Nuestra muerte escondida Nahuales
67%

Nahuales

L e ha dado por venir todas las noches, ya hasta se deja ver.

Antes aullaba y gruñía de lejos, detrás de los matorrales.

Pero cada vez se acerca más. Parece un lobo grande que anda en dos patas, más alto que la gente de por aquí.

Y eso que somos altos. Pero no es eso, ni un perro, ni parece un animal.

La otra vez me despertaron los perros ladrando más desesperados que de costumbre.

Me asomé. Ahora andaba más cerca. Cuando llegó, desatrancó el seguro de la puerta de madera con sus manos como de gente.

Les enseñó los dientes a los perros, que salieron corriendo como locos y ya no volvieron.

Días después me los encontré en el pueblo, todos flacos. Les hablé, pero al verme nomás huyeron.

Eso que ronda cada vez se acerca más. Pensé que buscaba al Telésforo, ese chivo pinto que compré hace dos años para dejarlo crecer y hacerlo birria en los cinco años de la Matilde, mi hija la más chica.

Solo que como llegó desde pequeño y era juguetón —luego se quedaba oliendo las flores—, se encariñaron todas con él y no me dejaron sacrificarlo.

Y ahí andaba el Telésforo, correteando con los perros.

Por eso, un día aproveché cuando andaban fuera, se habían ido todas a la misa de muertos de doña Eulalia.

Pero regresaron temprano. Me encontraron despellejando al chivo y las chamacas lloraron. La Matilde me dejó de hablar por días. Y eso que no escucharon cómo chilló el pobre Telésforo, porque yo no sé cómo matarlos para que no sufran.

Su muerte al menos sirvió para que tuviéramos qué comer. Pero el lobo ese no dejó de venir, aunque ya no hubiera chivo ni perros.

Estoy cansado. Todos los días me salgo desde el amanecer para agarrar trabajo, pero no hay por ningún lado. Hace dos meses que se acabó la siembra y me dijeron que ya no me iban a ocupar. Encima el lobo ese ni me deja dormir. No me he animado a contarles en casa, ¿para qué preocuparlas?

Me he recorrido todo el pueblo, y el que sigue, y el otro. Nada más nadie sabe de un trabajo, ni de algo que les haga en casa ni un terreno que les limpie. Todos están en las mismas.

Llegaba molido a la casa. Del cuerpo y de tanto pensar. De tanto mortificarme se me cansa también la cabeza.

En una de esas caminatas me encontré al Manco, un amigo mío desde chamaco que se fue al ejército apenas cumplió los dieciocho. Luego supimos que algo le pasó allá, que se volvió loco y lo dieron de baja, y en lugar de regresarse con su papá, se fue con la maña.

Me dio vergüenza verlo así, él con sus dientes de oro y yo pidiendo trabajo. Me dijo que si le ayudaba, ya nunca andaría corto.

Le dije que no, pero sí le acepté prestado, nomás. No quiero terminar como todos los que aquí se meten en eso. Como el mismo Manco, que cuando recién volvió, lo buscaron en su casa y le mataron a la esposa, a la mamá, a la suegra y hasta a los perros. Ese día se libró porque él no estaba.

También dicen que lo dejaron manco por hacerle mal las cuentas al patrón. Andaba por ahí como si nada, saludando a la gente del pueblo con su sonrisa dorada. Y todos le regresaban el saludo con miedo, porque decían que ya se había muerto, nomás que él todavía no lo sabía.

Lo que me dio alcanzó para seguir guardando el secreto y no quedarnos tantos días sin comer. También eso le agradecí al Telésforo. Todavía me dolía cómo me había mirado mientras lo mataba, con esos ojitos tristes de traición.

Hoy el lobo ese andaba entre la ropa tendida. Nunca se había acercado tanto.

Abrí la puerta para espantarlo, como otras veces; para aventarle piedras y verlo correr hacia los árboles. Pero no, ahora no se fue.

Una sí le dio, aunque ni le hizo nada. Al contrario, se acercó más.

Me dejó verlo como nunca antes.

De cerca se veía más alto. Tenía una cabezota, no de perro ni de lobo, grande, como de vaca. Los colmillos apenas le dejaban cerrar la boca y tenía ojos de hombre. No distinguí si lo que traía era rabia o también tristeza.

Si se me echara encima, no sé cuánto tiempo podría darle lucha, ni si podría ayudarles a ganar tiempo a ellas en lo que corren, o se esconden, o se ponen a salvo.

A lo mejor sería bueno que entrara y nos matara. Irnos todos juntos y que nadie se quedara solo. Y así ya ni la pena del trabajo, ni el hambre, ni la criatura.

Ya no puedo, estoy cansado.

Estuve a punto de dejarlo entrar y, como si lo entendiera, se echó a correr en dos patas, entre el tendedero, y luego se lo comió la oscuridad.

La Matilde se despertó y me preguntó qué hacía afuera. Le dije que cuidando del monstruo. Y ella me contestó que no, que me metiera, que solo estaba yo.

Se regresó a la cama y se durmió en un instante. Roncaba, despacito como le hace ella.

Cuando amaneció agarré camino a los otros pueblos. Eso tocaba, aunque no encontrara nada. Ya nadie trabaja en el campo y es para lo que soy bueno.

Si salía un poco antes de la luz, me podía seguir escondiendo del Manco.

El resto de la noche me daba miedo. El silencio de verlas dormidas. Sentirlas en un mundo lejano.

Tengo miedo y estoy cansado. Pero quiero que duerman tranquilas. No puedo contarles nada.