Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hiru. El Rito. tres #2
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Hiru. El Rito. tres #2

Mierda, es hermoso. No puedo evitarlo, necesito grabar esto.

La ciudad es oro por un lado y oscuridad por el otro.

Saco el móvil de mi bolsillo y hago un vídeo del cielo rojo, de la ría que refleja los rayos dorados del atardecer y de cómo una densa masa de nubes negras se acerca desde la costa, amenazante, para cubrir la ciudad.

—¡Sofi! ¡Date prisa que va a llover!

La voz de Amaia me llega amortiguada por el sonido del viento, ella ya casi está del otro lado del puente. El día se vuelve más y más oscuro y las farolas de la ciudad se encienden. Parecen canicas anaranjadas repartidas entre las calles y la gente.

—¡Ya voy! —grito con fuerza—. ¡Quiero hacer un tiktok!

Me giro hacia el otro lado, para grabar la parte de la ciudad donde la muchedumbre camina hacia la zona del ayuntamiento y hacia el arenal.

Miles de personas, sombras iluminadas por las farolas, disfrazadas para celebrar Gau Beltza.

Desde que los dioses de Euskal Herria despertaron, nadie se pierde esta fiesta.

Tampoco se pierden Gau zuria, ni San Juan, pero esta es la más popular.

La fiesta de la muerte. A los vascos siempre les ha fascinado la muerte.

Genial, capturo toda la masa de personas convertidas en seres de la noche. Este tiktok seguro que se hace viral, somos las únicas locas encima del puente con este viento y… mierda. Esta lluvia.

Me giro otra vez hacia el norte y la cara se me empieza a mojar con suaves gotas de lluvia.

No sé cómo es posible, pero la nube negra que parecía lejana está ahora encima de nosotras como un monstruo enorme que se quiere comer Bilbao.

El día escarlata empieza a volverse oscuro y el puente tiembla con el viento más y más fuerte.

—¡Soooooofííííííaaaaaa!

—¡Ya voy, ya voy!

No voy. Grabo fascinada cómo la nube devora la ciudad.

Como las aguas calmadas de la ría se vuelven oscuras y el oleaje furioso.

El lazo rojo del pelo se me cae y vuela sobre la ría.

Los mechones celestes de mi melena me azotan la cara tan fuerte que me duele.

Y me encanta, me encanta. Me encanta como el puente vibra bajos mis pies, el vértigo que siento cuando me olvido del móvil.

Dejo de grabar y simplemente observo las aguas turbulentas, llamándome.

Salta.

Salta.

Sería una caída enorme. Volaría como las hojas de los árboles que ahora revolotean por todas partes. Como el lazo que acabo de perder y que todavía vuela al viento frente a mí. Ya no oigo a mis amigas, solo el viento en mis oídos, el metal del puente crujiendo y esa voz que siempre me llama.

Salta.

El sol se pone del todo. Las nubes ganan la batalla, la ciudad sucumbe a la oscuridad.

¿Habrá mi hermana oído lo mismo? A veces me he tentado a saltar, pero ya no soy esa persona.

No voy a saltar. Ahora soy más fuerte. Tampoco sé si ella saltó.

¿Se habrá rendido? ¿Habrá escapado? Ignoro el dolor de los recuerdos.

El viento me da fuerzas, la lluvia me empapa y por eso amo esta ciudad.

La lluvia, el viento demente me hacen sentir viva.

Las farolas iluminan de naranja las calles y resisten los embistes del viento furioso.

Elegí estar viva.

Entonces ¿por qué? Aferro la baranda con fuerza y los ojos se me llenan de lágrimas.

¿Por qué me siento tan sola y tan vacía?

El agua refleja los últimos rayos del sol y miro el adorno de plata que cuelga de mi teléfono.

Brilla con reflejos escarlatas. Lo aprieto entre mis dedos y…

No debí tomarme ese kalimotxo. Estoy borracha.

Solo eso explica que de estar riéndome con mis amigas pasara a estar llorando como una tonta, aferrándome a la baranda de un maldito puente que se agita como si quisiera arrojarme al agua.

Más y más viento. Más y más lluvia.

Quiero soltar la baranda y correr hacia Amaia y Olatz que todavía me llaman desde el otro lado del puente. Pero al mismo tiempo no quiero, no quiero. Soy una cínica. ¿Quiero hacer feliz a mis amigas? ¿Eso quiero? ¿O solo he aceptado ir para cumplir sus expectativas? ¿Para sentirme parte de algo?

¿Por qué no me importa de verdad? ¿Por qué no me importa el destino, salvar a su diosa o lo que sea que les importa a ellas?

La lluvia cae furiosa y ya no oigo a mis amigas. Ya casi no hay luz del sol. Quizá nunca seré parte de este lugar. Quizá merezco volver a Chile y… ¿Eh? ¿Qué es eso?

Me inclino un poco, apoyándome en la baranda y miro el agua.

En medio de la penumbra de la ría hay un bote.

La farola más cercana, en la calle de arriba, alcanza a iluminarlo.

El bote se zarandea de lado a lado y sobre él, equilibrándose sobre la ligera y frágil embarcación, hay una persona encapuchada con los brazos abiertos hacia el cielo.

¿Qué mierda?

El encapuchado se balancea sobre el bote, pero parece ajeno a la tormenta, ajeno al hecho de que el bote está a punto de volcar.

Sus hombros se agitan con violencia mientras estira los brazos hacia el cielo negro como si lo quisiera alcanzar.

¿Está llorando? Grita algo pero no lo oigo.

¿Necesitará ayuda? Si se cae podría ahogarse.

Su figura alta y encapuchada se perfila contra la luz de la farola mientras el viento azota su capa de lluvia larga y negra.

Parecen las alas de un cuervo, es una imagen asombrosa.

Me olvido de mi pena. Me la trago como me la trago siempre. Algo más profundo se apodera de mí: la necesidad de capturar este momento. Levanto de nuevo mi iPhone y apunto a la silueta oscura, la capa negra volando y recortándose contra el agua que refleja los rosas y violetas del ocaso.

Debería usar el teléfono para llamar a la policía o alguien que lo saque de ahí, pero… bueno. Eso haré si se cae.

Empiezo a grabar. No sé si es un hombre o una mujer, pero parece el fantasma de la muerte en Gau Beltza.

Esto seguro que va a ser viral.