Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hama zazpi. Traición. Diecisiete
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Hama zazpi. Traición. Diecisiete

HAMA ZAZPI Traición DIECISIETE

Sofía

Algo cambió dentro de ese túnel. Herio parece más pensativo desde que salimos dos calles atrás. Se supone que solo me abrí un poco conversando con él para ganar tiempo, pero algo le provocaron mis palabras. Lo percibo en la energía que hay entre nosotros, una tensión cada vez que me mira.

—¿Dónde dijiste que habías dejado tu auto?

Herio me toma de la muñeca y tira de mí para que me apegue a las sombras del callejón mientras con la otra mano atrae la cuerda de Charlie.

El perro lo obedece, moviendo la cola, al parecer feliz de estar de nuevo en la ciudad.

—Lo he dejado en Atxuri —dice Herio, mirando la calle siguiente, por la que va pasando un montón de gente disfrazada.

—¿Entonces por qué vamos por aquí?

Conozco bastante el casco antiguo y esta ruta no es la más directa para llegar a Atxuri.

—Intento evitar a la peña.

Pero eso hoy va a ser misión imposible. Hay fiesta por toda la ciudad.

Nos envuelven las risas, los cantos, los sonidos de tambores y alguien tocando el txistu.

[100] Este callejón es pequeño y nadie nos ha visto, pero va a ser prácticamente imposible que crucemos todo el casco antiguo sin pasar por ninguna calle grande.

—Espera un momento aquí. —Herio baja la mirada y algo en sus ojos hace que se me apriete el estómago—. No tardo.

—¿A dónde…?

Suelta la cuerda de Charlie, corre hasta la esquina de la calle y se acerca a un grupo de chicos disfrazados de policías que va justo pasando por ahí. Los chicos van alegres y llevan vasos de cerveza en las manos.

Me dejó con Charlie. Recojo la cuerda y… Podría escapar. Podría aprovechar el momento, tomarlo en brazos y correr.

—Barkatu, amigo —dice Herio pasando el brazo por encima de los hombros a uno de los chicos de forma amistosa—, necesito esto.

Le quita las gafas y le sonríe. El chico lo mira extrañado un momento pero luego le sonríe de regreso, levanta la cerveza, dice algo en euskera y se va celebrando con sus amigos.

¿Acaba de brindar porque le robaron las gafas? Herio se gira hacia acá y camina tranquilo, como si ir sin camiseta en pleno octubre y con unas gafas de sol en plena noche, fuera lo más normal del mundo.

—Ahora sí. Será más fácil meternos entre la gente si no me reconocen. Ponte la capucha, neska. —Tira de la capucha y me la pasa sobre la cabeza—. No sería bonito que algún baboso te reconozca a ti.

Me toma de la mano y tira de nuevo, llevándome hacia la calle. Pude escaparme. En ese momento en que se alejó, en que me dejó con Charlie, pude tomarlo y correr. ¿Por qué no lo hice? ¿Por qué?

Herio se confió lo suficiente para dejarme sola y desaproveché la oportunidad.

Se me oprime el pecho mientras nos internamos entre la gente. Son tantas personas que cuesta caminar y tomo a Charlie en brazos. E incluso ahora Herio sigue confiando. Baja la mirada un momento, ve que lo he tomado y sigue caminando, sin quitármelo. Sin decirme nada.

Simplemente tira de mi mano como si fuéramos en una cita.

—¿A dónde vamos? —grito para que me oiga.

Acabamos de pasar por las escaleras que llevan a la parte alta, la forma más rápida para llegar a Atxuri.

—Te dejaré en El Sitio.

¿Qué? Un grupo de chicas disfrazadas de esqueletos pasa junto a nosotros, levantando falsas antorchas.

Miro hacia atrás, nos rodea una masa de gente y aunque es de noche, el cielo resplandece anaranjado.

Deben haber empezado los conciertos en el parque Etxebarri.

Además se ven luces anaranjadas en los montes, probablemente es gente celebrando a la forma tradicional, con verdaderas antorchas y fogatas.

Eso quiere decir que deben ser ya las diez de la noche. No tengo idea a qué hora es el ritual en el que Herio pretende sacrificar a Charlie, pero todavía queda tiempo.

—¡No quiero ir a El Sitio! ¡Suéltame!

Herio tira de mi mano y me lleva hasta una pared, intentando apartarme un poco de la gente. Se inclina y me habla levantando la voz.

—Voy a dejarte en El Sitio. Ahí podrás cargar tu móvil y pedir ayuda. Va a ser difícil pasar entre toda la peña, pero tal vez podamos acortar camino si tomo uno de los caminos secretos de la catedral.

—¡¿Por qué?! ¿Por qué me llevas a El Sitio?

