La casa de los distintos
La playa que estaba detrás era la más blanca y hermosa del pueblo, pero ya nadie se atrevía a visitarla. Los únicos que se paseaban en ella eran los cerdos que se les escapaban del chiquero escondido en su pedacito de selva.
Cuando veía de lejos esa casona, ese rincón donde vivían, de pronto pensaba que algún día el pueblo moriría e inevitablemente se cubriría de nuevo de enredaderas. Y que ahí empezaría. Como si fuera una herida abierta. Como si ahí estuviera ya nuestra muerte escondida.
Yo nunca supe cuántos eran, ni cuánto llevaban ahí. Tampoco lo sabían mis padres ni mis abuelos. Hacía mucho tiempo que el pueblo había dejado de entenderlos. No quedaba nadie vivo que recordara si alguna vez habían sido parte de nosotros.
De día no se acercaban. Eso nunca cambió. Yo recuerdo que, al crecer, me aterraba escucharlos recorrer las calles de noche y dejar sus huellas deformes y gigantescas en la arena. Pero ahora había quien los correteaba con palos y piedras.
No se podía distinguir bien entre los machos y las hembras, pero a las crías sí.
Eran alargadas, curiosas. Se acercaban más.
Se asomaban por las ventanas como queriendo descubrir a estos seres extraños que éramos nosotros.
Se escondían en la noche, en el silencio, porque, a ellas, los perros no les ladraban.
Yo los escuchaba en ese insomnio que me provocaba saber que estaban cerca, pero prefería echar todos los seguros, correr las cortinas y olvidarme de ellos.
Nunca nos habían hecho daño, pero por alguna razón me aterraba imaginarlos recorriendo nuestras calles, rodeando nuestras casas, husmeando en nuestros secretos, tocando con asombro nuestras cosas.
Los niños que los seguían y los adultos que se atrevían a asomarse decían que era difícil verlos. Que solo era posible en las noches de luna, porque se reflejaba en sus ojos.
No hablaban como nosotros. No sé si alguna vez pudieron hacerlo.
Se comunicaban con jadeos, sonidos cortos y gruñidos como de bestias.
Pero eran listos. Demasiado. Cuando se sentían en peligro, una sola voz los hacía volver a todos a su pedazo de selva.
Otras veces parecían responderse desde distintos puntos del pueblo.
A veces los ruidos terminaban en el mar; otras, entre lo profundo de los árboles.
Éramos más los que temíamos, pero a algunas personas no les molestaba su cercanía, como a Sabina, la anciana que vivía en la casa de al lado.
No cerraba las cortinas ni atrancaba la puerta.
No le preocupaba que la vieran. Había otros que simplemente los odiaban, como Cirilo, que había propuesto varias veces averiguar cómo echarlos del pueblo.
Devolverlos al monte, tomar sus cerdos, su casa y volver a bañarnos en esa playa, como contaban que hacían los abuelos.
Cirilo no era malo, pero era el que tenía más miedo.
Aquella noche negra de luna nueva, nos recogimos temprano. Los habíamos escuchado andar entre las ramas, cerca.
Repetí mi ritual: cerré con cuidado las puertas, aseguré las ventanas, enganché las esquinas de mis cortinas para que nadie pudiera asomarse y apagué mi vela para que la luz no se colara por las orillas de las puertas. No quería darles una tentación.
Se hacía tarde. Ya me estaba ganando el sueño cuando escuché abrirse de golpe la puerta de Sabina. Luego pasos en la madera, movimientos bruscos de los muebles, como si movieran armarios pesados con esa fuerza bruta que tenían.
Sabina era una mujer mayor, menuda, indefensa. Recorrían con violencia su casa, pero no tenía el valor de abrir mi ventana para descubrir qué sucedía. Era mejor no ver, poner en duda lo que pasaba, pensar que a lo mejor la anciana lograría escapar.
Los ruidos siguieron gran parte de la noche y luego, con la misma rapidez con la que llegaron, se fueron. Aun así, esperé junto a mi puerta los primeros rayos de sol para ir a buscarla.
Su casa estaba hecha pedazos. Parecía que un huracán la había arrasado. Poco quedaba en pie, y no había señales de la mujer.
Corrí por los demás, por Cirilo; él sabría qué hacer con tanto coraje y miedo que venía guardando. Teníamos que actuar, ir a buscarla. Aunque estuviera sola. Aunque no la esperara nadie.
Agarramos la herramienta: picos, palas, fuego, machetes… Tendría que sernos suficiente. Cualquier punta bastaba, decía Cirilo, lo importante era aprovechar el día.
No hubo nadie en el pueblo que se quedara. Hasta los niños corrían furiosos llevando a jalones a sus perros. Ese día acabaría el miedo.
La casa de los distintos era más imponente de cerca.
Era enorme como ninguna otra en el pueblo.
El olor inmundo nos recibió como primera línea de defensa.
Al acercarnos, vimos a una de ellos gemir para avisar que nos aproximábamos.
Era pequeña y nos observaba desde las copas de los árboles.
Parecía una vigía. Los niños la tiraron a pedradas y la sujetaron.
Nunca había visto a una de cerca. El pelo sucio era tan largo que casi cubría todo su cuerpo.
Escuchamos que algunos chillaban desde la casona y vimos cómo los más chicos corrían hacia la selva.
