Bi. Cacería. Dos
BI Cacería DOS
«No puedo responder a esa pregunta. Si bien es la segunda entrevista con Herio, mis recuerdos son confusos. Tenéis que leer el artículo. Luego lo olvidaréis. Así lograron ocultarse durante tantos siglos».
Fuente: Entrevistas, Izaro.
Amaia Ibarra.
ddd. Fecha desconocida.
Traducción al castellano
Herio
Hoy seré libre. Estaré un paso más cerca de ser un dios. Y aunque la cacería se ha vuelto difícil con las calles de Bilbo petadas de gente, atraparé a ese perro sea como sea.
Pero antes, necesito energía. Saco varias gominolas rojas con forma de ositos, guardo el paquete en el bolsillo de mis vaqueros negros y me las echo a la boca.
Acomodo el antifaz blanco de calavera que me cubre la parte superior de la cara.
Solo la nariz y los ojos. Paseo la mirada por la calle principal de Alde Zaharra, mientras me oculto en las sombras de uno de los callejones más angostos y ruego para que nadie me reconozca.
Sería un desastre.
Cientos de personas caminan disfrazadas bajo el atardecer, la mayoría de ellas ya bastante borrachas.
Nadie repara en mí, ondo. [5] Parezco un disfrazado más.
Muchos de mis vídeos de TikTok los hago con este antifaz blanco y dibujos negros que simulan la parte superior de una calavera, pero esta noche hay muchos que usan un antifaz similar, por lo que nadie debería saber que soy yo.
No si no me miran de cerca a los ojos. También ayuda la enorme capa negra para la lluvia que aletea a mi alrededor.
Hace mucho viento, joder. Y aunque el viento es normal en Euskadi, la velocidad con la que esa enorme nube negra está cubriendo la mitad de la ciudad no es nada normal.
Puto Sugaar. [6] Si ese dios de mierda cree que enviando un poco de lluvia y relámpagos va a impedir que yo gane la cacería es porque está volviéndose senil.
El móvil me vibra en el bolsillo y me escondo un poco más en las sombras, para que no me vea un grupo de chicas que va pasando, disfrazadas de cantantes de K-pop.
Más allá, hay muchos disfrazados de zombis.
Creo que este año también están de moda las hadas.
¿De qué se habría disfrazado Eguzki? De lo que decidiera su cuadrilla, [7] supongo.
Brum. Brum. El móvil insiste vibrando en mi bolsillo, así que lo cojo porque debe ser Gorka. Me lo pego al oído y contesto mientras mastico las gominolas, sin dejar de buscar entre la gente cualquier señal de mis competidores.
—¿Has visto a las tías disfrazadas de hadas que acaban de pasar a tu izquierda? —La voz de Gorka en el móvil suena un poco opacada por el ruido de las fiestas—. ¡Están buenísimas!
—Hostia, cabrón. Creí que llamabas para algo importante.
—Ligar debería ser prioridad en Euskadi. Viene bien para el frío.
—Tengo novia.
—No sé, bro. Considerando que lleva muerta dos años quizá deberías empezar a considerar lo de llamarla exnovia .
Corto la llamada. Gilipollas. Cojo un puñado de gominolas para calmar mi ansiedad y las guardo en el bolsillo. Puto Gorka, ya me ha puesto de mal humor en la noche más importante de mi vida.
El móvil vibra otra vez, pero no pienso cogerlo. Al ver que no lo hago, Gorka me envía mensajes y los abro porque veo en la pantalla de bloqueo que menciona algo del perro. Pego el móvil a mi oreja y escucho el audio.
—Acabo de verlos. —Su voz suena agitada—. No tienen al perro todavía, van bajando por calle del Correo. Le siguen la pista, mejor que nosotros.
Lo suponía.
Gorka envía otro audio.
—Ten cuidado, Herio. Sugaar les ha dado algo que les permite saber dónde está el perro. Una especie de rastreador.
Malditos tramposos. Yo no tengo nada de eso. Pero bueno, es comprensible, supongo que era la única forma de que pudieran competir con alguien como yo.
—Estoy cerca de ellos. Si ves al perro deja todo y síguelo. —Envío el audio.
De inmediato, llega otro.
