Ojos muertos y serenos
L a carita de Pablo se ve tranquila, aun con esos hilitos de sangre que le bajan de la frente a la nuca y hacen escala en la oreja. Tanok nunca había visto a nadie así. Le sorprende lo poco desconcertado que está de ver a un niño muerto.
El sol anaranjado de la tarde acaricia el cabello rubio de Pablo.
Se mueve con el viento y a Tanok le da ternura verle los ojos así: abiertos, muertos y serenos.
Es una ternura extraña, distinta a esa que lo atacó momentos atrás, mezclada con rabia, cuando Pablo escribía su nombre en la tierra con el abrecartas de hueso que el mismo Tanok le había dado.
Se preguntó en qué momento había aprendido a escribir, si Pablo tampoco iba a la escuela.
Le pidió que se lo devolviera, enojado, y Pablo, sentado en el piso, se lo dio.
Tanok observó bien el detalle en el abrecartas que había tallado la abuela, con esa precisión casi mágica que él no había logrado igualar por más que ella intentara enseñarle.
Pensó que era un objeto hermoso, digno de usarse para lo que estaba a punto de hacer, para algo tan trascendental como quitar una vida.
Lo clavó en el cuello de Pablo antes de permitirse dudar.
Mientras el chiquillo rubio se revolcaba desesperado apretando su herida, Tanok le dio un empujón débil con el pie, apenas suficiente para que cayera sin control por el barranco.
Le hizo gracia la forma en que rebotó entre las piedras y, sobre todo, el sonido que hizo su cabeza al golpear una de las rocas del fondo. Le recordó al sonido que hacen las sandías maduras cuando se caen de la mesa.
Bajó con cuidado entre las piedras para verlo de cerca. Parecía más un muñeco de trapo que una persona. Tanok lo observó por un buen rato hasta que se fue el sol anaranjado.
Ya está por caer la noche y hay que decidir qué hacer. Piensa si será mejor dejarlo ahí o esconderlo.
Lo carga para ver si será difícil. Pablo no pesa nada. Tiene su misma edad, pero su cuerpo siempre fue delgado. Lo ve muerto. Le pregunta quién lo mandó a ser amable y confiar en él. A quererlo.
Piensa en lo accidental que fue su deseo, su impulso de arrancar una vida, pero también en que quizás era algo que ya venía pensando desde hace tiempo. No había razones para llevar a su amigo tan lejos, para jugar tan cerca del desfiladero, pero ahí estaban una vez más.
Piensa si quizás el deseo de hacerlo siempre estuvo ahí, escondiéndose hasta encontrar un pretexto. Como todos sus deseos.
Piensa en su padre. La última vez que lo vio fue cuando a Tanok lo corrieron de la escuela, en segundo de primaria, el día en que jugando a las espadas le reventó un ojo a Rosales.
Era el primer niño al que había querido, al que había lastimado sin sentir remordimiento.
Hijo de un policía que luego del accidente llegó con la pistola en la mano a la escuela, pidiendo que le entregaran al criminal que había lastimado a su muchacho.
Las maestras escondieron a Tanok hasta que llegó su padre, quien aprovechó para decirle lo mucho que lo había decepcionado.
Tal vez su papá, como Tanok con Pablo, también estaba esperando un pretexto. Ese día fue la última vez que lo vio. Lo dejó solo, en su casa, sin despedida y sin aviso.
Y Tanok no tenía familia. A su madre nunca la conoció, dicen que los dejó en cuanto pudo. Y ya no le quedaba nadie.
Si no fuera por la abuela, hace mucho que se hubiera muerto de hambre.
La señora Morales era una anciana que vivía frente a la casa donde creció Tanok. Y al ver al niño solo y pasando hambre, le ofreció un pan y un lugar donde dormir, ahí en un catre junto al de ella. No eran familia, pero compartían la comida y, sobre todo, la soledad.
Le permitió llamarle abuela, pero le hizo prometerle jamás hacerlo en público ni contarle a nadie que dormía ahí, ni que ella lo alimentaba. No convenía que lo relacionaran con ella.
La gente no la quería porque la anciana vivía de fabricar artesanías con huesos.
