Nuestra muerte escondida
H acía tiempo que la casa de los Fernández parecía abandonada. Contrastaba con el resto de esa calle de viejos tan viva. Me gustaba porque ahí los niños que los visitaban aún jugaban futbol con porterías de piedras y las viudas se reunían en casa de doña Augusta para compartir el chisme.
A la casa de los Fernández llegó la noticia de que se les había muerto el hijo. Se les vio poco, por no decir nunca más, y las plantas se murieron entre la hierba que creció para esconderlo todo.
Pensaba en la vida triste que llevaban ahí dentro.
Era inevitable si pasaba de frente. Hay quien pregunta si hace ruido un árbol que cae en el bosque cuando nadie lo escucha, y yo me preguntaba si los Fernández seguirían vivos si ya no había nadie que los recordara.
Con el desinterés había comenzado otra clase de muerte.
El domingo salí al mercado. Hacía tiempo que no lo visitaba. Me sorprendió encontrarme ahí a la señora Fernández muy arreglada, con una bolsa llena de frutas y una canasta repleta de flores.
La saludé con mucho gusto y con genuino interés le pregunté qué celebraba. Me respondió que preparaba una cena especial y, en voz baja, luego de voltear a todos lados, me dijo que sería una cena para tres.
Pregunté quién era la visita y la vi dudando en contarme.
Sin aguantarse la sonrisa, me respondió en secreto, al oído, que su hijo había vuelto.
Intenté que no se me asomara la lástima, pero fue inevitable.
Finalmente, los pobres habían perdido la razón.
No solamente por esa muerte, de hace ya casi un año, sino por la tristeza de ese hijo que los había dejado de visitar mucho tiempo atrás.
La señora tomó mi rostro entre sus manos, como queriendo sacudirme la lástima, y muy formalmente me pidió que me sumara.
Acepté, aunque no pensaba presentarme. Sin embargo, al llegar la tarde volví a pensar en aquellos viejos, solos, en su casa muerta. Decidí acompañarlos.
Había visto a la señora Fernández arreglada de sobremanera desde temprano, así que busqué una camisa y un saco para darle la misma importancia que ellos a la cena. La verdad me preocupaba por ellos, pero al mismo tiempo no soportaba la curiosidad.
Caminé por esa calle tan viva como siempre.
La pelota rodaba y detrás corrían los gritos alegres.
De la casa de doña Augusta estallaban las carcajadas que alborotaban a los periquitos australianos que tenía en enormes jaulas.
Y enfrente se alzaba, aparentemente lejos de todo, la casa de los Fernández.
Entré a su patio con largas zancadas entre la hierba, y al acercarme, los escuché dentro charlando muy animados. Me atreví a asomarme por el ventanal del costado antes de timbrar.
Estaban sentados a la mesa. En la cabecera había alguien más, dándome la espalda.
Su ropa llena de tierra le quedaba grande, como si no tuviera de dónde sostenerse.
La nuca mostraba apenas algunos mechones de cabello.
La piel tenía un aspecto de cuero marrón y se pegaba al hueso de unas manos inmóviles.
Me llegó el olor de golpe y me fui de espaldas a punto de caerme entre los rosales secos. Los señores Fernández voltearon y sonrieron al verme. Me hicieron señas de que me acercara a la puerta.
El miedo hizo que perdiera el control de mi cuerpo, y sin saber qué hacer, mis pasos se dirigieron hacia donde me indicaron.
Los viejos me abrazaron al verme y me invitaron a pasar.
Al señor Fernández se le enrojecían las mejillas llenas de vida.
Empecé a temer por su cordura y con el estómago revuelto de solo pensar en su respuesta, les pregunté qué habían hecho.
Respondieron que ellos no habían hecho nada y les exigí la verdad a gritos. El olor a muerte llenaba la casa y no podía dejar de ver la luz que atravesaba la puerta del comedor desde medio pasillo.
“Puras oraciones, puras oraciones”, dijo la señora Fernández.
Emocionada, contaba que la noche anterior habían escuchado que alguien merodeaba entre la hierba del patio.
Entonces, detrás del cristal, lo vieron.
Su hijo, como recién salido de la tumba, arrastró los pies hasta la puerta e intentó abrirla.
Los dos viejos, llorando de felicidad, se apresuraron, por supuesto.
Ahí estaba, como en tantos sueños. El hijo que solo muerto volvió.
Me rehusaba a creer su relato.
Les pregunté si había vuelto de la muerte solo gracias a sus oraciones, como un acto de Dios.
Los dos se miraron entre sí, sonriendo, sorprendidos de mi ignorancia.
“¿De Dios?”, dijeron entre risas. “Dios no responde”.
El señor me sostenía en pie, la señora cerraba detrás de mí la puerta.
El jugueteo, las risas, el canto de las aves se disiparon.
La señora Fernández llamó a su hijo por su nombre. Escuché la silla del comedor arrastrarse, luego los pasos de alguien caminando con dificultad. Una sombra se dibujó en el comedor, entrando al pasillo. Una mano muerta se asomó por el marco.
La reconocí.