Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hemeretzi. Cazadores. Diecinueve #2
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Hemeretzi. Cazadores. Diecinueve #2

¿Por qué no puedo quitarme el recuerdo de Egu de encima? Su fantasma me persigue. [107] No debería sentirme culpable, esto no es algo romántico. Ni siquiera voy a follarla, no lo voy a disfrutar. Simplemente voy a demostrarle lo equivocada que está.

—Te vas a detener, aunque no grite. —Sofía gira su rostro hacia mí, su boca está tentadoramente cerca de la mía, los mechones de pelo celeste caen enredados entre sus ojos—. Vas a detenerte porque no eres así. No eres una mala perso…

—Cállate, Sofía —digo, deslizando sus bragas a un lado y se le escapa un pequeño chillido cuando mis dedos le tocan la piel—. Hori da. [108] Grita otra vez, neska.

Se oyen ladridos fuera, en algún lado de la catedral, y Sofía aprieta los labios, conteniéndose.

—Dime que me detenga. —La agarro bien de las muñecas con una mano mientras la toco con la otra—. Ruégame que pare y lo haré. Tendrás que hacerlo bien fuerte porque con esta música Charlie no podrá oírte.

Ella niega con la cabeza y cierra los ojos, apretándolos fuerte y escondiendo su cara en mi hombro. Tal vez está fingiendo, en realidad es una hipócrita y quiere hacer esto.

Al menos yo lo estoy disfrutando. Estoy durísimo solo con sentir sus pezones firmes contra la tela, contra mí, mientras mis dedos exploran la humedad de su coño. Las sombras nos vigilan, sé que hay algunas monjas rondando, ocultas en las tinieblas de las capillas.

La certeza de que esto es una prueba aumenta. No van a interferir. Al contrario, me acompañan con una melodía de muerte. Quieren ver si tengo los cojones para ser un dios.

Los dioses deben hacer cosas terribles.

—Casi me has derrotado esta noche, neska —murmuro y la aprieto de las muñecas—. Casi.

—No sé de qué hablas —solloza entre gemidos—. Ah, Herio, no —gimotea mientras la toco.

Mis dedos húmedos se cuelan entre sus pliegues, a punto de entrar. Puedo hacer esto. No me echaré para atrás. Ella hunde más su rostro en mi cuello, gimoteando. No me pide que pare, no ruega. Quiere demostrar su punto.

Le va a costar caro.

—Veremos si sigues siendo virgen después de que te folle con los dedos. Los tengo muy largos.

Voy a meterlos, en serio voy a hacerlo, pero ella empieza a llorar. Las lágrimas caen desde sus mejillas a mi hombro desnudo y me queman la piel. El órgano de la catedral hace una pausa. Luego regresa, disonante, errático. Quien sea que está tocando no sabe si seguir o parar.

Yo no sé si seguir o parar.

Más y más lágrimas. Sofía llora acurrucada en el hueco entre el hombro y mi cuello. Busca refugio en la misma persona que la quiere destruir.

Joder.

¡Se lo merece! Por arruinar algo tan importante para mí, por traicionarme cuando había decidido liberarla. Debería penetrarla y arrebatarle lo único que le importa.

Debería seguir, violarla, cometer un acto irreversible, que nunca pueda existir nada entre ella y yo.

Arggg, ¡hostia puta!

El órgano regresa a su melodía lúgubre con ira y velocidad. Respiro agitado encima de Sofía y quito los dedos de sus bragas y la dejo en paz.

La música se detiene.

Silencio.

Fuera llueve, las gotas golpean el techo.

—Te odio —murmuro, respirando el olor de su pelo.

La nave principal de la catedral continúa en un silencio funesto, salvo por nuestras respiraciones sofocadas.

Ni siquiera se oye ya la fiesta del exterior, como si nos hubiéramos aislado del mundo.

Le suelto las muñecas, dejo caer mi cuerpo sobre el suyo y Sofía solloza, con el rostro en mi hombro.