Subía al monte a recolectarlos para después hervirlos, limpiarlos y tallarlos con esas formas que tanto apreciaban los foráneos cuando pasaban por ahí.
Sin embargo, en el pueblo decían que eran huesos humanos y que la vieja veneraba al diablo.
Ahí creían en las brujas aunque nunca nadie hubiese visto una.
Por esa razón, todos los días Tanok esperaba a que oscureciera para cruzar a la casa de la abuela, cenar y dormir en el catre que se impregnaba del olor de los huesos. Ahí al menos no estaba solo.
Ahora, lo único que importa es el cuerpo de Pablo y la firme intención de Tanok de ser descubierto. Su papá tendría que aparecerse. Para gritarle, para ponerle otra golpiza, para decirle lo mucho que lo había decepcionado. Con eso bastaría.
Ve a Pablo y vuelve la frustración por no sentir nada. Ni poquito remordimiento.
Vuelve a su casa. Fría y descuidada, llena de humedad, tanto que le impide respirar profundo.
Espera ver la luz de la vela en la ventana de enfrente, la señal de que es hora de cruzar la calle para ir con la abuela a cenar. Se pregunta si podrá ver en sus ojos que, hace una hora, arrancó una vida.
La luz se enciende. Se prepara. Toma su cobija y abre la puerta de su casa. Entonces se encuentra con el pelo rubio de la mamá de Pablo reflejando la luz de la luna. A su lado está el papá de Rosales, el policía. Le preguntan si ha visto a su amigo.
Los ojos de la madre son los mismos que los de Pablo.
A Tanok le tiemblan las piernas. Pensó que sería distinto el momento de confesar su crimen, pero al estar ahí se da cuenta de que no quiere ver llorar a la mujer, que siempre ha sido amable con él, ni que el policía del pueblo le dé los golpes que le tiene guardados desde que Rosales tuvo que usar un parche en el ojo.
Les dice que no estaba con él, que hace mucho tiempo que no ve a Pablo, pero cree recordar su silueta caminando hacia el monte; quizás se fue a jugar cerca de los barrancos. Su lugar favorito.
Ambos se marchan; en sus caras hay dolor, desconfianza. Entonces Tanok espera a que estén lo suficientemente lejos para salir corriendo a la casa de la abuela. Piensa que, si vuelven por él, acompañados de la gente del pueblo lista para lincharlo, a nadie se le ocurrirá ir a buscarlo con la bruja.
Los vecinos evitan voltear hacia esa casa. Les da asco y miedo el material virgen que espera su turno para cobrar vida en las manos de la anciana. Les provoca repulsión que alguien viva de los muertos.
La abuela le pregunta que qué quería el policía mientras le sirve de cenar.
Tanok le responde que buscaban a Pablo, pero que él no lo ha visto.
La anciana le clava los ojos, pesados, juzgones, y no se los quita de encima.
Ella lo vio llevar al niño al monte por la tarde.
Tanok siente que la muerte se asoma en su mirada y la baja al plato de frijoles para no volver a levantarla.
Hay movimiento afuera. Voces lejanas. Los vecinos se preparan para salir en búsqueda de Pablo, y escucha que alguien grita que no olviden sus machetes.
Ahí siempre tienen hambre de violencia; al menor pretexto organizan linchamientos. Tanok sabe que, cuando pasa mucho tiempo, buscan cualquier excusa para apaciguar esa sed de sangre que solo se sacia cuando eres parte de la horda y los golpes y las puñaladas son anónimos.
Piensa en la posibilidad de ser linchado. Se pregunta si sentiría hasta los últimos golpes o solo los primeros dolerían lo suficiente. Si sentiría la gasolina bañar sus heridas abiertas y cuánto tiempo dura un cuerpo sintiendo y pensando mientras lo consumen las llamas.
Le da miedo morir antes de darle tiempo a su padre de volver a buscarlo.
Después un escenario aún peor cruza por su pensamiento: el abrecartas de hueso. Se toca la bolsa de la camisa para confirmar que no lo lleva, que lo dejó clavado en el cuello de Pablo.
Si lo encuentran, entonces no irán a buscarlo a él, irán por la abuela y no habrá forma alguna de convencer a la multitud iracunda de que no es una bruja que mata niños para tallar objetos con sus huesos.
