Hama hiru. Desnúdate. Trece #2
—No es un perro cualquiera, no lo subestimes —dice Herio.
Vuelve a caminar y yo me desespero, siguiéndolo con la cuerda tirante entre nosotros.
—No vuelvas a gritar, neska. No quería asustarte, pero si sigues hablando así empeorarás las cosas.
Más adelante hay un cruce peligroso. Un cruce que durante miles de años ha sido usado por criaturas del bajo mundo para merodear por la ciudad sin ser vistas por los humanos.
—Lo dice como advirtiendo de un peligro, pero por el tinte de su voz, parece más que emocionado con la idea—.
En una noche como hoy, están muy presentes.
Es mejor no llamar su atención. —Se gira por encima del hombro para mirarme sin dejar de caminar—.
¿O quieres volver a tener una experiencia como con la cría de lamia que te quería llevar bajo el agua?
¿Eso era? ¿Una cría de lamia? Me recorre un escalofrío y se me revuelve el estómago. Una cosa es conocer a un semidiós. Todos saben que al menos fueron humanos gran parte de su vida. Pero ¿las lamias? Ni siquiera son humanas.
—Si es una ruta que usan las criaturas peligrosas, ¡¿por qué me traes por aquí?!
No le tengo especial miedo a la muerte, pero no me interesa ser comida y devorada de a poco.
Se me acelera el corazón, miro las sombras que nos rodean, pero él va como si nada. Se gira otra vez y me sonríe con una sonrisa diabólica. Un mechón de pelo marrón se desliza sobre sus ojos grises y se lo aparta.
—¿Con quién crees que estás dando un paseo, neska?
Suelta una carcajada y sigue caminando.
¡Dios! ¡Este weón está loco! Me tiembla el cuerpo, me arden los pies y empiezo a colapsar.
No logro seguir su ritmo, estuve a punto de morir hace poco.
No. ¡Estuve muerta hace poco! Y todavía tengo la ropa y el pelo mojados.
No como él, que se cambió a una ropa seca que tenía en una mochila en el refugio.
Él tiene zapatillas, mientras mis pies casi sangran por caminar en este túnel lleno de gravilla y guijarros.
Miro a todos lados, nerviosa de que pueda salir otra criatura terrible. ¿Será verdad? Este túnel parece milenario y cada tanto es posible ver unos enormes huecos en la pared, como pasadizos ocultos. Espacios por los que podría aparecer cualquier cosa.
Y el frío, el puto frío que no se me pasa. Tener las manos atadas me desespera. Sabía que Herio era un imbécil, lo odiaba sin conocerlo en realidad, pero ahora oficialmente lo detesto. Lo detesto.
¡Lo odio!
Respiro agitada y empiezo a perder el control. Lo sé. Reconozco cuándo me va a dar una crisis. Me pongo temblorosa, trato de no pensar en que mi cuerpo no me hace caso, trato de no pensar en cómo se me cierra el pecho. No puedo, estoy pensando en eso. Estoy…
Las piernas me fallan y caigo de rodillas al suelo.
Herio
No me jodas. Sofía tiembla en el suelo, tirada sobre la piedra del túnel. El perro se acerca corriendo y gimotea cerca de ella.
—Ey, neska, arriba. —Intento levantarla pero parece débil y, hostia, está muy fría.
Creí que estaba fingiendo para que la soltara. Me mira con ojos vidriosos, puede que sea a causa del frío. Yo soy un semidiós, es raro que sienta realmente la temperatura y siempre estoy cálido. Supongo que ha sido demasiado para ella porque tiene el vestido todavía mojado y el pelo muy húmedo.
Miro el móvil y al menos vamos bien de hora, no son todavía ni las diez.
—Déjame aquí —murmura mientras intento acomodarla sobre mi regazo.
—Ni hablar. Si te dejo, morirás de hipotermia.
A pesar de estar casi desmayada, se ríe. Creo que está un poco loca. El eco de su risa retumba en las paredes cavernosas de la ruta subterránea y me remueve el estómago.
—Prefiero morir. Otra vez.
No le hago caso, separo sus labios con los dedos y, aprovechando que está demasiado débil para resistirse, le meto una gominola en la boca. Una de las rojas.
Soy muy generoso.
—¿Qué…? —Intenta incorporarse, pero la sujeto, obligándola a mantenerse recostada contra mi cuerpo.