El Sitio es conocido por ser el bar de los chilenos. Sé que por eso me lleva, pero ¿por qué ahora?

—Voy a dejarte ir. —No veo la expresión de sus ojos con esas malditas gafas de sol—. Ya no creo que seas ninguna espía.

Dice algo más, pero su voz se pierde entre la música y las risas de la gente. Vuelve a tirar de mi mano y abrazo a Charlie, mirando a nuestro alrededor.

Estamos a dos cuadras de El Sitio. La catedral de Santiago se alza a la izquierda; una enorme estructura oscura entre la luz de la fiesta. Está cerrada, solo se ven titilar algunas antorchas en la entrada principal.

Va a liberarme. Pero no va a liberar a Charlie.

Y yo pude escapar con él y no lo hice.

—¡Herio! ¡Espera!

No me hace caso. Su agarre es firme, tironeo de mi mano pero no logro librarme de él. Empiezo a angustiarme, me falta el aire. No soporto la cantidad de gente que se nos pega, el olor a cerveza, la música, ni el calor de Charlie que llevo pegado a mí.

Tiro más fuerte y esta vez consigo soltarme. Herio se gira hacia mí y antes de que alcance a hacer nada, levanto la mano y le arranco las gafas de sol.

—¡Herio! —Lo grito bien fuerte. Esta vez no para llamarlo a él.

—¡Es Herio, de verdad es Herio! ¡Y va sin camiseta!

Los chillidos empiezan de inmediato. Alcanzo a ver como Herio abre mucho los ojos, traicionado y luego desaparece entre gente histérica, una avalancha desatada por llegar hasta él.

Me aplastan, me empujan y aferro a Charlie con todas mis fuerzas mientras hombres y mujeres gritan, tratan de grabar a Herio con el teléfono o tan solo tocarlo.

Mierda, mierda. No puedo respirar. No soy muy alta y casi me caigo entre la estampida de gente frenética. Pero consigo mantenerme en pie, me abro paso a empujones y, al fin, salgo a una calle lateral más pequeña.

Echo a correr. No me importa ir descalza, no me importa el frío que me golpea y se me mete por debajo de la sudadera ahora que tomo una calle solitaria.

Corro con todas las fuerzas que me quedan.

Herio va a seguirme. Conseguirá liberarse de la gente, pero tendré tiempo para esconderme. Me interno de un callejón a otro, evitando otra vez las calles grandes, serpenteando por pasajes antiguos, estrechos y adoquinados, que conozco después de tres años viviendo aquí.

—¡Charlie, no! —grito, intentando calmarlo, se está moviendo mucho—. ¡Quieto, quieto!

Empieza a patalear más fuerte para que lo baje mientras corro por una calle oscura, con los pies adoloridos por los adoquines fríos y mojados.

—¡No, Charlie! ¡Geldi! [101]

Apenas me he alejado unas pocas calles de Herio y Charlie se me escabulle entre las manos. Resbalo por el agua y caigo de rodillas al suelo mientras Charlie corre. Corre en dirección contraria, por donde veníamos.

Quiere volver con él.

Me levanto y lo persigo, llorando. Soy una idiota, una idiota. Ni siquiera puedo salvar a un perro.

El perro ni siquiera quiere que lo salve.

Doblo la esquina en una calle menos concurrida por la que se ha metido Charlie.

Corre decidido, como si siguiera un rastro.

¿Podrá oler a Herio entre tanta gente? En esta calle hay personas bebiendo en los bares.

Charlie pasa entre piernas y debajo de mesas y se pierde en la esquina siguiente.

La gente me ignora, es una noche de locura.

Todos van disfrazados de criaturas extrañas y yo, con una sudadera y el pelo celeste revuelto, solo soy una loca más.

Corro dejando atrás los bares y el olor a comida que me hace agua la boca.

Con el pecho adolorido de tanto correr y de tanta angustia, doblo a la izquierda, a la derecha y de nuevo a la derecha.

La calle se curva y detrás de los edificios se alza enorme la catedral de Santiago, como una sombra maléfica de la noche.

Sigo a Charlie, jadeando. Un grupo de señores mayores tocando txistus y tambores me impide el paso un momento, pero logro escabullirme por otra calle pequeña.

Si tomo un atajo tal vez pueda evitar la catedral y…

No. La calle que tomo también lleva a la catedral. Todos los callejones parecen llevarme al enorme edificio antiguo, cuya torre alta y gótica se burla de mí. Así es el casco antiguo. Si te equivocas en un atajo puedes acabar en el lado contrario al que querías.

¿Dónde se habrá metido Charlie? ¿Habrá encontrado a Herio?

¡Ahí! La pequeña sombra del cachorro se escabulle directo hacia la catedral. Se mete en los recovecos de piedras y pilares del muro exterior y… desaparece.