Tanok dice que tiene que salir y la abuela pregunta las razones.
Tanok dice que tiene que buscar a Pablo y en realidad no miente.
Sin esperar una respuesta o un permiso, escapa por la puerta trasera, para que nadie lo vea, y apresura el paso al monte sabiendo que ya hay gente caminando hacia allá, buscando entre los matorrales.
Eso y los atajos que conoce le pueden dar la ventaja.
Las ramas lo frenan por momentos con latigazos en el rostro.
Observa filas de fuego serpenteando. Luces que de pronto buscan alrededor mientras avanzan.
No habrá tiempo de respirar. Lo único que necesita es recuperarlo, esconderlo, y después él mismo llevar a esa fila de furia ante el cuerpo de Pablo.
Llega a tiempo. No hay nadie en el barranco. Baja en la oscuridad. Las piedras le lastiman a cada paso y piensa por un segundo en la agonía de Pablo cayendo sin poder hacer nada, intentando llevarse las manos al cuello para evitar que se le saliera a chorros la sangre.
El rastro rojo llega hasta la piedra donde dejó a Pablo, pero el cuerpo ya no está.
No es posible. No hay nadie más ahí. La gente sigue en el camino. Si alguien lo hubiera encontrado ya, la casa de la abuela estaría ardiendo con ella dentro.
La hilera de fuego se acerca y Tanok decide escapar y ganar tiempo, regresar a casa por un camino oculto que solo él y Pablo conocían.
Algo lo detiene. Una sensación que se vuelve certeza. Alguien lo sigue.
Da media vuelta y agudiza la vista para distinguir quién es en esta noche que cada vez se oscurece más bajo tantos árboles.
De pronto lo ve. Camina despacio, con las manos pálidas y engarrotadas en el cuello. Con los ojos completamente rojos y un hilito de sangre seca que va de la frente a la oreja, y luego hacia la nuca. Es él.
Parece ser él.
Pero ya no tiene nada de humano.
Tanok corre. El corazón se le llena de un miedo que hasta ese momento no sabía que era capaz de sentir.
Corre y piensa que a lo mejor esa es la culpa, que se ve como un fantasma. Que por eso la gente le tiene miedo y no la soporta. Duda si es ella la que se vistió de Pablo en las sombras y ahora lo sigue.
Corre. Sigue corriendo. El aire frío le entra por la boca, le llena los pulmones y le duele.
Al acercarse a casa nota que Pablo aún lo sigue de cerca, así que pasa de largo la casa de la abuela. La vela en la ventana le indica que aún lo espera, pero decide no entrar, no quiere llevarle la culpa a ella.
Entra a su casa y cierra como puede las ventanas rotas. No quedan muebles que atranquen las puertas. Pablo se acerca.
Asoma la cabeza abierta como sandía por la ventana y Tanok le pide perdón.
Lo que está allá afuera no se inmuta. Ya no es el niño que escribía su nombre en la tierra.
Ahora es algo salvaje que sacude con violencia la puerta, que corre alrededor de la casa buscando por dónde entrar.
El sonido que sale de esa criatura entra por el pecho de Tanok.
A lo lejos distingue la fila de fuego que se acerca, que vuelve del monte. Hay gritos y furia. La misma furia de siempre.
La ventana cede ante eso que antes era Pablo y entra en la casa olvidada moviendo las extremidades rotas como una araña. Lo alcanza y la cara sonríe, pero los ojos no, esos permanecen muertos y serenos.
Tanok no puede moverse, presa del miedo. Lo que era Pablo lo envuelve y lo lleva a la ventana. La gente del pueblo se reúne alrededor de la casa de la abuela.
Tanok está inmóvil, pero voltea al cuello de Pablo. La herida está vacía. No hay señal del abrecartas de hueso. Pablo sonríe mientras sostiene la cabeza de Tanok para que mire al frente. Para que no se pierda el rugir del fuego que arrasa en segundos la casa de la abuela.
Los gritos de la muchedumbre esconden los de la anciana. Pablo no deja de reír.
Tanok ve que el fuego lo llama. Como la vela en la ventana. Quisiera estar ahí dentro. Le da miedo sobrevivir esa noche. Amanecer en un mundo donde a nadie le importe. Su padre no volverá.