Nuestra muerte escondida La leyenda de los hermanos Verdugo
78%

La leyenda de los hermanos Verdugo

E zequiel y Genaro Verdugo vivieron toda su vida en una hacienda tan grande que mantenía a todo el pueblo. La mitad de los hombres trabajaba ahí y la otra vivía de venderles a ellos.

Nacieron en el mismo parto, pero eran tan diferentes que ni siquiera parecían hermanos.

Se odiaron siempre y nunca supieron por qué.

Los dos se echaban la culpa de haber matado a su madre, aunque nunca supieron bien a bien cuál fue el que nació primero y cuál el que la destrozó por dentro.

Su padre nunca les dijo, se murió muy pronto también, como si no hubiera querido contarles.

Sus vidas tuvieron caminos distintos, pero destinos similares, como todo en ellos, hasta el final.

Ezequiel se fue a la capital cuando era joven, en sus veintes. Cuentan que le fue muy mal. Que se enamoró por allá, pero no dejaron que le correspondieran, porque por más dinero que tuviera, no dejaba de ser dinero de pueblo. Así nos ven a los que nacemos acá.

Volvió a su hacienda odiando el mundo y solo se dedicó a trabajar.

Rara vez se alejó de ella desde entonces.

Se le vio en algunas fiestas del pueblo nomás, porque ya no salía; hasta la misa la tomaba en la capilla que mandó ha cer allá en su hacienda, donde llegaba el cura a la hora que él le indicaba.

El otro hermano, Genaro, se intentó buscar una vida distinta.

Se casó a los treinta y tres años con Altagracia Berlanga, su tía segunda y la mujer más bella que, decía mi mamá, había nacido en este pueblo.

Tuvieron un hijo al que también llamaron Genaro y salieron a conocer el mundo.

La vida, sin embargo, no es feliz para siempre, ni siquiera para los ricos, si no, qué chiste tendría: el mar bravo del Pacífico se tragó al hijo y nunca más volvieron a verlo.

La pobrecita Altagracia murió de tristeza exactamente un año después, en esa misma playa, la que se negó a abandonar hasta el día de su muerte. Genaro regresó a la hacienda odiando el mundo, como su hermano, con la misma intención de quedarse.

Los dos volvieron a este lugar, como si fuera el vientre materno que los mantendría seguros, y sin querer se reunieron de nuevo para volver a odiarse. De cerca, como se deben odiar los hermanos.

Se turnaron los siguientes veinticuatro años la alcaldía del pueblo, aunque cuando dejaban el cargo, seguían mandando. Ahí gobernaba el dinero.

El odio mutuo era tan grande que, al sentirse viejos, compartían un miedo profundo a morir primero y dejar en manos del otro la hacienda y el pueblo. Eso era algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a tolerar.

La madrugada del 12 de diciembre le llevaron mañanitas a la Virgen de Guadalupe. Por supuesto, primero a la imagen de su capilla, una figura cara de tamaño real que mandaron traer desde la Ciudad de México. La tez de esta Virgen era más blanca y la ropa, elegante, a petición de Ezequiel.

Cuando terminaron ahí, los cuatro mariachis se fueron corriendo a cantarle a la Virgen de la iglesia del pueblo.

Era donde estaban todos, pero ahí nadie les podía pagar.

El cura se quedó en la hacienda y bebió el tequila de quince años de los Verdugo hasta que se quedó dormido.

Ezequiel permaneció en la cantina junto a su sala, con el sacerdote.

Genaro hacía rato que se había ido a acostar.

Esa noche fue distinta. Tal vez por la tormenta que estaba a punto de llegar, los dos hermanos sintieron que les quedaba poco tiempo, aunque ninguno se atrevía a ser el primero en actuar.

Ezequiel tomó la botella de entre las manos del cura. Le dio un trago largo. Sentía que el diablo andaba cerca, en la hacienda, aunque fuera el cumpleaños de la virgen en la que él tanto creía.

Dicen que fue el mismísimo diablo el que le habló al oído y lo convenció.

Le preguntó por qué tendría que dejarle todo a Genaro, ese animal que había matado a su madre.

A ese que nunca le importó nada. El que dejó la hacienda para conocer el mundo mientras él la trabajaba, el que solo volvió cuando ya no tenía nada más.

