Nuestra muerte escondida Con el diablo cerca
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Con el diablo cerca

E l domingo se murió mi mamá en algún mal momento de la madrugada.

Yo no pude ni sentir tristeza porque tengo un problema, mire usted, ese que tenemos algunas personas que siempre estamos tristes.

Y cuando me pasan cosas como esta, nomás siento un dolorcito agudo de pronto, abajo de la garganta, como si no me lo pudiera tragar. Como si trajera una espina ahí atorada.

No sale con llanto. Se me revuelve con el coraje de que la Elizabeth matara a mi mamá.

Creo que ya no le tocó a usted conocerla.

Y qué bueno. Siempre fue mala la condenada.

Mi mamá decía que ella había nacido con el diablo cerca, y eso fue hace diez años ya, antes de que de veras tuviéramos al meritito diablo caminando por las calles del pueblo.

Recuerdo que entonces comenzaron a llegar las camionetas a llevarse muchachos como carne de cañón.

Para aventarlos en las balaceras contra los guachos.

Pero aquí ya no había hombres ni muchachos fuertes que les pudieran aguantar; todos los que podían trabajar ya se habían ido a buscarle por otro lado, y todos se olvidaban de lo que habían dejado aquí.

De quienes habían dejado aquí, como mi papá.

Pero ese es otro cuento. De lo que yo le hablo es de cuando empezaron a montar a los muchachitos, a los niños.

Si ya podían cargar un arma, aunque fuera pequeña, pa’rriba.

Y ahí fue cuando a algunos se les ocurrió ir a buscar al brujo ese que vive en el monte, del que inventaban que se convertía en coyote y se robaba a las gallinas.

Pero yo creo que eso nomás era un coyote normal, ¿usted no?

Si eso hacen todos. De todas formas, a la gente le daba por inventarle historias al viejo ese.

Aunque algo tenían de verdad. Los muchachos que se iban al cerro, los que encontraban al brujo, ya no bajaban igual.

Regresaban todos locos, hablando con muchas voces que les salían de muy adentro, como si se hubieran tragado veinte almas.

Había que amarrarlos porque se ponían violentos y se empezaban a cortar.

Algunos iban y se devoraban vivas a las pobres gallinas.

Como el nahual. Y un día todos los que aguantaban un arma andaban como locos por el pueblo hablando con esas voces dentro de ellos y nadie los podía controlar.

Hubo que encerrarlos a todos. Cada uno en su casa, porque cada familia se tenía que hacer cargo de su diablo.

Salvo dos o tres excepciones, como el Pedro y el Iván, que ya no tenían a nadie porque les habían matado a todos.

Ellos andaban como animalitos por el pueblo, y eso sí le digo, que cuando pasaban por aquí enfrente de la casa y cerrábamos todo, yo llegué a ver que no iban solos.

Nomás nos asomábamos por una rendija para ver que se alejaran, y yo pude ver eso que caminaba con ellos. Pero nunca me volví a asomar.

Y se propagó. Porque cuando las camionetas ya no recogían chamacos para encerrarlos, venían por las niñas para llevárselas, y de ellas no les importaba la edad. No las querían para cargar armas.

Ahí fue cuando hubo que defenderlas. Y ahí van todas las señoras al cerro, a buscar al nahual.

Yo no sé qué habrán hecho, qué habrán pedido o qué le habrán dado, pero todas las chamacas empezaron a cambiar. Los mismos ojos en blanco, la misma piel pálida como papel, las ojeras negras y las voces saliéndoles desde muy adentro, hasta cuando pedían de comer.

Cuando las vieron, ahora sí ya no volvieron los de las camionetas, pero ya para qué. Ya de nada nos servía porque el pueblo se había vuelto el mismito infierno.

Ya ni los policías vienen para acá, ya nadie sube.

¿Se imagina usted que cuando encontré a mi mamá muerta, aquí, frente a la casa, con su cuerpo torcido como si se hubiera caído desde muy alto, con todo roto, la vinieron a recoger hasta dos días después?

Yo nada más la había tapado con una manta, pero la Elizabeth la destapaba y se empezaba a burlar con esas voces feas, las que se ríen y las que le lloran de adentro.

Yo le preguntaba si ella me la había matado y la maldita escuincla nomás se retorcía de la risa.

Y es que ella ya era mala, como decía mi mamá.

Siempre lo fue. Se me hace que el diablo que le metieron se le juntó con ese con el que había nacido.

Ahí, en uno de esos reclamos, fue cuando me dijo que me iba a matar a mí, que me iba a sacar al bebé que traigo en la panza.

No le voy a mentir, me dio mucho miedo porque yo no le había dicho que traigo encargo, que en la ciudad me embaracé de alguien que no debía y por eso tuve que volver a este maldito pueblo.

Además todavía no se me nota, así de flaca como estoy.

Pero ¿ella cómo iba a saber? Y luego con esas voces que me hacen ver que eso ya no es mi hermana, ni modo que no le crea.

Parece broma, pero aquí ya ni hay perro que me defienda.

Todos se fueron una noche y ya no volvieron, igual que los gatos.

Cuando encerraron a los muchachos, tam bién nos dejaron.

¿Usted cree que se acordarán de nosotros?

¿Que tengan remordimientos? Yo espero que no, son inocentes, al menos ellos sí pudieron escapar.

Si yo pudiera me iba, pero ya no sé a dónde.

Ellos andan en los caminos, y si se enteran de quién soy, de quién es el bebé que traigo, no le quiero ni contar.

Prefiero jugarme la suerte con la Elizabeth y con todos los chamacos que andan por el pueblo con el diablo adentro.

Bueno, con lo que queda del pueblo. Ya los he visto cómo vienen en la noche y se paran aquí frente a la casa.

Ni a quién pedirle ayuda. Ya tiene días que no salgo.

Desde que se llevaron a mi mamá. Ya no se escucha nada allá afuera.

Me pregunto si queda alguna de las madres que prefirieron entregar a sus hijos.

Hoy tengo que decidir si me quedo o me la juego y jalo al monte, a ver a dónde llego. Tiene que ser hoy.

El próximo domingo. Dijo la Elizabeth que me mataba el próximo domingo.