Lau. La chica, el perro y el chico. Cuatro
LAU La chica, el perro y el chico CUATRO
«Son inmortales. Hasta ahora el único que porta un arma capaz de matarlos es Aideko. Eso todos lo saben».
Fuente: Amaia Ibarra
Entrevista para Izaro.
ddd. Fecha desconocida.
Traducción al castellano. Puede que parte del mensaje se interpretara diferente
Herio
—¡¿Me oyes, Sugaar?! ¡Mírame, cabrón! —Alzo la cara hacia la tormenta y suelto una carcajada al ver el primer trueno. Me está oyendo, lo sé—. ¡Hoy seré libre! ¡Mírame desde tu trono de nubes, dios de mierda! ¡Espérame sentado que iré a por ti!
¿En serio Sugaar pensó que unos madrileños enclenques iban a ganar esta cacería? No hay ni rastro de ellos. Son unos cobardes. O no son tan gilipollas como para meterse a la ría, sabiendo que apenas se oculte el sol podrían ser presa de las lamiak. [15]
Me río con fuerza y la luz cegadora de un rayo me deslumbra.
El viento intenta derribarme, pero sonrío y me equilibro con facilidad.
Si Sugaar cree que un poco de viento y lluvia van a detenerme está muy equivocado.
Otro rayo cae en algún lugar, lejos de aquí.
Quizá el dios de la tormenta debería mejorar su jodida puntería.
Y ahora… ¿dónde se ha metido ese pequeño desgraciado? Estaba cerca de la escalera… ¡Ahí! Una pequeña bola de pelo negra lucha contra la marea, contra el caos de agua y viento que los dioses han desatado contra mí.
Me siento otra vez y empujo con fuerza los remos para llegar a la orilla.
¿Hummm? ¿Qué es eso? Sobre la cubierta de madera del bote descansa un lazo rojo.
Siento el impulso de agarrarlo, pero si suelto los remos el perro se me va a escapar.
No es fácil mover el bote en contra de esta masa de agua.
Un simple humano no podría. Pero no solo soy más fuerte, sino que la emoción de saber que al fin dejaré de trabajar para el desgraciado de Akerbeltz [16] es suficiente para despertar todas mis fuerzas.
Estoy harto de hacer sus trabajos sucios, de ser su mascota.
Así que me olvido del lazo rojo y clavo los ojos en el cachorro que nada y nada, con la misma energía con que yo muevo los remos.
No pasa nada, pequeño, tu sufrimiento acabará pronto.
Joder, de solo imaginar lo cerca que estoy de mi libertad me dan ganas de gritar de felicidad.
Sofía
El hombre rema con fuerza hacia la orilla.
No estaba llorando, como creí al inicio, sino riéndose como un puto loco.
No he dejado de grabar ni un instante, algo me dice que estoy presenciando un momento increíble, lo suficientemente raro como para petarlo en TikTok.
Y ya, lo que normalmente peta mis vídeos son mis tetas, pero debo entregarle variedad a mi comunidad.
¿Un demente en medio de un bote en la tormenta?
Seguro que les va a gustar. Con una mano me agarro bien a la baranda y con la otra sigo sus movimientos con la cámara.
Gracias a la farola de la calle, que proyecta la luz sobre la ría, se ve lo suficiente.
Aunque, incluso con esa luz, es poco más que una sombra encapuchada luchando contra las aguas tormentosas.
¡Mierda! Un trueno retumba sobre nuestras cabezas y chillo cuando el siguiente rayo cae muy cerca, en el parque del lado de la ría.
El sonido me deja los oídos pitando. Mierda, mierda.
Y yo mojada en esta enorme estructura de metal.
Esto es pésima idea, debería irme pero… ¡es que este reel seguro que va a ser superviral!
Es lo malo de ser influencer. Puedes estar a punto de morir, pero cuando crees tener un gran vídeo, no puedes soltarlo. Es algo que te quema la sangre.
Especialmente, cuando tu apego por la vida no es tan grande.
¡Pum! Otro trueno. La mano se me resbala de la baranda por el agua, pierdo al encapuchado por un momento mientras recupero el equilibrio y lo capturo de nuevo. Ahí está y… ¿Ahora qué hace?
Se pone de pie cuando está por llegar a la orilla, lanza un cordel hacia la plataforma de piedra y el lazo cae con puntería perfecta en uno de los postes de madera para amarrar botes.
¿Qué pretende? En la plataforma hay una escalera de piedra para subir a la calle, pero todavía le queda un gran tramo de agua furiosa desde el bote hasta ahí.
Lo sigo con la cámara, olvidándome del viento, olvidándome de la lluvia, mientras asegura la soga, retrocede un paso, toma impulso y…
¡Salta! ¡En serio acaba de saltar! ¡Como un ave negra, vuela desde el bote hasta el borde de piedra de la orilla!
A pesar de la distancia, cae sin problema con la capa de lluvia aleteando sobre su espalda y echa a correr con agilidad por los escalones.
No sé cómo no se resbala con esta lluvia.
Parece mágico, una sombra, un espectro parte de la tormenta.
¿Está persiguiendo algo? Va por la mitad de la escalera y se abalanza sobre una sombra más pequeña que yo no había visto.
Forcejea con ella y mi estómago se aprieta de los nervios.
