Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hamaika. Tratos con la muerte. Once
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Hamaika. Tratos con la muerte. Once

HAMAIKA Tratos con la muerte ONCE

Sofía

Duele. Duele demasiado. Mierda, el agua que escupo es infinita, sale más y más de mi boca y cae al suelo, violenta.

Cada espasmo, cada arcada, me entierra cuchillas en los pulmones.

Pero no estoy sola. Alguien me sujeta de la cintura y logro mantenerme más o menos erguida mientras sigo escupiendo agua.

—Hostia puta, es imposible —dice alguien.

Un perro ladra. Dos hombres discuten mientras me aferro a la piedra fría bajo mis manos, tosiendo agua a cuatro patas sobre el suelo. Todo me duele, el frío me hace temblar, creo que incluso mi alma está helada.

—Neska, [55] reacciona. —La voz de uno de los hombres se abre paso entre el dolor. La conozco. Es la misma voz que se abrió paso hasta mí en la muerte—. Eh, neska. —Unos brazos cálidos me sujetan—. ¿Estás bien?

No estoy bien. Me arden la garganta, los ojos.

Inspiro, intentando reconciliarme con el aire, alzo la mirada y…

Vaya. Un chico con el pelo mojado me observa confundido.

Transmite calor a pesar de que está sin camiseta y su piel, por completo mojada.

Sus brazos calentitos me rodean. Me muero de frío y eso me calma, me pierdo en sus ojos grises.

Es como si las nubes de un día tormentoso se arremolinaran dentro de ellos.

Como si no decidieran si ser grises del todo o celestes o plateados.

Un relámpago destella en alguna parte y el trueno hace retumbar las paredes, el perro sigue ladrando y yo no puedo dejar de mirar al hombre que me tiene en sus brazos. [56]

—¿Me oyes? —Su voz es profunda, hace retumbar mi pecho y el corazón me vuelve a latir.

Huele a manzana. La muerte huele a manzana.

—¿Sigo muerta?

—No pareces tan muerta.

El pelo marrón se le revuelve húmedo alrededor de los ojos y cuando habla… Esos labios indecentes parecen perfectos para su mandíbula firme. ¿Seguiré divagando en el más allá? No. Es más, su rostro se me hace familiar.

Qué aturdida estoy. Me suena de algo… Esos ojos.

Mierda. ¡No, no puede ser él! En persona se ve… diferente. Mejor.

—¡Estás viva! —Otro hombre se asoma sobre el hombro del dios—. ¡La hemos salvado!

El otro es un joven rapado. Intento levantarme, alejarme, pero una cosa peluda y pequeña se me lanza encima y me tumba otra vez sobre los brazos del chico guapo.

¿Un perro? Me da un lengüetazo en la cara y ¡mierda!

Un shock de corriente me atraviesa el cuerpo…

Me levanto de golpe, me alejo de los dos hombres a trompicones.

¡Lo recuerdo todo! El hombre con máscara de la muerte persiguiendo a un perro, la caída de mi teléfono, el agua metiéndose por mis ojos, por mi boca.

¿Era él? ¿Siempre fue él?

—¿Tú estabas secuestrando al perro?

Jadeo, confundida y retrocedo pero me golpeo con una pared.

¿Cómo llegué aquí? Intenté recuperar mi teléfono y me enredé con algo en el agua…

Y él… El recuerdo de sus ojos en la oscuridad es lo único que tengo claro de esos momentos confusos.

Es imposible no reconocerlos, son únicos.

Son populares. Mis amigas deliran por esos ojos.

Yo deliré también alguna vez por ellos.

—Herio, el semidiós. El creepy de TikTok.

En serio, de los trescientos cincuenta mil habitantes de Bilbao… ¿tenía que ser él?

El destino se está burlando de mí.

— C reepy? —Él arquea una ceja y se levanta.

Es alto, mucho. Su compañero le llega con suerte a la nariz y eso que tampoco él es bajo.

Inspiro hondo y trato de calmarme. Tengo frío, me duele el cuerpo y estoy desorientada.

Salvo por la linterna del suelo no hay más luz.

¿Estamos debajo de la calle? Siento como si el techo vibrara y ese sonido…

Camino un poco y me doy cuenta de que la pared de un lado está abierta, rota y que veo el agua de la ría.

Un bote amarrado azota contra la piedra.

Estamos en un refugio debajo de la ría. Había oído que en estos sitios se reúnen criminales, narcos.

Me giro hacia los dos chicos.

—¿Me secuestraron a mí también, como al perro?

Quizá Herio es influencer para tener una tapadera, igual que yo. Quizá en realidad trabaja para la mafia.

Aunque él se ríe como si yo hubiera contado un chiste. El otro da un paso hacia mí.

—¡Qué dices! ¡No! ¡Te hemos salvado la vida! —El chico rapado se detiene cuando ve que retrocedo nerviosa—. Sofía, casi te ahogas y Herio se ha lanzado al agua para salvarte.

—Ah, ¿sí?

Me abrazo a mí misma, intentando que mi cuerpo deje de temblar. Me cuesta creer que ese se lanzara al agua para salvarme. Se burló de mí cuando intenté detenerlo de secuestrar al perro y ahora me mira como si todo esto le causara gracia. Como si fuera un chiste que no comprendo.

Ven conmigo. No saltes.

Un escalofrío me recorre al recordar esas palabras. Esos ojos de plata.

—Bueno, gracias por salvarme.

Él no responde, solo me observa atentamente, con el asomo de una sonrisa en los labios.

Ufff, lo sabía. Sabía que era un arrogante. Que me haya rescatado no hará que me olvide de la humillación que me hizo en el pasado.

