La gente de la cueva
N o sé por qué vine a dar a este maldito lugar. Nunca había caminado por aquí y, sin embargo, reconozco el empedrado resbaloso por el que no quiero caminar, las paredes descascaradas que no quiero habitar y la madera vieja por la que no quisiera entrar.
Lo reconozco no porque haya estado aquí antes, sino porque me lo enseñó mi madre.
Porque aparecía en esas fotos que guardaba en su cofrecito de caoba que no dejaba a nadie tocar.
Esas que tantas veces me dijo que no le íbamos a mostrar a nadie.
Para que no supieran de dónde era. A ella tampoco le gustaba este lugar.
Nomás lo amaba en recuerdos y nunca se le ocurrió volver.
Parece que voy caminando dentro de esas fotos. El color apagado y su silencio. Es como si ya nadie viviera aquí.
En el cielo hay una nube gorda y negra que no deja sombras ni claridad. No se sabe si amanece o ya está oscureciendo. No sé qué hora es, ya tengo un hambre añeja. Y sed, mucha sed. Y las manos vivas.
Mi madre me hablaba de una panadería que con el puro olor te avisaba que habías llegado al pueblo con bien. No la veo y quisiera olerla de pronto. Pero el único aroma es el del lodo y las plantas que tampoco veo, pero que por aquí deben de andar, a lo mejor detrás de las bardas.
No hay nadie, nomás un hombre al fondo de la calle, con pasos lentos como los míos. Lo saludé con la mano pero no reaccionó. Quién sabe qué se habrá tomado que apenas puede caminar.
Una ventana se abrió sobre mí, justo arriba de mi cabeza.
Apenas volteé algo se me vino encima y alcancé a hacerme a un lado antes de que una muchacha cayera sobre mí.
Luego otra. La primera dio contra las piedras húmedas de espaldas.
La segunda cayó de lado y rodó a mis pies.
Gemían bajito, aguantándose, mientras se intentaban levantar.
Les tendí la mano, pero, apenas me vieron, se echaron hacia atrás con miedo y empezaron a correr, tropezándose entre ellas, como si yo fuera a hacerles daño.
Las estaba viendo dar la vuelta en la esquina a la izquierda cuando se abrió la puerta de la misma casa de donde habían brincado.
Salieron dos mujeres de rebozo y me preguntaron, serias, si había visto a unas chamacas y para dónde habían agarrado.
Les señalé la esquina. A la izquierda.
Ninguna me dio las gracias. Una sacó una campana de entre el rebozo y la comenzó a tocar.
La gente salió despacio de las casas de paredes descascaradas y puertas viejas. Hombres, mujeres y ancianos. Sin decir nada, todos tomaron el mismo rumbo que señalé. ¿En qué se habrán metido esas chamacas? Yo también eché a andar detrás, nomás para no quedarme solo.
Caminábamos despacito. Se oía el arrastrar de los zapatos sobre las piedras y el viento metiéndose a las casas que habían dejado con las puertas abiertas.
A ratos me llegaba el aliento tibio de los que iban delante de mí.
No sé si olía a pan dulce o el hambre se me juntaba y me estaba haciendo alucinar.
Al fondo de la calle apareció la iglesia. La reconocí antes de verla entera. Ahí, frente a ese horrible lugar, mi mamá tenía una foto. La única donde salía mi abuela. La abrazaban ella y un cura calvo de barbas güeras el día de su primera comunión.
La iglesia estaba abierta. Adentro no había luz. Nos detuvimos todos frente a la puerta y salió el cura.
Era el mismo calvo de barba güera, el de la foto.
Levantó el brazo despacio y señaló hacia arriba. Todos alzamos la vista.
La torre tenía de fondo el cielo con su nube negra, y ahí estaban las dos muchachas que habían caído frente a mí, apretadas en un abrazo en el campanario.
Gritaron algo hacia abajo, pero el viento se llevó las palabras. Nomás alcancé a entender que decían “infierno”.
Se quedaron quietas un momento, como agarrando valor, y se dejaron caer. El golpe contra las piedras sonó seco y el susto me dobló las piernas. Nunca había visto un cuerpo quebrarse así.
La que cayó de cabeza se quedó bien quieta. La otra aterrizó encima y todavía movía los brazos, despacio, como abajo del agua, con los ojos abiertos. Los huesos le salían de la piel, pero en su cara ya no había dolor. Se movía como si buscara pararse y se le hubiera olvidado cómo.
Las dos mujeres de rebozo se acercaron primero a ellas, las revisaron sin tocarlas. Luego hicieron una seña para que dos hombres grandes con sombrero de campo las levantaran en brazos. Ligeras como muñecas de trapo.
Caminaron las señoras, caminaron ellos y detrás caminamos los demás. El pueblo se quedó vacío, como si ahí fuéramos todos.
Así seguimos un buen rato, todos en silencio. El cielo seguía igual de negro. No sabía si ya amanecía o si se estaba haciendo de noche. Pegaba el mismo viento. Y yo todavía me estaba muriendo de hambre.
Salimos del pueblo y el camino, que cada vez se hacía más chico, terminó en un risco. Los dos hombres con los cuerpos fueron los únicos que llegaron hasta él. Los demás nos quedamos atrás.
Ahí dejaron caer a las chamacas. Tardó en llegar el eco del golpe.
La masa de gente se movió y yo con ella.
Dejamos el risco y bajamos por un sendero angosto hasta llegar a la boca de una cueva. Chiquita, del tamaño de una madriguera.
Ahí dentro se oía agua correr y se veía un resplandor.
Las dos mujeres de rebozo se arrodillaron y luego el resto. Yo también. Sin saber por qué.
Comenzaron a rezar bajito, como cantando. Y yo también. Las voces de toda esa gente se hicieron una sola.
Reconocía las palabras, pero no sabía por qué.
Algo comenzó a moverse allá dentro, en la cueva, como si chapoteara en el agua.
Las dos mujeres extendieron los brazos para sacar algo: dos cuerpos desnudos y flacos. Dos muchachas. El agua les escurría por todos lados.
Las pararon y las dejaron ahí. Entonces se movieron despacio, como aprendiendo a caminar.
Eran las mismas caritas asustadas que casi me caían encima, las que habían saltado de la torre. Las que estaban en el barranco.
Las mujeres las cubrieron con los rebozos y se las llevaron. El pueblo entero las siguió.
Ya no pude ir detrás de ellos, aunque el cuerpo me pedía hacerlo. Regresé al risco a asomarme. Me tomó un buen rato encontrar por dónde bajar, pero quería ver.
Olía a tierra y lluvia. Y también a muertos.
Abajo, estaba toda la gente del pueblo, tan junta que ya no parecían cadáveres sino una sola cosa revuelta y muerta.
Encontré a las dos muchachas. Una seguía moviendo la mano con la mirada despierta, sin dolor. Vi la cabeza rota de la otra.
Estaban también las mujeres del rebozo, los hombres fuertes y otra cara familiar. Las manos, la ropa. En medio de la gente, al fondo del risco, estaba yo.
Salí arrastrándome por el barranco, regándome de miedo sobre el musgo.
Eché a correr al pueblo entre lágrimas y jadeos.
Cuando llegué, las calles volvían a estar vacías. Ya no se escuchaba nada. Las puertas viejas tenían seguro. Se habían guardado de nuevo todos.
Solo vi a un hombre caminando despacio. Miraba las casas como recordando, reconociendo, como si ya hubiera estado allí. Caminé hacia él, igualando el paso.
Apenas pude hacerlo. Alzó la mano, pero no le devolví el saludo. No sé por qué vine a dar a este maldito pueblo.