Bajo la luz amarilla
M e gustaba mirar desde mi ventana hacia el cerro que estaba al otro lado de la presa.
Cuando era niño pensaba que el mundo se acababa ahí.
En esas calles que subían como llegando al cielo.
En ese lugar que de noche nomás se iluminaba por la luz de las velas que se colaba a través de algunas ventanas y por las farolas amarillas y opacas que me dejaban irlo descubriendo a pedacitos.
Era como si aquello que la luz no tocaba no existiera. Y lo que sí, tenía tintes de recuerdo.
Trataba de no mirar mucho la presa. La habían dejado secar y se llenó de matorrales, carrizos y mezquite. Como si la hubiera reclamado el monte.
Pero, detrás de ese verde, todavía había agua, y todos sabíamos que seguían yendo a tirar cristianos. Como antes, cuando estaba llena.
A todos nos había tocado cerrar las cortinas cuando se escuchaban camionetas y gente chapoteando entre el lodo y las ramas, en lo más escondido.
Nadie quería ver lo que no debía, aunque a veces, sin querer, veía la luz de las lámparas y parecía que habían ido a tirar a alguien que querían dejar bien enterrado.
Por eso levantaba la vista y observaba el otro cerro. Era igualito al nuestro, como un reflejo. Mis papás me contaron que a los cuantos años de mudarnos, un día de repente notaron una casa de madera de aquel lado. Después de la lluvia, la tierra la había expulsado, como hierba de la montaña.
Y desde entonces, cada mañana fue amaneciendo una nueva hasta que se llenó de casas.
Los caminillos entre ellas se fueron volviendo calles de tierra que algún diputado prometió pavimentar, después de llevar agua y alumbrado.
De todo eso, nomás les cumplió las luces.
Y a mí me encantaban porque eran diferentes a las horribles farolas blancas que habían puesto de nuestro lado.
Me quedaba en la ventana toda la tarde y me preguntaba si alguien del otro lado miraba para acá.
Imaginaba mi vida allá en las calles de tierra, jugando con los niños que no iban a la escuela y corrían en libertad, y que desde muy pequeños aprendían los oficios de los padres para formar su familia y ocupar otra casa de madera que aparecería una mañana como si hubiera brotado del cerro.
A lo mejor del otro lado de la presa me habría tocado otra vida. Tendría otra gente.
Una farola me llamaba la atención más que las otras.
Estaba en la primera calle junto a la presa, como la mía.
Me gustaban las dos casas de madera que estaban alrededor porque, cuando se prendían las luces, se iluminaban bajito.
No tenían cerca y estaban en alto, sobre postes, para que no se les metieran las alimañas y para guardar cosas.
Solo distinguía las siluetas desde mi cerro. Cuando veía que iban tarde imaginaba que habían salido de un velorio, o que en las bolsas que cargaban llevaban comida a su casa.
La noche que pasó una señora arrastrando una maleta de la mitad de su tamaño no supe qué historia inventarle. No encajaba con lo que veía todos los días, y quizá por eso comencé a fijarme en sus horarios todas las noches.
Su ritual calle abajo rumbo a la presa con la maleta vacía terminaba con ella llevándola de vuelta después de batallar un rato. Le perdía el rastro cerca de la luz que me gustaba. Así que, por las mañanas, comencé a observar las casitas con cuidado.
Parecían abandonadas. Nunca se encendía una luz. Quién sabe a cuál de ellas se metía; la noche no lo revelaba.
Después de uno de sus recorridos nocturnos, se detuvo debajo de la farola.
Soltó la maleta vacía y volteó hacia mi cerro, donde yo mantenía la luz apagada.
Incluso así, incluso a la distancia, sentí su mirada.
No pude distinguir su cara, pero la silueta estaba girada, como si se supiera descubierta.
Entonces desapareció para tomar forma debajo de la siguiente farola. Y la siguiente y la siguiente, acercándose. Cerré la cortina y me escondí. Seguro era mi imaginación, no era posible que me viera desde allá.
Escuché sus pasos chapoteando entre los carrizos de la presa. La oí salir de ahí y aunque ya la había perdido de vista, la imaginé avanzando por ese camino empedrado que conocía de memoria, iluminada por la horrible luz blanca que no dejaba nada a la sombra.
Los pasos mojados reaparecieron en el jardín, cerca de mi ventana. La abrió y sus manos entraron despacito, sin hacer ruido. Con el cuerpo dentro, me buscó en la oscuridad, como si nada la apurara, hasta que me encontró…
Era inútil intentar salir de la maleta; lo único que me quedaba era ver por la rendija que había quedado frente a mi cara.
La escuchaba jadear como un animal, cansada. Sentí cómo me llevaba entre ramas y charcos.
Había muchos cuerpos, tantos que no se podían contar. La muerte había secado la presa.
Salimos de ahí y, por la luz amarilla que a ratos se filtraba por la rendija, vi que no conocía ya las calles. No controlaba el cuerpo y los brincos que daba dentro me producían dolor.
La mujer se detuvo un momento y supe que estábamos a punto de llegar.
No sabía qué me esperaba, solo sabía que no iba a volver.
Alcancé a verlo, mi cerro de luces blancas estaba del otro lado.