Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hama bost. Secretos. Quince
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Hama bost. Secretos. Quince

HAMA BOST Secretos QUINCE

Sofía

El corazón se me acelera. Dijo que no pagaba mi OnlyFans, dijo que no era mi seguidor. Pensé que yo no le interesaba.

Quizá te he mentido.

Pero no aceptó mi solicitud cuando se la mandé. Debería parecerme una tontería ahora, pero de solo acordarme me da rabia. ¡Me sentí tan insultada! Nunca un hombre había rechazado mi solicitud de colaboración. Si solo me hubiera dejado en visto, pero ¿qué me bloqueara?

—No desaparecí —susurro.

—Sí lo hiciste. Tenías el pelo más largo y rosa. Cuando regresaste… —deja la frase sin terminar y desliza despacio los dedos por los mechones de mi melena, ahora celeste, y que solo me llegan hasta los hombros.

—¿Qué? ¿Ya no te gusta? —Aparto su mano, pero él me vuelve a levantar el rostro y me clava su mirada de ojos plateados.

—Sí me gusta.

Me cuesta respirar. Hace unos minutos creí que iba a desmayarme de miedo y ahora creo que voy a desmayarme solo porque este cabrón me ha susurrado tres palabras, con una voz tan grave como el rugido que antes hizo temblar las paredes.

¿Por qué mi cuerpo reacciona así? ¿Por qué tiemblo ante su contacto? ¿Por qué el pulso se desliza furioso por mis venas?

No debí ponerme la sudadera mágica.

Trato de abrir la boca para decirle que me suelte, pero no sale nada.

El cuerpo me traiciona. Me arde la cara del calor, de ser tan consciente del roce de su piel de semidiós en mis pezones.

¿Soy imbécil? Me secuestró. Se raptó un perro inocente —quizá no tan inocente— y…

Me secuestró, con eso es suficiente para que lo odie.

Debería odiarlo.

Debería decirle que me suelte en este instante.

—¿Por qué no aceptaste mi colaboración?

Arggg, ya está. Se lo pregunté. Siento tanta vergüenza, que tal vez sí debí morir ahogada en la ría. Habría sido mejor.

—Tenía novia.

Ah.

—¿La diosa que ahora está observándote desde el más allá?

Me suelta el mentón. Como si mencionarla hiciera que quiera dejar de tocarme. [81]

Algo se remueve dentro de mí.

—Bai [82] —murmura—. Ella.

—Solo era una colaboración.

—Hummm, ya. —Desliza los dedos por mi cuello hacia abajo y yo me tenso, un escalofrío terrible me recorre. Le agarro la muñeca, aunque se detiene por su cuenta antes de llegar a mis pechos—. ¿Tú crees que hubiera sido solo eso?

—¡Obvio que sí!

—Humm. Si tú lo dices.

¿Es idea mía o está sonriendo? Su pulso se acelera, la emoción que siente fluye desde su piel hacia mí. Es como si a través de mis manos pudiera percibir sus emociones, sus sentimientos. Estoy volviéndome loca, imaginando cosas.

No creo que tenga sentimientos si quiere matar a Charlie.

—Yo creo que esos narcos ya se fueron —susurro.

Trato de apartarme, pero no consigo moverme.

—Se fueron hace rato —dice riendo. No hace ningún intento por salir de aquí.

Levanto el rostro molesta y él se ríe más.

Lo empujo de nuevo, haciendo fuerza hacia fuera, hacia el túnel y esta vez me suelta.

Casi me caigo por el impulso y él me agarra de la cintura por detrás, todavía riéndose.

Recupero el equilibrio y me alejo de él, cerrándome la sudadera sobre el pecho antes de darme la vuelta.

Herio sale del espacio entre las sombras, iluminando otra vez con el teléfono, arreglándose el pantalón y mirándome divertido.

Es un enfermo.

Charlie sale detrás de él todavía amarrado con la correa. Dios, con esa conversación de mierda hasta me olvidé por un momento que lo teníamos a nuestros pies.

Debería estar asustada. Debería aterrarme ese rugido horroroso que casi hace que me desmaye, pero ¡awww! Me mira con sus orejitas juguetonas y moviendo la colita. ¡Es tan tierno!

Quizá eso de la sombra de lobo no es su verdadero yo.

—¿Vas a amarrarme las manos de nuevo? —Las levanto, mostrando mis muñecas a Herio.

Sigo atada a él por la cintura, pero ya tener las manos libres me hace sentir mejor.

—Por ahora no.

Qué alivio.

—¡Ven aquí, Charlie!

Quiero probar una cosa.

—Charlie, ¡sentado! —ordeno.

Él mueve la colita, mirándome emocionado. No me hace caso.

—¡Arriba! —digo, pero él solo mueve la colita.

—Gora [83] —ordena Herio y Charlie se levanta en dos patas y se gira, ahora atento a él—. Hummm vaya, prueba a darle la instrucción en euskera.

—¡Eseri! [84] —digo, una de las pocas palabras que conozco.

¡Y Charlie se sienta! Me emociono porque nunca he tenido un perro y eso que los adoro. Y la verdad, después de lo que hizo, que nos haga caso me tranquiliza.

Si luego se convierte en un lobo enorme, tal vez recuerde hacer el sentado.

Quizá.

—¡Etzan! [85] —digo otra palabra fácil, haciendo un gesto horizontal con mi mano y asombrosamente él se arroja al suelo, acostado sobre sus patas y me mira alegre—.

¡Es superobediente! —Eso provoca que una punzada de pena me atraviese las tripas—.

Mierda, debe tener dueño. Alguien lo estará echando de menos.

Herio no dice nada, aunque no se me escapa que mira a Charlie con curiosidad. Curiosidad maligna. Sus ojos ligeramente rasgados siempre parecen estar tramando algo.