Me detengo, mirando y respirando como una desquiciada.

¿Dónde? Me acerco y apoyo las manos en la pared.

Solo hay roca, la antigua piedra con la que construyeron este edificio.

¿Dónde se fue Charlie? Esta calle es solitaria.

No es más que un pasaje en la parte trasera de la catedral y aquí no hay bares ni celebra nadie.

Tampoco veo ningún agujero ni alcantarilla por donde se pudo meter el perro.

Levanto la mirada y… Una gárgola me sonríe petrificada. Apoyo la espalda en la pared de la catedral e intento recuperarme un poco. Me arden los ojos de la impotencia, de las ganas de llorar de nuevo. Quizá Herio no lo encuentre, puede que de todas formas lo haya salvado.

Pero no me lo creo. Si Herio no lo encuentra, Charlie lo encontrará.

Me llevo las manos a la cara, para limpiarme las lágrimas y al hacerlo, mi hombro se apoya en algo duro. Miro y es la pata de la gárgola. Es una gárgola rara, más que reptil tiene cierta similitud con un… chacal. O un perro.

¿Dónde estás, Charlie?

Toco la pata de la gárgola perro y… ¡Aaaaaah! La pared cede y caigo chillando en la oscuridad.

¡¿Qué…?!

Golpeo de rodillas el suelo de un pasillo oscuro.

Me levanto rápido, me giro hacia la calle, pero desaparece de mi vista cubierta por la pared de piedra que se cierra de forma automática.

No, no, por favor, no. Le pego a la pared con los puños, pero no se abre.

¡Cómo ha ocurrido eso! ¿Era una puerta trampa? ¿Por qué? No puedo tener tan mala…

Vale, Sí. Sí que puedo.

Ay, no, me giro y al menos la oscuridad no es absoluta.

Estoy en un pasillo de piedra y al fondo se ve una luz.

Hay una salida. Camino, nerviosa, intentando no pensar en las arañas, en el moho debajo de mis pies.

Eso blando que siento debe ser moho, porque huele a humedad y aquí no debe llegar jamás la luz del sol.

La luz del final crece cada vez más y al llegar resulta ser la ventanilla de una puerta baja de madera.

Es de esas puertas antiguas, bien pequeñas, como las que usaba el servicio en las mansiones.

Y tal vez no tengo tanta mala suerte, porque la empujo y se abre, dejándome en otro pasillo, uno normal.

Amplio, iluminado con la luz exterior que ingresa por ventanas grandes que dan a un jardín interior.

¿Será el jardín del convento? He visto este edificio de piedra cientos de veces desde la calle y jamás imaginé que tuviera un jardín interior tan bonito y amplio.

Afuera cae la lluvia otra vez. Me acerco a una de las ventanas, pero no se puede abrir. La única opción de seguir es otra puerta que hay al final del pasillo.

Inspiro profundo y avanzo. Tranquila, tranquila, Sofía. Esto es parte del convento de la catedral. Tiene que haber una salida, estaré en la calle en unos momentos y…

La puerta a mi espalda, la misma por la que yo llegué a este pasillo, se abre.

Me giro, con el corazón dando brincos de miedo.

—Ahí estás.

Retrocedo mientras el pulso en mis venas enloquece. La sombra alta de un hombre camina hacia mí. La luz de las ventanas marca las sombras de su torso desnudo. Se pasa la mano por el pelo marrón, sacudiendo las gotas de lluvia. Sus ojos grises destellan en un caos hermoso de plata que promete dolor.

Está furioso. Lo noto en cada paso que da.

—¿Sorprendida, neska? —Se detiene a unos pasos de mí y sus labios se curvan en una sonrisa de maldad—. No sé qué ha ocurrido después de que te trajera de vuelta a la vida, pero puedo seguir tu rastro como un hilo rojo que flota entre la gente.

Se acerca más y ni siquiera intento escapar. No tiene sentido, en cuanto llegue a la otra puerta él me va a alcanzar.

—No quería venir a este sitio. Lo he evitado durante dos años.

—Su voz grave vibra de la rabia, del odio, no lo sé—.

Pero, al parecer, esta noche el destino te ha traído.

Y me ha traído a mí detrás. El destino también me ha dicho que no me acercara a ti.

Pero después de todo esto —añade, alzando los brazos, ya a pocos pasos de distancia—.

¿Quién soy yo para luchar contra el destino?

Es como luchar contra la muerte. No se puede.

Sus ojos brillan plateados en la penumbra. Intento hablar, pero las palabras se rebelan, ineptas ante esos ojos divinos.

—No se lucha contra la muerte, neska. Te sometes a ella.

El olor a manzana me golpea. Herio me agarra de los hombros y me empuja contra la pared de piedra.