Lau. La chica, el perro y el chico. Cuatro #2
La lluvia arremete con fuerza, sin piedad.
A ella se la suda.
—¡¡¡¿Dónde?!!! ¡¿Dónde cayó?! —Se detiene a unos pasos, mirando las aguas oscuras e ignorando la cascada de lluvia que cae sobre ella.
Está empapada. El agua le marca las tetas.
—¡Qué miras, idiota! [19] —Se gira hacia mí y percibo su odio a través de los ojitos que brillan tras el antifaz—. ¡Vas a pagármelo!
—¿Qué? ¿Estás de coña?
No es una fan, evidentemente. Supongo que no me ha reconocido por el antifaz. Y empiezo a ponerme nervioso. A mí no debería ponerme nervioso una simple mortal, pero…
Aléjate de ella. Arruinará tus planes.
Así que, eso hago. Le doy la espalda y la oigo chillar furiosa mientras camino hacia el saco con el perro para cogerlo.
—¡Por tu culpa se me cayó! —Habla con acento de algún sitio de Latam.
Me giro para mirarla y… tiene un cuerpazo. Se ve debajo del vestido blanco que se trasluce empapado. Pero no es una chica de tamaño grande, no la imagino poniéndomelo muy difícil si tenemos que luchar, así que descarto del todo que la haya enviado Sugaar. Jamás enviaría a una extranjera.
Un trueno retumba con fuerza y la hace dar un brinco. Pfff. No tengo tiempo para esta mierda.
—Vale, lasai, neska. [20] —Me agacho, recojo la bolsa con el perro dentro y me la cuelgo al hombro de nuevo—. Luego te hago un Bizum.
Me giro y tiro de la cuerda con todas mis fuerzas. Consigo traer el bote y la proa golpea contra la escalera de piedra, mientras el perro patalea intentando escaparse. La chavala se acerca y me agarra del brazo.
—¡Deja ese perro! ¡Qué haces con él!
Joder, joder, me ha tocado. ¡La vieja dijo que me alejara y ahora una chica de pelo celeste me ha tocado! Espero que no baste para arruinar mi suerte esta noche.
—Hostia, no te metas —digo, empujándola para quitármela de encima.
Se tambalea y consigue agarrarse de la pared de piedra.
Se golpea el brazo y gime, frotándoselo.
Joder, hasta sus gemidos me resultan familiares.
¿Me la habré follado alguna vez? No, no.
Imposible. Si hubiera follado con alguna latina lo recordaría.
Creo. Tal vez estaba borracho. Llevo dos putos años sin follar.
Y antes de eso un año de novio con Egu. [21] Quizá si fue antes de eso lo he olvidado.
—¡Lo estás raptando! —Su voz es tan chillona que se sobrepone al rugido del viento.
—Chica, es mi perro, lárgate.
Respira agitada y… No. No he follado con ella. Me acordaría de esas tetas.
—¡No es verdad! ¡Weón mentiroso! ¡Te vi pegarle recién! —Se abalanza contra mí y trata de sujetar la bolsa—. ¡Suéltalo! ¡Mis amigas vienen! ¡Te están grabando! ¡Soy famosa! ¡Vamos a funarte !
¿Famosa? Tal vez por eso me resulta conocida, pero no debe ser tan famosa si no la recuerdo.
Miro hacia arriba para ver si están sus amigas en la calle, porque no quiero que me funen por maltrato animal.
Arruinaría mi popularidad para siempre. Pero…
Sonrío. No hay un alma arriba de la escalera.
Debe ser mentira. Sus amigas sí son inteligentes y se han pirado. No tiene ninguna prueba contra mí.
—¡Lo vas a ahogar! —Intenta agarrar el saco—. ¡Sácalo de ahí, que lo vas a ahogar!
—¡Que no! Hossstiiia. —De mala gana, abro la bolsa y cojo al perro bien sujeto del pelo para que no se me escape de nuevo. El cachorro patalea confundido, pero cuando sus ojos se cruzan con los míos se queda quieto, estira su hocico y me da un lametazo en la cara—. ¿Lo ves? ¡Es mi perro!
Qué puto asco. Perro de mierda. Pero lo agarro bien firme y simulo una sonrisa.
El perro mueve la cola contento en mis brazos y la chavala deja de chillar.
No veo sus rasgos bien por el antifaz, pero por el temblor en sus labios parece a punto de echarse a llorar.
Está empapada. Mira el agua, abrazándose a sí misma, temblando, y me mira de nuevo a mí y al perro.
Su melena corta de pelo celeste se revuelve caótica con el viento. No parece convencida.
Me la suda. Doy un último tirón a la cuerda para acercar de nuevo el bote.