—Oye. —Muevo la mano para llamar la atención de Herio—. ¿No te preocupa lo que acaba de hacer Charlie con la sombra?

Desvía sus ojos siniestros hacia mí.

—No. Kume bat da. [86] Seguro que ha sido algún truco barato. —Pasea la mirada por el lugar. Me doy cuenta de que mantiene la luz del móvil hacia el suelo, no en las paredes como antes. No quiere llamar la atención—. Deberíamos esperar unos diez minutos para que esos tíos se vayan.

—¿Quiénes eran?

—Trabajan para Sugaar. Están buscando a Char… al perro, igual que yo.

—¿Por qué?

Herio duda un momento, supongo que cree que no tiene por qué explicarme nada y no va a…

—Los dioses organizaron una cacería. —Apenas oigo su voz de lo bajo que habla, así que me acerco un poco más a él—. Si los esbirros de Sugaar atrapaban al perro, serían libres. Si los atrapábamos nosotros, los de Akerbeltz…

—Los libraría a ustedes.

—Algo así.

—Y tú aceptaste participar en algo tan idiota.

Herio ladea el rostro.

—Me gusta cazar. Aunque esta ha sido la primera vez —dice, mientras una sonrisa sucia se forma en sus labios— que lo que cazo es un animal.

Sus palabras deberían sonarme amenazantes, quizá nefastas. Pero lo único que consigue con esa mirada perversa es que el corazón me enloquezca. Como si estuviera insinuando que…

Sofía, basta. Es un semidiós psicópata. Probablemente lo que está insinuando es que caza humanos y se los come en la sopa.

Herio se ríe y me da la espalda.

—Ven, neska. —Tira de la correa de Charlie y yo lo sigo. Estoy amarrada a él, no es que tenga otra opción—. Vamos a esperar en un lugar más seguro.

Camina en dirección contraria a donde veníamos.

Me gusta cazar.

Quizá debí pedir ayuda a esos hombres. Quizá él que está frente a mí es peor que ellos.

Pero Herio me salvó. Aunque me caiga mal, aunque insinúe cosas terribles, si no fuera por él estaría muerta. Y esos hombres tenían una pistola. Hombres buenos e inocentes no eran.

Quizá Herio solo quiere asustarme, parecer peor de lo que realmente es.

—Aquí estará bien —dice, deteniéndose junto a otro hueco entre las paredes, pero esta vez más grande.

—¿Puedes ver si hay arañas? [87] —digo, todavía agarrándome la sudadera contra el pecho para que no se abra.

Él resopla, pero ilumina hacia dentro. Mientras revisa, le doy la espalda y me cierro bien la sudadera con la cremallera.

—¿No hay? —Me inclino a su lado para mirar.

—Nada de arañas.

Solo un espacio cuadrado de piedra y un poco de moho. Algo de luz se cuela por el techo, casi imperceptible. Lo suficiente para que pueda distinguir forma en la penumbra.

—Primero tú —dice—, por si regresan.

Observo sus ojos grises y él arquea una ceja.

—¿Qué? —dice, apuntándome con la luz del móvil.

—¿Ahora te preocupas por mí? [88] —Le empujo la mano para apartar la luz, me encandila.

—Tú dices que te he revivido, pero yo no apostaría a que logre hacerlo dos veces, neska. Y prefiero… que el regalo de Akerbeltz llegue en una pieza.

Me sonríe con sarcasmo.

—Pfff —resoplo, pero me meto dentro.

Herio me sigue y se sienta de piernas cruzadas en el suelo. Todo es penumbra, el teléfono sigue siendo la única fuente de luz y dudo que le quede mucha batería. Miro un momento el lugar mugriento, pero estoy cansada y me duelen los pies, así que al final me siento a su lado.

Al menos aquí no tenemos que estar pegados el uno al otro.

—Puedo abrazarte de nuevo si tienes frío —sugiere la voz arrogante de Herio a mi espalda.

Levanto la mirada y le devuelvo la sonrisa sarcástica.

—No volverás a abrazarme gratis en tu puta vida. Hazte la idea.

Él se ríe y Charlie se mete en el espacio con nosotros. Se acurruca entre Herio y yo, y apoya su cabeza en mis pies. Lo acaricio detrás de las orejas y se me cierra el pecho al pensar en lo que este weón le quiere hacer.

Tal vez si consigo retenerlo acá un tiempo, se atrase y no alcance a llegar el ritual.

Pero ¿cómo? Antes, cuando le hablé de su novia se quedó mucho rato callado.

Si le pregunto por algo relacionado con Charlie o el ritual, dudo que me quiera decir nada.

Entonces ¿de qué puedo hablar con alguien como él?

Podría intentar seducirlo, pero… Dios, el rechazo que sentí cuando me bloqueó en Instagram bulle como lava en mi interior.

De solo imaginar que me rechaza de nuevo… No. No me pondré en esa posición.

La oscuridad regresa.

—Tengo que ahorrar batería —dice Herio, guardando su teléfono en el bolsillo.

Me pongo tensa y me apego un poco a él. No me da miedo la oscuridad, pero sí las arañas. U otras cosas peores.

Aunque no está del todo oscuro como antes.

Cuando mis ojos se acostumbran, me doy cuenta de que veo lo suficiente para distinguir los rasgos hermosos pero malignos del semidiós a mi lado.

Miro hacia el techo y se ven unas líneas de luz azuladas y tenues, como si en algún lado más arriba, quizá en el alcantarillado, hubiera una fuente de luz.

Herio mueve el brazo y oigo el ruido de la bolsa de gomitas. Bueno, si quiero alargar esto, tengo que hablarle de algo.

Y hay algo que tenemos en común los dos.