Sigue agitada, pero mete las manos entre los dos, me toma de la cara y me obliga a mirarla.

—No es verdad. —Todavía llora un poco mientras me habla—. No me odias.

¿Y ella me odia? Debería, por lo que acabo de hacer. ¿Por qué me coge de la cara? ¿Por qué parece que es ella la que me está consolando a mí? Su boca está demasiado cerca y yo demasiado frustrado. ¿Por qué? ¿Por qué no soporto verla llorar? ¿Por qué me importa tanto?

Me siento fatal. Me siento fatal porque quiero besarla y no debería, no debería disfrutar el alivio que brilla en su mirada porque me he detenido.

—Sabía que no lo harías —susurra y deja caer las manos a los lados con los brazos extendidos.

Como si se entregara. Como si de verdad confiara en mí. Respira agitada, todavía sonrojada y acalorada por lo que le estaba haciendo. No digo nada. Aparto la mirada, incapaz de sostener la suya, ilusionada porque cree que he cometido un acto de bondad.

No ha sido un acto de bondad. Ha sido debilidad.

Soy demasiado débil para ser un dios. Quizá no lo merezco.

—Charlie te quiere. No puedes matarlo, él cree que eres su dueño.

—No puedes saber si eso es así. —Apoyo la frente en el suelo frío, junto a la cabeza de Sofía.

Las almas de los muertos siguen latentes a nuestro alrededor. Puedo sentirlas, decepcionadas porque no he sacrificado la virginidad de Sofía para ellas. Es curioso, nunca las había percibido con tanta facilidad. Debe ser porque es Gau Beltza.

—Lo sé porque yo sentí lo mismo. —Sofía atrae mi cara hacia ella, para que la mire otra vez—. Él era un cachorro huyendo de la tormenta y tú lo rescataste.

—Lo he secuestrado, Sofía.

—Él no ve la diferencia.

Voy a decirle que es una estupidez, que no tiene cómo saber lo que piensa un jodido perro, pero… Lo veo en sus ojos, lo que me intenta decir. A ella también la he secuestrado. Y aquí está, como una tonta pensando que hay una pizca de bondad en mi alma.

—Te acabo de hacer llorar —digo, y odio que suene como una maldita disculpa.

Apoya la palma en mi mejilla y mira mi boca. Hostia.

—¿Y por qué crees que lloraba, Herio? No tienes idea.

Quiero saberlo. Quiero preguntárselo. Han pasado solo dos horas desde que la conozco, que la conozco en la vida real, al menos, y ya quiero saber más.

Quiero saber por qué se metió en movidas con los narcos, quiero saber quién es Vicente para poder matarlo, quiero saber con qué sueña cuando duerme, quiero saber si tiene una mascota o cuál es su libro favorito.

Se me ha ido la olla por completo.

¿Qué voy a hacer ahora? ¿La dejo y sigo con mi vida y ya está?

¿Mato a Charlie y que ella me odie para siempre?

¿Hago como que nunca la conocí, como que mi amor platónico es la que existía detrás de la pantalla y no una chica real?

Una chica lo suficientemente perturbada como para estar mirándome a los ojos con una especie de lástima, como si fuera yo el que acaba de ser abusado y no ella.

Tal vez esté siendo abusado. Intelectualmente. Está jugando conmigo.

—Sé lo que estás pensando. —Inspira profundo y trato de ignorar la manera en que sus pechos se aplastan contra el mío—.

Crees que soy igual de tonta que Charlie por confiar en ti.

Pero es que me salvaste, Herio. Iba a saltar a la oscuridad, pero me llamaste.

¿Sabes cuántas veces he estado a punto de saltar?

Antes ha dicho que ha intentado morir. No soporto pensar en esa idea. Me vuelve loco imaginar que pudo morir al otro lado del planeta sin que yo ni siquiera me enterara.

