Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Sei. La muerte. Seis
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Sei. La muerte. Seis

SEI La muerte SEIS

Herio

Hostia puta. Está muerta.

El perro tiembla a mi lado y yo jadeo, arrodillado junto a ella, chorreando agua sobre su cuerpo inerte.

El agua salpica sobre la roca del refugio y el sonido de las gotas que caen desde mi pelo hasta la piedra es como un mantra nefasto.

También golpea la madera del bote contra la pared del refugio.

No hay más sonidos, la tormenta parece haberse calmado como si la muerte de esta chavala hubiera sido ofrenda suficiente.

No. No una chavala. Sofía Ochoa. Si la hubiera reconocido antes habría evitado esta mierda, joder.

—¡Gorka! —Mi grito resuena en la caverna en penumbras—. ¡Gorka, joder! ¡Etorri hona! [39]

Las manos me tiemblan, hostia. Me aparto los mechones de pelo mojado que me caen sobre los ojos.

No puede morirse. No. Sería un desperdicio para la humanidad.

Solo por eso me importa, nada más, ni siquiera la conozco de verdad.

Es simplemente que una tía que está tan buena no puede morirse de forma tan imbécil, en este zulo de mierda.

Así que, mientras sigo llamando a Gorka, estiro el cuerpo de Sofía y la preparo para intentar reanimarla. Aunque no puedo solo, necesito ayuda.

—¡¡¡GORKA!!!

Me arde la garganta de tanto llamarlo. El perro se sacude el pelo, arrojando agua para todos lados y ladra, como si llamara a Gorka él también.

Retiro con dedos temblorosos el pelo mojado del rostro de Sofía.

Su piel se ha vuelto más pálida y, joder, qué fría está.

Es una lástima verla así. Pero al mismo tiempo…

¿cómo puede ser tan bella una persona muerta?

Ahora sí que parece una muñeca de porcelana arrojada al río, olvidada entre los escombros.

La ropa se le pega al cuerpo. Es casi obsceno cómo el vestido blanco y corto se adhiere a sus muslos.

Esta tía me ponía a mil cuando estaba viva. Y ahora, también. [40]

Ya, basta. No debería tener estos pensamientos sobre una tía muerta. Aunque tan muerta no está. O quizá simplemente no lo asimilo. No acepto la verdad. ¿Cuánto lleva así? Abrió los ojos un momento bajo el agua. No habrán pasado más de cinco minutos desde que se ha desmayado y he podido rescatarla.

El perro hace ademán de acercarse, quiere olfatearla, pero yo lo espanto.

—Ni se te ocurra.

Hace caso y se queda temblando, una bola de pelo empapada. Parece asustado, ni siquiera intenta escapar. Se acurruca, observándonos, en una sombra entre la pared y la escalera de piedra.

—¿Herio? —La voz de Gorka—. ¡Casi me he ido porque no llegabas! —Se oye el chirrido de la puerta de metal cuando abre el pasaje oculto y la luz de una linterna me da en la cara—. ¡Hostia! ¡¿Qué has hecho ahora?!

Baja corriendo la escalera de piedra y se ahorra de un salto los últimos dos peldaños. Ni siquiera comenta nada sobre el perro. Se agacha junto a mí, iluminando el cadáver.

No, no. Me niego a pensar en ella como un cadáver, ¡joder!

—Date prisa —digo haciéndole señas—, ayúdame a…

—¡Hostia puta! ¡No puede ser! ¡Noooooo!

El grito de Gorka retumba en el refugio.

—¡Cállate, hossstiaaa! —Le doy un empujón—. ¿Qué cojones te pasa? ¿Quieres que nos encuentren aquí o qué?

Los otros cabrones que participan en la cacería todavía deben estar buscando al perro.

Además, ¿por qué Gorka se altera tanto? No es que no haya visto un cadáver nunca.

De hecho, ayer nos deshicimos de tres. Y aunque estamos en un refugio en las paredes ocultas de la ría, si alguien pasa demasiado cerca en la calle sobre nosotros, podría oírnos.