Subo de un salto y me equilibro en la cubierta con facilidad.
Dejo al perro sobre las tablas y lo ato a uno de los seguros del bote.
Se pone a forcejear, no le ha gustado que lo atara, pero da igual.
Ya es mío y al fin podré hacer el ritual.
Mi ascensión está cada vez más cerca.
—¡Qué haces! ¡Regresa! —La chavala sigue gritando—. ¡Se van a ahogar con esta tormenta!
Sonrío, sin responderle. Si, neska, me ahogaría si fuera un humano de mierda.
Ella da un paso hacia nosotros, pero quito la soga del bote, asomo mi zapatilla hacia el muro de piedra, empujo bien fuerte y el bote se desliza por el agua, alejándonos de la plataforma de piedra.
Ella nos mira con impotencia mientras el oleaje nos zarandea.
Hay al menos dos metros, no llegaría con un salto.
—¡No te vayas! ¡Págame mi celular!
Se frota los brazos, muerta de frío. Ahora que lo pienso, no parece un ángel. Con ese vestidito y lazos de color pastel, parece más bien una muñeca. Una muñeca que alguien ha abandonado y ahora se estropea bajo la lluvia.
Qué lástima.
—¡Agur! [22] —grito y me siento para coger los remos.
Con el rugido del viento no logro oír los insultos que suelta, agitando las manos. Pero al ver que me alejo, se rinde y empieza a subir por la escalera. Da dos pasos y… joder. Se detiene. Mira hacia el agua y empieza a chillar.
—¡Mi iPhone! ¡Ahí está!
Menuda loca. Es imposible que el iPhone haya sobrevivido.
Ya debe estar en el fondo bien muerto y…
¿Qué coño hace? Se está quitando la gabardina.
Se quita también los botines de plataforma y los deja sobre los peldaños de piedra.
¿Está loca? Sigo su mirada y… hostia. ¿Cómo es posible?
Algo brilla debajo de la superficie turbulenta.
¡El puto móvil! Debe haber quedado enredado en alguna basura arrastrada por la corriente, porque está bajo el agua aunque no demasiado profundo.
Pero, venga, es un móvil. Nadie sería tan imbécil para intentar nadar con esta tormenta por un simple mov…
Se lanza al agua. Así, sin más.
El oleaje rompe con fuerza contra el muro de piedra, contra el bote y se traga a la chavala en cuestión de segundos.
Se me escapa una carcajada, no puedo evitarlo.
¿En qué estaba pensando? Me sigo riendo cuando su cabeza asoma entre las olas e intenta nadar, acercarse a su móvil.
¡Qué gilipollas! Esta va a ser una de las muertes más ridículas del año.
Debería grabarla para hacer un vídeo viral.
Aunque supongo que si grabo a una chavala ahogándose me van a funar por eso también. [23] Así que, simplemente, me siento en el bote, saco el paquete de gominolas del bolsillo de mis pantalones y me como una mientras veo sus esfuerzos inútiles.
Un trueno estalla sobre nuestras cabezas, el perro ladra y el fogonazo de luz me permite verla un momento antes de que vuelva a hundirse.
Si alguien es tan imbécil para arriesgarse así por un móvil, merece morir. Yo me largo.
No puedo perder un segundo más con esta tontería.
Me trago una gominola más, guardo el resto en el bolsillo y empiezo a remar.
Un, dos, tres remadas. No hay más sonido que la lluvia, el viento y el agua golpeando la madera del bote.
Y los jodidos ladridos del perro que no se calla, sigue mirando el punto donde se ha sumergido la chica.
Su pelaje está erizado a pesar del agua.
Apoya las patas en el borde de la embarcación, como si se pensara saltar.
—¡Geldi! [24] ¡Ya basta, chucho!
El perro obedece y no salta, aunque sigue ladrando con insistencia. Está empapado y su olor empieza a molestarme. Qué cosa más horrible que el olor a perro mojado.
—Joder, ya cállate. No es nuestro problema.
Nos hemos alejado unos tres metros, probablemente no la veo por la oscuridad.
O por la niebla, cada vez más densa, que se retuerce sobre el agua.
Aunque sigo viendo la luz del móvil, como el brillo de un fantasma bajo la superficie del agua.
No sé cómo sigue funcionando el puto móvil si parece sumergido más de un metro.
La chica no lo ha cogido.
¿Se habrá ahogado? Se me retuerce el estómago, pero no. Me niego a sentirme culpable. Voy a ser un dios. Estoy por encima de estas cosas. [25]
Pero el perro no para de ladrar y algo me inquieta.
Dejo de remar, me subo un poco la capa de lluvia y trato de ver mi reloj.
