Hamaika. Tratos con la muerte. Once #2
—Puede sola. ¿No has dicho que tienes que ir por las otras chicas para el ritual? Akerbeltz ya está lo suficientemente cabreado con nosotros como para liarla todavía más. Tus palabras, no mías.
Gorka tuerce los labios y no discute. No me importa, puedo irme sola. Miro al perro que corretea por el lugar, olfateando todo y también miro la salida.
—¿Puedo llevarme al perro?
—Ez, [60] ni de coña. Es mío —dice Herio.
Bueno, al menos es cierto que el perro no parece asustado.
Quizá todo fue un error y asumí cosas sin saber.
Podría ser suyo. Inspiro hondo, sin dejar de taparme el pecho y voy hacia ellos para llegar a la puerta.
Ambos me observan mientras camino. El espacio no es muy grande, pero intento no rozar el brazo de Herio cuando paso por su lado.
—Un momento, neska. —Su voz retumba en el silencio del refugio y me detengo—. Te olvidas de esto.
Me ofrece el iPhone, sin dejar de mirarme a los ojos. No sé por qué, no tengo idea por qué, pero siento que todo es una trampa. No me dejará ir.
Tomo el iPhone. Lo retiene un momento mientras sus ojos grises me penetran y, cuando creo que ha estado jugando conmigo, lo suelta. El alivio me recorre y aparto la mirada de él. Sigo caminando hacia la salida.
—Vamos, Gorka —dice Herio a mi espalda—. Hemos cometido demasiados errores estos días. Ez bagara garaiz heltzen eta Akerbeltzek txakurre ezin badeu hil, hiltzat jo al dogu gure burue. [61]
—¡¿Qué?! —Me giro hacia ellos—. ¡Cómo que vas a matarlo! ¡Puto psicópata!
Herio se gira y en un instante está sobre mí. Grito y lo empujo, pero él me atrapa, me da la vuelta y me retiene contra su cuerpo. Con el brazo tatuado me agarra por la cintura y con el otro me quita el iPhone.
—Te lo he dicho, sabe euskera y está mintiendo. —Le arroja mi iPhone a Gorka.
—¡Suéltame! —chillo y trato de zafarme, pero él me agarra fuerte y mierda. Es enorme. Es imposible soltarme.
Gorka me mira desilusionado. Como si los hubiera traicionado.
—¡No hablo…! —Pero me callo. Porque es cierto que hablaron en euskera ¡y no sé por qué mierda entendí!
—Lamento que tu angelito plateado sea una mentirosa, Gorka, pero tendré que llevarla con Aker. Tráeme la cuerda.
—¡No! ¡No! ¡Por favor! —Forcejeo, pero no hay caso—. ¡Te juro que no sé nada!
El perro empieza a ladrar. ¿Es que nadie oye este escándalo allá arriba en la calle? No. Lo dudo. No tengo esperanza. Arriba están de fiesta, seguro que la mitad de la gente de Bilbao ya está borracha y nadie se imagina que me están secuestrando en un puto refugio bajo tierra.
¡No puedo creer que huya de los narcos en Latam y termine secuestrada igual! Sollozo. Me cuesta respirar. Mi suerte es una mierda.
—Tranquila, neska. Si lo que dices es cierto, no pasará nada. Akerbeltz lo decidirá. Además… —Herio me sujeta mientras Gorka empieza a pasarme una cuerda por alrededor del cuerpo—. Serás el regalo perfecto.
—¿Regalo? —Respiro desesperada.
No, no, debo calmarme. Luchar por la fuerza no tiene sentido.
—Lo siento, Sofía —murmura Gorka mientras intenta tocarme lo menos posible al enrollarme con la cuerda. Cuando termina, se aleja un paso y mira a Herio—. ¿En serio se la vas a entregar? Si es virgen la va a querer para…
—Sé para qué la va a querer —termina de decir Herio.
Me gira hacia su propio cuerpo y empieza a ajustar los nudos de la cuerda—.
¿Sabes hace cuántos años Akerbeltz no consigue una virgen para el akelarre?
—Le dedica una sonrisa maliciosa a su compañero—.
Va a perdonarnos todo. El desastre de la semana pasada, el de ayer.
Incluso el retraso. Puede que hasta te ascienda, tío.
Herio me suelta y el perro sigue ladrando.
—Ya está, lasai, txakurre, [62] mira. —Me pone en pie a la fuerza y yo reprimo un gemido de dolor—. Solo la he atado para que no se pierda, viene conmigo.
El perro deja de ladrar y mueve la cola, observándonos. Pobrecillo, no es más que un cachorro. ¿En serio lo van a sacrificar? ¿Son parte de alguna de esas sectas de psicópatas que sacrifican animalitos para el Sabbat?
Los ojos se me llenan de lágrimas. Me arden.
—No llores, mesedez. [63] —Gorka hace ademán de tocarme pero, al ver que me tenso y contengo el aliento, se arrepiente y baja las manos—.
Si lo que dices es verdad y no te ha enviado Sugaar, Akerbeltz te dejará libre.
Además, es cierto que una virgen le da poder al ritual, pero no puede obligarte. Debe ser voluntario.
—¿Son imbéciles? —Los miro como si estuvieran locos. Están locos—. ¡No me voy a entregar voluntariamente!
—Bueno, la verdad… —Gorka sonríe—. Akerbeltz suele ser muy convincente. La mayoría de chicos y chicas se pelean por acostarse con él en el akelarre.
—Tiene cuernos —dice Herio—, eso les mola.
—¡Por favor! —Sollozo y entre la visión borrosa por las lágrimas noto que Gorka se pone nervioso—. Haré lo que sea, pero no quiero que me violen. ¡Prefiero morir!
—Nadie va a violarte, neska. ¿No has oído lo que te acabamos de decir?
—¡¿Para qué me salvaste si ibas a hacerme esto?! —Intento darle una patada pero él se aleja a tiempo.
Empiezo a llorar, el perro empieza a ladrar otra vez y caigo de rodillas al suelo.