Nuestra muerte escondida El árbol de la piedad
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El árbol de la piedad

H ace meses que no para de llover. Al principio me preocupaba por poner un balde debajo de cada gotera en la casa, pero después de unos días se volvieron demasiadas. Dejé que el agua siguiera su curso en la tierra y se fueron formando canalitos que se la llevaban por debajo de la puerta.

Todos nos quedamos en casa porque no hay nada a que salir. De repente arreciaba la tormenta y se llevaba a los que andaban afuera. El pueblo se ahogó poco a poquito. Primero la milpa y luego los animales. Los que tuvieron la mala suerte de sobrevivir se fueron muriendo de hambre.

A los últimos se los comió la gente, ya sin importarles que no fueran suyos. Sobre todo porque aquí siempre hubo mucho animal suelto, pastando. Antes los cuidábamos entre todos aunque nadie supiera de quién era cuál.

Y esa gente que era de aquí pero andaba fuera ya no volvió. Tal vez porque no los dejó la lluvia, o porque se fueron deshaciendo los caminos después de tanto llover. Quién sabe. Tal vez así es mejor, para que no vean en qué se ha convertido el pueblo.

Desde que llueve ya no llega nadie de fuera y los que han ido a probar suerte a otros pueblos para ver si allá llue ve igual tampoco han regresado. Dicen que unos ni llegaron y se ahogaron en el camino, con los marranitos.

La comida alcanza. Ya no somos tantos y al pastor se le ocurrió algo.

Fue unas semanas después de que comenzó la lluvia. Se habían comido a la última vaca que llegó al centro del pueblo. Apenas podía caminar, parecía que iba buscando quien le diera algo de comer. Estaba muy flaca, pero de algo sirvió. Había que chupar toda la carne de los huesos.

La noche siguiente vi al pastor subir la colina arrastrando a su mujer, doña Remedios.

La pobre tenía años sin poder caminar, y desde que inició la lluvia no se le volvió a ver ni en las ventanas, donde él la acomodaba para que viera la vida pasar.

Yo hasta pensé que el frío y la humedad que se mete a la casa por las goteras, por las ventanas y por debajo de las puertas, la habían afectado.

Que la habían condenado a la cama para siempre, como decían que iba a acabar.

Por eso me llamó la atención ver al pastor caminar con dificultad en el lodo, arrastrándola y luego subiéndola a su espalda, llevándola a cuestas inmóvil, como si fuera un bulto de carne.

Después de unas horas bajó, pero bajó solo, con los ojos bien hinchados, como de mucho llorar.

La Nestora y yo nos acercamos a preguntarle dónde la había dejado.

Dijo que se la había dado al árbol de la piedad, y luego, cuando nos vio caras de confundidas, nos explicó que, en la colina, a espaldas de la niña de piedra que cuida al pueblo desde las alturas, hay un encino enorme, mucho más viejo que el pueblo.

Que en las noches de mucha lluvia, se abría un hueco en la base del tronco, como una boca, y que había que llevar ahí a los enfermos, a los desahuciados, y acurrucarlos con un abrazo, en esa boca del árbol, que se los tragaría en un movimiento, sin miedo y sin dolor, para regresarlos a la tierra.

Juró que era motivo de orgullo morir así, dentro del árbol, porque con tu muerte le regresabas algo de vida al resto del pueblo, que era un tributo a Dios para que nos devolviera el sol.

“Allá dejé a mi Remedios”, dijo llorando, “porque eso es lo que ella quería”.

Que aunque ella ya no pudiera hablar, él lo sabía, y ahora solo faltaba esperar a que saliera el sol y se llevara la lluvia.

Supuse que había que creerle al pastor. En ese pueblo, él era el único que hablaba con Dios.

Pero los días pasaron y el sol no salió, ni se calmó la lluvia, y fue entonces cuando la Nestora lo fue a buscar para decirle que su marido, el Mario, ya tenía días desvariando por el hambre.

Hablaba solo, decía que había muertos bailando en la lluvia, que lo llamaban, y le pedía que cerrara las puertas para que no se fueran a meter.

Ya estaba grande y no podía ponerse en pie, y a ella le costaba mucho hasta llevarlo al baño. Mario estaba sufriendo y ella sabía que, si pudiera razonar como antes, le gustaría conocer aquel árbol, el de la piedad, y hacer lo que fuera por ayudar al pueblo.

Entre los dos lo llevaron. Desde mi ventana veía el sendero por el que subieron hasta la niña; los relámpagos los iluminaban mientras avanzaban. Estuvieron horas arriba, y luego, casi al anochecer, bajaron serios, sin hablar y se fueron cada cual a su casa.

Después de eso esperamos a que, ahora sí, se acabara la lluvia.

Que al menos nos diera un respiro. Que se asomara el sol.

Pero nada cambió. Al menos el pastor nos compartía de su carne.

Había guardado paquetitos para sus perros, pero como sus animales se habían ahogado hacía mucho tiempo, los empezó a repartir entre la gente que ya no tenía nada que comer.

En casa vivíamos de frijoles y un poco de maíz húmedo que nos había quedado en un costal y todavía servía.

La gente intentó ayudar. En casi todas las casas había un voluntario, alguien que la familia sabía que con gusto se hubiera ofrecido, de no ser porque los días sin sol nos ponían tan tristes y tan locos. Por eso había que ayudarlos a hacerlo.

