Nuestra muerte escondida El jardín de los recuerdos
83%

El jardín de los recuerdos

H abía reconstruido esa calle mil y una veces en mi memoria.

Ahora que estaba frente a ella parecía otra.

Los baldíos llenos de matorrales donde me escondía habían desaparecido para dar paso a los más monótonos edificios de departamentos.

La casa rosa de mis padrinos con paredes invadidas por bugambilias se había convertido en un estacionamiento lleno de coches que parecían tener años sin moverse de ahí.

No había risas de juego en las calles, ni siquiera dentro de las casas.

La tranquilidad de la calle empolvada le había dado paso a un tráfico aburrido y constante.

Una tienda de cadena en la esquina, igual a todas las demás, había acabado con las tienditas de abarrotes que se esparcían a lo largo de la calle años atrás.

Aquellas de las que me robaba dulces mientras sus dueños fingían no verme porque sabían que ya solo estábamos mi padre y yo, que nos iba mal y que no nos alcanzaba.

Nadie de la que fue mi gente seguía ahí. Habían muerto o habían dejado ese barrio para terminar en alguno a las afueras, donde todas las casas eran iguales. Donde no había patios, ni colores, ni tienditas de abarrotes.

Mi casa había cambiado tanto o más que yo con el paso de los años.

No sé cuántas familias vivieron después de nosotros en ella, pero parecía que habían pasado varias vidas y sus respectivas muertes.

El árbol al que me subía a llorar para esconderme de mi padre y del que tantas veces me caí había sido reemplazado por un jardín.

El espacio donde jugué a la pelota con él, la única vez que lo convencí de hacerlo, se había convertido en una cochera.

Mis recuerdos ya no vivían ahí por más que intentara reconocerlos.

Que cambien la casa donde creciste es peor a que la derrumben para construir algo nuevo en su lugar.

Caminé por el resto de la calle porque ahí ya no había nada que extrañar.

Unos pasos adelante vi que a la casa de Felipe le habían arrancado esos árboles que le daban sombra y que habían estado ahí antes que el mismo barrio.

Los habían cortado todos para dejar un rectángulo estéril de césped artificial.

No sabría decir cuántas horas pasé bajo esos árboles jugando en los túneles que Felipe había construido para nuestros carritos, tampoco cuándo dejé de ir o qué pasó con él.

Tal vez se fue sin despedirse como hacían las familias que vivían en la calle de entonces, como eventualmente hicimos nosotros también.

Me pregunto qué habrán pensado cuando me fui… o si me olvidaron. Cuándo se deshicieron todos los túneles que con tanto cuidado había cavado Felipe. Nunca lo extrañé realmente.

No voy a mentir, también había algunas casas que tenían tan poca personalidad que parecían viejas y no recordaba que existieran.

Qué mala suerte que sobrevivieran las que no representaban nada en mis recuerdos.

Esas eran las que debieron haber tirado para hacer edificios de depar tamentos y estacionamientos donde la gente olvidaba sus carros.

Seguí caminando. Llegué hasta el final de la calle, con un interés casi subliminal, hasta la casa de los Jacobo, familia bastante discreta, con poco contacto con los demás.

El más pequeño, Gabriel, había compartido conmigo algún juego en la calle, la única vez en que lo dejaron salir con nosotros, la noche del cometa.

Todos en la calle salieron a verlo, entonces los niños aprovechamos para entrar en las grandes casas a medio construir, que eran perfectas para escondernos.

Gabriel nos vio desde su patio lleno de árboles de durazno y lo invitamos a unirse a nosotros.

Sin decir nada, salió. Se escondió con nosotros, corrió por la calle y jugó, aunque siempre con su cara seria, de señor, idéntica a la de sus hermanos.

Su casa permanecía igual. Lejos de todas las demás, rodeada de ese enorme patio atiborrado de árboles de durazno que, recordaban los ancianos del barrio, siempre había estado ahí al igual que los Jacobo.

Los duraznos no habían cambiado, parecían los mismos, aunque según sé, no viven mucho tiempo y los que yo conocí en mi infancia ya debían haber muerto. Pero se veían igual o quizá la memoria ya me fallaba.

Junto a mis amigos alguna vez habíamos ido de vuelta hasta allá a gritar, a pedirle a Gabriel que saliera para completar un equipo y enfrentar a los de la otra calle, pero nos dijo con su cara seria que no sabía jugar y que, además, él no salía. Que solo había sido una vez.

Nunca lo volvimos a intentar.

Mientras recorría el jardín desde la entrada, intentando entender esos árboles, vi movimiento en la casa: alguien se asomó por la ventana.

Saludé intentando parecer inofensivo y amigable, esperando que alguien saliera para explicarle que solo miraba por curiosidad y nostalgia, pues había conocido a un niño que había vivido en esa casa mucho tiempo atrás.

Y que los árboles parecían los mismos. Y quizás le preguntaría si lo eran y qué había sido de la familia que recordaba.

Era el único lugar de la calle donde me sobrevivían recuerdos y donde todo parecía permanecer exactamente igual.

Extrañamente igual. Esa casa y esos árboles que siempre fueron de otro tiempo.

La puerta se abrió y alguien salió de ahí. Cruzó el jardín para llegar hasta la reja que daba a la calle. Gabriel.

Lo reconocí con la certeza absurda con la que sentimos que reconocemos en sueños algo que nunca hemos visto antes. Era él, exactamente igual a la última vez que lo vi, poco después de la noche del cometa, cuando lo necesitábamos y nos dijo que no podía salir.

Antes de saber qué decirle, él habló. Con la tranquilidad de siempre, me llamó por mi nombre y me preguntó qué hacía ahí, por qué había vuelto.

Le respondí, nervioso, que solo buscaba a ver si todavía me quedaba por ahí, en algún lugar de esa calle, un recuerdo.

No me atreví a preguntarle nada de lo que no sabía, pues quería tener una respuesta, ni a pedir ninguna explicación.

Sus hermanos mayores se asomaron a la puerta. Sus padres también. Ninguno de ellos había cambiado, todos parecían estar atrapados en el tiempo.

Gabriel abrió la reja y me preguntó si quería pasar. No estaba seguro, pero acepté. Nunca había estado ahí, del otro lado de la cerca, entre los duraznos que siempre parecían recién regados, hasta en las tardes de calor. Las gotas caían despacio de las flores. Olía a tierra mojada.

Gabriel me tomó de la mano y me condujo hacia la casa. Cada paso que daba se sentía valioso y crucial, como si estuvieran contados. Podía sentir la humedad de la tierra en las plantas de los pies como si fuera descalzo.

Volteé hacia la calle en que crecí. Desde ahí se parecía más a aquella que yo recordaba. Me sentí tan pequeño como Gabriel. No sabía si era un niño de nuevo o si simplemente tenía miedo.

Entré a la casa de los Jacobo sabiendo que no habría de salir.