Nuestra muerte escondida Edificio Studebeker
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Edificio Studebeker

S e alzaba en la calle más sombría y abandonada del centro de la ciudad.

En algún momento fue elegante; ahora, en ruinas, se había vuelto el refugio de los maleantes de la zona y de gente como yo, que con tal de pagar algo asequible en kilómetros a la redonda, se atrevía a alquilar ahí y convivir con ellos.

Los fantasmas eran otra cosa. Fueron muy honestos al respecto desde que pregunté por él.

Había en todos los departamentos, en todos los pasillos, en el sótano, en la azotea y en los armarios de limpieza.

El mío, me aclararon, el del departamento que me interesaba, era más bien tímido y no tendría por qué preocuparme.

Me comentaron que, si me molestaba verlo, dejara las puertas cerradas de noche y él buscaría un lugar oscuro donde quedarse.

Debió haber sido un jovencito cuando murió, muy delgado. Seguramente no había cumplido los veinte años. Si es que un fantasma se ve como al momento de su muerte, claro. Eso no lo sé. Permanecía en la oscuridad, como para no molestarme. Encorvado, con las manos en un puño frente al pecho.

Lo llamé Bernardo, aunque los fantasmas ya no tenían nombre.

Intentaba hablarle, pero no de más, porque me ha bían advertido que no debía confundirlo ni tratarlo como a un vivo.

Que, como a los perros, hay que quererlos tanto como recordarles siempre que son perros; así había que dejarle claro a los muertos que muertos estaban.

Nunca pude acostumbrarme a despertar en medio de la noche y encontrármelo viendo hacia afuera. En cuanto se daba cuenta de mi mirada, volvía a refugiarse en las sombras, en la esquina de mi cuarto. Como si fuera él el que temiera.

Me preguntaba qué era lo que le interesaba del exterior.

Hasta dónde lograba distinguir. Si había muerto ahí, quizás en ese mismo cuarto, o si lo que buscaba en la ventana era su casa.

Tal vez una de esas luces lejanas iluminaba su hogar, la escuela a la que asistía.

O quizás miraba esa franja de la calle alumbrada por una farola a un par de cuadras; a lo mejor por ahí caminaba cuando iba en busca de la chica a la que amaba.

Cada noche yo también lo observaba, imaginando las vidas que vivió. Ninguna era cierta y a la vez todas eran posibilidades reales. Un universo de ellas.

Una noche regresé tarde, ya estaba cerca de la entrada del edificio y, buscando a Bernardo en el marco, vi que no era el único que se asomaba.

¿Qué veían los muertos? ¿La vida pasada, la deseada, la que pudo haber sido?

Casi había uno en cada habitación; incluso vi unos niños.

No sabía si eran hermanos, si habían muerto juntos o si ahí se habían encontrado.

Mi única certeza era que vivos no estaban.

Mirar hacia el Edificio Studebeker al acercarme de noche era lo mismo que ver las luces de la ciudad desde mi ventana. Imaginaba sus historias. Debían tener una, pero nadie sabía por qué estaban ahí.

Me olvidé de la gente mala que compartía el edificio conmigo, y también de la buena. Me interesaba más recorrer los pasillos que no eran míos y asomarme cuando alguien dejaba una puerta abierta. Ver sus fantasmas.

En el departamento de al lado, vivía Violeta, una chica que trabajaba de noche y que llevaba hombres a su cama.

Una vez, al llegar, me la encontré bajando las escaleras junto a uno de ellos y al subir vi su puerta abierta.

Me atreví a asomarme a su departamento: era igual al mío, pero al mismo tiempo tan diferente.

Donde yo tenía una lámpara ella puso una estantería enana llena de libros, acomodados, no ordenados, de la única forma que podían caber.

Sobre ella, las columnas se alzaban hasta el techo.

Luego, donde yo tenía mi mesa individual, ella había colocado un mueble con discos de vinilo, decenas de ellos, y sobre él, en una pared que yo mantenía limpia, ella había colgado afiches de películas viejas, en blanco y negro, como las que veían mis papás.

Lo único similar era que nuestros fantasmas se escondían en el mismo rincón: la puerta de la cocina, con la luz apagada. El suyo se asomaba tímido, como si también me viera con curiosidad. Era una anciana del tamaño de un niño, tan menuda como un recuerdo.

Violeta me fascinaba, y me preguntaba si ella conocía a su fantasma, si trataba a la anciana como yo a Bernardo.

Solo ponía música cuando la visitaba Alejo, con nadie más.

Y siempre era la misma canción: “A tu recuerdo”, de Los Ángeles Negros.

Yo estaba enamorada de las posibilidades infinitas; Violeta, de otro tiempo. Y de Alejo, creo yo.

La noche que escuché el tiro al otro lado de mi pared y salí al pasillo para ver a Alejo correr con una bolsa entre los brazos, el departamento de Violeta se mostraba otra vez con la puerta abierta, como una herida.

Una mancha se formaba y acompañaba su cuerpo.

Vi su pelo corto y ne gro por primera vez, sin el refugio de su peluca rubia.

El fantasma de la anciana se asomaba asustado desde el lugar de siempre y se escuchaba la misma canción de fondo.

A partir de entonces, en el departamento vacío de Violeta comenzaba ocasionalmente la canción. Me preguntaba si ella seguía habitándolo o si su fantasma la recordaba. ¿Ellos se acordaban de nosotros cuando ya no estábamos?

El día que vaciaron su departamento robé el disco de Los Ángeles Negros y un libro, El principio del placer .

Los acomodé en un lugar de mi casa que imitaba ese rincón de Violeta.

No soportaba la idea de que volviera y no se sintiera en casa.

Quizás se asomaría a mi departamento, conviviría con Bernardo y encontraría ese sitio.

Era lo menos que podía hacer por ella. Yo ya no temía al llegar a casa.

No me sentía sola, ni tenía miedo, ni me daba vergüenza que Bernardo me viera llorar. Era parte de mi hogar. Fundamental.

No sé cómo nacen ni mueren los fantasmas. Ese 16 de junio volví a casa y no lo encontré. No se había asomado, ni lo descubrí escondido en los rincones cuando por fin entré. Me aterró su ausencia.

Lloré como si me hubieran arrancado la mitad del cuerpo. Me daba miedo la oscuridad. Odiaba aproximarme al edificio sin la aparición de su silueta.

¿Acaso yo había hecho algo mal o finalmente había reconocido su casa a la distancia? ¿La calle donde murió? ¿La luz bajo la que había besado?

La última noche puse la canción de Violeta y me asomé a la ventana como un fantasma.