—Sofía, creo que deberías ir a la osakidetza [57] —dice el rapado—. Te ves débil y podría darte hipotermia si sigues aquí.

Es la segunda vez que dice mi nombre.

—¿Me conoces? ¿De TikTok?

—Claro, eeeh… —Titubea un momento y se pasa una mano por la cabeza rapada, desviando la mirada—. Te sigo en tus redes.

—Básicamente, lo que Gorka quiere decir, es que paga por verte las tetas. —Herio ladea el rostro y sonríe más, hasta que se le forman hoyuelos en las mejillas—. Ahora se te ven gratis.

Me cruzo los brazos sobre el pecho. Ni siquiera me había parado a pensar que con el vestido blanco mojado se me ve todo debajo.

—No seas capullo —dice Gorka.

—¿Qué pasa? —digo increpando a Herio, que sigue mirándome de una forma rara—. Mira, gracias por rescatarme, pero en parte me caí por tu culpa.

—¿Por mi culpa? ¿En serio? Pero si tú me estabas grabando como una stalker .

—¡Te estabas raptando al perro!

—No lo raptaba. Es más… —Se mete una mano en el bolsillo y tira de un colgante de plata al que está enganchado mi iPhone—. Hasta he recogido esto para ti.

¡Mi teléfono! El colgante de plata cuelga de la parte inferior de la carcasa y tintinea con la poca luz que hay. Corro para tomar el teléfono, pero Herio lo levanta. Cuando trato de quitárselo, lo esconde detrás de la espalda.

Al menos no se ha perdido. El regalo de mi hermana sigue ahí.

Herio se ríe con mis intentos patéticos de quitarle el teléfono.

—No tan rápido, neska.

—¿Qué haces, tío? —Gorka lo mira molesto—. Dáselo.

Pero Herio empieza a caminar lentamente a mi alrededor, analizándome.

—¿No te parece raro? ¿Por qué una chavala que gana miles de euros al mes en OnlyFans se tiraría al agua por un iPhone? Seguro que gana lo que vale ese móvil en una semana, o más.

Bueno, sí. Pero… Mierda. No puedo explicarles mi lío con el grupo Villalobos.

Si abro la boca, enviarán a alguien a matarme aunque esté al otro lado del planeta.

Aprieto los puños y la rabia que empiezo a sentir mitiga el frío que me invadía.

Luego recuerdo que sigo mojada y me tapo el pecho de nuevo.

—No te sigo —dice Gorka y parece muy incómodo con la situación.

—Mi amuma antes de salir me advirtió: No te acerques a ninguna chica de pelo celeste esta noche.

—¡Hostia! —Gorka me mira preocupado—. ¿Así de específico?

—Así de específico. —Herio se detiene a mi lado—. No la veo tan mal para haber estado muerta. —Esconde el teléfono detrás de su espalda y da pasos lentos, como un depredador, rodeándome, acosándome con sus ojos grises—. Es casi absurdo que se arrojara por un iPhone.

—Herio, déjala ya y vamos a…

—¿Sabes qué pienso? —Herio estira la mano y yo retrocedo cuando toma un mechón de mi pelo celeste entre los dedos y lo extiende, mirándolo—.

Que a esta la ha enviado Sugaar para impedir que yo haga mi ritual.

O quizá para espiarnos. O tal vez, como sus cazadores son unos inútiles, la ha enviado a ella para quitarnos al perro.

—¿Sugaar? —Los miro sorprendida—. ¿El dios? ¿El culebro?

—No creo que Sugaar —dice Gorka— enviara a Sofía Ochoa para detenerte a ti. Te entrenó Haize, joder. ¿Qué haría Sofía contra un hombre como tú?

—Ah, noski, [58] no podría conmigo. —Herio sonríe con suficiencia—. Pero Sugaar es inteligente y sabe que tú, el único mortal que me importa un poco, eres su fan y no me perdonarías si me deshago de ella.

Gorka frunce el ceño y me mira, como si considerara las cosas absurdas que está diciendo su amigo.

—¡No vine para espiar a nadie! —Empiezo a angustiarme con esta situación—. Es más, ¡quiero irme! —Suelto furiosa y me alejo de ellos—. Dime dónde está la salida y me largo.

—Venga, tío, ¿cómo nos va a estar espiando? —Gorka resopla mientras Herio se acerca y se detiene a unos dos pasos de mí—. Antes de que despertara todo lo hemos hablado en euskera y seguro que no ha entendido una mierda.

—Ah, vaya, qué gilipollas soy. —Herio levanta las manos—. Nada de lo que estoy sugiriendo tiene sentido porque no habla euskera.

Lo miro insegura. Percibo el sarcasmo en su voz, pero… es cierto. No hablo euskera. No vine para espiarlo ni para impedir ningún ritual del que está hablando.

Aunque ahora que lo pienso… Los planes de Amaia sí eran para sabotear el ritual. ¡Aunque no nos envía ningún Sugaar! Salvo que Amaia no me haya compartido toda la información.

Me siento traicionada.

—¿Puedo irme? —Pongo mi mejor cara lastimosa. Sigo respirando con dificultad y ni siquiera necesito fingir lo débil que me siento—. Por favor.

—Claro, barkatu. [59] —Herio se pone serio—. Solo he estado hablando tonterías. ¿Ves esa reja? —Apunta con el pulgar a una puerta de rejas de acero que hay arriba de una escalerilla detrás de él—. Por ahí llegarás a la calle, por la zona de Abando. Que te vaya bien.

—Mírala como está, bro. Voy a acompañarla a la…

Herio agarra a su compañero del brazo, sin dejar de mirarme.