Hiru. El Rito. tres
HIRU El Rito TRES
Sofía
La voz de Amaia se convierte en el susurro del viento. En el susurro de la tormenta que se cierne sobre el horizonte, en el susurro de las estrellas.
Y ya no estoy en una azotea sobre un edificio en Bilbao. Solo hay oscuridad, frío y silencio. Un silencio profundo que me recuerda mis pecados. Es imposible no pensar en ellos. La oscuridad se me mete por los ojos, se me mete en el alma. No. No. Siempre ha estado ahí. Dentro de mí.
Salta.
¿Por qué? Dejé eso atrás. Crucé la mitad del planeta para dejar eso atrás. Ya no soy esa persona.
Salta.
Salta.
¡No!
—¡Sofi!
Abro los ojos e inspiro hondo. El viento me golpea con fuerza, las manos me tiemblan. Mis amigas me miran nerviosas. Las capuchas han caído hacia atrás y sus cabellos se revuelven enloquecidos con la tormenta incipiente.
—¿Estás bien? —Amaia me aprieta la mano. Seguimos sentadas en la azotea. Las velas siguen destellando y las nubes oscuras ya casi han cubierto todo Bilbao—. Si quieres podemos dejar…
—Estoy bien. Terminemos.
No sé qué fue eso. Estaba en otro lugar y ahora estoy aquí otra vez. Aquí hace frío, pero no tanto como en esa oscuridad abismal. ¿Tendrá realmente Amaia los poderes de una bruja? Siempre dice que su abuela era una sorgina. [10] Por eso hace esto. De verdad cree en el legado de su familia.
Me suelta la mano y se inclina hacia Olatz.
Se besan, lento, como si apenas se atrevieran.
Luego se separan y Olatz me mira. Yo me inclino hacia ella y el beso es rápido, el sentir de sus labios y ya está.
Pretendo hacer lo mismo con Amaia, pero ella se ríe y me agarra la cara, obligándome a prolongar el beso.
Cuando me suelta me río también. Es tonta.
Las tres nos agarramos de las manos, sonreímos cómplices y Amaia vuelve a pronunciar las palabras.
Palabras en un idioma hermoso que no entiendo.
Solo capto algunas, fragmentos. Viento, Mari, Amalur, y algo sobre la vida y la muerte.
Los detalles se me escapan. El corazón me late acelerado, como si la furia del viento ahora la tuviera metida en las venas.
No vuelvo a cerrar los ojos, no quiero ir a ese lugar otra vez.
A veces siento que si voy a ese lugar otra vez, no voy a salir de ahí jamás. [11]
—Eginda. [12] —Amaia nos suelta las manos y sonríe—. Ya estamos vinculadas, neskak. [13] No me falléis.
Sofía
—¿No te pone nerviosa? —Olatz me mira con curiosidad desde el reflejo en el espejo—. Tener que cubrirte la cara para que no te reconozcan.
Amaia nos grita desde algún lado de la casa. Que nos demos prisa, que tenemos que llegar antes del anochecer o nos dejarán tiradas.
—Estoy acostumbrada. —Me pongo el antifaz, blanco cremoso, con detalles al estilo veneciano, cristales que parecen diamantes.
Olatz me ayuda a amarrarlo y también me ajusta algunos lazos del vestido.
En realidad, la gente no suele reconocerme demasiado por la calle, pero ahora habrá tal multitud que prefiero evitarlo.
Además, es probable que destaque. La mayoría en Gau Beltza van de negro y yo he decidido ir con colores pastel.
Blanco, lazos rosas y cremosos que contrastan con mi pelo celeste.
Esta noche voy a enfrentarme a la muerte. En todos los sentidos.
Es superimportante que nos mantengamos firmes.
Repito mentalmente las explicaciones de Amaia.
Basta con que una lo logre, que una se abstenga de tener relaciones sexuales en el ritual, para que el plan funcione y debilitemos el akelarre.
Pero tenemos que intentar ser las tres, no sabemos cuál va a fallar.
Todos fallan, siempre. Nadie recuerda las palabras de Akelbertz.
Nadie sabe qué clase de ofrendas hace para mantener atrapado el poder de Mari, porque nadie logra resistir.
Si tenemos sexo, perderemos la memoria y será otro año que Akerbeltz someta a la verdadera diosa de Euskal Herria.
Amaia confía en mí. No le voy a fallar. Y si está Herio, si está ese semidiós arrogante, lo voy a ignorar. Ya no quiero saber. Si mi hermana está viva o no…
Basta. Eso es el pasado. Tengo que superarlo.
Solo asisto por mis amigas. Ya está.
—Qué curioso, pensaba que no te ibas a disfrazar. —Se burla Olatz, vestida de bruja, mientras arregla los últimos lazos de mi vestido blanco.
—Ja, ja. Muy gra, cio, sa —digo, marcando la ce a la manera española, de forma sarcástica. Tal vez mi ropa parezca un disfraz para ella, pero es la que uso normalmente. A mí no me da vergüenza como me visto, siempre ha sido mi sello como influencer y no lo pienso cambiar.
Ella se ríe, nos hacemos una selfi de recuerdo y toma su bolso, gritándole a Amaia que ya bajamos.
—¿No sientes que alguien nos observa? —Olatz se pone la chamarra y tiembla un poco—. Quizá porque es Gau Beltza, pero no dejo de sentirlo desde que hicimos el ritual.