Todavía me queda bastante tiempo para el encuentro con Gorka y muchas horas para el akelarre.
A pesar de la oscuridad, no son ni las nueve.
Genial. No tengo por qué estresarme. Mientras llegue con el perro a tiempo para el ritual, todo bien.
Cojo los remos otra vez, para continuar mi camino.
Porque eso debería bastarme. Ya tengo al condenado perro.
¿Qué cojones me importa si se ahoga o no una chavala que ni siquiera conozco?
Un muerto más en mi historial ni va a notarse.
Además, seguro que ha salido por el otro lado.
Con esta cascada de lluvia, imposible saberlo.
No volveré para averiguarlo. Ni de coña me sumerjo en la ría en Gau Beltza.
No por miedo, claro. Es que esta noche es importante para mí.
Si me encuentro con alguna criatura podría arriesgarme a gastar la energía que necesito para el ritual.
Rescatar a Eguzki es más importante. [26]
En realidad no sé por qué me doy excusas a mí mismo. No quiero volver y nadar solo porque no me apetece. Ya está. Mucho menos por una simple humana.
—Guau, guau, guau, guau.
Pero cada remada me cuesta más. El buen humor que tenía porque al fin podré hacer el ritual se disipa. Hostia. El rostro de la chica se cruza en mi mente, su pelo celeste agitado por el viento. Ese pelo de fantasía, como el que usaba Egu. Aunque el de mi exnovia era rosa.
Y Egu nunca habría hecho algo tan estúpido como arrojarse a la ría para convertirse en la cena de las lamiak. [27]
—¡Guau, guau! —Qué perro más pesado.
¿Por qué me siento mal de pronto? Joder, es por esa mierda de sensación, de que la conocía de antes. Pero no entiendo por qué, ni siquiera es de aquí.
Soy famosa, voy a funarte.
Famosa, famosa. Doy otro par de remadas. Famosa, ¿de Latam? Quién…
—¡Guau, guau, guau!
¿Será una cantante de reguetón? Yo no escucho esa mierda.
—No me interesa, txakurre. [28] Es una chavala cualquiera.
Cada segundo que pasa, mientras el viento me golpea la cara y la lluvia nos moja, estoy más seguro de que la he visto antes en algún lugar. Pero no hay ninguna famosa con el pelo celeste que yo… Hummm.
Pelo celeste, piel morena y ropa mojada. Ropa casi absurda para una chica de veinte años. Con lacitos, encajes, ropa de muñeca.
Miro el lazo rojo que antes llegó volando y sigue en el suelo del bote. Se le cayó a ella.
Hostia puta. Detengo los remos.
Ropa de muñeca, un lazo rojo en el pelo… Los recuerdos me golpean. Los tenía enterrados. Profundos, muy profundos. No, no. No puede ser. La reconocería. Es imposible que haya estado frente a ella y no la haya reconocido.
Me mato.
Pero lo único que he visto de su cara era su boca.
—¡Guau, guauuu!
Joder. Suelto los remos y me pongo de pie en medio de la tormenta. Recojo el lazo y lo aprieto en mi mano. El agua se escurre entre mis dedos. El puto pelo celeste me ha confundido, antes lo tenía rosa. Pero es ella. Esa boca… Esos encajes, esos lazos.
Esas tetas mojadas.
Me he hecho cientos de pajas viendo vídeos de esas tetas. He imaginado esa boca alrededor de mi polla hasta quedarme dormido. [29]
—¡ Guau, guau! —El perro intenta liberarse de la cuerda, totalmente enloquecido.
—¡Lasai! ¡Cállate! ¡Tú ganas! —Empiezo a quitarme la capa de lluvia y las zapatillas.
Joder, ¿cómo no la he reconocido antes? El pulso se me acelera, el corazón se me vuelve loco golpeándome el pecho.
Soy un imbécil. Soy gilipollas. Guardo el lazo mojado en el bolsillo de mis vaqueros. Me agacho y las manos me tiemblan mientras me desato los cordones de las zapatillas.
¿Cómo cojones no he reconocido a Sofía Ochoa? Y sí, soy un semidiós, no deberían importarme ya los mortales.
Pero… es ella. Sofía. La puta Sofía Ochoa.
Y se está ahogando por mi culpa.
No importa las advertencias de mi amuma. No me importa su profecía. Ni de coña dejo que Sofía Ochoa se ahogue en la ría de Bilbao.
Cojo la soga del bote, me la ato con fuerza al tobillo mientras el agua resbala por mis manos y miro al perro.
—Ruega para que regrese, txakurre, [30] o tú te ahogas conmigo.
Y me zambullo en el agua.