Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hama zortzi. El semidiós de la muerte. Dieciocho
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Hama zortzi. El semidiós de la muerte. Dieciocho

HAMA ZORTZI El semidiós de la muerte DIECIOCHO

Herio

—Dónde. Está. El. Perro —digo pronunciando lentamente.

Mantengo firme a Sofía contra la pared. No tengo ni idea de cómo ha logrado entrar a la catedral.

Ha usado un sendero que solo encuentran las criaturas mágicas y es probable que ya haya otros ojos observando nuestros pasos.

Tal vez la deje aquí, a merced de quienes dominan los pasillos oscuros del claustro antiguo.

Se lo merece. Debería odiarla por lo que me hizo. Debería detestar que tenga el descaro de mostrarse nerviosa, asustada. Debería aborrecer sus mejillas sonrojadas de tanto correr y el maquillaje corrido que vuelve sus ojos de corzo tétricos y oscuros.

—No, yo no… No lo sé —dice, jadeando, intentando respirar bajo el agarre de mi mano.

Si fuera otra persona, le partiría el cuello sin pensármelo dos veces. Ni siquiera me importaría que fuera una mujer. No me importaría nada.

La moral humana es para los humanos .

Un aullido de lobo rompe la noche y suelto a Sofía. Me mira con ojos brillantes desparramada contra la pared y le doy la espalda. Tengo que ir a por el perro y no seguiré humillándome frente a ella.

Pero no he dado ni dos pasos cuando me agarra de la muñeca.

—No sigas —suplica con voz aguda y un escalofrío me recorre desde el punto exacto donde me está tocando hacia el resto de mi piel—. Mesedez, [102] Herio, no sigas. No lo busques.

Odio que pronuncie mi nombre. Odio lo delicioso que suena mi nombre y el euskera en sus labios y que sepa el efecto que tiene en mí. He sido débil. Esto seguramente era una prueba, ya no tengo ninguna duda. Y la habría fallado, habría caído en sus redes si Sofía no me hubiera traicionado así.

Pero tengo algo de orgullo. Voy a ser un dios, joder.

Me giro hacia ella y aparto sus dedos de mi brazo de un manotazo. Ella se agazapa otra vez contra la pared, como si las sombras de este callejón sombrío pudieran ocultarla de mí. Tiene miedo. Ha visto la verdad en mis ojos. Quizá, al fin, ha visto quién soy realmente.

—Jarraituko dot, [103] neska. —Doy un paso hacia ella y aunque ni siquiera la he tocado, se estremece. Igual es lo suficientemente valiente para sostenerme la mirada—. No hay nada que puedas hacer que me haga cambiar de opinión.

Ya no. Es una traidora y una manipuladora.

Levanta la barbilla y sus pechos suben y bajan con fuerza mientras respira. Vi demasiados vídeos obscenos de ella en el pasado. Todo lo que hace, incluso respirar, me parece pornográfico.

—¿Seguro, Herio?

Ladeo el rostro, mirándola a los ojos otra vez y buscando la intención detrás de sus palabras.

La oscuridad se agita provocadora en su mirada.

—Soy un dios.

Me mantengo firme en mi lugar y ella mueve un poco los hombros. La sudadera se desliza revelando su piel morena y colgando en el punto justo para que no se le vean demasiado las tetas. Me cuesta no pensar en que no lleva nada debajo de la sudadera.

Soy un dios. Voy a ser un dios. Voy a…

—¿Y qué? —Sofía se pasa la lengua por los labios—. Sigues siendo un hombre.

Joder.

El pulso en mis venas enloquece. Doy un paso hacia ella.

Y Sofía sale corriendo.

Corre entre las sombras, empuja una puerta de madera pequeña, que tampoco debería ver un humano normal, y se cuela entre los pasajes secretos de la catedral.

Voy a seguirla, pero un aullido largo y agudo me distrae. Charlie está en algún lugar de este edificio y debería ir a por él. Sin embargo, oigo los pasos de Sofía perdiéndose en el interior, cada vez más lejanos.

Hostia puta.

Corro tras ella.

Sofía

¡Mierda! ¡Mierda! ¡Este lugar es enorme! Corro y jadeo como una loca, deslizándome por pasillos de piedra que parecen un laberinto. ¡En serio nadie creería que este sitio puede ser tan grande!

Empujo una puerta de tablas antiquísimas y llego a un patio interior.

Es un clásico patio cuadrado, con un pasillo de piedra y pilares que bordea todo el contorno y enormes arcos de piedra para pasar al jardín.

Intento recuperar el aliento mientras miro a uno y otro lado.

La puerta más grande, la que parece la salida, está del otro lado.

O corro por todo el perímetro de este cuadrado de piedra, o cruzo corriendo el pequeño jardín.

¿Está habitado este lugar? ¿Y si me encuentro con sacerdotes? ¿Y si aparezco medio desnuda como estoy en una sala de oración?

Oigo pasos cerca, corriendo. Mierda, mierda. Giro a la izquierda y corro por el perímetro. Solo necesito ganar tiempo. Distraer a Herio, ganar y ganar tiempo.

Me gusta cazar.

Ya veo que sí. El corazón me late frenético y casi me ahogo de la desesperación cuando llego al final del pasillo y la maldita puerta está cerrada.

La puerta por la que llegué antes empieza abrirse y sin pensarlo más me encaramo por los arcos de piedra y salto al jardín, para esconderme entre los árboles.

Se me escapa un chillido porque al saltar caigo mal y me tuerzo un poco el pie.

¡Mierda! ¡Los árboles son demasiado enjutos!

