Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Zazpi. Hermanas. Siete
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Zazpi. Hermanas. Siete

ZAZPI Hermanas SIETE

Sofía

Una muchacha solloza en la oscuridad, en el frío de una azotea. Todos le dicen que es hermosa, pero ella no se lo cree. Ve los likes , ve los comentarios y se siente vacía, una impostora.

Como una muñeca.

No puede ser hermosa si es tan sucia por dentro. A veces la oscuridad que la rodea es tan grande que siente la tentación de rendirse, de saltar.

—¡Nunca vuelvas a hacerlo! —Su hermana jadea, con los ojos enrojecidos por el llanto y le aprieta las muñecas tan fuerte que le duele—. ¡Júramelo, Sofía, júrame que no vas a volver a hacerlo!

Pero la muchacha guarda silencio. En el frío de la noche, de rodillas sobre las baldosas, se traga los sollozos. Ve la desesperación en los ojos de su hermana, el horror de haber llegado apenas unos segundos antes de que ella se arrojara por la baranda y cayera desde veintidós pisos de altura.

—¿Por qué te importa? —Las palabras de la muchacha salen duras, rencorosas, como si las pronunciara otra persona.

Su hermana abre la boca, pero no emite ningún sonido.

El viento revuelve su melena marrón y la muchacha ve la verdad en esos ojos redondos y abiertos que la miran como si estuviera diciendo la tontería más grande del mundo.

Le importa. No necesita decirlo, ahora la muchacha lo comprende.

Lo comprende por la desesperación que hay en las pupilas de su hermana.

A pesar de todo, le importa. A su hermana, a la que todos adoran. Su hermana que sonríe y que podría con esa sonrisa reunir un ejército, podría llevar a miles de personas a una guerra. Su hermana que apenas tiene tiempo para ella porque está demasiado ocupada salvando el mundo.

Y aun así tiene tiempo para venir y salvar a Sofía.

—Perdona —murmura la muchacha.

No sabe por qué se disculpa en realidad. Es su vida. Pero algo en la forma en que la mira su hermana la hace sentir horrible. Ama a su hermana. No soporta ver ese sufrimiento.

Y al mismo tiempo le produce una satisfacción profunda. Sucia. Está muy sucia por dentro.

—No te perdono. —Las lágrimas vuelven a caer torrentosas por las mejillas de su hermana—. ¡No te perdono y no voy a perdonarte nunca si vuelves a hacerlo!

Se cuelga de su cuello y se echa a llorar como una niña. Como si no fuera la hermana mayor. El perfume de flores de su hermana se le graba para siempre. Huele a jazmín.

—¡Si te mueres, yo me muero, Sofía! —Su hermana la aprieta contra sí, su melena revuelta en su cara no la deja respirar—. ¡Y si nos morimos las dos se va a morir la mamá y todos los demás!

Entonces Sofía se larga a llorar. El amanecer debería estar cerca pero no llega nunca. El tiempo se hace eterno mientras su hermana la aprieta contra sí en esa noche tan fría.

—No volveré a hacerlo. —Solloza, abrazando a su hermana—. Te lo prometo.

—Júralo.

—Lo juro.

Y ahora me doy cuenta de lo mentirosa que era. Sabía que era importante. Sabía que le haría daño a su hermana con eso. Por eso lo hice.

Quería tenerla cerca de nuevo.

Y ahora viene el tren y ella ve luz en la oscuridad. Busca a su hermana en esa oscuridad profunda, terrible, pero no la encuentra. Ya no huele a jazmín, huele a manzanas dulces.

¿La muerte huele a manzana?

El tren se acerca y sé que debería subirme. Podría seguir buscando a mi hermana en las tinieblas, pero el tren se detiene, las puertas se abren y alguien me llama.

Doy un paso hacia las puertas, pero una voz habla a mi espalda.

—¿Segura que quieres subir?

Es una muchacha hermosa, creo que nunca había visto a alguien así.

Se apoya aburrida con los brazos en las barandas de la plataforma de la estación, con la mitad de arriba del cuerpo visible, pero la mitad de abajo perdida en la oscuridad.

Detrás de ella solo existe eso, oscuridad.

Su pelo largo y rosa flota alrededor de su rostro, a pesar de que no siento el viento.

—Podrías quedarte aquí. —La muchacha me sonríe—. Me siento sola.