Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Bost. Los imbéciles merecen morir. Cinco
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Bost. Los imbéciles merecen morir. Cinco

BOST Los imbéciles merecen morir CINCO

Herio

Si se muere por mi culpa, voy a volverme loco.

¡Joder! Si no la encuentro…

Ahí. La veo, su silueta negra recortándose contra la corriente gris. Nado con fuerza, empezando a sentir la presión en el pecho. Ella mueve los brazos, patalea, su melena se alza en mechones hacia arriba como una mancha de oscuridad. El vestido flota y se revuelve a su alrededor.

Ya casi llego, ya casi.

La cuerda da un tirón y provoca un dolor agudo en mi tobillo. Joder, me quedo atrapado a casi un metro de ella. Estiro el brazo, pero no la alcanzo. La corriente juega con nosotros, se lleva lejos el antifaz de Sofía.

Definitivamente es ella.

Con un gran esfuerzo, logro aferrarme a un escombro a mi derecha. Hostia, ¡cómo me duele el pecho! La luz del móvil ilumina el rostro de Sofía y mi corazón se detiene. Sus ojos, muy abiertos, se clavan en los míos.

Y lo sé, como un pálpito en mi interior. Se está muriendo.

Y es hermosa. Como un espectro, los ojos negros y el pelo celeste, la piel también azulada por la luz del móvil y por el agua. Nunca creí que la visión de alguien muriendo pudiera ser tan bella.

Algo profundo y horrible se retuerce dentro de mí. Me revelo contra mi propia naturaleza. Soy el semidiós de la muerte.

Pero no la quiero muerta a ella.

Estiro el brazo. La puta cuerda del bote se ha atascado, no me deja. No me deja llegar hasta ella. La boca de Sofía se mueve y salen burbujas. Sus brazos dejan de luchar y justo ahora me doy cuenta de que su pierna está atrapada con algo.

Y a mí ya no me queda aliento para seguir.

Me doy impulso con los pies, apoyándome en los escombros y salgo a la superficie. Rompo contra el agua, el viento y la lluvia azotan mi rostro e inspiro con fuerza. Recupero el aire, agitado y tiro de la cuerda del bote, pero no da más, se debe haber enredado con algo. Qué puta mala suerte.

Empiezo a desesperarme. No puedo vivir esta mierda otra vez. La imagen de Sofía empieza a mezclarse con la de Egu, con los recuerdos de mi novia muerta en mis brazos.

No.

¡No otra vez!

Sofía sigue viva. O lo seguía hace un instante cuando me ha mirado.

Doy otro tirón y el bote cede un poco, solo un poco.

Inspiro hondo, me sumerjo y suelto el aire de golpe para hundirme rápido.

Cuando la cortina de burbujas que he causado se disipa, Sofía aparece frente a mí, todavía iluminada por el iPhone.

Estiro la mano hacia ella y no alcanzo. Todavía tiene los ojos abiertos, pero ya no me miran, no miran nada.

No se mueve nada. ¡Hostia puta! Ahora soy yo el que bracea desesperado, intentando cogerla, pero no lo logro, el bote me tira del pie y duele.

¡Joder, joder!

Los oídos me pitan, empieza a dolerme el pecho de nuevo. Estiro el brazo con todas mis fuerzas y algo se rompe dentro de mí. No sé si es mi cuerpo o mi alma. Todo se nubla, se oscurece y lo único que hay en medio de esa oscuridad es el rostro fantasmal de la chavala que acosó mis sueños por años.

Y la alcanzo.

Su piel, suave y resbalosa entre mis dedos. La aferro con fuerza de la muñeca. Tiro de ella, y aunque debiera ser fácil arrastrarla en el agua, algo lo impide. Algo la tiene atrapada. Creo que es su pie. Está enredado con algo.

No, enredado no. Apresado. Por alguien. Una cosa deforme y oscura, como una especie de alga marina de forma humanoide, ojos luminosos bajo el agua. Nunca había visto una de tan cerca y, mierda, esta vez no tengo nada para darle. Nada que ofrecer.

Calma. Calma. Ahora soy un semidiós. No necesito ofrecerle nada a este bicho. Mantengo firme mi agarre en la muñeca de la chica, que flota inconsciente y miro a los ojos a la criatura que se la quiere llevar de cena.

—Itzi [35] —ordeno, con las últimas fuerzas que me quedan.

La cría de lamia se mueve como una planta, acercándose, como si la corriente de agua la empujara. Empieza a faltarme el aliento, pero me mantengo quieto, me dejo flotar frente a ella. La luz del móvil se apaga y lo único que brilla ahora son los ojos de la criatura ancestral. [36]

—¿Ella…? —Su voz es como un murmullo de la corriente. Un euskera tan arcaico que apenas logro entender—. ¿Es tuya?

¿Qué? ¿A qué se refiere? Empieza a dolerme el pecho otra vez. No tengo tiempo ni fuerzas para comprender la lógica de una criatura de mierda.

—Bai. —Las palabras me roban el último aliento—. Nirea da. [37]

Burbujas de aire escurren desde mi boca. La criatura me observa un instante más. Y yo no aguanto más. La presión del agua, la fuerza de la corriente, empiezan a nublarme la vista. Se me van las fuerzas.

Tal vez no sea un humano normal, pero todavía soy mortal. Quizá yo también voy a morir esta noche. Y por salvar a una chavala estúpida.

Pero esa humana estúpida era mi amor platónico.

¿En serio vamos a morir juntos?

No. La cría retrae los brazos de algas y la libera, sin más. Sus ojos de lamia se apagan y se diluye en el agua como si fuera parte de las tinieblas.

Casi no me lo creo. Apenas me quedan energías para regresar a la superficie.

Abrazo con fuerza a Sofía, al fin libre de la criatura y alzo el rostro, lucho contra la corriente. Logro ver la sombra del bote en la superficie y dos ojos brillantes más allá del agua. Me observan. Me llaman. Juraría que puedo oír sus ladridos incluso desde aquí.

Puto perro.

Agarro la cuerda del bote que todavía tengo atada en el tobillo y me impulso con todas las fuerzas que me quedan.