—No. Quizá me falta sangre vasca para ver fantasmas esta noche —digo y le saco la lengua.
Ella pone los ojos en blanco, riéndose y se va a buscar a Amaia.
Antes de seguirlas, me aseguro de que el antifaz está firme y que mi vestido blanco, con sus encajes y vuelos, se mantenga en su lugar.
Me reviso desde algunos ángulos, es lo bastante largo como para que no se me vea el culo, cubre al menos hasta varios dedos sobre las rodillas.
También me pongo a revisar mis botines de plataformas enormes y me subo las medias hasta los muslos.
Y… A medida que busco cualquier pretexto para seguir retrasándome, el agujero que siento en el pecho crece más y más. Más. Mucho más.
Tal vez no estoy sintiendo fantasmas como Olatz, pero no es necesario. A mí los fantasmas me persiguen siempre. Siempre. Aunque últimamente los mantenía a raya. ¿Por qué el recuerdo de mi hermana vuelve ahora?
Tal vez por la fecha. Tal vez porque si está muerta realmente, hoy sería una fecha en la que debería pensar en ella.
Y ella me diría que no esté triste, que viva mi vida.
Es lo que intento hacer, mierda.
—¡Sofía! —La voz de Amaia suena furiosa.
Inspiro hondo, cierro los ojos un momento y suelto el aire, lento, muy lento. Cuando los abro, observo mi reflejo enmascarado en el espejo y aprieto los puños.
Esta noche todo quedará atrás. Empezaré de nuevo. Aunque…
¿Cuántas veces he dicho eso?
—¡HOSTIA, SOFÍA!
—¡Ya voy! —Me giro hacia el pasillo, tomo mi teléfono, un bolso pequeño que parece de mentira y salgo detrás de ellas.
Cuando dejo el piso, mis amigas ya van corriendo por las calles descendientes de Abando, mezclándose entre la multitud. La ría brilla a lo lejos, reflejando el atardecer. Me llegan notas de música tradicional vasca que deben estar tocando en alguna calle cercana.
—¡Espérenme, zorraaas!
Corro por la calle y en pocos segundos la zona de bares queda atrás, ya puedo ver la cuesta que baja hacia la ría, hacia el ayuntamiento.
Mi gabardina larga y blanca aletea con el viento.
¡Siento que tengo alas! Chillo con los brazos abiertos.
¡Amo el clima de este lugar! Cuando el viento ruge contra mis oídos, cuando el olor a sal y mar de la ría se me mete hasta los pulmones, me olvido de todo.
De todo. De la pena, de la incertidumbre.
No pienso en lo que me espera cuando vuelva a mi país y bajo las calles riendo como una loca.
Las malditas de mis amigas son rápidas y no las alcanzo, o tal vez es por las plataformas de los botines.
Tampoco es fácil correr agarrándome el vestido para que no se levante con el viento.
¡No dejaré que nadie me vea las bragas gratis!
Bum. Bum. Suenan tambores en las calles aledañas.
Las notas agudas y silbantes de una txirula [14] vuelan por el aire y la música vasca se eleva entre el festejo de la multitud.
Hace hervir mi sangre. ¡Dios! Cada vez hay más gente a nuestro alrededor, todos de fiesta.
La mayoría disfrazados, a la gente le encanta Gau Beltza.
Respiro agitada y se empieza a hacer difícil no perderles el rastro a mis amigas.
Ellas van de brujas y hay muchas otras brujas entre la masa de bilbaínos.
Yo soy de las pocas vestidas de blanco. Aunque podría hacer grupo con los fantasmas y los esqueletos que andan por ahí.
¿Dónde se han metido mis amig…?
—¡¡¡¡¡¡Buaaa!!!!!!
Chillo y me giro con el corazón enloquecido cuando una sombra sale de no sé dónde y se abalanza sobre mí.
—¡Hija de puta! —Le grito a Amaia que se parte de la risa, pasándome el brazo por encima de los hombros y agarra con la otra mano su gorro de bruja para que no se le caiga.
Y yo también me río, todavía temblando por el susto que me dio.
—¡Vamos, vamos! —Olatz nos mete prisa, empujándonos para que sigamos corriendo entre la multitud.
Les sigo el paso, esta vez más rápido por la adrenalina del susto. No debería ser divertido. No me debería ir riendo cuando me arriesgo a hacerme un esguince por perseguir con botines de plataforma a dos borrachas por medio Bilbao.
Por supuesto que se tomaron un kalimotxo cada una antes de salir.
Yo solo me tomé uno, quizá no debí hacerlo. Mientras más corro y me muevo, más me pega el alcohol.
—¡Por aquí! ¡Sofi, que te quedas atrás!
Olatz me hace señas desde las escaleras del puente.
El Zubizuri, metálico e inclinado sobre la ría, perfecto para que unas borrachas se caigan por cruzarlo corriendo.
Genial. Subo los escalones agitada y cuando llego arriba me sujeto a la baranda.
Aquí el viento sopla peor que en la azotea.
Mis amigas son dos putas locas que atraviesan el puente a toda velocidad, con las gabardinas aleteando en sus espaldas.
Me detengo un momento y me agarro a la barandilla.
Jadeando, cierro los ojos un momento y cuando los abro…