Y sé que está diciendo todo esto para manipularme y aun así soy tan gilipollas que saberlo no cambia nada de lo que estoy sintiendo.

—No me juzgues —dice, interpretando mal mi mirada—. No tienes idea el infierno que he vivido en Latam.

—Pues no vuelvas.

¿En serio he dicho eso? Estoy jodidísimo. Y me siento traidor. Esto era algo solo sexual. No debería estar diciéndole esto, debería estar sacrificando su virginidad en esta capilla para alimentar a los muertos. Recuperar al perro e irme al ritual para ascender.

Pero soy incapaz.

He fallado la prueba llamada Sofía Ochoa.

Las monjas ocultas en las sombras se deben estar riendo de mí. ¿Van a informar de mi fracaso a Sugaar? ¿A Akerbeltz?

—¿Quieres que me quede en Euskadi? —La preciosa sonrisa de Sofía se ensancha—. ¿Te has enamorado a primera vista de mí, Herio?

Yo también sonrío.

—Dudo que cuente como amor a primera vista si me he hecho cientos de pajas con tus vídeos, muñequita.

Se pone tan roja que me dan ganas de acabar con los dos centímetros que hay entre nosotros dos y besarla. Incluso estoy considerando seriamente decirle que renunciaré a sacrificar al perro si me da un beso.

¿Q ué es el amor, Herio?

El recuerdo de Egu se cruza en mi camino. Estoy harto de sentirme infiel. Está muerta. Pero esa maldita pregunta no deja de acosarme. ¿Por qué me la hacía tanto? ¿Es posible que como diosa supiera que esto iba a ocurrir? No. Egu era muy celosa. Si lo hubiera sabido… Me habría cortado los huevos.

Y no soy capaz de responder a esa pregunta. No tengo ni idea de qué es el amor. Creía que lo sabía, pero aquí estoy, planteándome abandonar todos mis planes con Egu solo para tener un minuto más de esta chica.

—¿Por qué intentas ser mala persona, Herio? —La voz de Sofía es apenas un susurro—. ¿Qué intentas demostrar?

—Soy la muerte.

Ella parpadea y las gotas de lágrimas que todavía le quedaban en las pestañas caen en sus mejillas. Le paso el dorso de los dedos con suavidad, quitándolas y me detengo. ¿Qué estoy haciendo?

—La muerte no es mala. No de por sí. —Sofía me toma la mano y aprieta mis dedos.

Vaya. En serio lo cree. ¿No le asusta que yo sea el semidiós de la muerte?

Eso me excita incluso más que haberla perseguido por la catedral.

Estoy rodeado de seguidores, de fans. Hombres y mujeres se mueren por tocarme, por una noche conmigo.

Pero todos me miran con miedo. Un miedo reverencial, pero miedo.

Simplemente me desean porque no pueden resistirse.

Y ahora los ojos de Sofía también brillan, pero no veo miedo ellos. Es otra cosa, algo que no logro identificar, pero que me da un hambre terrible. Hambre de ella.

Respiro agitado, nuestras narices se rozan.

Me inclino un poco más, saboreando con cada respiración el aroma frutal de su pelo, pero me detengo cuando oigo una risa a mi espalda.

Una risa masculina.

—¡No te muevas, Herio! O voy a disparar.

Sofía me mira con los ojos muy abiertos, quietísima y la miro yo también, sin atreverme a girarme.

Hostia. Estaba tan distraído con la boca de Sofía que ni siquiera sentí las presencias de estos desgraciados. Tampoco oí sus pasos, nada. Y las monjas ocultas en las sombras no me advirtieron.

Eso solo puede significar una cosa.

—¡Qué escena tan mona! —Andrés suelta una carcajada—. ¿Aquí traes de cita a tus ligues, raro de mierda?

Esto sigue siendo parte de mi prueba.

No es solo Sofía. Ella, la cacería, toda esta noche es mi prueba para convertirme en dios.