¡No van a ocultarme de él! Y no me extrañaría que este puto loco pueda ver en la oscuridad.

Me apoyo en uno de los troncos, pero es tan delgado que se agita y caen algunas naranjas al suelo.

Esto no sirve de escondite. Así que, agarro una de las naranjas y la arrojo lejos al otro lado, para despistar un poco a Herio.

Oigo su risa, pero no hago caso y corro otra vez, cojeando para salir del jardín por el extremo opuesto a él.

Me encaramo por los arcos de piedra, caigo al pasillo de nuevo, levanto la cabeza y ¡¡¡CONCHASUMADRE!

!! ¡¡¡Una puta calavera!!! Una calavera humana real me mira con ojos vacíos desde la pared.

¡Mierda! Inspiro, exhalo. Tranquila, Sofía. Maldita loca. ¡Es solo una calavera esculpida en la roca! Pero el corazón casi se me ha salido del miedo y Herio vuelve a reírse en la oscuridad.

Lo odio, lo odio. Me levanto y corro de nuevo hacia la puerta grande que está al fondo.

Las carcajadas de Herio me persiguen y mi estómago se retuerce de placer con su risa. No me detengo. Esto no es un juego, por mucho que mi cuerpo se esté haciendo ideas extrañas. Lo veo asomarse por la esquina del pasillo, pero sigo corriendo y llego a la puerta grande de madera.

La abro de un tirón y… Dos hombres, inclinados sobre el suelo, hablan en susurros y rebuscan algo en una bolsa, en una habitación en penumbras. Se giran sorprendidos hacia mí.

—¡Barkatu! [104] —grito y cierro la puerta.

Ay, no. ¡Deben ser los sacerdotes! ¡Quizá llaman a la policía! Corro en dirección contraria, hacia una puerta pequeña, de esas de servicio y la empujo. ¡Está abierta!

Me escabullo por el primer pasillo oscuro que encuentro y me pierdo en la oscuridad.

Por favor, que no llamen a la policía. Que no llamen a la poli…

—Eres muy lenta, panpina —dice la voz de Herio en la oscuridad detrás de mí.

Ya no sé cuántas puertas he empujado ni por cuántos pasillos me he metido.

Pasillos antiguos con olor a humedad. Empujo otra puerta, choco con un muro de piedra.

Tanteo en la oscuridad, mis manos rozan porosidades y humedades en las que trato de no pensar.

Doy con otra puerta. La abro y más penumbras.

Más pasajes de piedra y más puertas. Elijo cualquiera.

Ya ni siquiera puedo correr, voy cojeando de forma lastimosa y oigo los pasos de Herio tras de mí. Lo está gozando.

Bien, que lo disfrute. Que lo dilate todo lo que prefiera si eso le da tiempo a Charlie. Si eso hace que sea demasiado tarde para hacer ese ritual y…

Este pasillo es distinto. Al final hay otra puerta como todas, pero a la derecha hay una que tiene ventanilla. Una ventanilla iluminada. ¡Tal vez da al exterior!

Corro medio arrastrándome, justo cuando Herio llega también al pasillo y empujo la puerta, dejándolo atrás.

Es la nave central de la catedral. Jadeo, mirando los pilares que se alzan enormes, largos e infinitos hacia un techo sostenido por arcos góticos.

Cientos de antorchas encendidas se reparten por las paredes.

Los vitrales, incitados por la luz del fuego, salpican de colores las piedras, los pilares, el techo abovedado y el suelo.

Por un instante, es tan hermoso, que me olvido de la mierda en la que estoy metida. Quizá por celebrar Gau Beltza, quizá porque es una noche mágica, han puesto todas esas antorchas que se reflejan en las lámparas de araña.

Giro lentamente sobre mis pies, mirando a mi alrededor. Ya no tiene sentido correr, no podré salir de aquí.

¿Por qué Charlie se vino a esconder a este lugar?

No es como la mayoría de las catedrales.

Y no lo digo por los sarcófagos antiguos que se esconden en las pequeñas capillas que rodean la nave principal.

Ni por las lápidas de la pared lateral. También es raro el altar.

No está al fondo como suele ser, sino que se alza en el centro de una alfombra circular roja.

Roja como la sangre sobre una elevación también circular.

Ni siquiera parece un clásico altar cristiano, más bien parece un altar de sacrificio; una mesa de piedra y redonda, frente a una docena de asientos de piedra y madera, distribuidos por el perímetro del círculo rojo.

Doy un par de pasos y mis pies descalzos suenan sobre las baldosas heladas, provocando eco en la cámara vacía, enorme, dominada por sombras alargadas.

Camino, insegura. Tengo que cruzar toda la nave para llegar a las puertas del final y probablemente estén cerradas.

O si no, cualquiera desde la calle podría entrar a este lugar.

Estoy jodida.

Herio empuja la puerta, la oigo chirriar detrás de mí. Me giro hacia él y nuestras miradas se cruzan mientras la puerta se cierra a sus espaldas y el fuego sagrado que nos rodea hace brillar sus ojos plateados.

Un poco de lluvia todavía chorrea por su torso desnudo, por el tatuaje de cuervo de su hombro y brazo.

Ladea el rostro y me sonríe.

El silbido de un txistu y los tambores se cuelan desde la calle hacia el interior de la catedral.

—Kaixo, panpina. [105]

Podría jurar que el fuego de las antorchas se agita, como si lo saludaran de regreso.

Retrocedo un paso, sin dejar de mirarlo. Las estatuas de santos, vírgenes y del Cristo colgado en la cruz nos juzgan desde las sombras.