¿Qué carajo es eso? Hago zoom y me da un vuelco el corazón.
Es un perro. Apenas un cachorro. ¿Será suyo?
¿Se le habrá escapado con los truenos? Pero el encapuchado saca una bolsa de debajo de la capa y mete al perro dentro con violencia. El cachorro patalea intentando salir.
No parece para nada el rescate de un dueño feliz al recuperar a su perro.
—¡Ey! —Hago el móvil a un lado y le grito, apoyándome en la baranda en medio del puente—. ¡Ey, tú! ¡¿Qué estás haciendo?!
No sé si no oye mis gritos o simplemente le da igual, pero me da la espalda y empieza a caminar de regreso hacia el bote con la bolsa echada al hombro.
¡No! ¡No puedo ver cómo se rapta un perro así sin más!
Lo apunto con el iPhone.
—¡Oye! ¡Hijo de puta! ¡Déjalo! ¡Te estoy grabando!
No sé si el viento lleva mi voz hasta él, pero al fin me oye.
Se detiene. La lluvia cae con fuerza, el puente tiembla y el hombre se gira.
Levanta el rostro y… Grito del miedo. Mi grito cruza la lluvia, cruza la tormenta.
No es un rostro. Debajo de la capucha hay una calavera.
Es un antifaz, idiota, es un antifaz. Pero me quedo sin aire, porque no es humano.
Esos ojos no pueden ser humanos. Detrás del antifaz brillan plateados, como los de un animal nocturno en la oscuridad.
Las manos me tiemblan, el teléfono se me cae de las manos.
Son los ojos del demonio. [17]
Herio
Joder, hay una chavala grabándome. O bueno, me estaba grabando.
El móvil se le ha caído a la ría. ¡Menuda idiota!
¡La fortuna está conmigo esta noche! Seguro que era una fan haciéndome una foto y no sería bueno que capturen este momento.
Los animalistas podrían funarme . Sonrío en la oscuridad y le doy la espalda otra vez, mientras agarro bien al perro que hace esfuerzos inútiles para escaparse.
¿Qué más da si ella me ha visto? Ascenderé pronto y cuando eso suceda, se olvidará de mi existencia como cualquier mortal. Si me acusa de algo, nadie le creerá.
Llego a la base de las escaleras y, con una sola mano para no soltar al perro, tiro de la cuerda para traer el bote hacia mí. Es difícil, el agua de la ría está furiosa con la tormenta y azota el bote desde todos lados.
—¡Mi iPhone, mi iPhone! —La voz chillona de la chavala llega hasta mí, esta vez más cerca.
Me vuelvo otra vez hacia la escalera y… ¿es una puta broma?
Viene bajando a toda prisa los escalones, a pesar de la lluvia.
Es ridícula, ¿quién cojones baja a un lugar como este vestida así?
No le veo la cara del todo porque también lleva antifaz.
Uno al estilo veneciano, blanco con encajes y florituras brillantes a juego con el vaporoso vestido blanco.
Vestido tan corto que se eleva con el viento y se le ven las bragas.
La gabardina blanca aletea a su espalda como las alas de un ángel. Un puto ángel con bragas rosas.
Y pelo celeste. Un celeste pastel que se agita con locura, igual que los lazos de su vestido.
Hossstiaaa puta.
Si ves a una chica de pelo celeste, aléjate de ella. Arruinará tus planes.
¡Maldita vieja bruja! Odio que mi amuma siempre acierte con sus putas profecías.
[18] Joder, ¿qué hago? Todo mi cuerpo se tensa.
¿La habrá enviado Sugaar? Quizá también esté cazando al perro.
Hostia, quizá es alguna criatura sobrenatural.
Ningún humano podría bajar sin resbalar con esos botines de plataforma de diez centímetros.
Pongo la bolsa con el perro en el suelo a mis pies y me preparo para enfrentarme a ella. Le doy un puntapié al perro que no deja de moverse dentro de la bolsa.
—Quieto, joder.
Meto la mano debajo de mi capa para tomar la pistola porque la chica está demasiado cerca.
Camino hacia ella, afirmando la pistola entre mis dedos, pero sin sacarla todavía.
La chica baja la escalera a toda velocidad y cuando pasa por debajo del aura de luz de la farola que está más arriba…
Dudo. Dudo y me detengo, porque aunque su rostro está cubierto por el antifaz…
Me recuerda a alguien. No lo sé, es algo quizá en su manera de moverse, en ese pelo de fantasía.
¿A quién, a quién me recuerda? Lo tengo ahí, a punto de saberlo y se escapa.
Se queda de pie en la escalera, debajo de la luz de la farola, mirándome y respirando agitada. El tiempo se detiene y ella también, jadeando, los ojos clavados en los míos. Brillan ligeramente, ocultos por el antifaz.
No hay tormenta. No hay viento. Es como si no hubiera nada más que nosotros dos mirándonos en medio de las penumbras de la noche negra.
Quién. Cojones. Es.
Basta, estoy paranoico. No puede ser una enviada de Sugaar, joder, si apenas debe tener veinte años. ¿Y quién saldría a cazar al perro con ese puto vestido de muñeca? Se aparta el flequillo de la frente, todavía respirando con dificultad y vuelve a correr hacia aquí.
Y yo no consigo quitarme de encima la sensación de que la he visto antes en algún lado.