No, lo justo era que fuera él el único dueño, el legítimo hermano mayor.

Al otro también se lo debió haber tragado el mar.

Tenía ya mucho tequila en la sangre, quizás por eso se dio valor.

Aún quedaban peones en la fogata. Salió y los mandó a dormir de mal modo, para que se apuraran, porque solo entendían así.

Entonces vio el hacha que habían dejado clavada en un trozo de leña.

La tomó en cuanto se fueron. Tan filosa y pesada que tenía que servir.

Volvió a la casa grande. El cura seguía roncando fuerte en el sillón.

Ezequiel caminó muy despacio hasta la habitación de Genaro, abrió la puerta y lo vio.

Bien dormido. Cómo lo odiaba al desgraciado.

Cualquier duda que hubiera tenido sobre cómo debía actuar se esfumó al verlo dormir así, gordo y molesto como era, con la boca abierta y roncando como animal.

Aún le quedaba fuerza. Aún acostumbraba cortar su leña.

Reunió todo el odio en un solo hachazo, a la altura de la boca abierta.

Voló sangre y volaron dientes. Luego dio uno más, de puro gusto.

Se preguntó si su hermano habría tenido tiempo de despertar, de verlo por un instante, de pensar, de darse cuenta que había sido él, con el que había compartido el vientre y había ganado al final.

Volvió a la sala con sangre en la cara. La lluvia que caía todos los 12 de diciembre llegó y despertó al cura que, como siempre también, se disculpó poco sincero por su forma de beber.

Ezequiel le pidió que se quedara. La lluvia se hizo tormenta de repente y las velas de la hacienda se volvieron insuficientes para ver bien. Ezequiel tenía mucho por hacer y el padre le debía tantas cosas que tendría que ayudarlo.

Primero, le contó con todo detalle lo que había hecho, a sabiendas de que el cura no podía violar el secreto de confesión.

Cuando terminó, le ordenó que le concediera el perdón, sin penitencia, por supuesto, porque no había tiempo que perder en detalles.

El cura aceptó todo y solo opuso resistencia cuando Ezequiel le dijo que, además, tendría que ayudarle a enterrar el cadáver.

Le explicó que secreto de confesión o no, si no le ayudaba diría que había sido su cómplice, y si el pueblo odiaba menos a uno de los dos hermanos, ese era Genaro. Y entonces ahí lo lincharían, como él mismo les había enseñado. Quién sabe qué podría hacer ese pueblo tan bravo en venganza.

Lo envió al cuarto, a suplicar por el descanso eterno de Genaro. A fin de cuentas, era su hermano, eso no iba a negarle. Le advirtió que lo que iba a encontrarse no sería agradable.

Ezequiel salió para cavar una fosa apenas lo suficientemente grande. Pensó en lo que diría o en si acaso tendría que dar una explicación a alguien. Habría quien no creyera que Genaro simplemente se había ido de viaje sin avisarle a nadie, pero en realidad eso no era tan relevante.

Terminó de cavar. La lluvia había mojado la tierra y había hecho más fácil la tarea.

Entró a la casa grande y se dio cuenta de que el desgraciado cura no estaba por ningún lado. Revisó cuarto por cuarto, cada rincón, pero se había esfumado.

No podría haber salido sin que se diera cuenta, a menos que hubiera corrido entre los campos. Además, no había razón para que escapara si sabía que siempre podría encontrarlo.

Se resignó, tendría que continuar solo. Como siempre, no podía confiar en nadie más.

Al entrar a la habitación, notó que el cuerpo de Genaro parecía haberse movido.

Estaba acostado de lado, dando la espalda a la puerta, de frente hacia la pared.

Pensó que quizás había sido el cura al intentar levantarlo.

Seguro no había podido con ello al mancharse las manos de sangre.

La Iglesia debió haberlo preparado para eso.

Sin embargo, había otro detalle más que empezaba a preocuparle: la cabeza, o más bien el trozo de ella que había cortado de la boca hacia arriba. No estaba por ningún lado.

Eso sí lo metía en problemas. Si el padre traidor se lo había llevado para luego pedirle algo a cambio, podía cos tarle perder la apuesta a la que había decidido arriesgarse. Podía perderlo todo. Genaro tenía amigos que podrían interesarse, como el padre de Altagracia.

