Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hama lau. Mutuals. Catorce
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Hama lau. Mutuals. Catorce

HAMA LAU Mutuals CATORCE

«También han despertado en Japón y Argentina.

Hay más países, pero Catalina no los sabe todos.

Si no hay un vínculo, te olvidas».

Amaia

Sofía

Herio apaga la luz del móvil mientras las pisadas se acercan por el túnel.

Contengo el aire, las ganas de chillar. El corazón se me acelera tanto que me duele el pecho.

No sé si porque siento su piel caliente en mis pezones o porque no veo nada, la oscuridad es absoluta.

No sé si me vuelve loca estar desnuda con este tipo o la idea de que se me suba una maldita araña encima.

Solo se oyen las pisadas y unas goteras que se filtran en alguna parte de la roca del túnel.

Ni siquiera Charlie hace ruido. Siento su cuerpo peludo en mi pierna izquierda, pero debe ser más inteligente que yo porque está callado.

Claramente, no le tiene miedo a las arañas.

En cambio, yo estaría chillando si no fuera porque las pisadas ya no son lo único que se oye, sino también voces. Voces de hombres.

Y dudo que hombres decentes usen este túnel.

Inspiro hondo para tratar de calmarme, pero solo consigo respirar el intenso olor dulce de este puto loco.

El aroma a manzana me marea de lo fuerte que es, al punto que relaja un pocos mis latidos, calma mi respiración acelerada.

Levanto las manos, porque el lugar es tan estrecho que no sé dónde apoyarlas y al hacerlo me doy cuenta de que lo único que hay para apoyarme es su cuerpo.

Conchasumadre. ¿Cómo puedo estar en una situación tan imbécil?

—Geldi [74] —susurra hablando, tan bajo, que apenas lo pude oír. Un zumbido abruma mis oídos de lo enloquecido que tengo el pulso.

—Si me tocas voy a matarte —susurro yo de regreso.

Él se ríe y quiero matarlo en serio. ¿Esto le parece gracioso? Los brazos se me empiezan a cansar en mi intento por no tocarlo con las manos.

Me rindo.

Apoyo las manos en su pecho y… la verdad está bien. Está calentito. Ahora que lo pienso, estoy calentita con su sudadera en la espalda y su cuerpo pegado al mío. Me siento mejor. ¡Dios! ¡No debería sentirme mejor! Él me secuestró. La hipotermia debe haberme dejado las neuronas medio muertas.

O quizá la sudadera de semidiós tiene efectos secundarios.

Intento no pensar en mis pezones rozando su piel, pero es difícil. Estoy supertensa y él también. Aunque se haga el chulo, percibo la tensión en los músculos de sus brazos, en la forma en que respira. Su aliento me hace cosquillas en la cabeza.

Y los pasos están cada vez más cerca. Mierda.

Una luz rompe la oscuridad y Herio me abraza más fuerte e intenta meternos un poco más adentro en el hueco de la pared.

Creo que son dos hombres, o al menos solo son dos los que hablan.

No podemos ver hacia el túnel, pero deben llevar una linterna por la forma en que un haz de luz redondo se proyecta en el suelo y las paredes que alcanzo a ver en el ángulo de visión.

El corazón me late como loco, pero al menos la luz no entra en el espacio en que estamos ocultos.

—No creo que una pistola te sirva si nos encontramos con él —dice una voz masculina—. Baja esa mierda, me pone nervioso, joder.

—Yo creo que un balazo en la cabeza lo dejará tumbao, sea dios o no.

¿Hablan de Herio? ¿Quieren matarlo? Deben ser narcos. Seguro que son narcos. De solo imaginarme que se agarran a balazos aquí me pongo nerviosa. Me entran ganas de llorar otra vez, pero Herio levanta una mano y apoya el dorso de sus dedos tibios en mi mejilla.

—Lasai [75] —susurra, tan despacio, que casi parece un suspiro.

Me muerdo los labios y cierro los ojos. Apoyo la frente en su pecho tibio y me quedo muy quieta entre sus brazos. Lo odio. Por su culpa estoy en esta situación. Detesto que sea tan hijo de puta que me haya arrastrado a mí y al pobre Charlie con él.

Quizá debería gritar, hacer que esos dos nos encuentren y apostar a tener mejor suerte con ellos que con él.

Pero no lo hago. Las voces se oyen cada vez más cerca y la luz ilumina más, lo suficiente para que se vea mejor aquí dentro y pueda ver los tatuajes que cubren parte de los pectorales perfectos de este semidiós desgraciado, aunque no nos estén iluminando directamente.

Y no grito. No me muevo. Porque aunque sea un hijo de puta, los otros también deben serlo y Herio al menos ya me salvó una vez esta noche.

