Hemeretzi. Cazadores. Diecinueve
HEMERETZI Cazadores DIECINUEVE
« Solo sabemos que funciona dentro del territorio. Si sales de Euskal Herria, olvidas la existencia de los dioses.
La única forma de recordar es mantener un vínculo estrecho con alguno de ellos, o con un semidiós.
Me lo dijo Catalina, así que le creo. Si hay dioses en otros sitios, ocurre lo mismo».
Amaia
Sofía
—Este es un lugar sagrado, Herio. Yo que tú, me pienso lo que vas a hacer.
Retrocedo, moviéndome torpe y lenta entre las bancas de madera. Me duele el pie. Me duele mucho. Herio camina hacia mí, con la calma de un felino aburrido que no tiene una presa verdadera, sino un simple juguete ante él.
—Claro que es sagrado, neska, por eso has podido entrar.
—No te entiendo.
Quisiera que mi voz sonara firme y no a punto del desmayo. Me cuesta respirar, me tiemblan las piernas. El corazón me late cada vez más fuerte con cada paso que Herio da hacia mí. Sé lo que pretende. Sé lo que le ofrecí.
—Siendo extranjera, no me extraña que no lo sepas.
—Herio se detiene y levanta los brazos. El fuego que nos rodea se alza con el movimiento que acaba de hacer él, alargando las sombras—.
Esta iglesia se hizo en honor a mí, hace muchísimo, muchísimo tiempo.
La catedral de Santiago no es más que un altar a la muerte.
Sigo moviéndome entre las bancas, deslizando mis dedos por la madera, sin quitarle los ojos de encima. Pongo distancia, al menos cinco hileras de bancas entre nosotros dos.
—¿En honor a ti? Solo tienes veintitrés años, no te flipes.
—Veintitrés, bai. En esta encarnación. —Los ojos de Herio chispean como mercurio líquido—. He nacido muchas veces, aunque no lo recuerde.
—Ojalá lo recordaras, serías menos imbécil y no estarías persiguiendo vidas inocentes.
—Tú no eres inocente. Ni de coña.
—No me refiero a mí.
Herio se ríe y camina por una fila de bancas hasta llegar al pasillo principal. Los músculos de su abdomen se retuercen con cada paso que da, las sombras remarcándolos con intensidad nefasta a causa de la luz del fuego.
No me extraña que me haya impactado la primera vez que lo vi en TikTok. Es irresistible. Tampoco me sorprende que sea la encarnación de la muerte. Porque tiene razón. La muerte no se puede resistir.
Me deslizo hacia el lado contrario de las filas de bancas. Él en el pasillo, yo cerca de los pilares.
—¿Qué piensas, neska? ¿Te has rendido ya? Me has ofrecido algo y quiero que me lo entregues.
—No eres una mala persona, eso pensaba. Podrías dejar esta tontería. ¿Crees que vale la pena ser un dios, si para ello debes traicionar a un perro que confía en ti?
Su sonrisa maliciosa titubea. Se detiene y el pelo marrón de su coronilla se agita con una brisa que no tengo idea de dónde proviene.
—Necesito ser un dios.
—¿Por qué? ¿Tanta es tu ambición que…?
—Para revivir a mi novia muerta.
Un aullido en alguna parte de la catedral desgarra el silencio que se forma entre los dos. Aprieto la tela negra de la sudadera entre los dedos y me muerdo los labios.
Quiere revivir a su novia. Por eso está dispuesto a llegar tan lejos.
¿Por qué me siento tan decepcionada? ¿Por qué esta verdad se me entierra de forma dolorosa en el pecho?
—Eres un hipócrita.
—Bai, lo soy.
—Eres el semidiós de la muerte, pero eres incapaz de asumir que ella ya no está.
Herio se detiene en el pasillo, a tres hileras de distancia. Lo suficientemente cerca para notar como el párpado de su ojo derecho de semidiós tiembla ligeramente ante mis palabras.
Entonces sonríe. Una media sonrisa, cínica.
—Ah, no me refería a eso.
Da otro paso, solo nos separan dos hileras.
—Me refería —dice, dando otro y llegando hasta la última hilera que lo separa de mí—, a que, aunque quiero revivir a mi novia, antes voy a tomar lo que me ofreciste.
—¡No te he ofrecido nada!
—Oh, sí que lo hiciste. Lo sabes perfectamente. —Le da un tirón cerca del bolsillo a sus vaqueros negros, acomodándolos—. Esta cacería no termina hasta que te quite esa absurda virginidad tuya y la entregue como regalo para este altar.
Está loco. Está loco si cree que le ofrecí eso. O sea sí se lo ofrecí, ¡pero solo para ganar tiempo! ¡No pienso darle nada!
Retrocedo, me escabullo como puedo detrás de la última hilera de bancas, lo más lejos posible del lado que está él. Pero él me mira con la victoria en sus ojos. Los músculos de sus brazos se tensan cuando se apoya en la banca que nos separa y de un brinco se sube encima.
Chillo y le doy la espalda, trato de correr, pero es demasiado rápido. Se desliza veloz por encima del largo respaldo de madera, salta de nuevo y cae delante de mí.
Herio
Agarro a Sofía de los hombros.
—¡No! ¡No! ¡Por favor!
La arrastro por el pasillo principal. La emoción crece en mi pecho y las antorchas iluminan más, más.
No sé si perseguirla ha excitado mi alma, pero siento la energía que ha alimentado la nave principal de esta catedral por siglos.