Si todo se complicaba, sería dejar que Genaro ganara desde la muerte.

Volvió a recorrer la hacienda en penumbras.

El viento de las puertas abiertas había ido apagando las velas.

Paso a paso, iba llamando al cura. Ordenándole salir de donde estuviera escondido.

No era momento de hacerse el valiente, ni mucho menos el honrado.

Se conocían lo suficiente ya. Sabían sus secretos. Pero nadie respondió.

Los relámpagos iluminaban de cuando en cuando la casa grande, dejándole ver que, en efecto, estaba vacía.

Volvió a la habitación de Genaro. No podía dejar pasar más tiempo, al menos tenía que deshacerse del cuerpo.

Otra vez se había movido. Ahora, el Genaro sin cabeza estaba acostado en dirección a la puerta. Como si lo estuviera esperando. No tuvo tiempo de asustarse. De pronto, creyó escuchar algo afuera. En la puerta. Tal vez regresaba el padre.

Se asomó a los campos y no vio a nadie. Cruzó la casa corriendo y se asomó hacia la fosa que acababa de cavar. Tampoco.

Los pasos de alguien corriendo a sus espaldas lo hicieron enfurecer. No era momento para bromas del padre.

Sabía que había alguien escondiéndose en la penumbra, pero no podía identificar dónde.

Regresó a la habitación para llevar el cuerpo a la fosa de una vez por todas, pero en la cama ya solo había sangre. Una mancha enorme. El cadáver había desaparecido.

Genaro era tan corpulento y gordo que no podría haberlo movido el padre o cualquier persona solo. No sin dificultades. No sin que se hubiera dado cuenta. Un relámpago iluminó la casa por un instante.

Ezequiel vio el cuerpo caminando por la sala. Como si buscara a tientas a alguien. No podía ser. Ni matándolo se había librado de él.

Por primera vez en su vida, aceptó tenerle miedo a su hermano, o a lo que fuera eso que caminaba en la oscuridad.

Entró a la habitación y se escondió en el armario.

Escuchaba cómo ese Genaro tropezaba con todo.

Lo escuchó acercarse al pasillo y cómo se detuvo en la puerta.

Después de un momento, siguió de largo. Pensó cuánto tiempo tendría que esperar, y de nuevo se preguntó en dónde estaría el padre.

Sería de mucha ayuda que siguiera vivo, al menos como distracción, porque si Genaro se lo encontraba y lo confundía con él, quizás tendría tiempo de salir de ahí y correr más allá de los campos.

Ir a pedir ayuda en las chozas de sus campesinos.

Quizás tan solo habría que esperar, aguantar ahí escondido, pero otro relámpago le mostró algo que no había visto antes. Debajo de la cama, lo miraba la cabeza de Genaro. Con los ojos abiertos y furiosos, moviendo desesperado los dientes como si quisiera llamar al resto de su cuerpo.

La otra parte de Genaro entró corriendo torpe y violento por la puerta. Con sus manos rompió las puertas del armario.

La sangre que brotaba de esa media cabeza le llenó los ojos. Ezequiel despertó dentro de la fosa que había cavado. Sobre él estaba el cuerpo incompleto de Genaro y a su lado la cabeza, ahora serena, ya con los ojos cerrados, como si estuviera descansando.

No podía moverse. La lluvia llenaba la fosa con el amanecer. Ezequiel sentía que el agua comenzaba a cubrirle la boca. Tenía que estirar el cuello con todas sus fuerzas hacia arriba para lograr respirar, aunque fuera un poco. Las manos sin vida de su hermano aprisionaban sus brazos.

Frente al cielo nublado de la mañana aparecieron las siluetas de dos trabajadores. Observaron a los dos hermanos.

Como siempre, tendrían que ser ellos los que hicieran el trabajo sucio. Los hermanos se odiaban, pero no contaron nunca con que los odiaba más el pueblo.

Los peones llenaron de tierra la fosa. Ezequiel, con agua y lodo entrándole por la boca, no tuvo tiempo de protestar. Del cura nunca se supo más. Los trabajadores ocuparon la hacienda y los campos. Lo que se cuenta de los hermanos Verdugo ya solo es una leyenda.