Además, una sombra alargada se proyecta en el suelo del túnel que alcanzo a ver y una pistola se dibuja claramente en la mano de la sombra.

El otro hombre no se ve, tal vez porque es quien lleva la linterna.

—Quizá ya ha salido del túnel —dice uno.

—No creo, ¿no hueles su olor? Ese olor es inconfundible —responde el otro—. Un olor a champú barato para niñas. Ándate con cuidado.

¿Champú barato? Yo solo siento que huele a manzanas deliciosas. Tan delicioso, que cada vez que respiro mi sangre se calma a pesar de esta situación y…

Contengo el aliento. Los hombres están demasiado cerca de nuestra posición.

—No sé si esto vale la pena, tío. Es un semidiós, va a hacernos pedazos.

Tienen acento de Madrid.

—Claro que vale la pena, no sé tú, pero yo quiero mi libertad. Además, no son tan poderosos. Incluso dicen que hay formas de anular su magia. Da igual, Herio no sabe usar la suya. Confía en mí, no acepté esta cacería sin informarme bien, joder.

¿Cacería?

Los hombres pasan frente a nosotros. Aguanto todo lo que puedo la respiración y los brazos de Herio se tensan un poco a mi alrededor. Charlie está tan callado que hasta pensaría que ni siquiera sigue aquí, pero lo percibo ahí abajo.

Las pisadas se alejan, los hombres hablan en voz baja cosas que ya no entiendo y la luz se desvanece de a poco. Y cuando al fin creo que se han ido, los pasos regresan.

—¡Lo he sentido! ¡Hostia, te lo juro! ¡He sentido su olor por aquí!

—¡Estás alucinando con eso del puto olor!

—¡Qué va! ¿Es que no lo hueles?

Mierda. Mierda. ¿Qué nos van a hacer si nos encuentran? Debería calmarme, estoy con un semidiós. Él podrá defenderse, ¿o no? ¡Pero estoy desnuda!

¡Por la mierda! Mierda, mierda. No quiero morir enseñando las tetas.

Herio me estrecha contra él con un brazo, pero desliza el otro hacia abajo. Al hacerlo, estamos tan apretados, que pasa a rozar uno de mis pechos y doy un respingo.

—Barkatu [76] —susurra.

Levanto el rostro, asustada, nerviosa, enojada.

La luz de los narcos ilumina lo suficiente para ver la sonrisa maliciosa que se forma en los labios del hijo de puta de Herio.

Sus ojos destellan un momento, casi plateados en la oscuridad.

Pero me quedo como una estatua mientras sigue deslizando la mano, la mete en el bolsillo de sus vaqueros negros y saca una navaja.

Con un pequeño movimiento fluido, la abre y el filo destella en las penumbras, demasiado cerca de mi cintura para mi gusto.

Todo se fue a la mierda. Voy a morir en bolas.

Los pasos llegan hasta aquí, intento hundirme en este espacio pequeño, en el refugio de los brazos de Herio. Ya no me importa si me toca, me pego tanto a él que podríamos fundirnos en cualquier momento.

Los hombres están casi encima.

Van a asomarse al hueco y… Un gruñido.

Un gruñido lo inunda todo.

Es gutural, tenebroso, hace retumbar las piedras que nos rodean.

Los pasos se detienen, los hombres maldicen en susurros y el corazón se me congela cuando veo que en el suelo se proyecta una sombra enorme, bestial.

Es inconfundible. El hocico alargado, las orejas puntiagudas y el pelo erizado: un lobo.

La sombra de un puto lobo enorme en el suelo.

Y sale proyectada directamente desde donde estamos nosotros.

¡Mierda! Busco, mirando como loca en la oscuridad de este agujero. El rugido es cada vez más terrible, se respira como un temor primigenio, inunda todo, me eriza la piel. Herio me sostiene entre sus brazos, pero todo mi cuerpo ruega por huir de ese rugido gutural.

Calma, calma. No hay nada, no hay nada. Debe ser algún truco de Herio o de…

Bajo la mirada hacia Charlie. Los hombres salen corriendo.

Charlie no está haciendo nada, solo está quieto, pero la sombra sale de él, directamente proyectada desde su cuerpo.

Y aunque ahora sepa que viene de él, el terror del rugido hace temblar hasta la gravilla del suelo y se me mete, calándome hasta los huesos. Me tiemblan las piernas.

La luz desaparece del todo.

El rugido disminuye poco a poco. El aire en el hueco en el que estamos pesa y me cuesta respirarlo.

La sangre me pita en los oídos y las manos me tiemblan mientras me agarro de los hombros de Herio.