—Geldi, neska. [69] Trágate eso, te dará energía.
Pareciera que se va a resistir, pero finalmente se la traga. Le ofrezco dos más y se las come con ansia.
—¿Son mágicas? —Me observa delirante entre sus pestañas largas.
—Bai. [70] ¿O crees que las voy comiendo porque están buenas?
En realidad, solo las voy comiendo porque están buenas.
Pero supongo que el efecto psicológico es suficiente, o el azúcar de las gominolas, porque recobra algo de color en las mejillas.
—Ahora —digo, levantándola un poco— voy a quitarte la ropa.
Se sienta de golpe y se aparta de mí, medio arrastrándose por el suelo y empujándome con las piernas.
—¡Vaya! —Le sonrío—. Eso te ha dado fuerzas renovadas.
—¡Sobre mi cadáver!
—La verdad, tu cadáver me ha puesto bastante.
Abre mucho los ojos y me mira espantada. Sus ojos son curiosos, muy expresivos. Se agrandan redondos cuando se sorprende, pero se transforman rápidamente en dos finas líneas cuando se enfada.
—¡Estás demente!
Me incorporo un poco de rodillas frente a ella y me quito la sudadera. No tengo camiseta debajo, pero da igual, yo no tendría frío ni aunque estuviera nevando. En general uso ropa solo para aparentar.
Y porque mi sudadera mola muchísimo.
—Quítate el vestido y ponte esto. Entrarás más en calor con ropa seca. Y tiene capucha. Pronto vamos a salir a la superficie y sería un follón si la gente te reconoce.
Mira la sudadera, insegura. El perro se sienta a nuestro lado y mueve la cola observando cada uno de nuestros movimientos.
—Venga, póntela —insisto—. Mi ropa tiene propiedades mágicas. Abrigan mejor que la de un humano.
—¿En serio?
—Por supuesto.
Por supuesto que no.
Pero ella se lo cree, igual como antes se creyó lo de las gominolas. Y una chispa de curiosidad brilla en sus ojos oscuros.
Hummm, interesante.
Hay dos clases de personas mortales; las que se asustan de la magia y las que se sienten atraídas por ella. Al parecer, ya sabemos a qué clase pertenece Sofía.
—Bueno. —Me mira todavía con desconfianza—. Pero tendrías que soltarme. ¿Crees que te voy a dejar a ti quitarme el vestido?
No puedo evitar que una sonrisa se forme en mis labios. La verdad, había pensado esa opción.
Apoyo el móvil en un saliente de la roca de la pared para que ilumine y me acerco a Sofía.
Se pone tensa como un gato asustado. El silencio de la caverna es tan absoluto que cuando agarro la cuerda de sus manos y empiezo a deshacer el nudo, se oye el ruido de la soga al frotarse entre mis dedos. Se oye la respiración de Sofía.
Por suerte, no se oyen mis pensamientos lascivos mirando como el vestido húmedo se le pega a la piel.
—Auch. —Se queja y su quejido retumba en las penumbras.
Ufff, ese sonido trae recuerdos de sus vídeos y me hacen sentir infiel. No me sentía así cuando la veía por una pantalla. Joder, Gorka tiene razón, no debería considerarme infiel si mi novia está muerta.
Además, Sofía me odia. Percibo la tensión en todo su cuerpo, el aire parece chispear entre los dos.
—No voy a quitarte la cuerda de la cintura —aclaro, por si se ha hecho ilusiones.
Sus ojos brillan furiosos. Es cierto lo que he dicho antes, su cadáver me parecía hermoso. Aunque debo admitir que sus ojos vivos y con esa chispa que dejan ver cuando se enfada me gustan todavía más.
—Si me tocas…
—¿Zer? [71] —Suelto una risa y me pongo de pie—. No tienes muchas opciones, neska, más que confiar en mí. No te preocupes. Quizá se te ha olvidado la parte en que te he dicho que mi exnovia era una diosa. Paso de liarme con mortales, no me interesa tu cuerpo.
Uh, de verdad se lo cree. Hasta parece ofendida.
—Vale —dice, con el ceño bien fruncido— pero gírate.
—Nahi zulez. [72]
Sostengo la sudadera en una mano, cojo el móvil con la otra para iluminar el suelo y me giro.
