Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Zortzi. Etorri nirekin. Ocho
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Zortzi. Etorri nirekin. Ocho

ZORTZI Etorri nirekin OCHO

Herio

—¡Más aire, Herio! —Gorka no deja de presionarle el pecho—. ¡No te detengas!

El cuerpo de Sofía se sacude violentamente por la fuerza que usa mi amigo. Verla como una muñeca de trapo, sacudiéndose con cada empujón, es más repulsivo de lo que esperaba. Joder, pareciera que alguien se la estuviera follando. Aun así, me inclino y le meto aire otra vez. Fuerte. Hasta adentro.

Gorka espera a que yo termine y vuelve a empujarle el pecho. Jadeo, a pesar de mi resistencia sobrenatural, esto empieza a cansarme. Es cansador ver que no reacciona.

—¡Aire! ¡Herio! ¡No te rindas, tío!

Sujeto el rostro empapado de Sofía de nuevo y me inclino una vez más. Qué fríos están sus labios. Suelto el aire con fuerza y me alejo otra vez.

Nada. No reacciona. Hostia, ¡no reacciona! El corazón de Sofía está muertísimo y el mío a mil, desesperado porque sus párpados siguen cerrados y sus manos lánguidas.

Gorka sigue con los masajes cardiacos.

—¡Aire!

Ahí voy de nuevo. Otra vez los labios fríos contra los míos.

Gorka sigue gritando ¡aire! y yo sigo empujando mi aliento a través de sus labios.

Después de varios intentos, estoy agotado.

En parte porque no da resultado y la desesperación me roba las energías.

Ni idea de cuántos minutos llevamos, pero es frustrante.

Frustrante que flipas. Y no sé por qué es tan frustrante si la muy necia se ha lanzado porque quiso, si he visto más muertos de los que puedo contar en mi vida.

Si no debería importarme esta mierda. Aunque fuera la chavala con la que soñaba follar cuando era un adolescente.

La superé cuando conocí a Egu, una diosa. En cambio, Sofía… Sofía es mortal.

Una. Simple. Mortal.

Intento convencerme de eso. Respiro con dificultad mirando su rostro inerte, el pelo celeste desparramado, los ojos cerrados, como dormida.

El vestido de vuelos y lazos estropeado, mojado.

Se ve tan joven. Antes de reconocerla pensé que no tendría ni veinte, pero, hasta donde sé, Sofía tiene un poco menos que yo.

¿Veintidós? Se ha muerto con veintidós años.

Gorka ya no lo intenta.

—No puede ser. —Se lleva el brazo a la cara, cubriendo su boca y ahoga un sollozo—. No me lo creo, tío. Ella no.

Un escalofrío me recorre. Ver a un tío duro como Gorka quebrarse es rarísimo. Y me siento inútil. Me enfrenté a una cría de lamia por esta chavala. Le dije que era mía. ¿Y la voy a dejar ir?

¿Por qué ella? De todas, de todas las tías, ¿por qué la única que…?

Joder, algo horrible, siniestro, pesado se remueve dentro de mí. El recuerdo de la muerte de Egu es demasiado reciente. Y ahora, Sofía.

Siento que pierdo el control. Mi mente empieza a bullir, inundada por una desesperación terrible. Soy el semidiós de la muerte. Soy el semidiós de la muerte.

—Herio… —La voz de Gorka me llega como desde muy lejos.

Soy el semidiós de la muerte.

El perro empieza a ladrar y yo me inclino sobre ella una vez más.

La cojo del pelo de la nuca y tiro con fuerza.

La cabeza se le inclina hacia atrás, separando sus labios y suelto el aire fuerte contra su boca.

El cuerpo de Sofía se arquea, quizá por la violencia con que le he tirado del pelo.

Los labios siguen como témpanos. Me aparto un momento, observo las gotas de agua de mi pelo que escurren sobre su cara y apoyo mis labios otra vez en los de ella.

La beso. Un beso suave.

Venga, joder. Despierta.

Un beso con una chavala muerta.

Aferro su pelo entre mis dedos. Con los ojos cerrados, ruego con todas mis fuerzas, apretando mis labios contra los de ella, como témpanos.

¡No te vayas, joder!

No quiero que me importe. Creí que después de Egu, después de ser el novio de una puta diosa, mi obsesión con Sofía Ochoa había quedado en el pasado. Una obsesión juvenil.

Todo eso fue cuando yo era un estúpido mortal.

—Herio, no sigas —murmura Gorka.

O, quizá, simplemente detesto ser portador de una magia increíble y no saber usarla. Y sí, vale, lo he intentado porque en las historias las chicas regresan a la vida con el beso de un príncipe.

Pero, aunque yo sea un semidiós, soy un criminal.

No debería volver a intentarlo.

E igual lo hago. La beso otra vez, aunque esté mal. Aunque no debería desafiar a la muerte así.

Y es que yo soy la muerte.

Regresa, regresa. Le separo los labios usando los míos y le entrego todo lo que tengo. Mi culpa, mi dolor, mi frustración.

—Mi aliento es tuyo, tómalo —murmuro, contra su boca—, mesedez, etorri nirekin. [46] Toma mi fuerza.

Y no sé si he caído rendido al cansancio o la desesperación, pero solo siento frío. Solo… Todo se vuelve negro.