Vibran las almas, los espíritus atrapados en los símbolos que hace mucho fueron grabados en los pilares, en los arcos enormes que se elevan hasta el techo abovedado.
A pesar de la falta de luz del sol, los vitrales de colores que representan los antiguos símbolos de nuestra diosa brillan intensos a mis ojos sobrenaturales.
—¡No puedes hacer esto! ¡Menos en una iglesia! —Forcejea, intentando soltarse, pero es mucho más pequeña que yo y no conseguirá nada.
—Yo y el dios cristiano nos llevamos muy bien.
—¡Hablo en serio! ¡Para! ¡Para!
—No voy a parar. Comprobaré una de mis teorías. Ahora veremos si realmente te has vinculado a mí.
—¡¿Qué dices?! ¡¿Estás loco?!
—No estoy loco. ¿Por qué crees que has podido entrar? Solo yo puedo activar los pasajes ocultos de esta catedral. Hace rato creo que hemos formado un lazo. Ya lo veremos.
La agarro de las muñecas con una mano por detrás de su espalda y con la otra la abrazo de los hombros apegando su espalda a mí. La obligo a caminar hasta una de las capillas, la que tiene las tumbas más recientes.
—Sacrificaré tu inútil virginidad a los muertos, neska.
—¡Herio! ¡Basta!
Forcejea tanto que los pies se me enredan con los de ella y los dos caemos al suelo. Justo frente a la tumba.
Perfecto.
El enorme órgano que hay al fondo de la nave empieza a sonar. Naaa, na, naaaaaan, notas oscuras y profundas que se propagan entre pilares, arcos y vitrales.
La fuga de Bach. Vaya morbo el de estas monjas.
Sofía empieza a gritar.
—¡Hay alguien! ¿Quién está tocando? ¡Dios!
Lanza manotazos histérica, ahora en verdad asustada. Se retuerce mientras el sonido vibrante del órgano se esparce como olas de agua por la nave de la catedral.
No puedo evitar que se me escape una carcajada mientras la aplasto con mi cuerpo.
—A los muertos les gusta la música, lasai. [106] Nadie va a interferir en lo que estamos haciendo. Solo se unen a nuestro ritual.
—¿Qué ritual? Espera, ¿un muerto? ¡No puede ser un muerto, Herio! ¡Alguien nos está viendo! Ya para con esto, por favor…
Da igual si es un muerto o una de las monjas que vigilan mi catedral.
La música es lenta, intensa. Por ahora. Se pondrá furiosa después, si continúa con la partitura original.
El órgano de esta catedral es tan grande que el sonido apaga los gritos de fiesta del exterior, salvo los silbidos del txistu que se cuelan de vez en cuando. Y un aullido.
El perro aúlla en la oscuridad.
Sofía deja de forcejear y mira hacia la pared por la que llegamos.
—Charlie —murmura.
—Luego iré a por él.
Ella me mira a los ojos. Están cargados de odio y aun así es maravillosa.
Nan, naaaaaan, nan, buuum, bum, el órgano aumenta la gravedad, los vitrales vibran como si fueran a estallar.
El pelo celeste cae alrededor de la cabeza de Sofía, desparramado sobre las baldosas de piedra.
Su figura podría ser la de un ángel renacentista decorando las baldosas de esta catedral.
—Suéltame, ¡dios! —Gimotea contra el suelo y no está bien lo cachondo que me pone sentirla forcejear contra mí.
Y es que nunca había hecho esto. Había perseguido personas, pero siempre para matarlas, gajes del oficio. Nunca con el afán de tomarla entre mis manos y follarla con el deseo que he sentido durante… años. Años.
Mucho menos con una sinfonía respaldando mis actos. Las monjas oscuras que moran esta iglesia aprueban lo que estoy haciendo.
—Herio, en serio, todavía puedes arrepentirte y…
—Te has hecho una idea muy equivocada de mí. No soy una buena persona, neska —murmuro contra su oreja y bajo más mis manos hasta llegar a sus muslos—. Me has traicionado, me has quitado a Charlie y yo te quitaré lo que es más importante para ti.
Así debí pensar desde el inicio. No debí caer en sus manipulaciones. Su traición me ha abierto los ojos, no voy a dejarme llevar otra vez.
Gilipollas. He sido un completo imbécil.
Los dioses pusieron una prueba en mi camino y yo estaba fallando.
—¿Qué ocurre, neska? ¿Estás disfrutando, acaso?
Ella se muerde los labios, pero no grita. No me ruega que me detenga como debería hacer. Las notas del órgano se fugan veloces, cada vez en un tempo más rápido, aumentando la vibración del lugar más de lo que ya vibraba con su propia energía.
La música me incita, me llama a seguir con esto.
Levanto la sudadera, dejando expuestas sus bragas rosas frente a los santos que nos miran con ojos acusadores.
Envidiosos.
—No. Pero sé lo que quieres. —Su aliento agitado me golpea la barbilla—. Quieres que grite para atraer a Charlie.
Está loca. Ni siquiera había pensado en el perro y me ofende que ella lo esté haciendo.
—Pues vas a tener que gritar, neska. Porque yo no me voy a detener.
Deslizo mis dedos entre sus piernas y suelta un gemido, que se pierde entre los acordes mortíferos del órgano. Acaricio la tela suave de sus bragas. Está caliente, blanda y húmeda.
Joder, no puedo creer que estoy haciendo esto, tocando a otra mujer. Y en este lugar.