Sofía
Odio esta situación. No solo por el frío y el dolor en los pies, sino porque…
Dios, está destruyendo mi orgullo. Una de mis motivaciones para ir a ese estúpido akelarre era ver a este desgraciado a los ojos y rechazarlo, decirle que ni muerta participaría en un ritual sexual con él.
Y aquí estoy, atada a él, sacándome la ropa.
Y encima gratis.
Inspiro profundo y desato los lazos de mi vestido blanco.
—Podrías soltar a Charlie mientras me desvisto.
—¿Charlie? —Herio se gira y yo chillo.
—¡Que no mires!
Me cubro el cuerpo, aunque todavía no empezaba a sacarme la ropa. Herio se gira otra vez.
—El perro —digo— se llama Charlie.
—Ah, ¿sí? ¿Y cómo sabes?
—Tiene cara de Charlie —digo, viendo como el cachorro mueve su colita mirándome.
Herio pone los ojos en blanco. No veo su cara en realidad, pero sé que lo hizo por cómo levantó la cabeza hacia el techo.
¿No tiene frío? No llevaba camiseta debajo de la sudadera y aun así me la pasó.
Mantiene el móvil en una mano, iluminando hacia el suelo, pero la luz que proyecta es suficiente para crear sombras que acentúan los músculos de sus brazos y espalda.
El tatuaje grande de la espalda es un símbolo que no conozco y las alas de un cuervo se enroscan en su brazo izquierdo. Parecen vivas bajo las sombras.
En realidad, me da igual si tiene frío, yo me voy a morir si sigo con este vestido mojado.
Así que le doy la espalda, por si vuelve a mirar hacia acá. Prefiero que me vea el culo gratis antes que las tetas. Y aunque está oscuro, sigo amarrada a él por una cuerda, solo nos separa un metro de distancia.
—No tenemos toda la noche, neska.
—Ya, ya, un momento.
Odio cómo me tiembla la voz a causa del frío.
Empiezo a subirme el vestido, pero esto me pone muy nerviosa, mierda.
Sé que estaré mejor con la sudadera, pero odio exponerme así ante él.
Una cosa es hacer esto detrás de una pantalla y en un contexto de seguridad y otra frente a un puto dios psicótico que me ha raptado.
Pero no puedo negar que la tela es muy suave. Y está bien caliente. Debe ser por la magia que dijo y pensarlo me emociona un poco. Solo un poco.
Tal vez si la vendo le saque mucho dinero y disminuya mi deuda con Villalobos. Este riesgo vale la pena.
Inspiro hondo y me saco el vestido por encima de la cabeza.
—Si te giras, voy a fu …
— F unarme en redes sociales, ya, badakit. [73] Date prisa. No me interesan tus tetas.
Me dan rabia sus palabras. Mi aspecto siempre ha sido mi principal arma contra los hombres. Me siento débil cuando no logro ejercer ese poder sobre ellos.
¿Por qué no le gustan mis pechos? ¿Son muy grandes?
En el suelo, la sombra de Herio se mueve un poco y me cubro.
—¡No te voltees!
—¡Que no!
—Pásame la sudadera sin girarte.
Veo por el movimiento de su sombra que estira el brazo hacia acá y me giro un poco para intentar tomar la sudadera, pero justo cuando voy a alcanzarla, se oye un ruido detrás de mí en el túnel. En la dirección por la que veníamos.
En la dirección donde se suponía que no había nadie más.
Mierda, mierda, ¿qué…?
No alcanzo ni siquiera a girarme y ver qué es. En un instante, Herio se abalanza sobre mí, me rodea el cuerpo con la sudadera y me mete de un empujón en un espacio que hay entre la pared del túnel. ¡Uno de esos espacios siniestros!
¿Habrá arañas? ¿Monstruos? ¿Arañas, arañas? Intento gritar, voy a volverme loca, pero me tapa la boca, tira de la cuerda del perro y lo arroja al fondo de este espacio siniestro. Trata de meterse él también, pero el hueco es demasiado estrecho.
—¡Qué haces! —susurro—. ¡No cabes!
—Joder. —Mira hacia la oscuridad, desde donde viene el ruido de pasos sonando cada vez más fuerte—. Pues tendré que caber.
Me agarra de los hombros, me abraza y se mete conmigo. Mi pecho desnudo queda del todo pegado a su cuerpo. Estoy a punto de gritar de histeria pero él se inclina y susurra:
—Sssh, cállate, neska, si no quieres morir.