—¡Es la puta Sofia Ochoa! —La mira desesperado—. ¿Qué mierda has hecho, tío?

Ah, vale, la ha reconocido más rápido que yo.

—Intentar salvarla, he tardado en reconocerla porque ahora lleva el pelo celeste y antes, rosa.

—¡Lo llevaba azul desde hace meses! ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Un Ángel de Plata muerta!

—Mierda.

¿Todavía tenía rango Ángel de Plata? Joder. Una virgen muerta la noche de mi ritual. Me cago en todo.

—¿Está muerta? —La voz de Gorka se quiebra, como si la que estuviera muerta fuera su propia madre.

—No tanto.

Gorka se gira hacia mí y los ojos desorbitados parecen todavía más desproporcionados a la luz de la linterna.

—¡¿Cómo que no tanto?!

—¡No tan muerta! Han pasado minutos. Pocos. —Me quito el pelo de la frente y empiezo a ponerme nervioso—. ¿En serio seguía siendo virgen?

—¡Qué dices, tío! ¡Claro que sí! Es más, ¡su último examen médico de virginidad fue hace tan solo dos meses! ¿Y ahora está muerta?

La cara de mi amigo se descompone. Si Gorka vio su examen de virginidad es porque sigue pagando su OnlyFans. Yo hace meses que no me metía en sus redes.

Si necesitaba sus vídeos, acudía a los antiguos que tengo descargados. No es que me aburriera de verle las tetas una y otra vez.

No puede estar muerta. No.

—Vamos a reanimarla. —Le hago señas a Gorka—. Agárrale la cabeza.

Incluso si no fuera Sofía Ocha, no pretendo ni de coña cargarme mi noche ritual con la muerte de una virgen. Me daría mala suerte para siempre.

Gorka no reacciona.

—¡Ayúdame, joder! Se ha caído al agua, pero la he sacado a tiempo. Creo. Tenemos una oportunidad.

—Hostia. Hostia.

Gorka espabila y se sienta a mi lado. Las manos le tiemblan.

—Vamos, tío, esto no es nada comparado con lo de ayer —digo, como si yo no estuviera poniéndome histérico también—. Solo hazle respiración mientras yo empujo su pecho.

—¿Hay alguna forma de que uses tus poderes o algo? En plan, zelan, neska, [41] soy Herio el señor de la muerte y te ordeno que despiertes.

—No.

Si supiera cómo cojones usar mis poderes, ya habría revivido a mi novia. Exnovia.

—¿Y si le das tu sangre divina? Dicen que Euria curó así a Haize [42] cuando Sugaar casi lo mató.

—Tú lo has dicho. Casi. No sirve si ya está muerta. ¡Y se nos acaba el tiempo! ¿Vas a ayudar o qué?

—Dios, no puedo. —Gorka se pone tan pálido como la chica—. No puedo besar un cadáver. ¿Cuenta como necrofilia si lleva menos de diez minutos muerta?

Ayer me ayudó a enterrar tres cadáveres, ¿y hoy no se atreve a reanimar a una chavala inconsciente?

—Joder, cabrón. —Lo empujo y me pongo en su lugar—. Hazle masaje cardiaco tú, yo le daré aire.

Gorka asiente, moviendo la cabeza con energía.

—¿Prest? [43] —Inspira profundo, nervioso.

Apoya las manos en el pecho de Sofía. Yo la agarro del mentón y le inclino la cabeza hacia atrás.

—¡Prest! [44]

Gorka empieza a empujar su pecho, uno, dos, tres veces, bien fuerte.

—¡Aire!

Obedezco y pego mi boca a la suya. Me esfuerzo mucho para que el aire de mis pulmones llegue hasta los de ella. Gorka vuelve a empujar su pecho, una y otra vez. Otra, y otra y otra. Yo cojo aire y me inclino para entregárselo de nuevo.

Tal vez no pude salvar a Eguzki, [45] pero voy a salvar a esta chica.

Voy a salvar a Sofía.