Casi siempre eran los más viejos. También llevaron maridos borrachos. De esos fueron varios los que terminaron en el árbol de la piedad, porque ellos habrían querido ofrecerse, decían las mujeres. No faltaron los enfermos y los débiles por el hambre.

Vi hasta a un par de niños ser subidos a rastras, pataleando, por el pastor y la Nestora, que se había convertido en su fiel ayudante. Él siempre subía con ojos tristes; en cambio, ella parecía disfrutarlo.

Pero por más que le daban gente a aquel árbol, el sol ni se asomaba.

El pastor llegó una mañana con más truenos de lo normal. Estaba tan oscuro que parecía que era de noche. Me dijo con su voz amable que nadie de mi casa se había ofrecido, que gente en el pueblo —empezando por la Nestora— ya comentaban lo injusto que era, y entonces pensé en mi hermano, Polo.

No se había levantado para nada en todos los meses de lluvia. Su peso le hacía difícil moverse desde antes y aunque ahora la piel comenzaba a colgarle en los brazos, tenía meses sin poderse poner de pie. Era el que más sufría con el hambre.

Me dio tristeza, pero le dije al pastor que no se preocupara, que seguramente se ofrecería, aunque, eso sí, le advertí que sería difícil llevarlo hasta allá arriba. Ya no podía caminar y seguía pesando más que cualquier persona a la que hubiera subido.

Lo dejé entrar a verlo. Polo ocupaba toda la cama y su respiración se escuchaba cada vez con más esfuerzo, nomás de seguir viviendo. El pastor me dijo que lo alistara, que volvería por él en la mañana.

Esa noche la pasé junto a la cama de Polo, oyéndolo respirar. Afuera llovía como siempre, pero el viento de esa noche fue violento, como si quisiera arrancar el pueblo y llevárselo. Los árboles se sacudían como si se fueran a caer.

Mi hermano me preguntó que qué quería el pastor.

Hacía mucho tiempo que no lo escuchaba hablar.

Le dije que iría por él en la mañana. Me contestó que no podía caminar, que le pesaba el cuerpo, que le molían las rodillas, pero le dije que por eso no se preocupara, que lo llevarían de alguna forma.

Me preguntó qué harían y a qué hora había de volver.

No quería perderse el ponche de la tarde.

Le dije que ya no había frutas para el ponche.

Se habían acabado. Antes del amanecer regresó el pastor, llevaba con él un grupo de hombres que levantaron con dificultad a mi hermano.

Hicieron varios intentos para sacarlo por esas puertas que no habían sido construidas para él y cuando lo lograron, lo subieron a una carretilla de madera.

Le di un beso en la frente y me despedí de él.

Entre el pastor y la Nestora lo empujaron con dificultad en el lodo.

Esa mañana hubo más truenos que de costumbre.

Cimbraban las casas, y decidí seguirlos a la distancia, escondiéndome entre los árboles.

Subían tan despacio que, aunque yo no iba por el sendero, logré alcanzarlos.

Polo preguntó que a dónde se dirigían, pero no hubo respuesta.

Veía el miedo en sus ojos y recordaba que la noche anterior le había pedido que confiara en mí.

Me adelanté, escondiéndome en la tormenta.

En el claro del árbol de la piedad no había más que un montón de piedras cubiertas de musgo.

Rodeé el árbol, buscando esa boca de la que hablaban. Lo único que encontré fue algo detrás, a unos metros. Un pozo cubierto por ramas. Me acerqué a él y escuché voces. Voces chillando allá abajo sin alcanzar a formar palabras.

El pastor y la Nestora se aproximaban y me escondí de nueva cuenta entre las ramas espesas. Apenas lo hice, los vi hincarse de cansancio. Estaban agotados. Polo alcanzó a verme. Sé que lo hizo, a pesar de la tormenta y la distancia. Vi en sus labios la intención de decir algo.

El reflejo metálico de un martillo cruzó la lluvia y golpeó su cabeza.

Polo dobló el cuello; sin cerrar los ojos, cayó inconsciente y de la sien le salió un chorro inmenso de sangre que se mezcló con la lluvia que mojaba su cara.

Iba perdiendo el color rojo mientras llegaba a la tierra y formó canalitos que corrían hacia donde me escondía para acariciar mis pies.

La Nestora sacó un saco de cuero de entre las ramas del árbol de la piedad.

Lo abrió y dejó ver herramientas de carnicero.

Se dirigió al cuerpo de Polo y le di la espalda inmediatamente.

Clavé la vista en los árboles lejanos, en la lluvia que caía a través de ellos.

Se me fue el alma del cuerpo. Escuché la carne rasgarse con el paso de la sierra de un cuchillo de carnicero.

Mis piernas perdieron su fuerza y caí de rodillas, entre los canalitos que recuperaron el rojo intenso de la sangre.

El pastor vació lo que quedó en la carretilla dentro del pozo cubierto de ramas.

Escuché un golpe un segundo después, al fondo, lo que pareció despertar un coro de voces que lloraba desde allá abajo.

Cubrieron el pozo y la entrada para ocultarla de nuevo.

Guardaron cuidadosamente la carne de Polo en paquetes.

Los colocaron en la carretilla y luego los repartieron en el pueblo.

Yo bajé horas después, cuando pude recuperar el control de mi cuerpo. La Nestora cocinaba con la luz encendida y la ventana abierta. El olor cruzaba hasta mi casa.

Recordé las veces que había aceptado carne que llevaba el pastor. Ese sabor dulce y extraño que calmaba el hambre. No paraba de llover.