—No creo que sea buena idea enfrentarte con ellos habiendo tanta peña —dice Gorka—. Intenta llevártelos a la catedral.
La catedral, que desde que los dioses despertamos es mi catedral.
Una catedral que siempre ha consagrado la muerte y que el dios cristiano ha tenido que aprender a compartir conmigo otra vez.
Los sacerdotes y monjas me cubrirían, podría deshacerme de esos perdedores que ha enviado Sugaar y nadie encontraría jamás sus cuerpos.
Pero también es la catedral donde conocí a Eguzki. La catedral donde por primera vez la besé. No soporto la idea de pisar ese sitio.
¿Q ué es el amor, Herio?
Sus palabras todavía me torturan.
—Buscaré otra manera, no pienso ir allí. —Envío el audio a Gorka.
Estoy a punto de moverme para buscar otro sitio con mejor ángulo de visión, pero me quedo rígido porque otra cuadrilla de chicas pasa cantando una canción en euskera, vestidas de hadas.
Creo. Deben ser las que ha dicho Gorka. Me pongo tenso y un sudor frío me cae por la espalda, pero no porque estén buenas.
Mi novia era una diosa, no me vuelvo loco solo por unas chavalas con buen cuerpo.
Sin embargo… Estas tienen pelos de colores. Una de ellas, lo tiene celeste, joder.
Si ves una chica de pelo celeste, aléjate de ella. Arruinará tus planes.
La voz de mi amuma [8] suena tenebrosa en mi cabeza al recordar sus palabras.
Me pego mucho a la pared, para que las jóvenes risueñas y borrachas no me vean cuando pasen frente al callejón.
Sus vestidos con brillantes reflejan las luces y me pongo supertenso, pero la de pelo celeste ni siquiera mira hacia aquí.
Cuando ya solo veo sus espaldas, me relajo un poco.
No la conozco, pero da igual si la conozco o no.
Mi amuma la ha visto. A una chica de pelo celeste.
En. Una. Puta. Visión.
Joder. Es la profecía más absurda que ha hecho mi amuma, pero es mi amuma.
Si dice una profecía, yo la escucho. Y si la dice en la noche más importante de mi vida, le hago caso.
No tiene ningún puto sentido, porque jamás arruinaría algo tan importante como lo de hoy por una chavala, mucho menos por una de pelo celeste.
La única chica viva que me ha interesado alguna vez lo tiene rosa y la única otra mujer que me importa está muerta.
Y también lo tenía rosa.
Sí, ya lo sé. Tengo una debilidad.
¡Hostia! ¡Ahí está! Una pequeña sombra negra pasa corriendo entre la gente.
¡Es el perro!
Salgo disparado del callejón y corro siguiendo la sombra que se escabulle entre piernas, zapatos de tacón y disfraces.
¡Casi lo pierdo por estar pensando tonterías!
Me abro paso a empujones, derribo a dos chavales disfrazados de Teletubbies y alguien me insulta cuando cambio de dirección demasiado brusco, siguiendo la sombra del perro.
No me importa. No me importa nada. Lo único que hay en mi cabeza es atrapar a ese jodido perro, ganar esta cacería ridícula y entregárselo a Akerbeltz para que me dé mi libertad.
Y poder hacer el rito de ascensión.
—¡Ahí! —gritan voces masculinas justo cuando el perro se cuela en un callejón y yo me cuelo también, siguiendo su rastro a toda velocidad—. ¡Atrápalo! ¡No, por el otro lado!
Mi competencia. No miro hacia atrás, sé que son los madrileños que ha enviado Sugaar y no necesito mirarlos para saber que no me alcanzarán ni de coña.
¡Ja, ja, jaaa! ¡Mortales ilusos! Se cansarán mucho antes que yo.
Oigo sus pasos detrás de mí y sé que van armados, pero dudo que vayan a dispararme habiendo tanta gente en las calles principales.
Doblo en una esquina y me meto rápido en otro callejón.
Derrapo sobre el suelo resbaladizo y casi me caigo, pero me agarro a la pared de piedra y en un instante ya estoy siguiendo al perro de nuevo lo más rápido que puedo.
Es pequeño. Creí que sería grande al ser un perro de Gaueko, pero es solo un cachorro.