Nosotros, sin decir nada, seguimos avanzando. Solo llamábamos a Sabina, pero sin respuesta. Esta vez éramos nosotros los que explorábamos curiosos, asomándonos. Cirilo gritó y nos acercamos.
Dentro de la casona había algo que alguna vez fue un comedor, con manchas de sangre vieja y charcos de fresca. Sobre la mesa de madera había varios trozos grandes de carne, cortados en tamaños casi iguales. Cirilo maldijo. Los maldijo a todos. Sus ojos brillaban llenos de furia.
Mandó a los hombres a rodear la casa y a las mujeres a pasar antorchas encendidas a los niños. Unas las usaron para bloquear puertas, las demás para la lanzarse por las ventanas. Otra más llegó a mis manos y apunté hacia las ventanas altas, desde donde noté que algunos nos veían.
La pequeña que habíamos atrapado se retorcía sin lograr soltarse. Lloraba casi como uno de nosotros.
Con machetes en las ventanas, los acorralamos.
La casa prendió en llamas a pesar de tanta hierba, a pesar de los charcos de sangre.
No sé si los chillidos venían de ahí dentro o de los cerdos del corral que ardía con ellos.
Pero aún peor que los sonidos de dolor fue lo que vino después.
El olor de la carne. Y los ojos brillantes, reflejando el fuego, que nos veían desde lo profundo de la selva.
Observamos en silencio hasta que la casa se consumió por completo.
Nadie quiso revisar las ruinas ni contar los cuerpos.
La prisionera susurraba en silencio, en una voz que a la luz del día parecía cercana a la nuestra.
Se la llevó Cirilo. Todos volvimos al pueblo. A nuestras casas. A encerrarnos de nuevo, aunque ya no nos preocupaban ellos.
El olor a quemado se fue con nosotros. Se quedó impregnado en nuestro cuerpo.
Dormí el resto de la tarde, la noche y la mañana del día siguiente.
Desperté por un cúmulo de voces. Abrí las cortinas que había cerrado con cuidado por pura costumbre.
Desde la entrada del pueblo, por la calle grande, venía Sabina.
Salí a recibirla. La pobre no entendía la conmoción de todos al verla, pero algo entendió al ver su casa destruida.
Repetía que era su culpa, que no había tenido tiempo de cerrarla.
Que al recibir la noticia de la muerte de su hermana había salido solamente con una maleta, lo único que cabía en la bicicleta del mensajero que la llevaría hasta el otro pueblo.
Antes de poder encontrar las palabras para aceptar que me había equivocado, Cirilo dijo que lo hecho, hecho estaba, y ya no había más remedio.
Que aunque la razón no hubiera sido Sabina, habíamos hecho lo correcto.
El pueblo era nuestro. Sabina preguntaba qué habíamos hecho.
Que quién nos había dado el derecho. Yo me refugié en la oscuridad de mi casa y en el silencio.
Intentaba convencerme de que todo pasaba por algo, que por más malo que fuera, así debía suceder.
Dormí para ahogar la culpa. No sé cuánto tiempo. No sé cuántos días.
Desperté por los perros, que poco a poco paraban de ladrar y comenzaban a chillar. Luego escuché con una claridad horrible el grito de Sabina. Su alarido calló con un chasquido húmedo. Abrí la ventana para ver frente a ella a uno de los distintos bailando con la mitad del cuerpo.
Abrí la puerta y vi a los niños correr para escapar de ellos. La cría que habíamos atrapado sonreía mientras jugaba con la cabeza de Cirilo entre sus brazos.
Algunos vecinos huían al mar, otros al camino de la colina, que llevaba al otro pueblo. Yo corrí en el caos, evitando las calles, moviéndome entre las sombras, detrás de las casas, como habían hecho ellos.
Entre la selva vi a más gente escapar, intentar subir a las colinas.
Al subir lo suficiente, volví al camino, con la vista al pueblo.
Las siluetas enormes recorrían las calles, entraban a nuestras casas, les prendían fuego.
Partían en pedazos con suma facilidad a los sobrevivientes.
Era inútil correr si decidían venir por nosotros.
Me senté a ver cómo todo se consumía en las llamas como se había consumido su casa hacía unas noches. La muerte del pueblo que siempre esperé no sucedió poco a poco. Bastaron un error y una noche. Sentía el calor en la cara, sin saber si era del verano o del fuego.
Después de un rato, lo único vivo en ese pueblo eran ellos, que lo recorrían como sus dueños. A pesar de la distancia, voltearon a verme. Empezaron a correr por las calles donde crecí para subir y alcanzarme. Pensaron que intentaría escapar, pero ya no me quedaba voluntad de hacerlo.
Amanecía. El cielo azulado se mezclaba de una forma hermosa con el anaranjado del fuego que consumía el pueblo.
Cerré los ojos hasta que los escuché acercarse. A uno, a dos, a tres. A toda una jauría con ojos rabiosos. Entonces abrí los míos para verlos.
Su piel negra, quemada, sus rostros cubiertos de nuestra sangre seca. Mientras sentía sus manos como garras duras clavarse en mí y destrozarme, levanté la vista hacia mi pueblo junto al mar. Muerto por completo. Lo imaginé borrado en el tiempo, reclamado por la selva.
Pronto no habría ni huella de él. No importa quién haya iniciado el fuego.