Cuando el rugido se apaga, cuando las pisadas de los hombres ya no se oyen, el corazón me vuelve a latir.

Logro mantenerme de pie, aunque sigo muy quieta.

—¿Ese fue…?

—Sssh. —Herio guarda la navaja y me rodea con ambos brazos otra vez—. Espera un poco —susurra.

Inspiro profundo y trato de no pensar en que el supuesto perro a mis pies, al parecer no es un simple perro. Lo que sea que es, me ha dado incluso más miedo que morir. Ha sido…

—No te muevas tanto, me rozas —murmura Herio y siento su aliento en la coronilla de mi cabeza.

Sus palabras me recuerdan que tengo las tetas pegadas a su cuerpo. De tanto miedo me había olvidado hasta de eso. Estoy a punto de decirle que no me he movido tanto cuando siento…

No. No me jodas, ¿en serio? Estoy segura de que lo que siento duro contra mi vientre no es la navaja que se guardó en el bolsillo de los vaqueros.

—Eres un asqueroso.

—Sssh, ¿quieres que vuelvan? —pregunta suave.

—Déjame salir —susurro de regreso.

Aunque en realidad no sé si me atrevo a salir todavía. ¿En serio quiero encontrarme a dos tíos medio desnuda? Creo que prefiero sentirle la polla a este a través del pantalón.

—Espera un poco para que se alejen —sugiere Herio.

—¡No puedes ponerte cachondo con esto! —Le doy un golpe en el pecho con el puño y su cuerpo se agita, intentando contener la risa.

—¿Contigo desnuda en mis brazos, muerta de miedo y al borde del colapso? —Deja escapar una risilla contenida, casi susurrada—. Verte temblar así me ha puesto a mil.

—Eres un puto enfermo.

—Egun on. [77]

Aguanto las ganas de gritarle, porque no quiero que vuelvan los narcos.

Inspiro, exhalo, inspiro, exhalo. Trato de calmar mi respiración, de ignorar que todavía siento su piel tibia contra mis pezones.

Qué puta vergüenza tengo. Casi prefiero que no haya luz, para que no vea mi humillación.

La situación ya es humillante de por sí, pero que sea con él…

Charlie se mueve un poco a nuestros pies y me tenso.

—Lasai, [78] no te hará nada —murmura Herio.

Los pasos de los madrileños ya no se oyen, no se ve ni pizca de luz y solo se oyen las goteras y un ligero zumbido que creo que es el ruido de la ciudad sobre nosotros.

—¿Él…? ¿No es un perro, entonces?

—Sí lo es. Uste dot. [79] Pero es un perro de Gaueko, ya me parecía que alguna habilidad debía tener.

—Nos salvó —susurro.

—Qué va. Los ha salvado a ellos.

—Ah, ¿sí? —Levanto el rostro y juraría que percibo en la oscuridad el brillo de sus ojos grises. Hablo lo más despacio que puedo—. ¿Si eres tan chulo por qué no los enfrentaste antes de esconderte?

—¿Y perderme la oportunidad de tocarte las tetas gratis?

El poco calor que sentía hasta ahora se me sube a la cara. Me arden las mejillas y empujo su pecho para apartarme, pero es imposible, con suerte tenemos espacio para respirar aquí dentro.

—¿No dijiste antes que no te interesaban mis tetas de simple mortal?

El corazón me da un vuelco porque él se inclina. Su mentón áspero por la barba incipiente me roza la mejilla y, cuando habla, sus labios hacen cosquillear mi piel.

—Tal vez te he mentido, neska.

No sé qué me molesta más, que esté jugando con esta situación de mierda o que mi cuerpo se vuelva loquito, reaccionando al contacto de su boca, al roce tibio de su aliento en mi mejilla.

Debe ser porque es un semidiós.

Nadie humano puede resistirse a ellos.

Tal vez lo que dijo Amaia sea cierto. Debe tener alguna especie de energía sexual atractiva. Así como los vampiros. Si lo sé, si lo tengo presente, mi cabeza puede controlar la situación.

Estoy a punto de decirle que se vaya a la mierda, que me suelte porque ya se fueron los narcos, cuando su voz rompe el silencio y la oscuridad:

—¿Por qué desapareciste?

¿Ah? Levanto la mirada otra vez, por puro instinto, pero no veo nada. Salvo… sus ojos. Sí. No es mi imaginación. Sus ojos resplandecen ligeramente en la penumbra.

Y están muy cerca, justo encima de los míos.

—¿Desaparecer?

Sin dejar de estrecharme con un brazo, levanta la otra mano y apoya sus dedos en mi mentón. El estómago se me aprieta.

—Bai [80] —murmura—. Desapareciste más de dos años de las redes.