Y aun así, es rapidísimo el hijo de puta; corre como alma que se lleva el diablo entre las intrincadas calles del casco antiguo.
Izquierda, derecha, doblo justo para verlo bajar a toda velocidad por una calle descendente y doblar otra esquina.
Los madrileños gritan algo detrás de mí y se me escapa una risa.
Conozco el casco antiguo como la palma de mi mano.
De mí no te vas a escapar, txakurre. [9]
Lo encuentro otra vez, corre sin detenerse ni un instante, salta un charco de agua y estoy casi por llegar hasta él cuando un trueno brutal retumba sobre toda la ciudad, incluso por encima de la música y el bullicio de la gente.
El perro enloquece. El miedo le da fuerzas renovadas y se aleja de mí otra vez. ¡Joder! ¡Va a tomar la calle de la Ribera!
Abandono el callejón y me detengo, los coches pasan a toda hostia por la enorme avenida.
Semáforo peatonal en rojo, el perro cruza.
No le importa. En cambio, yo estoy a punto de hacer mi rito de ascensión y ser un dios, no pienso morir atropellado unas horas antes.
El viento ruge, revuelve mi capa negra y veo con horror como casi atropellan al perro.
¡Si lo matan no podré hacer el ritual! Otro trueno retumba y al perro se la suda, pasa entre los coches que pitan las bocinas y tratan de esquivarlo.
Se salva por los pelos y jadeo del estrés mientras veo con impotencia como va directo hacia la ría.
¡Hostia! El semáforo se pone verde. Cruzo la calle con la capa negra aleteando a mi espalda.
Alguien grita mi nombre, quizá algún fan, quizá alguno de mis enemigos.
Ignoro todo y corro tras el perro que está llegando a la pequeña baranda de metal que separa la calle de la ría.
¡Casi lo tengo! Estiro mi mano hacia él y… Salta.
El cabrón salta al agua lanzando un aullido de terror.
¡Puto perro! Miro la superficie turbulenta de la ría, el oleaje que refleja la luz sangrienta del atardecer, el agua cada vez más furiosa y más oscura a causa de la tormenta que se acerca desde el mar. La cabeza del perro asoma un momento y la corriente lo arrastra lejos de mí.
Ni rastro de los madrileños. ¡Hostia! Bajo corriendo los peldaños de piedra que llevan hacia el agua.
Me detengo en el saliente de piedra, mirando desesperado como el perro intenta nadar, pero la corriente se lo lleva.
¿Qué hago? Nadie en su sano juicio se lanzaría a la ría hoy.
Es Gau Beltza, joder. Seguro que habrá más de alguna criatura esperando para devorar a algún que otro borracho que esta noche caiga a la ría.
Observo con impotencia como mi pase a la divinidad se aleja ahogándose en el agua.
El móvil vibra. Cojo la llamada de Gorka.
—¡Se ahoga! ¡Ha caído a la ría! —grito por el teléfono, sin quitar los ojos del perro que se ve cada vez más pequeño desde aquí.
—¡Lo he visto! Hay un bote en la siguiente bajada de la ría.
—Dime que con bote te refieres a una moto de agua. —Subo a saltos los peldaños, vuelvo a la calle y corro hacia la siguiente bajada que me indica Gorka.
—No, me refiero a un bote.
Hostia puta. Corro por el borde de la ría, ahí está el perro.
No, era un tronco flotando. ¡¿Dónde está el jodido perro?
! El atardecer es cada vez más rojo y los reflejos en el agua se vuelven confusos.
De un salto sorteo la baranda que impide el paso a los peatones hacia la segunda escalera que baja a la ría.
Desciendo rápido, intentando no resbalar con la escalera mojada y sí, ahí está el bote. Es un maldito bote con remos y todo.
¡Y ahí está el perro! Justo más allá del bote, asoma su cabeza pequeña y negra mientras trata de nadar hacia algún costado de la ría.
—Espérame en el refugio de la ría —le grito a Gorka por el móvil, tirando con una mano de la soga para acercar el bote—. Si el perro se ahoga vamos a tener que reanimarlo.
Haré lo que sea. No dejaré que ese perro se muera. No todavía.