece al ver que Mateo toma a Charlie y que Herio está por llegar a ellos—. ¡La voy a matar!

Herio se gira hacia nosotros y Andrés levanta el cuchillo.

—¡No! —Herio estira inútilmente la mano hacia mí.

Y el cuchillo se me clava en el brazo. Chillo de dolor. Duele tanto que por un momento veo todo borroso y me flaquean las piernas.

—Si vas tras ellos —grita Andrés—. ¡La mato!

Respiro con dificultad mientras Andrés me abraza por atrás y aprieta de nuevo la navaja contra mi yugular.